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viernes, 5 de octubre de 2018

La estructura del conflicto

Superar la discordancia entre yo y el mundo no es un ensueño, es el resultado de superar primero la discordancia entre yo y... yo. De lo contrario, la opción disponible será el conflicto. La discordancia conlleva la discordancia de reglas, de las cuales hemos hablado, en primer lugar. El yo no es más que un conjunto de pensamiento y palabras, ordenadas para dar significado a todo, incluyendo al propio «yo».

Si una regla nos es impuesta desde el exterior, o si una propia es contradicha o inutilizada por la fuerza habrá conflicto; al mismo tiempo, se valora y protege la razón de uno mismo frente a la de los demás, siendo esta la regla principal.

La razón es un sustantivo abstracto, como la belleza, la amistad, o el amor; al mismo tiempo, es incontable puesto que no podemos tener cien razones en el sentido de ser cien veces racionales. En su forma verbal el hombre «razona», es decir, que ejerce la razón o cognición. Pero a la razón se le da un doble sentido diciendo: «Tengo razón»; es como decir que solo es válido mi razonamiento.

«Tengo tres razones para afirmarlo», es hacer pasar lo incontable como contable, y cada una de las razones es un argumento en defensa de un valor. Este es el que se le da a las circunstancias y hechos relacionados con la lógica, según nuestra interpretación.

La razón es pues lo que defendemos igual que un animal defiende su territorio, solo que esta no es física, sino mental y por ende sintáctica. La razón se compone de creencias, opiniones, certezas, perspectivas, reglas, etc., que en su conjunto nos parecen racionales. Pero dejan de serlo por su arbitrariedad. Aunque no dejaremos de defender aquello en lo que creemos y que sin embargo no siempre es lo que decidimos.

Rara vez una persona ha decido libremente creer en algo (sería un acto de fe). Lo que cree ha surgido de una experiencia (o varias) pasada o simplemente se basa en ideas preconcebidas. Además, cada creencia se percibe como una realidad absoluta en un mundo que, por el contrario, es relativo.

Siendo así, un problema o un conflicto se considerarán igualmente como absolutos o inmutables. Al mismo tiempo, las creencias pueden hacer que personalicemos el problema o conflicto. Tanto es así que uno llega a percibirse a sí mismo como el problema o conflicto; se ha identificado con ello y no puede establecer una línea divisoria.

¿Y quién es el que está equivocado? Alguien o algo, nunca uno mismo a pesar de todo. Aunque el conflicto siempre estará ahí, si bien existen dos clases de conflicto: interno y externo, relacionados entre sí.

El conflicto interno

Fuera del marco espiritual, no se experimenta la unidad de Ser. Por el contrario, estamos divididos (mentalmente) en tantas partes como queramos imaginar. Entre las diferentes partes puede haber un conflicto o varios. De hecho, los hay en variedad y casi de forma permanente. Por ejemplo, una parte de nosotros quiere, desea estar delgada y saludable, y otra nos empuja a comer en exceso. Este es pues un conflicto interno.
 

¿Hasta dónde es responsable uno de sus conflictos? Lo cierto es que se crean con el lenguaje con el que damos forma a la razón, creando un valor de la misma. Si, por ejemplo, no somos capaces de tomar una decisión, es porque no tenemos claro qué es lo que más valoramos en cierto momento y determinada situación. 

Además, entre algunas cosas de las que valoramos es probable que haya discrepancias. Si lo que más aprecio (valoro) es la libertad y, al mismo tiempo, me preocupa lo que digan los demás tendré un conflicto interno. Y tanto lo que yo valore como lo que los demás digan está sujeto a una organización sintáctica.

Por otra parte, hay que considerar cómo están organizados los valores. Según lo estén pueden crear o no un conflicto. Si, por ejemplo, valoro la honestidad por encima del éxito tendré un conflicto si por alguna razón me veo obligado a sacrificar el primer valor por el segundo.

Aunque me descubro diciendo que en este caso sea preferible no sacrificarlo nunca. Esto mismo demuestra, sirva de ejemplo, que para mí la honestidad ocupa un elevado lugar en mi propia escala, aunque NO me crea conflicto por tenerlo bien claro. Y conscientemente he sacrificado muchas veces el éxito por la honestidad.

El conflicto externo

Opera de la misma manera que el conflicto interno, con valores que entre dos o más personas difieren en importancia y orden. A esta clase de conflicto se le sumará el conflicto (interno) de cada persona, lo que a su vez creará un halo de incongruencia que una persona aprovechará contra otra.

Imaginemos a dos personas que vivan juntas, una es metódica (valora el orden y además el trabajo) y la otra no da prioridad a ninguna de esas dos cosas, o peor aún, es perezosa. Antes o después habrá un conflicto externo entre ambas personas.
 

Ahora supongamos que la persona que no valora el trabajo sueña con conseguir algo. La persona que sí valora el trabajo es muy probable que utilice la pereza de la otra persona como argumento contra ella. Pero la persona perezosa se defenderá recurriendo a toda clase de argumentos según sus creencias y preferencias. La otra persona hará lo mismo y así sucesivamente.

Imaginemos que se trata de varias personas, una familia, un grupo, una nación, un planeta entero, quienes tenemos que convivir con la convicción (inconsciente) de tener que ajustar (forzosamente) a todo el mundo a la propia escala de valores, o la del «grupo líder», ya sea religioso, político, etc.

Por otra parte, y en base a lo antedicho, si una persona trata de conseguir lo que quiere tratará de que otra persona no lo consiga. Mientras tanto, es probable que lo que la primera consiga no sea lo que en realidad quería.

En resumen, que nos enfrentamos a partes antagonistas, cuya complejidad viene dada por ser entre uno mismo y con los demás. El asunto se vuelve aún más complejo por la dependencia generada. ¿A qué? A una parte negativa de uno mismo utilizada contra los demás o al conflicto en sí.

Y si de lo que se trata es de lidiar con un oponente verbal, tengamos en cuenta que discutir no es lo mejor, sino cuestionar razones que él trate de imponernos.

Extracto del capítulo La estructura del conflicto del libro: "Lenguaje transformacional, la sintaxis del bienestar emocional"

domingo, 30 de septiembre de 2018

Sakki, ki mortífero

El Sakki, por su semántica —ki mortífero—, aparenta ser más negativo que el anterior, Zyaki, pero no se trata de eso, sino de cómo el ki se involucra en el golpe decisivo. No obstante, es preciso conciliar la idea de ki mortífero con lo espiritual. Conviene recordar que antes hemos tenido que conciliar el vencer sin vencer o el combatir sin adversario. El sentido es el mismo y por eso la intención —deseo— de vencer o dañar no es sakki.

Igualmente ha de tenerse presente lo aprendido sobre la mirada, me-zen, puesto que el sakki se puede percibir en ella. Quienes me han conocido en combate dicen que tengo una mirada mortífera, pero les digo que no se han fijado en que también tengo una mirada dulce. Pero otros sí se han fijado, todo depende de la situación.

Del mismo modo, cortar el ki o hacer perder el ki del oponente requiere, por parte uno, de un ki decisivo, tanto que resulte mortífero, lo que no significa asesino ni violento. Si recordamos lo que conté de los motoristas que me rodearon, fue precisamente el sakki lo que los paralizó y evitó una pelea. Añado aquí que un testigo presencial sintió miedo.

"Con dieciséis años de edad, me rodearon unos matones dos o tres años mayores que yo; portaban las cadenas de sus motos. Uno de ellos me preguntó qué iba a poder hacer contra ellos, esperando así que yo me acobardase delante de otras personas que se hallaban allí. Sin miedo, les dije que me atacaran, si eso era lo que deseaban. Recuerdo que sentí como un cosquilleo en la espina dorsal y que no pensaba en nada. No hubo ninguna pelea, fueron ellos los que se acobardaron".

En otra ocasión, estaba con un par de amigos en un bar; recuerdo que fui al lavabo y al salir vi que un grupo de camorristas estaba burlándose de uno de mis amigos, quien era un poco flojo de moral. Le dije que no hiciera caso, pero ellos continuaron con sus burlas, pidiéndole que se acercaran para estirarle de las orejas. Entonces dije en voz alta: «iré yo la próxima vez que te molesten». Eran seis, pero huyeron a toda prisa.



