martes, 9 de octubre de 2018

Tenshin Go So

"El hombre debe ponerse a la altura del Universo en cuestión de armonía, cualquier otra especie lo está desde el principio”

Más allá de las técnicas, por encima de victoria o derrota está la armonía. Sin embargo, estamos faltos de ella, al igual que de concentración, pues la mente se mantiene dispersa a lo largo de toda una vida, entre lamentos, desconciertos, teorías, complicaciones, problemas y remedios que resultan ser los peores problemas. En lo que concierne a las artes marciales, la falta de armonía elimina su esencia y también el arte.

La armonía es un estado de no enfrentamiento (psicológico) que sin embargo nos evita la derrota. El Universo siente, el hombre siente. El Universo se mueve, el hombre se mueve. Por eso debemos movernos, hacer… en armonía con lo que nos rodea. Pero es la verborrea mental, que no cesa, la causa principal de desarmonía. Las palabras ocupan el mayor espacio en la mente, pero las palabras mienten y por eso podemos abrirnos a una realidad superior a la de las palabras: el sonido puro. Es un instante de no decir nada, de no pensar en nada y de entregarse a fondo.




Describiré un poco la práctica del Tenshin Go So, en la cual se utiliza la palabra en forma de sonido primigenio. Seguramente recordaremos aquellos primeros días en el parvulario aprendiendo lo esencial: el "a, e, i, o, u". Pues bien, eso es lo que vamos a hacer, regresar al parvulario. Al de la concentración y la armonía.

Se trata de entonar las vocales A, E, I, O, empezando y acabando en AUM. Es una práctica especial, cuyos sonidos se recogen en el ancestral Kotodama, que significa "palabras sagradas". Sin embargo, lo sagrado no está en un orden metafísico, sino en el instante de fusión con los elementos naturales; eso precisa de la existencia de un mundo interior de sensaciones vivas.

Por otra parte, antes de continuar, veamos el significado de las vocales en el contexto espiritual. A representa lo invisible del Cosmos. E lo creativo, I los fenómenos de la vida y O el final del movimiento que da paso al siguiente. OM o AUM representa el Universo infinito. Al mismo tiempo las vocales representan a los cinco elementos.

De la misma forma se necesita concentración, pues vocalizar, ejecutar movimientos y repetirlos mecánicamente no sirve de nada. Así que manos a la obra...

La condición es mantenerse relajados, escogiendo un lugar apropiado... al aire libre, dependiendo del lugar en que uno se encuentre. Si tienes la ocasión de subirte a un cerro, o al pico de una montaña, aprovechando una excursión, mejor que mejor. El estómago debería estar vacío, asimismo. 

Por lo demás, únicamente hay que pronunciar las vocales, procurando que el aire inspirado emerja de la parte baja del abdomen (por debajo del ombligo), por lo cual la respiración ha de ser abdominal. La pronunciación va acompañada de los movimientos que describiré a continuación.











Partimos de una posición erguida con los pies juntos, mirando al frente. Las manos se enlazan, igualmente al frente, de manera que la izquierda nos quede por encima de la derecha, con los pulgares recogidos. Se comienza entonando "Ummmmmmmm... Fig. 1

A continuación se separan las piernas (se desplaza el pie derecho hacia la derecha), adoptando una postura del doble de anchura de los hombros, aproximadamente, y con los pies mirando hacia fuera. 

Al mismo tiempo, el tronco y la cabeza se inclinan hacia atrás, mirando al cielo. Los brazos se separan hacia los lados y las palmas de las manos miran también al cielo. Fig. 2

Vocaliza el sonido: "Aaaaaaaaa...", de forma que su cadencia se alargue hasta el final del movimiento siguiente. La postura y la mirada se mantienen igual, pero los brazos ascienden trazando un círculo de fuera a adentro. Fig. 3

Aquí finaliza la primera vocalización. Acto seguido, el tronco se endereza, y se hacen descender los brazos, de manera que el círculo trazado es ahora de dentro a fuera. Se vocaliza: "Eeeeeeeee...". Fig. 4

Acto seguido, los brazos regresan al frente, formando con las manos un triángulo, juntando los índices y los pulgares. Fig. 5











Manteniendo la misma posición en las manos, se asciende frontalmente, de manera que el triángulo apunte al cielo volviendo a inclinar el tronco hacia atrás, y mirando al cielo. Se vocaliza: "Iiiiiiiii...". Fig. 6

Después se traza un círculo, de dentro a fuera, que desciende para luego ascender de frente con las manos juntas, por encima de la cabeza, como sosteniendo algo en ellas. Se vocaliza. "Ooooooooo...". Fig. 7 y 8

Se recoge la pierna y se juntan los pies, retornando a la postura inicial, entonando "Aummmmmmmm...". Fig. 9

Nota: las manos han de permanecer abiertas, con los dedos separados, excepto en los pasos 1 y 9, en los cuales se mantienen abiertas, pero los dedos juntos. Por último se repite el proceso entre tres y cinco veces.

