miércoles, 29 de mayo de 2019

El sentido del movimiento espontáneo

El movimiento es un indicativo de que algo está vivo, pero es un movimiento espontáneo, del cual forma parte el deseo interior (del cuerpo). Es el deseo de vivir, lo que a su vez implica vivir sano. No se trata de comer lechugas y evitar el café, etc., sino de recuperar el movimiento ya perdido entre las brumas de la civilización. 

El mismo hecho de vivir se pierde en esas brumas por volverse un tanto algebraico, lejos de la espontaneidad de la vida. Asimismo, la salud y la enfermedad se vuelven ideas que pronunciamos como si fueran evidentes, aun cuando lo único evidente de la vida sea la vida.  

Pese a ello, el ser humano busca una panacea para vivir, aunque la vida es la única panacea. Lo realmente importante que puede hacerse es recuperar ese movimiento espontáneo, ahora, igual que volver al sentimiento de “ser naturaleza”. Eso somos, aquí en la Tierra, enteramente y en todo su esplendor; no una fracción, ni siquiera un cercano a la naturaleza. 

Sin embargo, el hombre se halla en medio de una decadencia de sentido común como resultado de una negación de su naturaleza. No se le concede importancia a la inteligencia del cuerpo, tal vez porque no se manifiesta en el terreno de los conceptos. Se manifiesta en el movimiento espontáneo. Aunque, ¿acaso es una danza? ¿Una nueva moda?

Todo movimiento biológico del cuerpo es movimiento espontáneo. No sucede por la voluntad humana y no es preciso saber la razón de vivir. El corazón late, la sangre circula, la digestión se realiza, respiramos, vivimos. Pero esto pasa desapercibido, uno solo quiere estar sano. Entonces, ¿por qué no fortalecer el movimiento biológico en vez de debilitarlo?



No fumar, no beber alcohol, caminar, comer o no hacer determinadas cosas, la ingesta de vitaminas, la dieta, el deporte, dormir, las reglas y remedios de la índole que sea, etc., son cosas que, aunque puedan ser saludables, son inferiores a la espontaneidad y autonomía del movimiento, así como la capacidad de reacción y adaptación (naturales) que de ello se deriva. La práctica del movimiento es una puesta a punto de esa capacidad que nos protege. 

Se trata de entrenar el sistema motor extrapiramidal, el cual se adormece poco a poco, debido a su falta de uso, aparte de lo esencial para estar vivos. Los excesivos cuidados, y la oposición radical al más mínimo malestar son maneras de adormecerlo y hacer que el cuerpo se embote o se insensibilice. El miedo a enfermar, además, llega casi a paralizar las funciones naturales de ese que llamamos cuerpo. 

Esto puede experimentarse al margen de lo normal si por ejemplo una persona es amenazada con un revólver. Todos los procesos biológicos se alteran, por así decirlo, pero mientras que el susto de la amenaza dura poco tiempo, el miedo a enfermar puede ser perdurable. Así se debilita el cuerpo y la espontaneidad de vivir sana y sosegadamente merma. 

El movimiento espontáneo (regenerador) es favorable, pero más que para cuidar del cuerpo, para cuidar del cuidador: el sistema motor extrapiramidal. En él se halla la inteligencia de la vida y se trata de reactivar lo que quiera que debilite, todo de una vez. Lo esencial es llegar a comprender que la naturaleza de uno es algo en lo que se puede confiar, más que nada. 

No es tan fácil hacerlo, porque, aunque aceptemos que el corazón late y confiemos en ello de una forma inconsciente, no confiamos en que nuestro cuerpo sepa por qué y para qué nos indisponemos. La razón es muy simple: para evitar el embotamiento. Por eso la práctica del movimiento nos devuelve, en medida proporcional, al principio; es decir, a cuando éramos unos bebés. 

Como personas adultas y racionales pensamos a veces preocupados en qué está ahora mismo ocurriendo en el cuerpo, pero lo único seguro es que está tratando de adaptarse a las continuas contingencias de un mundo fluctuante. Esto llega a percibirse claramente a través del movimiento espontaneo, o lo que es lo mismo, el Katsugen Undo.  



El movimiento se practica dejando que aflore lo involuntario, de un modo correcto, distinguiendo entre lo espontáneo del cuerpo y de la imaginación. Quiere esto decir que pueden darse movimientos inconscientes que se creen espontáneos, pero solo lo son los del cuerpo. Por ejemplo, bostezar, es uno de los más significativos. 