No se entiende fácilmente este fenómeno, porque en realidad lo que ellos buscaban era una reacción vulgar, más o menos violenta, pero ahora sé que se encontraron con un ki mortífero que no esperaban. Lo percibieron en mi mirada y al mismo tiempo en mi calma. Les corté su ki y se les hice perder.

Cualquiera percibe el sakki de un oponente —son pocos los que lo poseen—, pero es aconsejable aprender si uno mismo lo posee. Eso no debe de confundirse con enojo, antipatía, ni bravuconería. Lo esencial a tener es cuenta es que nos enfrentamos al sakki del oponente antes que a él mismo y viceversa. Si uno tiene delante a un criminal o a un cobarde ratero, eso no quiere decir que posean sakki. Tampoco el oponente iracundo, por lo tanto tenemos que saber a qué nos enfrentamos. De nosotros mismos hemos de procurar, como he dicho, conciliar todo lo que se halle en el interior.

Sakki, ki mortífero es un apartado que pertenece al capítulo "Renovar la vía" de "La táctica sin táctica, La quintaesencia de las artes marciales".

domingo, 13 de diciembre de 2015

Ser humano, ¿un mito?

“No somos el que cruza un puente, sino el puente hacia la consciencia”

Por mucha realidad que se quiera dar a esa idea, la de ser humano, seguirá siendo solo eso, una idea. Humano es un sustantivo, no un verbo que pueda hacer de nosotros "humanos". Y da retumbo que la palabra humano contenga valores esenciales como afecto, comprensión y sobre todo compasión. Pero no son más que elementos semánticos a la vista de cómo se desarrolla la vida en la Tierra.

Por otra parte, está el comportamiento de racionalizar, lo que dilata el sustantivo, tal como se define en el término Homo Sapiens, del cual se dice que es una evolución de los hominoideos o primates sin cola. Pero si hiciésemos un balance de nuestro contenido mental, de nuestras arrogancias, comportamientos y miedos, veríamos que la palabra evolución podría ser un mito, y también la definición de humano.

Sin embargo, el hombre ha alcanzado un nivel de complejidad y pensamiento abstracto que no le aporta el bienestar al que aspira. Aunque es un creador, debido a ese pensamiento, de nuevas realidades, lo imaginario no se distingue de lo real. Hay ventajas y desventajas con respecto a otras especies, pero se reniega de las primeras. Por ejemplo; la capacidad de adaptación y la consciencia que media en la psique y que alcanza lo espiritual.

El ser humano es el animal que más desarrollada tiene su autonomía (sistema motor autónomo) que más capacidad de adaptación posee. Sin embargo, hemos creado un sistema de salud, un estilo de vida, una sintaxis, que favorecen que la energía se bloquee tal como si hiciésemos un nudo en una manguera de agua, de modo que la mente se vuelve más compleja, autoritaria, temerosa y egocéntrica.

En cuestión de salud (física), el hombre tiene que buscarla, al contrario que otros seres vivos, para quienes salud y vida son la misma cosa. En cuestión de nutrición, las vitaminas, proteínas, minerales, etc., es lo que le importa, no la energía vital de los alimentos. En general, para gozar de una buena salud tiene que esforzarse, sin llegar a lograrlo jamás. Es además inconsciente de las capacidades de su cuerpo.

En lo que concierne a lo espiritual, el ser humano es igualmente inconsciente, de modo que, el desarrollo cerebral y la intensa actividad mental, están descompensadas en detrimento de su evolución como raza (humana). La consciencia se limita pues al hecho de saber que vamos a morir en contraposición a otras especies de las que afirmamos que no lo saben. Pero, ¿cómo sabemos que no lo saben? El caso es que en esta y en otras cuestiones, siempre sabemos lo que piensan y desean los demás, cuánto ni menos las especies que suponemos inferiores.

Otra característica en el orden de lo espiritual es que creemos en la supervivencia a la muerte, pero si nos preguntásemos cómo va a ser esa nueva vida, no habría respuesta novedosa, sino la mera fantasía de una réplica de esta vida en la Tierra. Una vida, sin trascender el bien y el mal, como las mismas verdades y mentiras, cielos e infiernos, con el deseo demente de mandar o acaparar, con los mismos juicios, idéntico enfrentamiento y análoga violencia.

No obstante, se excluye el sufrimiento, porque uno cree merecer el cielo; los enemigos el infierno, claro está. Eso da lugar a que los más progresistas no crean ni siquiera en la supervivencia, lo cual es como un salvoconducto para permitirse el mal, el que por otra parte parece ser más rentable, más cuanta menos inteligencia, más cuanta menos consciencia.

Ni unos ni otros, mandan en el Universo. Ni unos ni otros saben quiénes son, y si se hiciera la tentativa experimental de reducirse a vivir con lo que uno es, sin aditivos, sin abstracciones, caería en la cuenta de que humano es una condición experimental, de las pocas ventajas reales que nos sitúan por encima de otras especies.

En efecto, la condición humana es una transición, pero ¿hacia dónde? Hacia ser, tan solo eso. Mientras uno no sea (absolutamente consciente de sí mismo) ni utilice su condición humana para tal experiencia, ser humano seguirá siendo un mito. Y sonará un poco absurdo, incluso desdeñoso, pero la vida que hemos creado, entre arrogancias, es un sueño tan profundo que cuesta despertar. Más cuanto más toma la forma de pesadilla, al contrario que en un sueño ordinario.

El mundo (humano) padece hoy de un extremado desaliento, que entre otros síntomas se manifiesta por una desaforada información y desinformación, a la vez, en una búsqueda inútil de la salud, la felicidad, la paz. Ya casi nadie está seguro de sí mismo, ni mucho menos del medio en que transcurre su vida, ni siquiera sabe qué es mejor o peor, ni si sueña o no; se deja llevar por quien ni siquiera sabe de su existencia, a través de ideas y reglas que la vida no comprende y que es lógico que no comprenda, porque la vida que se nos ofrece es una vida imaginaria.



Sin embargo, hay personas despiertas o que están empezando a desperezarse. También a ellas les alcanza la frustración por querer despertar a sus congéneres. Una historia Zen lo viene a explicar de esta manera: imagina que vas en un barco, el cual se ve envuelto en una tempestad, encalla y empieza naufragar; hay gritos, desesperación, dolor, terror. Pero de repente te despiertas en medio de la noche, sudando, y sientes un alivio enorme por darte cuenta de que todo ha sido una pesadilla. 

La felicidad que sientes no tiene punto de comparación con nada, tanto es así que quieres avisar a las personas de tu sueño para que despierten, pero no puedes hacerlo. A pesar de que no te es posible hacerlo, puedes caer en la tentación de creer que sí puedes, y con ello corres el riesgo de volver a dormirte y reanudar el sueño. En cambio, sí puedes informar de que todo ha sido un sueño a quienes sienten que así es y te preguntan. Pero volvamos a la consciencia.

Permanecer en los extremos es un narcótico que fortifica la inconsciencia. Por eso, para poder ser-humano se necesita una única cosa: la compasión. Esta no consiste en hacer el "primo" o ser hipócritamente bueno. No puede ser practicada por la voluntad ni obviamente puede ser forzada. Surge de forma natural y espontánea, colocándose en el eje "figurado" de una rueda, cuyos radios son pensamientos derivados del amor y el odio enfrentándose entre sí. 

Todo el mundo desea el amor, ser amado, pero ¿y amar? Cuando menos se da uno cuenta está odiando. Es así porque, aun cuando se esté por el amor, no se deja de juzgar, de elegir en qué radio de la rueda colocarse.

Por eso, lo que llamamos amor incondicional no se ajusta a cómo procedemos, porque el amor que proclamamos siempre tienes condiciones. Pero cuando el amor se libera de las condiciones, no elige ningún radio, sino el eje, surge su realidad inherente: la compasión. 

