viernes, 5 de octubre de 2018
La estructura del conflicto
martes, 1 de mayo de 2018
La magia de hablar solo
Hay una regla que no debe uno saltarse y es que nadie lo oiga. O sea, que no se debe hablar solo en voz alta; sin embargo, es lo que hacemos pensando, aunque no sea audible. El diálogo interno es eso, un diálogo (interminable) con uno mismo, solo que queda reservado para uno. Pero, ¿y si hablamos en voz alta en la cima de una montaña o frente al espejo del lavabo? No pasará nada, mientras no contemos a nadie lo que hacemos: hablar solos en voz alta.
El mero hecho de contarlo equivaldría a romper la regla. Asimismo, una ruptura de reglas puede acarrear calificativos de anormalidad, extravagancia en el mejor de los casos. Sin embargo, se dan consejos como por ejemplo: “Piensa si te conviene tal cosa”. ¿Qué diferencia hay entre que lo piense en voz alta o mentalmente? O, ¿y si lo escribiera en una pizarra o en un pedazo de papel?
Todo es válido si se trata de percibir lo más aproximadamente posible una realidad que por sí sola no existe. O dicho de otro modo: interpretamos la realidad creando otra realidad, según percibimos lo que ocurre alrededor nuestro. Lo que decimos y pensamos no es tan exacto, pues, como suponemos. Lo peor es que lo que pensamos forma una telaraña, una enredadera de palabras con las que uno se sumerge en un mar de confusión.
Miles de palabras, frases, ideas, cruzan por la mente a la velocidad de la luz cuando estamos pensando. No es fácil aclararse ni dejar las cosas en su sitio. A lo más que llegamos es a una mezcla de palabras y si se observa de cerca esa mezcla se verá una estructura superficial. Sin embargo, existe una estructura profunda y más realista.
Una oración bien formada nos permite entender alguna clase de mensaje, o expresarlo; en el caso que ahora nos ocupa, a nosotros mismos. No obstante, mientras pensamos, no da a veces tiempo de formar bien las oraciones, y a la enorme cantidad de palabras que discurren por la mente se le suma el recuerdo de otras tantas pronunciadas por otras personas. Empieza a ser imposible pensar con lógica. Igualmente decidir, ordenar lo que pensamos que ya es un problema.
Pensar en voz alta, no de una forma arbitraria, sino cuando sea necesario, ralentiza el pensamiento (no es posible pronunciar tantas palabras en voz alta como cuando se piensan) y obliga a seleccionar palabras, ayuda también a ordenarlas y a formar frases que nos sean útiles para esclarecer y detallar qué está ocurriendo en la mente de uno.

El dolor (emocional) que creemos identificar como un dolor real representa solo entre el cinco y el diez por cien. El porcentaje restante, un noventa por cien aproximadamente, es sobreañadido mediante las palabras que nos decimos a nosotros mismos y que escuchamos sin concluir en profundidad. Este porcentaje puede variar en situaciones límite, pero como tendemos a considerar casi todas las situaciones como en el límite (in)soportable, el porcentaje de sufrimiento se dispara inútilmente.
No ha de olvidarse que con palabras estamos escogiendo “opciones” de la manera en que vamos a expresar (pensar) las experiencias. Y como las opciones son sintácticas, podemos modificar sintácticamente dichas opciones, siempre que reduzcamos al mínimo indispensable el diálogo interno. Por eso hablar en voz alta puede ayudar.
Lo ideal es mantener un silencio (mental), aunque sea breve, entre ráfagas de palabras. Y aun cuando estas surjan sin agolparse es mejor cuestionarlas antes de afirmar nada. Una pregunta a tiempo nos evitará aventurarnos en afirmaciones precipitadas. Si por ejemplo estoy pensando en que “no le importo a nadie” es que como si creyera poder saber lo que todo el mundo piensa (en este caso acerca de mí). Pero, ¿cómo lo sé? ¿Cómo puedo saberlo? Además, ¿qué de importante e interesante tiene que le importe a todo el mundo? En último término, ¿cómo creo que una persona debería actuar para llegar a la conclusión de que sí le importo?
Si esta clase de preguntas se pronuncian en voz alta o se escriben, y otro tanto sus respuestas, es probable que uno sienta su mente más despejada y que vea la luz que esperaba ver malgastando cerillas (pensando frenéticamente). Entonces, empecemos por salir de la casilla de la normalidad cuando sea necesario. Escuchar nuestra propia voz a solas puede ser emocionante y desenterrar el maestro que llevamos dentro un auténtico acto mágico, lo que no debe de confundirse con escuchar la voz del disparate, el cual está tanto en la voz que se escucha como en la que se oculta.