El movimiento puede surgir también sin intención de practicar. Una vez puestos a punto. Por ejemplo, cuando nos duele algo o nos sentimos mal. Se debe a que el extrapiramidal ha reaccionado doblemente, primero con el dolor y luego con tal vez una cantidad inusitada de bostezos. En tanto que uno mira a otros seres vivos podrá ver este tipo de cosas y adaptarse como todas las criaturas. 

La adaptación es un proceso natural (una ley) que nos permite sobrevivir tanto física como emocionalmente. Nos adaptamos al medio, al cambio, a la eventualidad; de lo contrario no podríamos sobrevivir, pero la adaptación puede ralentizarse o paralizarse, lo que significa que la capacidad de reacción del organismo se debilita o anula. Es entonces cuando algo serio nos pilla de sorpresa.

La adaptación es puro movimiento biológico, y hay una ironía muy humana. Es que el ser humano tenga que esforzarse para vivir, siendo el ser vivo que más dotado está en cuanto a adaptación y el que cuenta con el más perfecto sistema nervioso y, por consiguiente, con una autonomía mayor que cualquier otra especie.

El resultado catastrófico de ese esfuerzo es que cuanto más se esfuerza uno menos lo logra, siendo inconsciente de las capacidades reales de su cuerpo. Puede verse que muchos animales pierden un ojo, o una pata, o se hacen heridas graves a las que sobreviven, algo impensable en cualquier persona que viva en condiciones más o menos corrientes. 



Se debe nuevamente a nuestro estatus de civilizados que en sentido creciente va ralentizando la adaptación y las funciones naturales. Por eso el movimiento espontáneo pone a punto estas cosas, de manera que ese movimiento no es otra cosa que movimiento biológico.

Cuesta hacérselo entender a la gente porque es demasiado simple. Por eso mismo no resulta tan atractivo como lo complicado, pero la naturaleza es sencilla por compleja que parezca a nuestros ojos. Una hembra amamantando, o los corales creciendo bajo el mar, el árbol dando su fruto, son actos sencillos e inteligentes que forman parte del movimiento de la vida, aunque no tengan el reconocimiento que merecen.

Por esa falta de reconocimiento el cuerpo pierde voz y voto en cuanto a inteligencia. Aunque de esa voz, me maravillo incansable. Es más, confío en ella, me lleva a la reverencia incluso, seguramente porque me da razones de mi particularidad y de cada situación y experiencia. 

Evita que me abrace a la enfermedad como designación, indicándome el estado en que me encuentro, el verdadero, no el conceptual. Es un estado natural de movimiento biológico espontáneo. 

Libros de este tema: Katsugen Undo, la práctica que restablece la salud y la serenidad/Taiheki, el dilema del comportamiento humano/Entrevista con el cuerpo.

jueves, 14 de febrero de 2019

¿El mundo ha muerto?

Se puede vivir de diversas formas, pero solo si existe una pulsión, una vibración interior, se puede uno considerar vivo sin reservas. Ese vibrar es una especie de diapasón que suena, revelando que estamos vivos. Sin embargo, los diapasones vibran cada vez menos, el mundo que nos rodea ya no parece tan vivo como antes; uno se pregunta si acaso el mundo sensitivo está en su lecho de muerte.

Quién sabe, aunque el proceder humano lo pone de manifiesto. Este se compone de superficialidad e insensibilidad. Desgana por descubrir, experimentar, crecer, pero rendido a la voluptuosidad del automatismo, a la inercia de la normalidad, del tedio, del deleite insulso, del letargo. En el peor de los casos, uno se identifica con todo esto al punto de salvaguardarlo como un derecho legítimo del que se benefician los voraces artesanos de regir el mundo. 

En realidad, es una necesidad ante la falta de vitalidad. La mente está ocupada, hoy más que nunca, en enredos sintácticos. Gobernada, además, por el hechizo de los medios que inducen apatía disfrazada de diversión. O normalidad, de seguridad. O incluso sueño, de despertar. En cualquier caso, uno vive en el interior de un cómodo capullo de seda, dispuesto a consumir años, no vivirlos en consonancia con las demás especies y con esta tierra que nos acoge, no para dormir, sino para despertar.

Las plantas, los árboles, todas las criaturas, están viviendo una vida que sucede de forma natural, espontánea, mientras que un excesivo porcentaje de nosotros, los seres humanos, solo tenemos ambiciones y figuraciones de cómo ser felices y vivir sanos. Pero lo que resulta es la pereza y el embotamiento. Se vuelve uno adicto a todo aquello que le evite la pulsión para vivir con plenitud. Porque, o no se conoce lo que es o en caso contrario hasta da miedo.


