martes, 4 de septiembre de 2018

El hara y la estabilidad

La estabilidad abarca diversos aspectos como la firmeza, la seguridad, el equilibrio, la salud, la quietud, incluso. Cuando se habla de estabilidad uno piensa en estabilidad laboral, financiera, de pareja etc., aunque esas pretensiones se ubican en el exterior a uno mismo.  

Algo habrá que hacer para conseguirlo o tener un golpe de suerte, quizá. Pero, ¿puede existir alguna clase de estabilidad sin una estabilidad emocional? Esta última no pertenece al exterior, sino al interior, solo que se cree que depende de lo que ocurre fuera de nosotros sin apenas reconocer que existen fluctuaciones.  

Una persona lucha contra el exterior si cree que este no le proporciona el equilibrio que necesita. Si se trata de la salud se buscan los mejores métodos para mantenerla, o se hacen previsiones para la supervivencia financiera. En el primer caso se debilita el cuerpo, en el segundo, el ánimo.

El hombre civilizado sublima, por encima de todo, la razón y el culto al plano mental. Sin embargo, toda teoría filosófica o científica no se adecúa siempre a una realidad tan “extraña” como la regida por la naturaleza.

Resulta extraña porque la naturaleza se mantiene estable dentro de sus fluctuaciones, al contrario que el hombre preocupado, inestable en su creencia de (falsa) estabilidad. La razón, la fuerza, el equilibrio, el saber incluso, se revela en la fisiología humana, aunque no en todos los casos de la misma manera.

La fisiología nos muestra dos figuras, una es un triángulo invertido, con un vértice tocando el suelo y la base arriba. El plexo está endurecido; también las vértebras y los músculos de la espalda. Sin embargo, el triángulo invertido es un símbolo que representa al atleta, al hombre de acción, la fuerza, el poder…



















 

El hombre es movimiento, tal como la vida-naturaleza, el movimiento toma una dirección que puede ser hacia delante como el atleta; o hacia arriba, como en el caso de las personas de cuerpo delgado y estirado; o de lado como las personas de aspecto rechoncho. Igualmente, hacia atrás o como si se retorciera una toalla mojada.

La respiración es superficial y clavicular, el plexo está endurecido, la fuerza se concentra en la parte superior del cuerpo, los hombros; la energía asciende y se coagula en el estómago, los riñones, los pulmones y cerebro. Sirva de comparación el agua que hierve, o que cristaliza, se hiela o se condensa.

La falta de arrojo y ánimo se origina de esa manera, contando con una respiración floja. Se puede decir que el espíritu es flojo. En situaciones críticas esto se aprecia fácilmente; de hecho, en las artes marciales, si la respiración es superficial y uno se mueve como una peonza, los movimientos son torpes y no son decisivos.

En general, uno se mueve como una peonza (un símbolo de inestabilidad). El espíritu flojo se disimula a veces con arrogancia y bravuconería, pero es una forma vana (inconsciente) de ocultar el miedo, la falta de espíritu. Esa falta es una constante en el hombre civilizado, pero es a su vez creciente.

La otra figura es un triángulo con su ancha base afirmada en el suelo. La respiración desciende y es profunda. Mientras que el triángulo invertido sugiere la imagen de una peonza, el triángulo afirmado en el suelo sugiere un árbol enraizado en el suelo, una montaña, una persona que medita en la postura del loto. 





















Es alguien que no necesita buscar la estabilidad que ya expresa su cuerpo y que se refleja en su estado mental, sin ir contra las fluctuaciones. Si el plexo se siente suave, eso indica que el diafragma cede, es elástico, y eso permite una respiración profunda. Si no es así se nota tensión en el plexo solar, así como el estado de intranquilidad al que me he referido.

En cualquier caso, lo esencial es no dejar que el diafragma sea una barrera. En cambio, dejar que la respiración se mueva libremente sin estancarse. La fuerza, el intelecto, el ánimo, se ubican en el hara, cuyo centro queda por debajo del ombligo.

La respiración crea la forma del triángulo, podría decirse. E igualmente se puede decir de una respiración Katsugen que surge espontáneamente. O el Gyoki del Seitai, es decir, la respiración ligada a la imaginación. Se trata de imaginar que respiramos por la espina dorsal. O a través de las manos en el caso del Yuki.

Se moviliza la atención y se deja que la respiración profundice. Con el Gyoki la intranquilidad (miedo) o nerviosismo desaparecen. O puede ocurrir lo inesperado: que las vértebras se vuelvan flexibles, que el cansancio desaparezca, que uno se sienta más joven, o que el cuerpo se reavive y el semblante cambie de color, etc. Pero no hay finalidad, nada que buscar.

Todo es secundario a hacer algo que es agradable. Pero tanto la imagen de un triángulo, invertido o no, como el decir que no existe finalidad, no encajan bien en el racionalismo, tampoco en el “antirracionalismo”. Ni en la gran diversidad de ideas complejas surgidas de la nueva era.

Se trata únicamente de acoplarse a la insondable naturaleza que uno mismo es. Se puede apreciar por lo tanto la serenidad que profesa el maestro de la ceremonia del té, o el maestro arquero de Kyudo que apunta al vacio de su mente. O el maestro de Zen que transmite sin palabras la belleza de un copo de nieve. O el que deja libre a su cuerpo durante el movimiento regenerador. O simplemente esa tierra que nos atrae hacia su centro.

En este estado, común a todos ellos: el de ser una naturaleza que respira, es cuando únicamente se puede percibir el poder de un triángulo enraizado en el suelo. De no ser sí, incluso las más puras tendencias espirituales no serán más que nubes. Energía que, en este caso, hierve en la mente de la teoría espiritual sin proporcionar base alguna.

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