Sin embargo, también es posible llegar a dominar el lenguaje pensando de forma no audible, si bien hacerlo como digo, a viva voz, servirá de entrenamiento. Pero tanto en un caso como en el otro la atención no debería apartarse de la respiración. No solamente no formamos bien las oraciones con las que nos queremos expresar, sino que además la respiración se entrecorta, también las palabras, el tono se altera, la velocidad se descompensa. Uno respira superficialmente.
Al hablar en voz alta frente al espejo, cara a cara, también vamos a corregir esa alteración lo cual va a influir en lo que tratamos de expresar. Pero tal modulación de voz se proyectará después a lo expresado mentalmente. En cualquier caso, es mejor no pronunciar una sola palabra sin sentir una respiración profunda. Tal como se la siente, se siente la vida.
domingo, 25 de febrero de 2018
La humildad de lo irracional

viernes, 22 de septiembre de 2017
Una nota sobre el ladrón de penas
Incluso la más cruda realidad no puede describirse si antes no se imagina. Lo imaginado, por otra parte, necesita de alguna realidad. A veces más de la cuenta. Quizá escribir sea un misterio y, si hay algo que aprender, el escritor podría sentirse como en un sueño donde nadie sabe qué va a acontecer. Esto ha ocurrido con los personajes de esta historia. Ellos son los que la han creado mientras yo me limitaba a pulsar el teclado, según me iban indicando, sobre todo Héctor Quijada, pues ha sido él quien ha creado la mayor parte del argumento inspirado en hechos reales, según dice, y de los cuales yo me he desentendido completamente.
Lo cierto es que esta es una manera bastante espontánea de escribir, porque la geometría no es lo mío. Me parezco mucho a los elementos de la naturaleza, todos ellos irregulares. En realidad soy uno de esos elementos y todos los somos aunque muchos no lo sepan. Pero lo que quiero resaltar aquí no es el talento natural o geométrico, sino una parte ignorada del misterio que rodea a la escritura: las coincidencias.
Son estas las que mezclan la realidad con lo imaginado a un nivel profundo. El escritor (también a veces el lector) establece contacto con algo desconocido en la vida corriente y moliente, lugar y estado mental donde se ignora la existencia de los paradigmas. Sin embargo, de ellos están hechos nuestros sueños, los cuales se basan como he mencionado en la realidad y viceversa. Que se lo digan a esa pareja parisina, Raúl y Anne.
Durante el transcurso de cada uno de los libros que he escrito me he tenido que enfrentar a paradigmas envueltos en extrañas coincidencias. Pero hay más, si se trataba de algo que aprender (una clave determinante), un factor se sumaba a las coincidencias, y era la congruencia. Esta es una especie de relación lógica entre lo que se dice o escribe y se hace.
Lo contrario es la incongruencia y en su punto extremo nos encontramos con el cinismo. ¿Acaso no es este un mundo cínico? Algo me dice que sí, pero el antídoto es ser lo más real posible, noble, digno, sincero, dentro de la imaginación. Pero alguien nos pone a prueba y de ahí las coincidencias y su misterio. En resumen, que algo extraño me sucedía. Por ejemplo, si al escribir hacía demasiado hincapié en conservar la calma me veía envuelto en situaciones tensas.
Al escribir «El ladrón de penas», me ha sucedido lo mismo. De hecho lo empecé con cierto recelo, el cual aumentó al evidenciar las admoniciones que Kaito, el hombre del chubasquero rojo, aplica a los protagonistas aun sin que nadie sepa por qué. Huelga decir que hasta acabar el libro me he visto envuelto en situaciones que algunas veces me han hecho sentirme (también a mí) protagonista de esta historia. Sobre todo, cuando me sorprendió una tormenta hace poco.
Ignoro si habré tenido algo que ver en ello, pero al doblar una esquina en pleno aguacero me tropecé con una persona que llevaba puesto un chubasquero rojo. Y por esto mismo intuyo que el misterio se extenderá a esta nota final si no lo remedia nadie, y nadie va a remediarlo.
Mucho me temo que, por el contrario, el hecho de qué me ha inspirado para escribir esta historia es de por sí otro misterio, a lo que debe añadirse la ubicación geográfica y sobre todo el título. Ahora bien, ya he dicho más o menos que mi cometido no ha sido otro que poner sobre el papel un dictado. Otro misterio podría ser quizá mi intuición de un invierno que transcurra entre borrascas. Si fuese así, ignoro si el haber escrito este libro tendría algo que ver en ello; se mire como se mire, todo seguirá siendo un misterio.
domingo, 1 de mayo de 2016
Zen sobre ruedas
Sin embargo, no se trata ahora de volcarse al misticismo, buscando la gran liberación. La vida cotidiana ofrece grandes oportunidades y una de ella es el instante de conducir un vehículo. En realidad es un instante como cualquier otro, pero es más que substancial. Tanto es así que de paso preservamos nuestra vida y la de otros.