Se necesita aliviar el tedio que resulta de la falta de pulsión, de malvender la atención, y de sentirse seguros entre iguales. De ahí el fenómeno más infecto en la historia humana, el móvil táctil, en avenencia con videojuegos, deportes o actividades aglutinadores de masa, y redes sociales, una revelación de nuestra era, asimismo aglutinadora, en la que el sucedáneo es lo real, al igual que en todo lo demás.

Lo abraza todo, ya sea el café, la comida, la música, la ropa, etc., incluso cosas que antaño tenían valor. En el peor de los casos, el propio ser humano. En cuanto a valores, basta con fijarse en la falta de honor y de compromiso. Recuerdo que hubo una época en la que había mucho entusiasmo para hacer cualquier cosa, como practicar las artes marciales. De un día para otro podía reunir a una veintena de personas únicamente con el “boca a boca”. 

En cambio, ahora, con tantos medios de comunicación, un encogimiento de hombros responde desde el letargo. O voces fachosas que tratan de justificar su pereza ponzoñosa. O su suspicacia, quizá. A no ser que, como digo, se trate de estar en boga con lo masificado que evite el estar cara a cara con uno mismo y/o con unos pocos amigos con los que compartir lo esencial de la naturaleza humana.

El sucedáneo conlleva, al mismo tiempo, una distorsión, un desvirtuar que destruye la pureza o esencia de las cosas, incluso de algo tan puro como es el Zen. A lo sencillo, como es vaciar la cabeza (meditar), se le pone un envoltorio a la moda, sobrenombres, mezclas, pingües finalidades que desplazan a la vital “no finalidad” del Zen, etc. Mirando, por ejemplo, de cerca el movimiento regenerador o Katsugen Undo, no veo ya la pureza que aprendí, ni tampoco en las artes marciales. A veces, ni es posible saber qué está uno viendo.

Es esta una era abstracta de ideas y finalidades, sin percibir ese mundo que llamamos real. No hay sensación. Sin embargo, es esta la que me induce a saber quiénes tengo delante. Por ejemplo, cuando alguien viene a practicar el Katsugen, sé si es un catador de métodos, un peregrino de terapias o un coleccionista de conocimientos, y cuánto tiempo va a permanecer y me va a hacer perder a mí.


En las artes marciales ocurre lo mismo; uno comienza por estar en forma, ser más fuerte, superior a otros, por entretenerse, etc. Pero antes o después las finalidades se debilitan y nada queda. No se comprende que en la no finalidad se halla la pulsión, la vibración; que recorrer el camino es lo que nos llena, que existe una plenitud en caminar y no en llegar a ninguna parte, si bien caminar con flojera de temperamento no es ni siquiera posible. La actividad se empobrece y el conocimiento se muestra frío; a veces, altanero.

El conocimiento está canalizado a lo consciente. Se consume igual que la comida en un plato. Pero si el conocimiento no penetra el subconsciente, no hay nada que hacer. Tampoco, si uno no está dispuesto a valerse por sí mismo. Esto último es lo que trato de enseñar a los que me piden ayuda, aunque solo será posible a través de la relación entre consciente y subconsciente. Pero se vive en un ambiente de dependencias difícil de abandonar. Por miedo, por indolencia, por convicción..., da igual.

No es fácil comprender con la cabeza llena de ideas. El progreso aporta muchas de ellas, la medicina de salud, la política de seguridad, la religión de esperanza, etc. Pero no está uno satisfecho, la necesidad aumenta. Nos preguntamos entonces si existen otros caminos, algo que nos conduzca directamente a nuestra naturaleza esencial, sin condicionamientos. Desde luego que sí, pero con la condición de saber cribar.

La pureza lo es todo, creo suponer, pero no está casi en ninguna parte, ni aun en la ciencia, una vez que se tiende al mercadeo y al privilegio, fuera de la espontaneidad de la vida. Ni en la filosofía, que hoy en día alcanza a todo el mundo, facilitando la enredadera de palabras cuando no hay práctica ni experiencia alguna.

La pureza, en sí, conlleva el desprendimiento de ideas, de finalidades. Pero la pureza pasa también su factura, los comprometidos con ella somos relegados y nada más lejos que ser profetas. De nuestra tierra, ni por asomo. Personas que me tienen a su alcance pasan por delante de mí en un “estado de coma sensitivo”. Lo entiendo, no es tan fácil tener el sexto sentido de un gato que estimule a interesarse por la vida plena.