Sirve está como barómetro para determinar si estamos siendo o no humanos, como también nos servirá el nivel de calma, serenidad, ecuanimidad, alegría sin causa, para saber por dónde andamos. Pero no hay que calcularlo, resiste la tentación. Es cosa de sentir, dejando un solo esfuerzo a realizar: el de permanecer en el eje de la rueda. 

Casi todo el mundo clama por un cambio, pero este es el cambio: vivir en el eje. Por supuesto que nada en la vida es más difícil que eso, pero es la vía directa a la iluminación, en términos budistas, el reino de los cielos, en boca cristiana, a codearse con el Universo, en mi propia jerga. Codearse viene a querer decir descubrir que eres eso y que no hay un puente que cruzar, que somos (humanos) el puente hacia la total consciencia.


¿Qué puedo hacer mientras los demás duermen?

  1. Ser consciente de mi cuerpo, de todos sus procesos, de todas mis sensaciones.
  2. Ser consciente de todas mis emociones, de todos mis pensamientos.
  3. Ser consciente de todo lo que digo y hago. 
  4. Ser consciente de todo lo que escucho y veo. 
  5. No juzgar lo que ocurre en mí, pero que no quede nada por observar.
  6. No juzgar lo que ocurre en el mundo, pero que nada escape a la observación.
  7. No elegir (mentalmente) entre odio y amor con respecto a amigos y enemigos.
  8. No juzgar un problema, una situación, un conflicto; resolverlo es muy distinto.
  9. No discriminar, no hay ángeles ni demonios, solo dormidos y despiertos.
10. No regresar al sueño para despertar a nadie. 
11. Saber por qué soy humano y merecerlo.
12. Y una única elección: entre risa y llanto, si los demás duermen, es mejor lo primero.

Mushin: vacío, respiración, concentración, meditación

“Qué no ha de provenir del vacío y a él vuelva: todas las formas. Al meditar practicamos el vacío e intuimos que no somos forma”

Las emociones resultan de lo que estamos pensando. Incertidumbre, decepción, frustración, miedo, ira, tristeza… son reacciones a lo pensado. Hoy en día, que lo pensado sea más negativo, así como que las reacciones sean más intensas empieza a ser normal, dadas las circunstancias, pero no nos vamos a dejar aterrorizar por una borrasca, aunque también las razones sean cada vez mayores.

Hay que dejarse penetrar por el vacío mental y la respiración, pues no habrá forajido ni demonio que pueda con uno. Sin embargo, es imprescindible relajar los hombros y el abdomen, y después dejar que el aire inspirado profundice, de manera que el diafragma se flexibiliza y uno se relaja.

En el hilo de lo dicho, es conveniente puntear un detalle que concierne a la respiración. Muchas personas creen que al éxito (en lo que sea) se llega por el esfuerzo, pero si el esfuerzo no se lleva a cabo con naturalidad se transforma en un forcejeo, el cual nos aboca al fracaso. Por consiguiente no se ha de forzar la respiración.

En cualquier caso, de lo que se trata es de limpiar el terreno mental, por así decirlo, de manera que uno pueda acceder a momentos de vacío. Y dichos momentos son el batallón de limpieza. La mente se parece a una charca, la cual suele estar fangosa, pues todo el mundo y todos los acontecimientos pasan por encima. El mayor problema reside en que uno mismo remueve aún más el agua fangosa, como si estuviera tratando de eliminar el barro del agua. Es lo mismo que decir que uno piensa compulsivamente casi las veinticuatro horas del día.

Por el contrario, puedes tomar la actitud de esperar a que el fango repose en el fondo de la charca, sin remover el agua. Las cosas se ven de forma diferente. Es lo que ocurre con la práctica de za-zen o meditación. Así pues, seguidamente, pasaremos a practicar, teniendo en cuenta la concentración, la respiración, la meditación en "nada", alcanzando de ese modo un estado de sosiego y vacío o Mushin.




Lo primero es elegir el lugar y la postura para sentarse. Es ideal poder elegir un sitio al aire libre, en plena naturaleza, manteniéndose al abrigo de transeúntes, de moscas y de avispas, pues todos tienen en común el molestar. Es una broma. Bueno, no tanto. El caso es que si tienes que espantar las moscas cada veinte segundos terminarás diciendo que meditar es un incordio, pero a buen seguro que el incordio son las moscas. Por esa razón el sitio debería ser a la sombra y donde corra una brisa. 

Sin embargo, no siempre es posible hacer esto al aire libre (y menos a diario), sobre todo por quienes viven en ciudades grandes. Si no se puede habrá que hacerlo en casa, reservando un espacio privado que esté aseado y algo ventilado. Claro que también ha de aprenderse a meditar esperando en la cola del autobús, en la sala de espera del dentista, o sentado en la cafetería. 

En fin, que habrá que comenzar antes de que volvamos de nuevo al pleistoceno (debido al necioceno actual, claro). ¿No te parece? 

La postura

Se puede usar un cojín o zafu, como los utilizados en el Zen. Te sientas sobre el cojín con las piernas cruzadas, de manera que las rodillas toquen el suelo y la espalda esté recta pero no rígida. El cojín tiene que estar ligeramente inclinado para así facilitar la posición. O puede usarse seiza, es decir, sentarse a la manera tradicional japonesa: de rodillas y sobre los talones.

Si uno conoce las posturas de loto o medio loto puede usarlas, y sirve una adaptación del medio loto, de manera que la pierna que iría por encima de la otra, se coloca por delante, apoyando la planta del pie contra la tibia.

Ahora bien, puede usarse una silla, si no hay más remedio, con la condición de que la espalda esté recta y las piernas quietas. ¡Incluso sirve la taza del retrete! Por supuesto, siguiendo el consejo de aquel maestro que decía: "cuando comas concéntrate en comer y cuando hagas caca, en eso mismo". Pues ya sabemos… no es el momento para pensar ni para leer el periódico. 


Las manos se colocan sobre el regazo, con las palmas hacia arriba, manteniendo los hombros bajos; o se pone la mano izquierda sobre la derecha, con ambas palmas vueltas hacia arriba, con los pulgares tocándose. Este gesto es conocido como "mudra cósmico" o Hokkaijoin, si bien el nombre importa poco. 

La respiración

La respiración común no afecta al diafragma, pero si la respiración se profundiza el diafragma se flexibiliza y se relaja, como he dicho. Entonces, la respiración se vuelve natural. Eso es imprescindible, siendo que el hombre civilizado no solo ha constreñido su pensar, también su respirar natural. 

En un sentido más sutil, al profundizar la respiración, la fuerza vital también lo hace, y de arriba abajo; por eso podría sorprendernos la expresión de que la respiración tenga que llegar al cóccix. Pero recordemos que hay que respirar con naturalidad, puesto que la energía se va a incrementar en el abdomen o hara, y no hay que dejar que se colapse debido a una respiración forzada.

Así pues, explicaré la manera de abordar la respiración para principiantes. Los ojos están entreabiertos, mirando a un punto fijo a cuarenta y cinco grados hacia el suelo. A continuación se establece una cuenta que te ayuda a mantener la atención fuera de la divagación. Se cuenta del uno al diez en cada inspiración (inhalación) y espiración (exhalación), tal como sigue:

1: inspiro 2: espiro 
3: inspiro 4: espiro 
5: inspiro 6: espiro 
7: inspiro 8: espiro 
9: inspiro 10: espiro

Si se pierde la cuenta hay que regresar al "1", estemos donde estemos. Más adelante, cuando uno ya está entrenado, se dejan de contar las inspiraciones y se cuentan únicamente las espiraciones. La respiración, en general, ha de ser natural y tranquila, pero normal. Poco a poco tiende a ralentizarse.

Al cabo de unas semanas o meses, ya no se contarán las respiraciones. Más bien uno ha de observar su respiración. Ser consciente de que inspira y espira. Doy por hecho que para entonces el cuerpo ya no estará tan contraído ni la mente embotada, lo que supone habernos desprendido en algo de una voluntad conflictiva. 