En resumen, que uno grita al Universo y este le devuelve el eco, lo que supone mantener una relación sin igual. Sin embargo, la vía de comunicación es el interior; se da el caso de que el ser humano ha llegado a desconectarse de su interior, sustituyéndolo por otro externo, construido y contaminado. ¿A quién escucha uno? A sus voces compulsivas, a las de los demás, en un vivir de trivialidad y repetición.

Ver el video para apreciar mejor los detalles:

viernes, 5 de octubre de 2018

La estructura del conflicto

Superar la discordancia entre yo y el mundo no es un ensueño, es el resultado de superar primero la discordancia entre yo y... yo. De lo contrario, la opción disponible será el conflicto. La discordancia conlleva la discordancia de reglas, de las cuales hemos hablado, en primer lugar. El yo no es más que un conjunto de pensamiento y palabras, ordenadas para dar significado a todo, incluyendo al propio «yo».

Si una regla nos es impuesta desde el exterior, o si una propia es contradicha o inutilizada por la fuerza habrá conflicto; al mismo tiempo, se valora y protege la razón de uno mismo frente a la de los demás, siendo esta la regla principal.

La razón es un sustantivo abstracto, como la belleza, la amistad, o el amor; al mismo tiempo, es incontable puesto que no podemos tener cien razones en el sentido de ser cien veces racionales. En su forma verbal el hombre «razona», es decir, que ejerce la razón o cognición. Pero a la razón se le da un doble sentido diciendo: «Tengo razón»; es como decir que solo es válido mi razonamiento.

«Tengo tres razones para afirmarlo», es hacer pasar lo incontable como contable, y cada una de las razones es un argumento en defensa de un valor. Este es el que se le da a las circunstancias y hechos relacionados con la lógica, según nuestra interpretación.

La razón es pues lo que defendemos igual que un animal defiende su territorio, solo que esta no es física, sino mental y por ende sintáctica. La razón se compone de creencias, opiniones, certezas, perspectivas, reglas, etc., que en su conjunto nos parecen racionales. Pero dejan de serlo por su arbitrariedad. Aunque no dejaremos de defender aquello en lo que creemos y que sin embargo no siempre es lo que decidimos.

Rara vez una persona ha decido libremente creer en algo (sería un acto de fe). Lo que cree ha surgido de una experiencia (o varias) pasada o simplemente se basa en ideas preconcebidas. Además, cada creencia se percibe como una realidad absoluta en un mundo que, por el contrario, es relativo.

Siendo así, un problema o un conflicto se considerarán igualmente como absolutos o inmutables. Al mismo tiempo, las creencias pueden hacer que personalicemos el problema o conflicto. Tanto es así que uno llega a percibirse a sí mismo como el problema o conflicto; se ha identificado con ello y no puede establecer una línea divisoria.

¿Y quién es el que está equivocado? Alguien o algo, nunca uno mismo a pesar de todo. Aunque el conflicto siempre estará ahí, si bien existen dos clases de conflicto: interno y externo, relacionados entre sí.

El conflicto interno

Fuera del marco espiritual, no se experimenta la unidad de Ser. Por el contrario, estamos divididos (mentalmente) en tantas partes como queramos imaginar. Entre las diferentes partes puede haber un conflicto o varios. De hecho, los hay en variedad y casi de forma permanente. Por ejemplo, una parte de nosotros quiere, desea estar delgada y saludable, y otra nos empuja a comer en exceso. Este es pues un conflicto interno.
 

¿Hasta dónde es responsable uno de sus conflictos? Lo cierto es que se crean con el lenguaje con el que damos forma a la razón, creando un valor de la misma. Si, por ejemplo, no somos capaces de tomar una decisión, es porque no tenemos claro qué es lo que más valoramos en cierto momento y determinada situación. 

Además, entre algunas cosas de las que valoramos es probable que haya discrepancias. Si lo que más aprecio (valoro) es la libertad y, al mismo tiempo, me preocupa lo que digan los demás tendré un conflicto interno. Y tanto lo que yo valore como lo que los demás digan está sujeto a una organización sintáctica.

