domingo, 22 de mayo de 2016

La escritura mágica

Ni la literatura ni la ciencia podrán explicar algo que subyace en las capas más profundas del misterio. La frase: “escritura mágica”, sugiere que el acto de escribir es creativo y por consiguiente mágico. Tiene sentido porque es “moralmente racional”, y lo aceptamos en cualquier campo del saber humano, la literatura, la música, la pintura, etc., pero, ¿y si no estuviéramos hablando de esa clase de magia?

No, la magia de la que voy a hablar es más literal; entonces se verá como “inmoralmente irracional”. Pero se vea como se vea, ahí está, sucede sin tener que mendigar explicaciones, dejando aparte a esa dama tan encantadora, refinada y beneficiosa al hacer humano: “la congruencia”.

Es una buena compañera, pero es también muy severa cuando decide probar si somos individuos reales o meras patrañas. Hasta se ríe de nosotros, para disipar los humos de la vanidad. Todo depende de lo que uno haga, escriba en este caso. Si escribes de crecimiento personal, aunque solo sean ligeras connotaciones, echa a correr porque la dama de la congruencia irá a por ti, te escondas donde te escondas.

Otra cosa es que uno no pueda o no quiera darse cuenta, pero, si somos conscientes, tal vez lleguemos incluso al “poltergeist” emocional. No, no exagero, pero será mejor que cuente mi experiencia, no vaya a ser que las letras empiecen a moverse y saltar fuera del blog; sería un caos para mis visitantes y un problema para los exorcistas semánticos. Pero veamos cómo la congruencia se ha ensañado conmigo.

Empezó a suceder cuando más descuidado me encontraba, aunque poco a poco conseguí verla venir con cierta anticipación. Acabé por preguntarme ¿qué sucederá por escribir esto…? Tomaré como ejemplo una de mis frases más apreciadas por mí: “En una situación difícil tenemos que mantener el estado en el que el pensamiento no sea un estorbo”. Cuando la escribí, no hace mucho, pensé: “prepárate”.

En los días subsiguientes me vi envuelto en varias de esas situaciones, aunque no extremas. Y eso que, por norma, solo escribo aquello de lo que estoy seguro de poder hacer y que por supuesto hago. Pero la dama es muy exigente y siempre te pide más, y más…

—Estoy siendo congruente con lo dicho, ¿qué más quiere usted, señora? —le digo a la dama.
—Quiero asegurarme de que no se te ha olvidado —me responde ella.

Podría poner cien mil ejemplos, incluyendo lo que enseño (digo) en mis clases, pero el más conmovedor es el de escribir un libro. Se dicen muchas cosas en él. Pero si son varios o muchos, es mejor salir a la calle con coraza; la dama te importuna, te acribilla el temple hasta dejarlo como un colador, lleno de agujeros. Si resistes la embestida, se retira a descansar o la toma con otro que también tenga la consciencia despejada.

Imagina lo sufrido que es una exigencia tan alta en un mundo incongruente, cínico, más bien. Pero no puedo quejarme, a fin de cuentas, yo soy el único culpable por haberle declarado mi amor a esa dama tan desenvuelta y atractiva. Ese amor no te lleva al triunfo, pero sí a amar lo que haces y que sea lo bastante real como para hacerlo sin remordimientos.

Siempre somos puestos a prueba, escribiendo o haciendo cualquier otra cosa. Pero no deja de tener su lado divertido, ¡y su lado constructivo! Solo hay que imaginar qué ocurre cuando la prueba se supera y la dama te sonríe. Por otra parte, no es posible eludir la prueba, solo ignorarla, lo que equivale a retrasarla.

Pongamos por caso, que escribía un capítulo en el que se mencionaba algo que tuviese que ver con la calma. En tal caso, las turbulencias me rodeaban como un tornado. Si se trataba del coraje ni qué decir. Escribir un libro es pasar mucho tiempo en tu interior y al acabarlo tienes que mirar su simbolismo y darte cuenta de que estabas ignorando que eso estaba dentro de ti.