Siendo así, ahora variaremos el ritmo respiratorio: la inspiración es un poco más corta y la espiración un poco más larga y lenta. Entre ambos hay una brevísima retención de aire. Advierto que no hace falta acumular tanto aire como estupideces en el talento. No se trata, por lo tanto, de acumular aire, sino de crear armonía en la respiración. Los pulmones NO son para jugar y hacer el cafre puede ser perjudicial. 

Así que nada de jadear. Si uno tiene la sensación de estar en el fondo de una piscina o se siente ahogado como en medio de un vendaval es que lo está haciendo mal. Es preciso dejar que el ritmo correcto se establezca por sí mismo. Este es el resumen:
a) inspiración/corta b) retención /breve c) espiración/larga

La concentración

A partir de aquí es obvio que uno tiene que estar concentrado, pero ¿qué va a hacer con los malditos pensamientos? ¿O no hacen más ruido que una legión de tamborileros? Es una cuestión de atención. Simplemente no se les presta atención a los pensamientos. 

Si les prestas atención los estás consintiendo; si tratas de rechazarlos, en realidad también les estás prestando atención. Y eso mismo pasa al prestar atención o también rechazar a las personas o acontecimientos que nos incordian. Apúntalo.  

Por lo tanto, no hay que consentir los pensamientos y tampoco rechazarlos, pues en vez de vaciar la mente uno se irrita y piensa el doble. Se genera una lucha interior y puede acabar neurótico. Ni consentir ni rechazar. En realidad los pensamientos no son más que pájaros que vuelan a nuestro alrededor, hojas que arrastra el viento o nubes que se disipan. Por eso no deberíamos tomar tan en serio las cosas que pensamos. Si no, fíjate en cómo funciona el mundo de tanto pensar… 

Una vez hallado el punto medio de vacío en el pensamiento, hay que incrementar los niveles de concentración para evitar que el diablo de la estupidez humana nos juegue una mala pasada, haciéndonos perder concentración. Por eso, hay que estar prestando atención, en vez de a los pensamientos, a las cosas que ocurren alrededor tuyo. Por ejemplo, si estás meditando al aire libre, escucharás el vuelo de insectos, el gorgoteo del agua, el croar de una rana, el canto de unos pájaros, etc. 

Al mismo tiempo, hay que estar alerta de las sensaciones corporales, como un picor en la nariz, sensación de calor o frío, etc. Uno no puede estar distraído. Tiene que estar alerta. Si un maleante fuera a apuñalarte por la espalda tendría ventaja si te pilla distraído. De hecho, los accidentes suelen ocurrir cuando uno está distraído. Y hay más, uno se encuentra mal por estar distraído, cuando es sorprendido por sus propios pensamientos negativos.

Meditación

Ya lo has hecho, llegados a este punto. Pero es importante tomar la actitud de vaciar la mente en cualquier circunstancia. Si alguien te mete una bronca, respira, mírale la punta de la nariz y deja de evaluar lo que pasa. Y que me disculpe el instigador, sea quien sea, pero yo no lo tomaría demasiado en serio. Ni tampoco al manipulador, ni al intimidador, ni a nada. Que sí, que hay que darle la vuelta a la congoja, sea como sea, ¡caray!

Nadie puede discutir con una vaca. Entonces, actúa como si fueras una vaca a la hora de discutir con alguien. En especial si discutes contigo mismo (pensar compulsivamente). 

¿Y por qué meditar? ¿Y por qué ir al cine? ¿O por qué… tal? Uno ha de conocerse a sí mismo y hallar la tranquilidad de espíritu. Pero hay que practicar. Si en una persona vibra de verdad un ápice de deseo por esa tranquilidad, ya no hay vuelta atrás. 

Si se abandona la práctica, sea la que sea, es que no ha vibrado nada. Puedes decir que ahora no tienes tiempo para volver a natación o a hacer calceta, pero no para lo que en verdad importa, lo más sagrado de ti mismo. 

No va uno a decir que este año no tiene tiempo de comer. Pues mira que el espíritu también necesita comer. El cuerpo es para unos días y el espíritu para siempre. No vayamos a dejarlo flaco de fuerzas. Al punto, la vida no es un vademécum de estupideces, como  las que estamos acostumbrados, sino un latir del corazón cósmico. 

¿Y ahora qué? No vamos a quedarnos a medias… es un decir, pues a estas horas hay que estar ardiendo en deseos de ponerse a practicar, pues si se trata de entrar en campos celestiales de poco servirá la idea. Ni aun la fe, si la mente parece un vertedero. Así pues, se precisa practicar con constancia. La música no suena si no se escucha. 

sábado, 12 de diciembre de 2015

Generalidades previas a los Taiheki

"Si miramos hacia arriba veremos las hojas, a los lados la sombra, de frente el tronco, pero la esencia del árbol está abajo, en las raíces"

Considerando el movimiento y la postura, como he venido insistiendo, antes que la conducta observable, hay pequeños detalles que destacan incluso al neófito, bien por reconocerlas en sí mismo o en alguien cercano a él. A fin de cuentas de lo que se trata es de ver cómo somos frente al espejo, no psicoanalizando hechos.

Es obvio que uno se rasca donde le pica, aunque otras cosas no sean tan obvias. Pero lo que importa aquí es que el suceso tenga fundamento. Si te pica la nariz no te rascas en la barriga. Y más importante es que este tipo de cosas no se hacen por un conocimiento adquirido, sino por instinto. Veamos algunos ejemplos.

Las personas con una acumulación de tensión en un lado del cuerpo, tienden a dormir sobre el lado contrario. O después de una comida copiosa uno duerme con las piernas abiertas. Las personas con una excesiva actividad cerebral ponen las piernas en alto cuando se sientan para descansar.

Otra costumbre es la de estirar las piernas, sentados en una silla, empujando el respaldo con la espalda, lo cual suelen hacer las personas que tienen una inclinación del cuerpo hacia delante, lo que veremos después con más detenimiento. Otras personas caminan meneando las nalgas, debido a un movimiento de torsión de la cintura; por esa misma razón, cuando duermen, tuercen el tronco al revés que en la actividad diurna o cruzan las piernas.

Estas cosas se deben a la actividad del sistema motor extrapiramidal, la finalidad es aliviar la tensión, según la zona en que se acumula. Se regulan, por así decirlo. Las personas sobreexcitadas, por la causa que sea, se lamen el labio con insistencia.

Asimismo, cabe mencionar que las personas de movimientos rápidos o lentos, tienen una respiración más rápida o más lenta. En cualquier caso, hay que considerar que el movimiento inconsciente nunca está ausente, ni siquiera dentro del movimiento consciente. Pero también hay que tener en cuenta al hábito que surge del cuerpo.

De hecho, cuando hay cambios corporales hay también cambios en la manera de hacer las cosas. Por ejemplo, si uno está tenso o relajado no tiene el mismo efecto al conducir, o tal vez al pintar un cuadro o simplemente al tratar con un problema.

Si una persona vomita por comer algo en mal estado, entonces debe considerarse igualmente tal suceso como un movimiento (involuntario) que tiene una finalidad: la de eliminar algo, lo cual no puede hacerse estáticamente. El asunto estriba en que algo así también forma parte de los hábitos del cuerpo, en este caso saludables.

Las personas con torsión, siguiendo con los hábitos del cuerpo, suelen mover un brazo más que el otro o una nalga más que la otra; si menciono esto es por hacer otra alusión a la parte inconsciente del ser humano. Las personas que sienten la necesidad de hacer algo, sin darse cuenta, cruzan las piernas estando sentadas. Acaban levantándose, si por ejemplo están en la sala de espera del dentista.

En general, de lo que se trata es de comprender los hábitos que subyacen en el movimiento. Incluso un catarro está sujeto a este hecho. Sirva de ejemplo que uno comienza a tener un dormir agitado poco antes de acatarrarse, lo que acontecerá si la agitación previa no ha sido suficiente para liberar las tensiones acumuladas. Y hay más: que el mero hecho de enfermar es, ciertamente, un movimiento dirigido a la salud, mediante la autorregulación (involuntaria) del cuerpo; el dolor es igualmente un movimiento de algo que está vivo. O los cambios de temperatura o cualquier acontecimiento del cuerpo.