Por otra parte, hay que considerar cómo están organizados los valores. Según lo estén pueden crear o no un conflicto. Si, por ejemplo, valoro la honestidad por encima del éxito tendré un conflicto si por alguna razón me veo obligado a sacrificar el primer valor por el segundo.

Aunque me descubro diciendo que en este caso sea preferible no sacrificarlo nunca. Esto mismo demuestra, sirva de ejemplo, que para mí la honestidad ocupa un elevado lugar en mi propia escala, aunque NO me crea conflicto por tenerlo bien claro. Y conscientemente he sacrificado muchas veces el éxito por la honestidad.

El conflicto externo

Opera de la misma manera que el conflicto interno, con valores que entre dos o más personas difieren en importancia y orden. A esta clase de conflicto se le sumará el conflicto (interno) de cada persona, lo que a su vez creará un halo de incongruencia que una persona aprovechará contra otra.

Imaginemos a dos personas que vivan juntas, una es metódica (valora el orden y además el trabajo) y la otra no da prioridad a ninguna de esas dos cosas, o peor aún, es perezosa. Antes o después habrá un conflicto externo entre ambas personas.
 

Ahora supongamos que la persona que no valora el trabajo sueña con conseguir algo. La persona que sí valora el trabajo es muy probable que utilice la pereza de la otra persona como argumento contra ella. Pero la persona perezosa se defenderá recurriendo a toda clase de argumentos según sus creencias y preferencias. La otra persona hará lo mismo y así sucesivamente.

Imaginemos que se trata de varias personas, una familia, un grupo, una nación, un planeta entero, quienes tenemos que convivir con la convicción (inconsciente) de tener que ajustar (forzosamente) a todo el mundo a la propia escala de valores, o la del «grupo líder», ya sea religioso, político, etc.

Por otra parte, y en base a lo antedicho, si una persona trata de conseguir lo que quiere tratará de que otra persona no lo consiga. Mientras tanto, es probable que lo que la primera consiga no sea lo que en realidad quería.

En resumen, que nos enfrentamos a partes antagonistas, cuya complejidad viene dada por ser entre uno mismo y con los demás. El asunto se vuelve aún más complejo por la dependencia generada. ¿A qué? A una parte negativa de uno mismo utilizada contra los demás o al conflicto en sí.

Y si de lo que se trata es de lidiar con un oponente verbal, tengamos en cuenta que discutir no es lo mejor, sino cuestionar razones que él trate de imponernos.

Extracto del capítulo La estructura del conflicto del libro: "Lenguaje transformacional, la sintaxis del bienestar emocional"

domingo, 30 de septiembre de 2018

Sakki, ki mortífero

El Sakki, por su semántica —ki mortífero—, aparenta ser más negativo que el anterior, Zyaki, pero no se trata de eso, sino de cómo el ki se involucra en el golpe decisivo. No obstante, es preciso conciliar la idea de ki mortífero con lo espiritual. Conviene recordar que antes hemos tenido que conciliar el vencer sin vencer o el combatir sin adversario. El sentido es el mismo y por eso la intención —deseo— de vencer o dañar no es sakki.

Igualmente ha de tenerse presente lo aprendido sobre la mirada, me-zen, puesto que el sakki se puede percibir en ella. Quienes me han conocido en combate dicen que tengo una mirada mortífera, pero les digo que no se han fijado en que también tengo una mirada dulce. Pero otros sí se han fijado, todo depende de la situación.

Del mismo modo, cortar el ki o hacer perder el ki del oponente requiere, por parte uno, de un ki decisivo, tanto que resulte mortífero, lo que no significa asesino ni violento. Si recordamos lo que conté de los motoristas que me rodearon, fue precisamente el sakki lo que los paralizó y evitó una pelea. Añado aquí que un testigo presencial sintió miedo.

"Con dieciséis años de edad, me rodearon unos matones dos o tres años mayores que yo; portaban las cadenas de sus motos. Uno de ellos me preguntó qué iba a poder hacer contra ellos, esperando así que yo me acobardase delante de otras personas que se hallaban allí. Sin miedo, les dije que me atacaran, si eso era lo que deseaban. Recuerdo que sentí como un cosquilleo en la espina dorsal y que no pensaba en nada. No hubo ninguna pelea, fueron ellos los que se acobardaron".