Después de finalizar cada libro, me he dado cuenta de que no venía de ninguna parte ni iba a ningún lugar. Y lo mejor de todo: que solo se escribe algo bueno (o se hace lo que sea), en los momentos en los que el “yo” deja de existir. ¡Eh! ¡Ahora sí que podemos hablar de magia!

No obstante, quiero mencionar también una parte que se halla en el epicentro de la magia para niños. Creo que es la más divertida. Como ejemplo, sirve una novela que estoy terminando y que en breve será publicada. No diré el título ni de qué trata, porque no es el momento, solo mencionaré una tormenta y a un hombre que aparece con un chubasquero rojo.

Uno de los protagonistas recibe una gran lección (una de tantas) ante la presencia de ese hombre y en medio de una tormenta que se forma en pocos minutos. Pues bien, pocos días después de haberlo escrito me vi en una repentina tormenta (con la consiguiente prueba de aprendizaje) y al girar una esquina… alguien tropezó conmigo y… ¡llevaba puesto un chubasquero rojo! ¿Cómo se puede digerir esto?

La verdad es que nunca la ironía, la paradoja más bien, había sido tan literal, ni mucho menos. Después del asombro me estuve riendo varios días. Sin embargo, no estaba tan asombrado, puesto que desde que empecé la historia no han dejado de ocurrirme cosas. Y eso está bien, al menos sé que vivimos en un Universo al que se le da muy bien el humor Zen.

O puede que yo lo vea así al no soportar la seriedad de los tecnócratas y tragamundos. Me viene a la memoria la historia de un maestro Zen muy risueño. Se dice de él que pasara lo que pasase, siempre reía. Me siento pues afortunado porque la vida me dé lecciones sin quitarme la risa ni la alegría. A la hora de escribir, sé que las letras no son mera gramática, y que incluso por encima del arte, son mágicas.

Sin embargo, el asunto no acaba aquí. Leer es también una de las grandes maravillas del mundo. Pues bien, si leemos con ánimo de crecer, la dama nos visitará para ver si es verdad que hemos aprendido algo de aquello que nos ha gustado tanto. Pero no te asustes, no vaya a ser que baje el nivel de lectura, pues ya está… casi en el núcleo de la Geosfera, medio fosilizado.



domingo, 1 de mayo de 2016

Zen sobre ruedas

Tal vez seamos una especie compleja, pero lo cierto es que la mente se halla dispersa, tanto más en una época tan estresante. Esto afecta a todo y el hombre moderno se limita a hacer uso de los condicionamientos básicos. Pero, ¿qué hay de una lucidez costosamente ganada en pro de un poder inmenso? Nada de nada. Pensándolo bien, tiene su gracia: odiar las tinieblas cuando se podría encender la luz.

Sin embargo, no se trata ahora de volcarse al misticismo, buscando la gran liberación. La vida cotidiana ofrece grandes oportunidades y una de ella es el instante de conducir un vehículo. En realidad es un instante como cualquier otro, pero es más que substancial. Tanto es así que de paso preservamos nuestra vida y la de otros.

Explicaré aquí, pues, cómo conducir. Lo primero es dónde y eso nada tiene que ver con el trayecto, sin con esto otro: AQUÍ. ¿Dónde iba a ser si no? La mayor parte de la gente, sin embargo, no conduce aquí sino en cualquier otra parte. La prisa por llegar, la obsesión por ponerse delante de otro vehículo, etc., dan cuenta de no estar aquí. Ni siquiera haber tenido un accidente impide seguir conduciendo en el mapa mental, en vez de en la carretera.

Y ese es un problema fundamental: creemos que el mundo y lo que hacemos en él es lo que tenemos en la mente. ¿Vamos a cambiar el mapa por la realidad? Pero la realidad es “aquí”. Ese lugar por el que pasamos continuamente y del que nunca nos percatamos. En resumen, que uno conduce pensando estar en una infinidad de sitios, todos menos la carretera que pisan las ruedas de su vehículo.