El movimiento, tome la forma que tome, es un hábito corporal o Taiheki. Surgen unas tendencias y un tipo de reacción a las fluctuaciones de la energía, dependiendo de la sensibilidad. Noguchi hizo, a este respecto, una clasificación de los movimientos que dan lugar a pautas de comportamiento. Estos movimientos son: vertical, lateral, antero-posterior, de torsión, y de abrir o cerrar la pelvis. A su vez, estos cinco movimientos se dividen en "tipos impares" que derivan de un exceso de energía y "tipos pares" que derivan de un déficit, debido precisamente a las fluctuaciones.

No obstante, todo el mundo presenta ascensos y descensos de energía, se trata pues de propensiones.

Cada tipo de movimiento revela, además, dónde se coagula la energía (punto de fatiga) y a qué órgano o sistema afecta. Así pues, en el movimiento vertical la energía se coagula en el cerebro; en el lateral se coagula en el sistema digestivo, en el antero-posterior en el sistema respiratorio, en el de torsión en el sistema urinario, en el de abrir o cerrar la pelvis la energía se coagula en todo el cuerpo, lo que se determina por la contracción y la relajación, así como por la rapidez con que se lleva a cabo.

A veces, durante una charla, los asistentes se asombran de las coincidencias entre lo que se dice y lo que ellos han observado en la vida cotidiana. "Oh, es mi hermano, mi amigo, mi jefe...".

Hace poco, hice una descripción de un tipo concreto de movimiento. De repente una mujer me interrumpió preguntándome que si ella era de ese tipo. Le dije que era precipitado afirmarlo y continué con lo que estaba explicando. "Soy yo, soy yo", volvió a interrumpirme. Lo cierto es que llevaba algo de razón a pesar de todo. Es pues normal que también a ti te suenen las cosas que aprenderás en las páginas subsiguientes.

Imaginemos la utilidad de saber por qué nos comportamos de determinada forma o por qué los demás hacen lo que hacen, a veces, ante nuestro asombro o disgusto. De lo que se trata es de volvernos conscientes; siendo que lo que impera en la sociedad es la inconsciencia creciente, uno llega a no saber si vive o dónde queda su nariz, solo hay que recordar lo que conté al principio de aquellas personas que no lograban localizar su plexo solar.

En la frenética vida moderna, únicamente se oye un murmullo de voces, un diálogo interno que no parece cesar nunca, y un mar de prejuicios que nos hunden en la miseria emocional, una falta de sensaciones que nos obnubila.

Si acaso queremos bucear en el océano que nos permita distinguir el iceberg por completo, es preciso descartar modelos conceptuales universales. Digo esto, porque a simple vista la clasificación de tipos de movimiento puede parecer uno de esos modelos, pero en este caso existe una diferencia de enfoque.

No se trata de acoplar un modelo a un individuo, sino de ver la relación razonable que existe entre ambos. Es el individuo lo que se observa y no el modelo o tipo al que se supone que pertenece. Si se fuerzan los hechos a las teorías nos podemos encontrar con un cuasimodo de mala ciencia.



En el libro viene, al final de cada Taiheki, un resumen o epílogo de cada grupo y tipo (1, 2, etc.,), de lo cual añado aquí unos pocos detalles:

Vertical

Movimiento ascendente.
Coagulación de la energía en el cerebro.
Descarga cerebral.
El movimiento depende de la primera vértebra lumbar.
Descarga el peso sobre la punta de los pies, en la base del pulgar.
Carece de fuerza en la pelvis.

Lateral

Movimiento lateral.
Coagulación de la energía en el sistema digestivo.
Descarga digestiva, sentimental.
El movimiento depende de la segunda vértebra lumbar.
El peso queda en un lado, tanto en los dedos como en el talón.

Antero-posterior

Movimiento hacia delante y atrás.
Coagulación de la energía en el sistema respiratorio.
Descarga en los pulmones y actividad.
El movimiento depende de la quinta vértebra lumbar.
El peso se sitúa en la punta de los pies y los talones, tipos 5 y 6.

Torsión

Movimiento de torsión.
Coagulación de la energía en el sistema urinario.
Descarga por la competición.
El movimiento depende de la tercera vértebra lumbar.
El peso recae sobre los dedos de un pie y sobre el talón en el pie contrario.

Pelviano

Movimiento de abrir y cerrar la pelvis.
La coagulación de energía no es sobre un área, sino en todo el cuerpo.
El cuerpo entero se tensa o relaja a partir de la pelvis.
El movimiento depende de la cuarta vértebra lumbar.
Descarga instintiva y sexual.

Sensibilidad

No existe coagulación fija en un área determinada.
El movimiento y la postura son variables en el tipo 11 o hipersensible.
El tipo 12 es insensible a las oscilaciones.
Ambos son estados de hipersensibilidad o de insensibilidad.

Extracto del libro: "Taiheki. El dilema del comportamiento humano y el exceso de energía"

martes, 8 de diciembre de 2015

Más allá de las coincidencias

"Una coincidencia es elegir un camino que ya se está recorriendo"

Reflexionando a fondo se puede leer lo invisible, aunque hay que mirar, escuchar, y hasta gustar y palpar… caray. Aunque, ¿se hace o no? Sospecho que sí, pero uno siempre mira lo mismo, escucha lo mismo, etc. Dondequiera que sea resulta monótono comerse todos los días una ensalada de prejuicios, ideas y convicciones cantando el himno de la verdad y haciendo girar los pedales de la monotonía en una bicicleta estática.

A mí me gusta mirar hacia todos los lados y ver qué puede sorprenderme. Es la salsa de la vida, pues si uno que está vivo hace lo mismo que cuando esté muerto, no le veo la gracia por ningún lado. El caso es que las cosas que se pueden ver, y que pasan inadvertidas, son profusas; aparte, nos proporcionan la información de que nada ocurre por casualidad, de que todo está interrelacionado y que todo tiene una finalidad que escapa al conceptuar humano. En fin, que todo son coincidencias, pero muchas personas confunden la coincidencia con la casualidad.

Son cosas diferentes e incontrastables. Coincidencia es una simultaneidad entre dos o más hechos o situaciones que parecen indicarte un camino a seguir. Es más, te llevan directamente ahí, si te dejas llevar, claro está. Es como si alguien estuviera interesado en que vayas por ahí precisamente.

La casualidad no existe, pues sigue siendo una coincidencia que no se percibe como tal, ni como nada, más a menudo de lo que parece. Aunque sí es una causalidad, es decir, un efecto labrado antes en una causa, por mucho que se niegue y se quiera demostrara lo contrario. Ahora bien, por la cuenta que nos trae será mejor labrar con conocimiento de causa… y nunca mejor dicho.

El hecho es que, muchas veces, no vemos que alguien o algo parece estar interesado en nosotros de una manera concreta, incuso que no deja de hacer algo en nuestro favor, aunque este no se perciba o no se entienda. Algunas personas lo llaman milagro y otras lo llaman casualidad. Igual que unos llaman a las fatalidades aprendizaje y otros no pasan de echar chispas por la mala suerte. Son matices del pensar humano.

En 1986 sufrí mi primera crisis existencial, siendo desbordado por la ansiedad y una depresión de las que hacen historia. Un tambaleo sentimental y económico (el primero de una serie de ellos). Si bien este tipo de tambaleos impiden que te duermas en los laureles en cuanto a despertar. El caso es que por estas fechas me encontraba en Madrid realizando un curso de entrenadores deportivos, y aunque apenas salía del recinto donde se daban las clases, un compañero me pidió que lo acompañase a una librería para comprarse él un tratado de fisiología deportiva.

Curioseando, encontré un libro: "Los tres pilares del Zen" de Philip Kapleau. Me fijé en él, pero nos marchamos sin que yo lo comprase. Al día siguiente me encontraba bastante mal, pues estaba acatarrado y deprimido. Decidí irme a comer en solitario después de las clases de la mañana. Pero me di cuenta de que no llevaba dinero encima, ni tarjetas de crédito. Además los bancos ya habían cerrado.