Quizá por eso, en un hálito de pureza, de compromiso y honor, poco a poco, me he vuelto cada vez más al espíritu del samurái, como una especie casi extinta, pero que es para mí un pilar de sostén en mi sobrevenir por este mundo de apariencias, cada vez más aparentes. Es el símbolo de la pureza de la que hablo y de lo que trato de hacer. En todo caso, uno mismo es la raíz de todo, por lo que veo necesario experimentar quiénes somos y no somos, por qué nacemos y morimos.

Es fácil que el viento nos lleve a donde no se espera, sin saber lo que uno quiere ni a dónde va, y sin darse cuenta tampoco de que en el letargo se esconde cierta cobardía. Por eso, muchas personas se vuelven alcohólicas o narcodependientes, también perezosas, sin duda insensibles, pero las cosas y situaciones que anulan la sensación plena de vivir son ya una miscelánea sin, probablemente, una vuelta atrás. 

Aún con todo, unos pocos tendrán esa sensación, como cuando la lluvia cae sobre el rostro de uno; es un instante en el movimiento eterno del Universo. Nacemos en un instante semejante, morimos en otro igual. Lo que importa, pues, es la vida que se revela en la naturaleza. Es una vida plena, dando todo y sin reservas de nosotros mismos.

Esto es lo que importa en un mundo vivo, mientras que en el letargo importa más la longevidad, como un irónico recurso para prolongar una fútil existencia en un mundo medio inerte. Este se contenta con impresiones mentales sobre la vida, las cuales tienen poco valor ante la inmensidad de existir, lo que no es otra cosa que sentir.

En ello se halla una presencia de espíritu, vitalidad y consciencia; un temple desprendido de agitaciones vanas, sosegado, joven hasta el final, con un ánimo independiente de lo que suceda alrededor. Libre de embotamiento, de inercia, de apatía, como un águila que cruza los cielos lentamente, deteniéndose, en un alarde de atención plena y sentimiento puro.

Temas relacionados: "Tiempos de soma" 

jueves, 6 de diciembre de 2018

Contraer, relajar

Existe una diferencia entre estar tensos o relajados. Las tensiones son reacciones a situaciones a las que suponemos que requieren de un esfuerzo. Pero ese esfuerzo nos debilita; en realidad, el exceso de fuerza física y mental nos debilita. Sin embargo, relajarse no es quedar embotado por una larga siesta o un calmante.

Relajarse es algo tan sencillo como no tensarse (en exceso). Pero para poder comprender esa sencillez es necesario saber qué estamos pensando. Si mis pensamientos me provocan tensión no podré relajarme, de modo que es esencial dejar de pensar en esas cosas al instante.

El cuerpo se pone tenso y rígido con facilidad ante cualquier eventualidad. Por otra parte, es fácil creer que un despliegue de fuerza nos hará más fuertes, pero no es verdad. En la práctica de las artes marciales, suelo explicar esto con ejemplos prácticos como lo que sigue:

Si alguien sentado en suelo está tenso y se resiste a que otra persona lo levante del suelo, cogiéndole de las axilas, será levantado con facilidad. En cambio, si se relaja no se le podrá levantar tan fácilmente. Si son dos las personas que tratan de levantarnos, la diferencia será la misma. Nos levantarán si estamos contraídos, no podrán hacerlo si estamos relajados.

Si se nos empuja será difícil resistir el empuje contrayéndonos y elevando los hombros, pero, relajados y con el peso del cuerpo bien distribuido, resistimos sin problemas cualquier empuje. Sin embargo, solo es posible relajarse respirando larga y profundamente, vaciando la mente. 



Esto es lo mismo que utilizar el ki o fuerza vital, sin más misterio que la naturalidad de estar relajados y libres de basura mental, con la atención puesta en el bajo vientre, procurando no ejercer fuerza alguna con los hombros. Es, sin duda, superior a cualquier clase de fuerza.

En la vida cotidiana, un problema equivale a cogernos y pretendernos levantar del suelo. Igual que un ataque verbal, un momento crítico, la toma imprevista de una decisión, o cualquier situación de miedo. Si se tiene miedo el cuerpo se contrae tanto que se vuelve frágil en favor de fuerzas opuestas; la mente queda colapsada.