En otra ocasión, estaba con un par de amigos en un bar; recuerdo que fui al lavabo y al salir vi que un grupo de camorristas estaba burlándose de uno de mis amigos, quien era un poco flojo de moral. Le dije que no hiciera caso, pero ellos continuaron con sus burlas, pidiéndole que se acercaran para estirarle de las orejas. Entonces dije en voz alta: «iré yo la próxima vez que te molesten». Eran seis, pero huyeron a toda prisa.



No se entiende fácilmente este fenómeno, porque en realidad lo que ellos buscaban era una reacción vulgar, más o menos violenta, pero ahora sé que se encontraron con un ki mortífero que no esperaban. Lo percibieron en mi mirada y al mismo tiempo en mi calma. Les corté su ki y se les hice perder.

Cualquiera percibe el sakki de un oponente —son pocos los que lo poseen—, pero es aconsejable aprender si uno mismo lo posee. Eso no debe de confundirse con enojo, antipatía, ni bravuconería. Lo esencial a tener es cuenta es que nos enfrentamos al sakki del oponente antes que a él mismo y viceversa. Si uno tiene delante a un criminal o a un cobarde ratero, eso no quiere decir que posean sakki. Tampoco el oponente iracundo, por lo tanto tenemos que saber a qué nos enfrentamos. De nosotros mismos hemos de procurar, como he dicho, conciliar todo lo que se halle en el interior.

Sakki, ki mortífero es un apartado que pertenece al capítulo "Renovar la vía" de "La táctica sin táctica, La quintaesencia de las artes marciales".

martes, 4 de septiembre de 2018

El hara y la estabilidad

La estabilidad abarca diversos aspectos como la firmeza, la seguridad, el equilibrio, la salud, la quietud, incluso. Cuando se habla de estabilidad uno piensa en estabilidad laboral, financiera, de pareja etc., aunque esas pretensiones se ubican en el exterior a uno mismo.  

Algo habrá que hacer para conseguirlo o tener un golpe de suerte, quizá. Pero, ¿puede existir alguna clase de estabilidad sin una estabilidad emocional? Esta última no pertenece al exterior, sino al interior, solo que se cree que depende de lo que ocurre fuera de nosotros sin apenas reconocer que existen fluctuaciones.  

Una persona lucha contra el exterior si cree que este no le proporciona el equilibrio que necesita. Si se trata de la salud se buscan los mejores métodos para mantenerla, o se hacen previsiones para la supervivencia financiera. En el primer caso se debilita el cuerpo, en el segundo, el ánimo.

El hombre civilizado sublima, por encima de todo, la razón y el culto al plano mental. Sin embargo, toda teoría filosófica o científica no se adecúa siempre a una realidad tan “extraña” como la regida por la naturaleza.

Resulta extraña porque la naturaleza se mantiene estable dentro de sus fluctuaciones, al contrario que el hombre preocupado, inestable en su creencia de (falsa) estabilidad. La razón, la fuerza, el equilibrio, el saber incluso, se revela en la fisiología humana, aunque no en todos los casos de la misma manera.

La fisiología nos muestra dos figuras, una es un triángulo invertido, con un vértice tocando el suelo y la base arriba. El plexo está endurecido; también las vértebras y los músculos de la espalda. Sin embargo, el triángulo invertido es un símbolo que representa al atleta, al hombre de acción, la fuerza, el poder…



El hombre es movimiento, tal como la vida-naturaleza, el movimiento toma una dirección que puede ser hacia delante como el atleta; o hacia arriba, como en el caso de las personas de cuerpo delgado y estirado; o de lado como las personas de aspecto rechoncho. Igualmente, hacia atrás o como si se retorciera una toalla mojada.

La respiración es superficial y clavicular, el plexo está endurecido, la fuerza se concentra en la parte superior del cuerpo, los hombros; la energía asciende y se coagula en el estómago, los riñones, los pulmones y cerebro. Sirva de comparación el agua que hierve, o que cristaliza, se hiela o se condensa.

La falta de arrojo y ánimo se origina de esa manera, contando con una respiración floja. Se puede decir que el espíritu es flojo. En situaciones críticas esto se aprecia fácilmente; de hecho, en las artes marciales, si la respiración es superficial y uno se mueve como una peonza, los movimientos son torpes y no son decisivos.

En general, uno se mueve como una peonza (un símbolo de inestabilidad). El espíritu flojo se disimula a veces con arrogancia y bravuconería, pero es una forma vana (inconsciente) de ocultar el miedo, la falta de espíritu. Esa falta es una constante en el hombre civilizado, pero es a su vez creciente.