La evidencia no me bastó, y llamé a la puerta de una oficina, pero no me abrieron. Me tomaron como el estrangulador de Boston, no sé si por que hacía mala cara, llevaba la barba sin afeitar, gafas de sol, un chándal y una bolsa de deportes con un lanzacohetes dentro, supongo que en opinión del guardia de seguridad. Y reconozco que tenía pinta de mal pronóstico, pero eso era lo de menos.

El panorama era que ese día no iba a comer y, siendo que los catarros no me quitan el hambre, sino todo lo contrario, se me ocurrió ir caminado a un centro comercial que quedaba a casi tres kilómetros de donde me encontraba. Corría un viento cálido que me hacía transpirar, pero no echarme atrás.

Como era cliente del centro comercial solicité una tarjeta provisional. Comí y luego, ya recuperado de mi debilidad visceral, fui a echar un vistazo a la sección de libros. Lo que no sabía yo era que iba otra vez a darme de narices con el mismo libro. Y tuve la osadía de, por segunda vez, no comprarlo. En serio, los seres humanos solemos asistir a la procesión de la repetición, pero a veces uno se salta la regla, aunque en mi caso todavía no.

Casi al final del curso, un compañero (el mismo que la vez anterior) y yo, fuimos invitados a una cena. Íbamos en taxi y nos vimos envueltos en un atasco. Así que nos apeamos dos o tres manzanas antes del lugar al que nos dirigíamos y continuamos a pie. ¡Y vaya! Pasamos por la librería que por primera vez había visto el susodicho libro, antes de que cerrasen.




Mi amigo me dijo que aprovecharía para recoger su libro de fisiología, puesto que la vez anterior no lo tenían disponible y lo había encargado. En cuanto al mío, es decir, al que me perseguía, de una forma enigmática, ¡lo compré! ¡Lo juro! Esta vez algo me dijo que o compraba el libro de Zen o tendría pesadillas de por vida. Y a pesar de haberlo comprado las tuve, pues eso forma parte del aprendizaje. O dicho de otro modo: que hay que arrimar el hombro. 

Todavía conservo el libro y lo habré leído unas cuarenta veces. De veras. Pero la historia no acaba aquí, ni mucho menos. Unos años más tarde, unos alumnos míos compraron una nueva edición del mismo libro, pero debieron de calcular mal, ya que compraron uno de más. Resulta que yo había perdido la primera edición, en una mudanza, pero nadie lo sabía. Así que me lo regalaron. De pura ironía, dos años después, encontré el viejo libro, algo ya harto previsible para mí. 

En resumidas cuentas, que alguien me debía de estar gritando algo así como: "O te pones a meditar o te voy a dar la coña hasta el día del juicio final". Pero la génesis de las coincidencias no estaría completa sin otra historia que, para colmo de coincidencias, también tiene que ver con un libro. ¿Será que no les tengo alergia? Lo digo porque para una gran mayoría las letras vienen a ser desconocidas. 

Este libro lo recibí por correo, (creo que fue la primera y única edición en español, no estoy seguro). El título era: "El no hacer" y su autor Itsuo Tsuda. La diferencia esta vez fue que lo adquirí a la primera. Pero no lograba entenderlo ni por asomo. Recuerdo haber acogido la frase "movimiento regenerador" con la sensación fastidiosa de estar ante un jeroglífico, sobre todo, cuando la leía en japonés: Katsugen Undo. Y eso que ya estaba familiarizado con la nomenclatura japonesa. 

Acabé por arrinconarlo en una estantería, si bien no lograba quitarme el gusanillo. Algo me decía que tenía que descubrir aquello, pero no sabía cómo. Bueno, el caso es que el libro en cuestión seguía en la estantería. Naturalmente nuevas coincidencias empezaron a rondarme, y de vez en cuando aparecía sobre la mesa del escritorio o en el sofá como por arte de birlibirloque. 

Lo achacaba a que había sacado de la estantería algún otro título con prisas y que probablemente se habría caído, o vete tú a saber. Tampoco me apetecía ponerme a perseguir los duendes que mueven libros de sitio. El caso es que lo releía, una y otra vez,  sin enterarme de nada y luego devolvía el libro a la estantería. Me era de sumo interés, si bien aún no podía apreciar la razón. Ni agudizando el ingenio. Pero me quedaba abrirme a lo que estuviera por venir, aunque tardase. 

Al cabo de unos años fui a una tienda deportiva para comprarme un kimono, la cual no solía visitar mucho; de hecho, hacía mucho tiempo que no. En el mostrador ponían a veces folletos con información de algún curso, que solía curiosear cuando iba allí, pero no esta vez… porque tenía mucha prisa, la que tenemos por ser esclavos del tiempo, sin enterarnos, sin experimentar, sin gozar de la existencia eterna, o sea, sin lo que se diría no-tiempo. 

Total, que salí de la tienda, pero necesitaba apuntar algo en un papel, por lo que entré otra vez con la idea de coger un folleto y usarlo para escribir. No corras que viene curva. El folleto anunciaba un curso del tema del cual hablaba el libro, lo que jamás había visto en aquella tienda ni en ningún otro lugar. Y, en efecto, parecía estar esperándome, aunque suene demasiado idílico. 

Cosas así son las que te mantienen en ascuas y hasta te hacen reír. Pero así es como empecé a aprender el movimiento regenerador, lo que para mayor atino siempre ha compartido mi actual pareja. Es curioso que el libro en cuestión volviese a dar que hablar en cuanto a coincidencias, pues protagonizó otra de ellas. No sé por qué ocurrió así, pero lo importante es que la advertencia no es vaga: algo aguarda a que te des por enterado. Si parece vaga, en realidad la mente es lo vago. 

Ocurrió bastantes años después, cuando organicé un curso del movimiento regenerador. Una pareja que asistió me dejó estupefacto. Estaban de paso, por Madrid, si no, no habría tenido tanta gracia la cosa, digo yo. Pero ojo, lo que pasó: ¡se encontraron un ejemplar del libro "El no hacer" en un contenedor de basura! ¡Inaudito! Y bueno, podían haber ido a practicar allí mismo, pero dieron conmigo por Internet, sin que yo supiera nada. Dado que vivían relativamente cerca de mí, tuve la oportunidad de conocerlos.

¿Es que alguien los envió a contarme la batallita? Supongo que nadie va a levantar el dedo. Y tampoco creo que Dios vaya a confesar ninguna de sus fechorías, aunque estoy por pensar que todas sean por nuestro bien, atendiendo a que el Universo quiere experiencias vibrantes y no rutinas exasperantes. Pese a que el ser humano no sepa librarse de revivir las rutinas que llama realidades. 

Lo importante es que, bromas aparte, los ojos se me humedecen al recordar estas cosas. ¡Qué digo! Lloro como un descosido, me emociono a lo bestia. Y he de reconocer que en muchas ocasiones, cuando recuerdo las veces que en el pasado he creído que la vida me había negado ciertas cosas, me echo a reír aún más y sin piedad. En serio, y es que no hay para menos, porque no existe potentado en este planeta que posea lo que le cae del cielo al que rompe el caparazón de los sentidos. 

Tal es la sentencia del destino. ¿Cómo se explica su excepcional puntería? Quiero suponer que uno algo invierte en las cosas que le suceden, o más que algo. No sabemos dónde cuándo ni cómo se fraguan, pero las cosas no dejan de suceder y con su respectiva correlación. Nada pues tendría sentido sin dicha correlación y sin cada instante a vivir. 

La vida está hecha de instantes y no me cabe duda de que tú también tienes muchas cosas parecidas que contar; lo que sí es seguro es que tengo la sensación de que nos conocemos desde siempre, lo que me importa bastante, siendo que todo está relacionado y unido por un amor incondicional, más allá de las coincidencias. El resultado más inmediato es que sentimos curiosidad y el que aflora a largo plazo es que todos estamos unidos por algo muy especial. Encontrémoslo. 

martes, 2 de julio de 2013

Escándalo cognitivo

Existen muchas clases de universos, pero especialmente uno que es el intelectual. Este se da, a su vez, en un tipo de hombre abandonado a la abstracción. El problema es que eso representa el mayor porcentaje y que la sociedad, el sistema, son tan abstractos como la puesta en escena de la inteligencia.