Cómo conducir puede ser interesante. Lo primero es dónde y eso nada tiene que ver con el trayecto, sin con esto otro: AQUÍ. ¿Dónde iba a ser si no? La mayor parte de la gente, sin embargo, no conduce aquí sino en cualquier otra parte. La prisa por llegar, la obsesión por ponerse delante de otro vehículo, etc., dan cuenta de no estar aquí. Ni siquiera haber tenido un accidente impide seguir conduciendo en el mapa mental, en vez de en la carretera.
Y ese es un problema fundamental: creemos que el mundo y lo que hacemos en él es lo que tenemos en la mente. ¿Vamos a cambiar el mapa por la realidad? Pero la realidad es “aquí”. Ese lugar por el que pasamos continuamente y del que nunca nos percatamos. En resumen, que uno conduce pensando estar en una infinidad de sitios, todos menos la carretera que pisan las ruedas de su vehículo.
En segundo lugar está la cuestión de cuando conducir. No puede ser en otro momento que: AHORA. Pero la mente divaga en lo que pasó ayer, la semana pasada, o lo que pasará mañana, cientos de recuerdos, ideas, planes y proyectos, etc., tienen lugar; es como si uno decidiera aprovechar el tiempo mientras conduce.
No es de extrañar darnos con una roca, dar unas cuantas vueltas de campana o colisionar contra alguien. ¡Qué fatalidad! La verdad es que sí, es una fatalidad no saber estar “aquí y ahora”. Así que ni siquiera hace falta el alcohol o las drogas para que uno se convierta en un peligro letal. Basta con ser un ser humano poseído por monos parlanchines que no cesan de chillar en las cabezas.
Acaso exagere, pero siempre que uno tiene un accidente, ya sea de tráfico, laboral o doméstico, si uno es víctima de un delito, incluso si es asesinado, siempre ocurre estando distraídos. No quiero decir que no se pueda tener un accidente sin estar distraídos, pero es poco probable que uno no esté distraído en el momento fatal.
Por otra parte, están los roces verbales o físicos, las disputas de tráfico. Estas se relacionan nuevamente con no estar aquí y ahora. Por el contrario, nos entregamos al verdugo del estrés y malgastamos una cantidad de adrenalina que al cuerpo no le sienta nada bien. A la capacidad de conducción le sienta peor que nada.
En un atasco los conductores no paran de tocar el claxon y hacer aspavientos con las manos y gestos faciales, por no decir de los improperios que salen por sus bocas. Pero esta actitud no solo es estúpida, también es ingenua, porque uno lo hace pensando que de ese modo se deshará el atasco. O tal vez se quiere desahogar, o simplemente quiere irritar a los demás para hacer justicia. Se convierte en un Robín Hood urbano, sin flechas que disparar.
El corazón sufre y al final termina uno sufriendo un colapso. Pasa lo mismo en el trabajo o en cualquier discusión, pero casi nadie sabe que eso es lo que pasa. Y si hacemos mal la digestión será culpa de "otros", no de la mala gestión de nuestro propio pensamiento. No en vano menciona Budha el “recto pensamiento”.
Conducir no es prepararse para correr en la fórmula I, pero hacerlo un poco a la manera Zen proporciona seguridad, tranquilidad, consciencia, y de paso un trascendental ahorro de dinero (en multas), por no decir de evitar que el vehículo quede despachurrado, o peor, uno mismo.
Después de todo lo dicho, explicaré las reglas, pero no olvidemos que hay que poseer una gran fuerza de voluntad para no caer en lo que espanta a todo ser humano: “aquí y ahora”.Primera regla: atención y concentración
La ATENCIÓN consiste en atender a algo o alguien, ser consciente de ello. Pues bien, la atención es única y exclusivamente para la carretera. Es como si mantuviéramos un romance con ella, es nuestra amada y no vamos a decepcionarla. Todo nuestro ser se vuelca en ella. Todo lo que no sea ella se excluirá, nada de infidelidad que a larga resultará fatal.
Una de las infidelidades que más nos roba la atención es ese vehículo que tenemos detrás y que nos quiere dar prisa mordiéndonos en el trasero. Así pues, no hay ni que mirarlo. No existe, excepto para controlarlo.
La CONCENTRACIÓN es el esfuerzo para manejar la atención, por así decirlo. Esta es la parte más bonita, porque, así como no puedes comerte un bocadillo de tortilla mientras conduces, sí que puedes hacer Za-zen, meditación. Debes, más bien. ¿Y cómo se hace eso en la carretera? Observando todo lo que se encuentra en la carretera, sin pensar en nada.