Cuando nos sentimos enfermos también nos contraemos y lo que sentimos se prolonga e intensifica. Por todo ello, es importante ser capaces de relajarnos ante cualquier circunstancia y tratar de tomar esa actitud como costumbre. Recuerdo los días en los que uno de mis maestros, ante cualquier dificultad que yo tenía, me decía: “Relaja”. En aquel entonces, no me explicaba nada más.

domingo, 25 de noviembre de 2018

En el cajón de los sueños

En el cajón de los sueños reposan dos novelas escritas por mí, como una especie de tregua en la rutina. Me refiero con ello al contenido y propósito de lo que suelo escribir. Fueron un par de sueños, los que dieron vida a una singularidad que conllevaba la tregua. Y es que todo el mundo sueña, aunque ya dice Calderón de la Barca, que los sueños, sueños son, si bien no sabemos hasta qué punto.

El sueño de una (agitada) noche de verano

Este fue el primero y obliga a pensar en William Shakespeare, pero hay una diferencia y es el adjetivo de agitada. De hecho, estas cosas suelen ocurrir en uno de esos periodos en los que la imaginación se desborda. El caso es que fue una agitada noche de principios de verano del 2012.

Es probable que el sueño estuviera influenciado por el clima apocalíptico que en esos días se divulgaba con un sorprendente marketing, no es posible saberlo. Lo que sí creo cierto es que Peter Pan tuvo bastante que ver, así como mi espíritu rebelde. En resumen, al día siguiente, recordando nítidamente el sueño, se me ocurrió darle vida en una novela.



Es lo que habría hecho un niño aficionado a escribir. Pero, aunque no me siento un adulto con los labios sellados con el pegamento de la seriedad (la mayor parte de las veces, inútil), presentía el inconveniente de no tener experiencia en escribir ficción, únicamente en ensayos.

Me preguntaba además cómo quedaría una historia disparatada contada por alguien que escribe sobre temas de crecimiento personal, los que se supone también un tanto serios. Esto dio lugar al temor, aunque fuese leve, de qué pensarían de mí mis lectores habituales. ¿Acaso me había vuelto loco?

Resolví la cuestión examinando un par de detalles de lo que transmito en mis escritos, el sentido del humor y ser uno mismo, a lo que hay que añadir, el ser capaces de hacer algo por el placer de hacerlo, sin más objeto. De hecho, estos aspectos ya quedaron reflejados en una especie de guía Zen “desenfadada” que escribí un año antes: “La dieta de los 3 budas”.

Aún así, cualquiera podría preguntarme si a pesar de todo me quejo de algo o reivindico alguna cosa. Podría quejarme, igual que cualquier otra persona, de las dos consonantes de la raza humana: la vanidad y la codicia, aunque sé que de nada sirve quejarse ni reivindicar nada en un mundo tan mecánico e insensible como el nuestro. Pero escribir la historia me aportó satisfacción, como he dicho, sin más objeto que eso.

Alguien hizo una crítica de la novela diciendo que es una historia exagerada, machacona y sin sentido. Ahora bien, una historia que trata de un “apocalipsis” tiene que ser exagerada, supongo, tenga o no de trasfondo el humor. ¿Y es de verdad machacona? ¿Tiene sentido?

No creo que tenga mucho para las personas que se vean afectadas por ridiculizar a la codicia humana. Les parecerá más bien una insolencia y como todo a punta en esa dirección, veo lógico el calificativo de machacona. Es como si, por ejemplo, se cuestionara la pesca y lo leyera un pescador, si bien la codicia está mucho más extendida que la pesca, la pintura, la poesía, la literatura, o cualquier otra cosa.

Por mi parte, creo que jamás he criticado (al menos públicamente) a nadie en particular, solo situaciones o hechos, uno de ellos es que se fomente en Internet la competición para que unos se sientan más que otros, o menos; algo que decididamente rima bien con una igualdad ficticia. Además, no deberíamos olvidar que juzgar hace perder vitalidad y crecer la vanidad.


De todas formas, el libro nunca tuvo éxito, (al contrario que la dieta de los 3 budas, que incluso se hizo popular en la facultad de psicología de Valencia, a pesar de su también incipiente inocencia), lo que demuestra que Peter Pan está pasado de moda. Las tendencias en ficción son otras, pero no me iba a poner a escribir setecientas páginas de lo que estuviera en boga, renunciando al “sé tú mismo” que siempre predico.

En realidad, lo que a mí me interesa es que las personas se sientan bien, no solo cuando doy clase o a través de mis libros de crecimiento personal, también aportando un poco de recreo desenfadado con una historia simpática e inocente, en forma de catástrofe, ¿por qué no? Pero queda un punto sin aclarar, y es por qué a esa catástrofe la llamé: la más esperada de la historia.