Por supuesto que no condeno el uso del intelecto, siendo este una ventaja humana, sino que lleguemos a creer que somos ángeles, no por ser bondadosos, sino por carecer de cuerpo, en tanto que no se considera otra opción que pensar compulsivamente.

El mundo se percibe en base a conceptos y cuanto más complicado mejor. Si se menciona la palabra naturalidad uno encoge los hombros, ¿de qué se trata? Si es la espontaneidad la que se pretende introducir en el mundo humano cualquiera puede preguntarse si se trata de una rara enfermedad.

Y no veas si hablamos de sensación o sencillez, ¿qué clase de maniático es el que se atreve a pronunciar tales palabras? Se parecen a la palabra libertad, la cual no se entiende fuera del marco político. Un hombre libre será un extravagante a los ojos de los demás, y no en vano, porque pocos han experimentado el ser libres. Hum, somos civilizados.

¿Para qué entonces ocuparse de la vida? Esta se ha convertido en un proceso industrial, una ingeniería global. ¿Quién va a comprobar si está vivo o muerto? El sistema se ocupa de ello. Es por supuesto el sistema geométrico. Para unos es malvado, para algunos es anodino y para otros benévolo, imprescindible e incluso divino.

En cualquier caso las personas viven insatisfechas, preocupadas, colmadas de trivialidades, entre reyertas, reprimidas, co-dependientes, con la incógnita de cómo vivir. Algo impensable para una lagartija o un pájaro.

Así pues, necesitamos un estudio riguroso para vivir: esto sí, esto no; alguien ha de decirnos la cantidad de líquido a absorber, de qué ha de estar compuesta la comida y un largo etcétera. En este referente poco importan los sabores y el apetito, se ingiere pura química que no sabe a nada. Pero si se dice que es lo correcto no se dudará de ello, pues incluso qué ha de creer uno les es dado en bandeja, por ejemplo, si los especialistas dicen que hace calor, aunque haga frío sentiremos calor.

Al fin y al cabo, ¿qué va a saber un albañil de fisiología? La ironía dice que tampoco su cuerpo ni el de una vaca. La ciencia es de los especialistas, dudar de si esta es una tiranía o no, es una cuestión propia de torpones, locos o rebeldes sin causa. Aunque nos preguntemos ¿quién va a ir al retrete sin ayuda? ¿Y pensar?

Todo está prediseñado, de manera que el individuo no es nada. En todo caso se pueden hacer valer las credenciales o las pruebas científicas, solo que vuelve a haber otro inconveniente, y es que existen muchas ciencias, tantas como individuos. Decir que solo hay una verdadera la convierte en una dictadura que pasa desapercibida. Es algo similar a la lógica, ¿cuál es la verdadera? ¿La tuya o la mía? Se parece a si la humanidad es o no humana.

Sin embargo, que se tranquilicen los rebeldes, pues no son las personas las responsables de la falta de humanidad, sino el sistema, la geometría que ha cobrado vida por sí misma. Lo controla todo; pero ¿cómo se ha llegado a esto?

En todos los estratos sociales se manifiesta el concepto, la idea, el método, la verdad, la ley, el superlativo de la razón en definitiva. Sin embargo, tenemos que elegir entre dos realidades: la de ser un mero engranaje de la maquinaria social o ser un individuo que forma un todo en el Universo. Pero iré más lejos, el individuo es el Universo.

Claro que, no podrá concebirse esto sin la oportunidad de desarrollarnos como individuos, algo que pertenece ya al pleistoceno. Semejante oportunidad se nos advierte como un peligro, una imperfección e incluso una infracción.

El caso es que el origen de todo está en una energía de naturaleza conflictiva. Se vuelve así una vez el hombre se yergue, una cualidad relacionada con la inteligencia, pero que representa un serio problema: el de que dicha energía se descontrole, se vuelva en nuestra contra y se asiente en el cerebro, fundamentalmente. Para bien y para mal.

En resumen, que el ser humano deja de ser humano, mamífero, animal, y hasta ser vivo, para convertirse en una máquina. De hecho, para crear la máquina perfecta se coteja con el ser humano y para crear al ser perfecto se recurre a la máquina, y el nexo de unión entre ambos es la genética.

¡Dios nos libre de ella! Pero no va a librarnos por las buenas, pues el libre albedrío tiene que ser respetado aunque raye la demencia. Claro que, si se dice que es bueno no hay más que hablar. No tenemos credenciales ni pruebas que aportar al sistema geométrico. Somos tan ignorantes como la naturaleza.




Ahora bien, no sabiendo apenas nada de lo que está ocurriendo ahora en el propio cuerpo, sí conocemos la vasta nomenclatura de enfermedades y en especial sus novedades. Crecen día a día igual que la informática, la automovilística o la telefonía móvil.

¿Pero es esto posible? ¿Tan torpe es la naturaleza? Seguramente ya no queden otros mamíferos en la superficie terrestre debido a este desconocimiento... o quizá estén libres de estas fatalidades debido a lo mismo.

En un punto más elevado puede que nos encontremos con la serenidad, la paz o el amor. Ignoramos qué clase de credenciales o pruebas han de aportarse. Si no las aportas, las añadirán a tu currículo de hombre-máquina. Entonces, no será el espíritu el que aflore, sino una cuestión de química. La máquina es el dios del planeta Tierra. El carburante el dinero. El hombre, un objeto de compra-venta.

La energía se nos colapsa en el cerebro, como he dicho. Enfermedades, crisis financieras, corrupciones, guerras, neurosis, psicopatías de toda índole, absurdos por doquier... El hombre no puede digerir bien la energía vital. Es como si hiciésemos engullir a un recién nacido un plato de ostras. El adulto medio todavía lo es en cuanto a inteligencia, la cual se expresa bien en el hacer pero no en la sensatez. En este sentido vamos a peor creyendo lo contrario.

Resulta difícil vivir entonces. Sirva de ejemplo cualquier aspecto de la vida cotidiana, por ejemplo estudiar, que llega a ser tan complicado como dedicarse a la astronáutica. Lo mismo ocurre con trabajar, conducir, crear una familia, conseguir una vivienda, mantener relaciones sociales cordiales, hacer deporte, viajar, escribir, pintar... cualquier cosa. Estamos sometidos a la ingeniería inhibidora de la consciencia humana, tan fría como un témpano.

Vivimos sobreprotegidos, custodiados y prisioneros. Pero la buena noticia es que el tirano está en el interior, en el pensamiento, en la idea, no tanto en el exterior. El exterior cuenta siempre con este aliado; sin él pierde su fuerza. Por consiguiente, uno debe hacer consciente toda su vida y aprender a discernir, pensar por sí mismo y ser más libre interiormente.

Dice Alexis Carrel que la idea no es propiedad de nadie. En efecto, una idea puede ir de aquí para allá. Puede crearse, prestarse, instalarse, manipularse, utilizarse como cebo, etc. La cuestión es qué vamos hacer nosotros con las ideas prestadas y si vamos a ser capaces de tener alguna propia que no esté en el catálogo. Pero si somos capaces de cambiarlas eso indicaría que la inteligencia no está tan atascada.

En caso contrario no quedará más remedio que salvaguardar una vida feliz, de servidumbre y consumo fútil. No obstante, uno se consume a sí mismo, muere comprobando al final de su vida que no ha vivido. Se ha negado a sí mismo, lo cual es idéntico a haber negado la naturaleza al tratar de sondearla.

Algunas mentes brillantes han concluido en que la raza humana ha tomado la dirección hacia un punto sin retorno, un abismo, un agujero negro, hace apenas unas décadas. Pues bien, yo creo que ya hemos llegado; estamos literalmente cayendo, de manera que ahora la cuestión es saber cuándo vamos a tocar fondo. A pesar de todo, aun cuando las posibilidades de retorno sean remotas, puede que todavía estemos a tiempo de prestar menos atención a la mente geométrica y restaurar la mente pura, por así decirlo.

