domingo, 1 de julio de 2018

El cuerpo en orden

Al hablar de rigidez se me representa la figura de un oso, solo que este no es rígido de acuerdo a su especie, pero sirve la imagen para comparar con un ser humano falto de vitalidad en sus movimientos. Pero no hablamos solo de movimiento visible como el caminar, sentarse, etc., igualmente del movimiento biológico. 

Este movimiento atañe a todo el ser humano, pero especialmente a lo que ocurre por dentro. Son todas esas cosas que hace el cuerpo, sin que intervenga nuestra voluntad, para vivir; a lo que hay que añadir las indisposiciones comunes, tales como el resfriado, una diarrea, una inflamación, etc.

Estas son fluctuaciones (movimiento) que están dispuestas por la naturaleza para ayudarse al equilibrio corporal, ya que la vida en sí no es otra cosa que movimiento. El cuerpo necesita pues regularse. Pero el movimiento (biológico) puede ser normal o lento, puede estar atascado, adormecido, casi paralizado o al borde del colapso. 

Si se da este último caso, entonces el asunto es serio. La rigidez observable en el cuerpo a nivel externo se corresponde con la rigidez en vasos sanguíneos, órganos, etc., es decir, con lo que ocurre internamente. Por dentro y por fuera, los cuerpos de muchas personas están rígidos. A veces como piedras. 

No pueden moverse, caminar con la armonía de un ser (humano) que posee siete vértebras cervicales, doce torácicas, y cinco lumbares, más las sacras y coccígeas, lo cual da juego para un movimiento natural y flexible. Si les pides que se relajen y se muevan con delicadeza se tensan todavía más y se desplazan como cuando se arrastra un armario. 

En realidad, no diferencian entre tensar y relajarse, ni entre moverse con agilidad o arrastrarse pesadamente. No pueden hacer algo tan sencillo como relajarse o dejarse llevar por el movimiento; las vértebras se vuelven anquilosadas como las bisagras oxidadas. 

Sus cuerpos se han vuelto medio insensibles, aunque piensan que son fuertes y saludables porque no notan nada extraño. Pero no indisponerse nunca o casi nunca indica que el cuerpo se está volviendo insensible, falto de reacción. Los cuerpos se vuelven apáticos, es decir, lentos para reaccionar a las eventualidades inesperadas. 

Se busca no sentir ningún dolor, insensibilizarse; no se tiene paciencia, no se da tiempo a que el cuerpo reaccione; la fortaleza física es el ideal de la civilización, pero esta se derrumba entre los escombros de su rigidez. Un día uno enferma gravemente o muere de repente, y esto ya no es una fluctuación, sino el resultado de haber ralentizado el movimiento biológico. 

Para la mayoría, sin embargo, la causa es una enfermedad, pero no se sabe ya por cuál de ellas apostar. Sin embargo, la pérdida de vitalidad, sensibilidad y elasticidad, es lo que gana la apuesta. La reacción inteligente a los eventos biológicos comienza a ser nula. 

En realidad, el proceso de envejecimiento es un proceso de pérdida gradual de elasticidad corporal. Pero la pérdida a la cual me refiero ahora no es gradual en el hombre civilizado, sino brusca y tan prematura que a veces se alcanza ya en la adolescencia. 

Para la mayoría sucumbir a una dolencia grave es algo accidental, y es la dolencia la culpable de la situación, pero si miramos en las raíces de lo subrepticio veremos que esa clase de dolencia solo puede surgir cuando el cuerpo ya no funciona bien. Y no funciona bien cuando está rígido e insensible en mayor o menor grado. 

Uno de los aliados que tenemos para recuperar la elasticidad, aunque sea en parte, es el resfriado, si bien esto puede parecer que no tiene sentido. No, no lo tiene en un mundo que no quiere sentirse incómodo por nada. El moqueo de la nariz es algo muy molesto, pero eso indica que el cuerpo todavía está sensible. Pero tratando de eliminar esa molestia, no servirá de nada. 





