Se trata de observar el aquí y ahora. Es decir, los vehículos, las señales de tráfico, los pasos de cebra, los semáforos, el panorama, en una palabra. Y repito, nada de pensar. Hay que cultivar un espíritu alerta o Zanshin. La verdad es que resulta placentero, se despeja la mente, se gana en consciencia y de paso… se acorta el tiempo. Esto sucede porque el tiempo se percibe solo en la mente y tal como disminuye el pensamiento, el tiempo (la sensación de) también.
Segunda regla: anticipación
Aunque no deja de formar parte de la prevención, la ANTICIPACIÓN no debe confundirse con ella, pues va mucho más lejos. Interviene el instinto unido al Zanshin. Desde el punto de vista psicológico parecerá una obsesión, pero tiene su base en el arte de la espada y da muchos y buenos frutos. Pero no es fácil de poner en práctica debido a los condicionamientos.
Lo primero es cumplir con lo que rezan las señales de
tráfico, pero si hablamos de límites de velocidad, he aquí un ejemplo de
anticipación. Cuando, yendo por autovía, me encuentro con tramos inesperados que
varían en tope de velocidad, elijo la mínima. Con ligeras excepciones, cuando es seguro y el terreno está libre de “trampas”.
La anticipación, por otra parte, posee su elegancia e invita
a la cortesía y la convivencia, pero sobre todo evita problemas, algunos de los
cuales graves. Por eso cada vez que llego a un paso de cebra, lo rebaso como si
fuera yo el que lo cruza a pie. Nunca pienso “me da tiempo”. Mi Zen no me
permite dialogar, solo esperar.
Para más cortesía procuro ceder siempre el paso a otros vehículos y pensar que lo más probable es que si no lo hago se me traguen. ¿Paranoia? No lo sé, pero así se evitan muchos golpes. No hace mucho iba yo por una calle con absoluta preferencia; un coche venía por una calle a la izquierda (como un tren bala) y bajé un poco la velocidad por si acaso. En efecto, se saltó el stop, pero esto es lo importante: no colisionó conmigo gracias a mi paranoia.
Queda claro que la cortesía salva vidas y ciertas paranoias también. Muchas veces presiento que alguien que viene de cara en una carretera secundaria va demasiado rápido o distraído, de modo que reduzco mi velocidad, me arrimó más a la derecha y aumento mi alerta. ¡Menos mal! Exclama uno después de todo.
En cuestión de ceder no hay que olvidarse de los ciclistas y considerarlos como coches o a veces como camiones, si van en grupo. En este sentido me da igual hacer una cola que cuatro. Cortesía aparte, nada de problemas. Y para no dejar a medias la anticipación ni qué decir tiene el considerar los semáforos en ámbar como rojo, salvo que te pille debajo mismo.
Tercera regla: la divina indiferencia
Esta es una expresión que sugiere el más alto grado de control, lo que hace que la adrenalina sea una balsa de aceite y que la concentración no se pierda. Cuando hay una disputa entre dos partes, ambas tienen siempre la razón. En serio, no conozco a nadie que no la tenga, por eso discutir es tentar al diablo de lo que uno no quiere que suceda. Sin embargo, lo que quiero resaltar aquí es más bien la provocación, una especie de cebo que nos roba la atención y mata la paz interior.
En ocasiones, un conductor nos toca el claxon, gesticula, nos grita y hasta nos insulta. Entonces, como uno tiene que defender su honra, reacciona… y por lo general bastante mal, tanto como su feroz oponente. Citaré de nuevo a Budha, antes de proseguir. Cuando alguien lo insultaba no aceptaba lo que consideraba un regalo. ¿A quién pertenece un regalo que no es aceptado? Le preguntó a un discípulo que no entendía su actitud.
Lo que yo hago es tan fácil como difícil. Una vez, un conductor me tocó el claxon, me gritó, me insulto, etc. Y mira por dónde que paramos juntos en un semáforo. Él continuó su monólogo perverso sin que yo lo mirase siquiera. Tan solo me giré para mirarlo una vez, sin soltar las manos del volante, sin hacer muecas, ni aspavientos; no dije nada, no hice nada.
Esta es una actitud indiferente que considero divina, y es
una buena costumbre ponerla en práctica. Lo mejor de todo es no perder ocasión
de ejercer el poder de la vía pacífica; es una puerta que libera la fuerza
interior Ki.
Le reiteré mis más sinceras disculpas varias veces y, al final, se calmó por completo. Después salió un tema de conversación distinto al del incidente y él quiso invitarme a una cerveza. ¿Acaso no es esto más saludable que acabar en una página de sucesos?
En cualquier caso, no des nunca a tu enemigo (supuesto) lo que espera de ti: tu atención y tu reacción. Es algo que aprendí hace mucho tiempo.
Temas relacionados, libro: "La dieta de los 3 budas"
Ver artículo: Mushin: vacío, respiración, concentración, meditación