La otra figura es un triángulo con su ancha base afirmada en el suelo. La respiración desciende y es profunda. Mientras que el triángulo invertido sugiere la imagen de una peonza, el triángulo afirmado en el suelo sugiere un árbol enraizado en el suelo, una montaña, una persona que medita en la postura del loto. 


Es alguien que no necesita buscar la estabilidad que ya expresa su cuerpo y que se refleja en su estado mental, sin ir contra las fluctuaciones. Si el plexo se siente suave, eso indica que el diafragma cede, es elástico, y eso permite una respiración profunda. Si no es así se nota tensión en el plexo solar, así como el estado de intranquilidad al que me he referido.

En cualquier caso, lo esencial es no dejar que el diafragma sea una barrera. En cambio, dejar que la respiración se mueva libremente sin estancarse. La fuerza, el intelecto, el ánimo, se ubican en el hara, cuyo centro queda por debajo del ombligo.

La respiración crea la forma del triángulo, podría decirse. E igualmente se puede decir de una respiración Katsugen que surge espontáneamente. O el Gyoki del Seitai, es decir, la respiración ligada a la imaginación. Se trata de imaginar que respiramos por la espina dorsal. O a través de las manos en el caso del Yuki.

Se moviliza la atención y se deja que la respiración profundice. Con el Gyoki la intranquilidad (miedo) o nerviosismo desaparecen. O puede ocurrir lo inesperado: que las vértebras se vuelvan flexibles, que el cansancio desaparezca, que uno se sienta más joven, o que el cuerpo se reavive y el semblante cambie de color, etc. Pero no hay finalidad, nada que buscar.

Todo es secundario a hacer algo que es agradable. Pero tanto la imagen de un triángulo, invertido o no, como el decir que no existe finalidad, no encajan bien en el racionalismo, tampoco en el “antirracionalismo”. Ni en la gran diversidad de ideas complejas surgidas de la nueva era.

Se trata únicamente de acoplarse a la insondable naturaleza que uno mismo es. Se puede apreciar por lo tanto la serenidad que profesa el maestro de la ceremonia del té, o el maestro arquero de Kyudo que apunta al vacío de su mente. O el maestro de Zen que transmite sin palabras la belleza de un copo de nieve. O el que deja libre a su cuerpo durante el movimiento regenerador. O simplemente esa tierra que nos atrae hacia su centro.

En este estado, común a todos ellos: el de ser una naturaleza que respira, es cuando únicamente se puede percibir el poder de un triángulo enraizado en el suelo. De no ser sí, incluso las más puras tendencias espirituales no serán más que nubes. Energía que, en este caso, hierve en la mente de la teoría espiritual sin proporcionar base alguna.

Temas relacionados: Katsugen Undo, la práctica que restablece la salud y la serenidad/Taiheki, el dilema del comportamiento humano/La táctica sin táctica, la quintaesencia de las artes marciales.

jueves, 23 de agosto de 2018

El cuerpo en equilibrio

El hombre es un ser vivo, pero se orienta hacia un modo de vivir un poco diferente a la vida natural. Esta no consiste en llevar una vida tan sana que no deje de apuntar a la dualidad, siendo esta la que domina al hombre civilizado.

La dualidad es propia de un mundo físico, pero la mente saturada de ella no se adecúa bien al movimiento en lo que a la vida se refiere, porque la vida es movimiento. Uno quiere estar sano alejando de sí el mal y atrayendo el bien; sin embargo, existe una paradoja: la persona enfermiza es una persona sana.

Esa palabra, enfermiza, en el marco “cartesiano-racional” es antagonista de ese deseo universal de estar sanos, pero desde un marco menos dualista indica capacidad plena para reaccionar al movimiento de la vida. Ese marco es el de la sensibilidad, donde cualquier alteración en el organismo actúa como estímulo para su equilibrio.

Es el polo opuesto de la insensibilidad, como queda reflejado en la primera parte de “el cuerpo en orden”. Hablo pues de una persona sensible. Aunque puede ser hipersensible (un tipo 11, según los Taiheki), y como en todo exceso se rompe el equilibrio. Se trata en este caso de una sensibilidad deformada, en la que la imaginación (sobreexcitada) actúa como detonante. 

La persona hipersensible se encuentra en un estado permanente de descarga de energía, de modo que es fácil experimentar alergias, crisis asmáticas, crisis de ansiedad, etc., lo que por otro lado puede tener su origen en una simple agresión verbal o en un problema cotidiano, no solamente en un agente medioambiental. 