Esta es aquella que se mantiene en un cielo azul permanente, al margen de dichas y desdichas. Incólume a los quebraderos de cabeza que nos obligan a convertir la vida natural en un dibujo técnico, trazado con líneas de dualidad extrema.

Tenemos un ego que proyecta sobre los demás lo que no soporta de sí mismo. Es una mente que no controlamos y que nos controla. Imaginemos a tal ego inmerso en medio de tantas complicaciones. Y sí, estamos rodeados de villanos, uno teme al mal, no sin razón. Pero quizá deba temer también al bien, pues a veces es el nombre que se le pone a ciertos males a través del engaño.

A la par, no siempre se sabe de qué está compuesto; a veces de tóxicos en forma de afirmaciones y negaciones, complicaciones y consecuencias fatales, ya sean corrupciones, violencia, suicidios o cualquier otro tipo de vileza o insensatez humana. Ocurren cuando la energía bulle en la cabeza y la geometría nos falla. Harto cansino de experimentar cada día.

Por eso, si deseamos un cambio hemos de poner la atención en el mal que llevamos dentro, no en el de fuera. La tarea de limpieza es interior. Si no se hace así, la vida humana continuará limitándose a la repetición. Por los siglos de los siglos. No es una cuestión de buenos o malos, sino de todos.

Por lo demás, ¿qué podría decir para que no se pierda la esperanza? Sé natural, amigo mío. Sé humano, sé. De vez en cuando haz callar tu mente y mira, observa, siente que estás vivo... siente la grandeza de tu universo interior. Acércate a la orilla de un río y observa el agua que discurre y los juncos que se mecen.

¡Eh! Que es la crema de la crema. Eso te señalará el camino a seguir. Pero cuidado, que educarse en la naturaleza podría ser un escándalo cognitivo para el hombre-máquina que piensa desde el sistema geométrico.

domingo, 19 de mayo de 2013

Un toque de meditación

Que nadie quiera cambiar el mundo; la especie humana, en conjunto, no tiene remedio. Pero el individuo sí… tú sí. Un medio es meditar, y volverse natural y sencillo. Así que, daré aquí un poco de información para quienes no hayan empezado todavía.

¿Por qué meditar? La mente siempre está trabajando por encima de sus funciones naturales, de modo que no vemos la luna, sino el dedo que la señala, porque es ahí donde miramos, al dedo. El dedo simboliza los problemas, las distracciones, las creencias, las opiniones, las palabras y un largo etcétera, lo cual no depara más que tensiones y disgustos. El ser humano se encuentra casi paralizado a nivel de sensibilidad y capacidad para vivir. Vivir, al mismo tiempo, resulta extraño a los ojos de los civilizados, tan pendientes de cómo hacerlo, con la excusa de ser felices y no ser desgraciados.

Sin embargo, si uno mira directamente a la luna, siguiendo con la metáfora, se podrá decir que habrá dejado de mirar y no ver. Para ello, lo único que se necesita es la calma. La cual sobreviene una vez que el amasijo de pensamientos copiosos deja de hervir en la cabeza. En otras palabras, no dividas las cosas a base de pensamientos, y ¿acaso no quiere uno ser feliz? ¿Con qué? ¿Cómo? Siendo que la felicidad no existe, más que en el marco de la vanidad y de la codicia, pero únicamente es una "repetición" de lo fugaz, yendo de Herodes a Pilatos, sin cesar. Ese más de lo mismo que los seres humanos adoramos tanto.

El hombre busca la felicidad, pero no la encuentra porque es una experiencia subjetiva; entonces la planifica y le da un sentido de progreso. El caso es que si consigues lo que quieres te sientes feliz, pero por muy poco tiempo; y las cosas son temporales, pero uno lo olvida, de modo que cuando las circunstancias nos lo recuerdan la felicidad se vuelve frustración. La misma que si no consigues lo que quieres o no logras evitar lo que no quieres. ¡Vaya lío!

Respira hondo y observa que el día y la noche se suceden, así como las estaciones y las mareas suben y bajan. Si se ven por separado estaremos mirando el dedo, pero si se ven en conjunto la luna será gozosa. En otras palabras, que la calma se establecerá en uno mismo. Nada de prisas ni seriedad. Necesitamos sencillez, espontaneidad e incluso ingenuidad, pase lo que pase, y sean cuales sean las circunstancias.

Si dejas de preocuparte por inquietudes que dividen el "yo" y el "tú", el bien y el mal, qué hacer y qué no, e incluso adversidad y dicha o vida y muerte, entonces surgirá un pensar y un hacer fluidos. En verdad, la dicha surge de la nada. Si surge de otro lado es ilusoria.

¿Cómo meditar? Se puede usar un cojín o zafu, como los utilizados en el Zen. Te sientas sobre el cojín con las piernas cruzadas, de manera que las rodillas toquen el suelo y la espalda esté recta. Las manos se colocan sobre el regazo; la mano izquierda sobre la derecha, con ambas palmas vueltas hacia arriba y los pulgares tocándose.

Los ojos están entreabiertos, mirando a un punto fijo a cuarenta y cinco grados hacia el suelo. A continuación se cuentan exhalaciones… del uno al diez. Y se empieza de nuevo. Si te pasas de la cuenta no pasa nada, vuelves a contar desde uno.

¿Qué hacer con los pensamientos? Por supuesto no hay que dedicarse a pensar, pero tampoco hay que luchar contra ellos y acabar neuróticos. Se les deja pasar como si fueran nubes vistas desde la ventanilla de un avión, o como los pájaros. Simplemente, no te entretienes con ellos. Van y vienen, pero no se quedan a darnos la lata.

Por otra parte, ideas y más ideas no sirven de nada, siempre lo digo. Pero si se llevan a la práctica es otra cosa… Y despertar no es nada raro, únicamente estar alerta, concentrados. Sin embargo, de lo que se trata es de hacer consciente lo inconsciente, pues ahí está lo que necesitamos recuperar, por una parte, y desechar por otra.

¿Qué puede esperarse de un ser que mira y no ve? Si uno es desagraciado no puede ver nada, y si es aparentemente feliz, tampoco. Por eso hay que hacer equilibrios entre ambas cosas y ver en qué consiste la vida y lo que nos rodea, incluida la gente. Por supuesto conviene ver o, mejor dicho, sentir el cuerpo. Cabe incluir la respiración o el propio espíritu, que viene a ser lo mismo. Ni qué decir tiene, el cuerpo y espíritu ajeno, o el espíritu de todo cuanto nos rodea, aunque parezca cosa de salvajes.




Daré a continuación algunas ideas de las que he puesto en práctica. Parecen chorradas, pero obligan a sudar lo suyo y, como suelo decir, hay que tener siempre a mano una buena provisión de toallas para arrojar al cuadrilátero de la desesperación. Claro que, si se terminan las toallas, habrá que recogerlas del suelo y reutilizarlas.

1. Hacer una lista de los pensamientos y actos egoístas de uno mismo (los del vecino de al lado NO sirven)

2. Observar (ver y escuchar) sin opinar.

3. No escoger (mentalmente) entre las cosas agradables y desagradables con las que nos encontramos a diario. Tener que escoger algo por el acto es algo distinto.

4. Usar poco la palabra NO; en vez de decir "no quiero ir", es mejor decir "prefiero quedarme"

5. Hacer una lista de creencias "incambiables" para ver cómo está construida la jaula en la que uno vive.

6. Observar qué hace y dice la gente, cómo se mueve, como camina, etc. Por supuesto, sin enjuiciar nada, ni mucho menos sacar conclusiones para tesis doctorales.

7. Comer al comer, y defecar al defecar, como dice un maestro Zen. Es decir, estar concentrado en lo que uno hace, dice y siente.

8. Observar los pensamientos, sentados desde una grada, como si fueran caballos que corren. No ponerse en medio para ser pisoteados… por los pensamientos.

9. Aparcar los problemas en el garaje mental.

10. Meditar mucho, que la mente parece un puchero con caldo en ebullición, y hay que enfriarlo.

Temas relacionados: "La dieta de los 3 budas" y "Un dios en el bolsillo".