Es posible que muchas personas, aun sin habérselo planteado nunca, estuvieran de acuerdo en que el mundo acabara tal como lo relato y de una forma tan pacífica, alegre e incluso sensible, por no decir asombrosa, ya que hasta un mito deja de serlo cambiando el enfoque y me refiero con ello a la intervención de Adán y Eva y de nada menos que Dios.

En resumen, que una catástrofe así podría ser tal vez lo que se espera de la historia de la humanidad. Sería esperada por gente curiosa, de mente abierta, tal como el lector que quiera saber qué ocurrió aquel día, y si eso mismo podría ocurrir en la realidad (no respondo a esto).

El hombre del chubasquero rojo

Este fue mi otro sueño, también en una noche de verano; esta vez, del 2016 y menos agitada que la anterior. El trasfondo no es ya el humor, aunque tiene sus pequeños matices, sino una especie de cantilena a la naturaleza, la cual es para mí la expresión inmediata del Universo en el que todos nos sentimos “parte activa”. Siempre que uno sea sensible al amor por encima de la dualidad, claro.

Me he puesto tierno, pero es que la novela es muy tierna, con un amor (a primera vista) incluido, además de ser una aventura fascinante, si bien la fascinación obedece al hecho de sobrepasar la frontera de cualquier noción de realidad. En la historia, bueno, primero en el sueño, ejercieron sin duda influencia mis nociones (aunque vagas) del Shinto japonés, el cual se basa en el culto a la naturaleza, de una forma un tanto subrepticia.

Ese culto es para mí como el Tao, si bien este es de origen chino. La idea politeísta es mitología, tal como Adán y Eva, pero hay que saber entender lo que encierra el mito. Lo que se escribió en un pasado remoto creo que iba destinado a gente ya a medio despertar, incluso la cuestión de los lirios de Jesús o el reino que está en el interior y que por eso nadie ve (mirando afuera).

A pesar de todo, y de la misma manera que cobran vida Adán y Eva en la primera novela, en esta es la propia naturaleza. Aunque parezca increíble, pero sirva de recuerdo que los sueños, sueños son. De este sueño, un poco menos claro que al anterior, surgió pues una historia que tuve que cambiar de sitio y modificar en parte, lo que no resultó nada fácil.

De ahí salieron tres protagonistas: un hombre y una mujer que se enamoran y un hombre que siempre lleva puesto un chubasquero rojo, seguramente porque siempre hay tormenta y está lloviendo. Este último, trata de impedir la relación de la pareja, no sabemos por qué. 



El hombre, unas veces parece malo y otras, en cambio, el clásico maestro Zen. Pero, ¿y si fuera la encarnación de una borrasca? Otro interrogante sería por qué he titulado a la novela “El ladrón de penas”. La razón está en que el dios Shinto de las tormentas produce estas a partir de las penas y dolor humanos; es algo así como su materia prima.

El caso es que este libro tampoco tuvo éxito, quizá porque a pocos les seduce el verse envueltos en una tormenta, que al final se vuelve también apocalíptica. Aun habiendo un romance y se respire de vez en cuando la fragancia de las flores. Pero el libro me aportó tanta satisfacción como el de la catástrofe, o tal vez más.

El desenlace son una serie de moralejas de corte Zen, más bien. Pero sobre todo apuntan a la motivación, a la pulsión interior, al temple, algo que sin dudar la pareja protagonista pone de manifiesto. Por lo demás, solo cabría mencionar ciertos hechos rodeados de misterio, ahora, en la vida real, y son las moralejas poniéndome a prueba a mí. Esto me ha ocurrido con cada libro que he escrito y supongo que tiene que ver con mi propio aprendizaje.

No obstante, hay otro misterio que escapa a toda comprensión. Se trata de una coincidencia extraña y es que en cinco ocasiones he visto una relación entre la compra de un libro y una tormenta que se desata o llueve en cantidad. No es racional y me niego a aceptarlo, no vaya yo a ser el responsable del cambio climático en vez de los administradores del tiempo. Ah, es una broma, claro, pero todavía no sabemos cuál es la diferencia entre sueño y realidad.



P. D. Quiero aprovechar la ocasión para agradecer a mis lectores su confianza puesta en mí, leyendo cualquiera de mis libros. Brotan lágrimas de mis ojos al pensar en ello. ¡Gracias por tu amabilidad!