A pesar de todo, sigue siendo una persona sana en comparación con una insensible (un tipo 12). Comprender la diferencia entre una sensibilidad deformada y lo que es un “estímulo” nos lleva a conciliarnos con esas afecciones que contribuyen al equilibrio. El mero hecho de saber una persona que es hipersensible reduce su preocupación. 

Lo ideal, sin embargo, es equilibrar la sensibilidad. Es lo mismo que decir: regular el cuerpo, lo que para mí basta para estar sano. Es la práctica del movimiento regenerador, Katsugen Undo, la que me permite regularme y abandonar las preocupaciones que no me aportan nada útil.

Mi única preocupación es no perder de vista las palabras de Mº Tsuda: “sensibilización y eliminación, no hace falta nada más”. Es así como desaparecieron mis afecciones crónicas, entre ellas un colon irritable, y otros imprevistos del momento como una distensión del punto de anclaje de una costilla con el esternón (debido a un golpe), etc.

¿Y cómo se regula el cuerpo? Ya he dicho que con el movimiento; sería mejor decir qué ocurre, lo que se resume en tres fases que se repiten: relajación, sensibilización y eliminación. En realidad todo el mundo pasa por estas fase, pero se malinterpreta lo que no siempre agrada.

En la primera fase uno se siente relajado, a veces somnoliento, se pierde un poco de apetito, se acusa más el frío, etc. Es un periodo de descanso dentro de las posibilidades de cada persona que no se acepta. Se nos exige despabilar... cuando hay que descansar (lo pide el cuerpo).

En la segunda fase, el cuerpo se sensibiliza, la piel se vuelve más sensible, pueden surgir diarreas, molestias, dolores e incluso fiebre e inestabilidad emocional, etc. Pero es que el cuerpo se prepara para liberarse de lo que le es perjudicial. Uno se siento hiperactivo y, sin embargo, se le exige descansar, aun cuando el cuerpo pida actividad. ¿Se comprende así lo que he querido decir de la dualidad?

En la tercera fase se eliminan toxinas, y eso incluye las tensiones físicas que han quedado pendientes de eliminar y también las emocionales. Las funciones excretoras se intensifican; se eliminan fácilmente cálculos, tanto biliares como renales y puede haber diarreas. Aparenta no ser agradable, pero tras esta fase uno se siente espléndidamente bien, relajado y revitalizado. 

La salud mejora visiblemente. La dualidad da paso a otro punto de vista: que el cuerpo está funcionando al cien por cien, lo que quiere decir que su velocidad biológica es normal. Un cuerpo lento (en reaccionar) tiene dificultades para eliminar las toxinas. 

Todo depende de cómo se mire, desde la posición de civilizados o de la de seres que funcionan al ritmo de la naturaleza. Ese ritmo son las fluctuaciones, los vaivenes. Pero lo que se desea es no sentir nada; esa es la preocupación universal. A mí, en cambio, me preocupa estar demasiado tiempo sin sentir como dije en la primera parte del artículo. 

Nuestra civilización, no obstante, progresa tecnológicamente. Pero existe una falla: considerar al ser vivo como a una máquina. Se perfecciona el funcionamiento de esta última, aplicando unas reglas que la mejoran. El ser humano, como ser vivo, está sujeto a las reglas de la naturaleza. ¿Cuáles escoger? Depende de la orientación, aunque yo no escojo ninguna; dejo que las reglas de la naturaleza operen en mí.



De no ser así, no es posible saber si uno se ha orientado correctamente o no. Las reglas que predominan son metódicas, pero aun cuando se basen en métodos naturales, les ocurre como al regaño reiterado a los niños. Pierde eficacia si se repite demasiado, tal como señala Mº Noguchi.

En cambio, la regla natural de la sensibilidad conlleva un efecto creciente. Cuanto más azúcar más dulce. Solo que esta expresión no puede aplicarse a las reglas metódicas, frente a un ser humano. Como es sabido, practico y enseño las artes marciales, y cuando repito un tipo de entrenamiento (obligatorio), durante un tiempo, noto que me estanco. Entonces, dejo que sea mi cuerpo quien decida (por el deseo) qué hacer en los días subsiguientes.

Qué hacer para estar sano es lo mismo, aunque parezca más complicado. El cuerpo tiene sus propias reglas, todas ellas las de la naturaleza. Despertar, desentumecerse, regularse, limpiarse, son algunas de ellas, y todas con un denominador común: vivir.