Si todo va bien, como mínimo se recupera en parte la elasticidad de los vasos sanguíneos. Esta elasticidad es mucho más importante que si sube o baja la presión arterial. Se expulsan además toxinas, incluso emocionales. De hecho, se cogen algunos cuando las tensiones emocionales están a punto de desbordarse. O simplemente cuando el cuerpo se tensa en exceso. En cualquier caso, uno se siente renovado y con más vitalidad. Algunas dolencias desaparecen con el resfriado. 

Sin embargo, para poder pasar un resfriado como es debido, uno tiene que estar antes en equilibrio de sensibilidad. Además, resfriarse en su justa medida indica que el cuerpo funciona bien. Si es en exceso, eso indica que la sensibilidad no está en orden, y si uno no se resfría nunca o casi nunca, eso indica que ha llegado al punto crítico de pérdida de sensibilidad y de elasticidad. Aun cuando de golpe pase un catarro descomunal, lo que vendría a ser como un sobreesfuerzo del cuerpo para ponerse en orden. A veces, en vano. 

Contra este orden están los métodos que insensibilizan, por ejemplo, ducharse con agua fría o friccionarse con una toalla fría. O similares. Pero estas cosas favorecen que los vasos sanguíneos se endurezcan al unísono con otras partes del cuerpo. En este estado de endurecimiento es fácil que ocurran accidentes cardiovasculares.  

El cuerpo humano tiene un punto de tensión (endurecimiento). Se caracteriza por no ser global, sino que se localiza en una parte del cuerpo. No se relaja descansando, ni siquiera durmiendo, y es como el vórtice del endurecimiento, por decirlo así. Se relaja con un resfriado, una diarrea… o con la práctica del movimiento regenerador. 

Con este se incrementa la actividad involuntaria, se recupera la sensibilidad y la elasticidad. Se evita llegar al punto de rigidez en el que el cuerpo antes o después se colapse. A decir verdad, de lo que se trata es de vivir de acuerdo con la vida que pulsa en cada uno de nosotros, con el cuerpo en perfecto orden.

La vida se nos representa diferente de si hablamos de muerte, pero ocurre que la rigidez corporal avanza en el individuo insensible en la misma proporción que un cadáver. Pero este problema de falta de elasticidad y sensibilidad ocurre solo en los seres humanos civilizados o en animales domesticados. 

Por otra parte, a la rigidez física le precede la rigidez mental, ligada a una voluntad restrictiva. No hace mucho, una persona me explicó lo que hacía para mantenerse saludable. “Por la mañana a primera hora tal y cual, cada dos horas tomo esto y hago lo otro. Evito tal y procuro aquello, como tantos gramos de proteína, tanto de a y b, etc. Por la tarde… por la noche… mañana la visita al terapeuta a, pasado mañana a b. Oh, tanto he de beber, tanto menos de comer, y cuidado con eso y con lo otro, en un etcétera bastante estirado. 

No tengo nada que objetar, también yo a veces me tomo una manzanilla o consumo pomelos, o uso crema para las manos resecas, etc., pero trato de evitar que mi cuerpo ya no sepa qué hacer. Quiero decir que dejo que mi cuerpo se encargue libremente de sus funciones; uno se vuelve bambú, agua, o el gato que pasa por la calle, en un mar de sensibilidad, elasticidad y movimiento. 



Eso sí, me aseguro de que mi cuerpo está reaccionando adecuadamente. Si, por ejemplo, una persona ha abusado de una comida (y/o bebida) y le duele el estómago siente preocupación por eso. A mí me preocupa mucho más haber abusado y que no me duela nada, porque eso indica que algo no funciona bien: la sensibilidad. 

Todo lo que hay que hacer es respirar y sentir la vida sin temor. Ir al son de la naturaleza que hay en uno. Es lo que intento enseñar a los demás. Pero unos miran y no ven. Otros son catadores de métodos, ya sea para la salud, la espiritualidad o el estar en forma. Buscan panaceas y encuentran desencantos. Pero no hay panaceas, solo uno mismo y la vida. 

Nota: este artículo está inspirado en Mº Noguchi y Mº Tsuda, según mi experiencia particular, la cual ha cumplido ya su 23º aniversario. 


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