En segundo lugar está la cuestión de cuando conducir. No puede ser en otro momento que: AHORA. Pero la mente divaga en lo que pasó ayer, la semana pasada, o lo que pasará mañana, cientos de recuerdos, ideas, planes y proyectos, etc., tienen lugar; es como si uno decidiera aprovechar el tiempo mientras conduce.

No es de extrañar darnos con una roca, dar unas cuantas vueltas de campana o colisionar contra alguien. ¡Qué fatalidad! La verdad es que sí, es una fatalidad no saber estar “aquí y ahora”. Así que ni siquiera hace falta el alcohol o las drogas para que uno se convierta en un peligro letal. Basta con ser un ser humano poseído por monos parlanchines que no cesan de chillar en las cabezas.

Acaso exagere, pero siempre que uno tiene un accidente, ya sea de tráfico, laboral o doméstico, si uno es víctima de un delito, incluso si es asesinado, siempre ocurre estando distraídos. No quiero decir que no se pueda tener un accidente sin estar distraídos, pero es poco o nada probable que uno no esté distraído en el momento fatal.

Por otra parte, están los roces verbales o físicos, las disputas de tráfico. Estas se relacionan nuevamente con no estar aquí y ahora. Por el contrario, nos entregamos al verdugo del estrés y malgastamos una cantidad de adrenalina que al cuerpo no le sienta nada bien. A la capacidad de conducción le sienta peor que nada.

En un atasco los conductores no paran de tocar el claxon y hacer aspavientos con las manos y gestos faciales, por no decir de los improperios que salen por sus bocas. Pero esta actitud no solo es estúpida, también es ingenua, porque uno lo hace pensando que de ese modo se deshará el atasco. O tal vez se quiere desahogar, o simplemente quiere irritar a los demás para hacer justicia. Se convierte en un Robín Hood urbano, sin flechas que disparar.

El corazón sufre y al final termina uno sufriendo un infarto. Pasa lo mismo en el trabajo o en cualquier discusión, pero casi nadie sabe que eso es lo que pasa. Y si hacemos mal la digestión será culpa de otros, no de la mala gestión de nuestro propio pensamiento. No en vano menciona Budha el “recto pensamiento”.

Lo siguiente es contar cómo conduzco yo exactamente. El cómo lo hago no me prepara para correr en la fórmula I, pero me proporciona seguridad, tranquilidad, consciencia, y de paso un trascendental ahorro de dinero (en multas). Sobre esto último, conducir como voy a exponer podría no ser lo mejor para contribuir al erario, pero reducir un bolsillo famélico a la mitad o menos no es lo más aconsejable. Y si el vehículo ha quedado despachurrado o el gasto hospitalario es astronómico, ni te cuento.

Después de todo lo dicho, explicaré las reglas, pero no olvidemos que hay que poseer una gran fuerza de voluntad para no caer en lo que espanta a todo ser humano: “aquí y ahora”.

Primera regla: atención y concentración

La ATENCIÓN consiste en atender a algo o alguien, ser consciente de ello. Pues bien, la atención es única y exclusivamente para la carretera. Es como si mantuviéramos un romance con ella, es nuestra amada y no vamos a decepcionarla. Todo nuestro ser se vuelca en ella. Todo lo que no sea ella se excluirá, nada de infidelidad que a larga resultará fatal.

Una de las infidelidades que más nos roba la atención es ese vehículo que tenemos detrás y que nos quiere dar prisa mordiéndonos en el trasero. Así pues no hay ni que mirarlo. No existe, excepto para controlarlo.

La CONCENTRACIÓN es el esfuerzo para manejar la atención, por así decirlo. Esta es la parte más bonita, porque, así como no puedes comerte un bocadillo de tortilla mientras conduces, sí que puedes hacer Za-zen, meditación. Debes, más bien. ¿Y cómo se hace eso en la carretera? Observando todo lo que se encuentra en la carretera, sin pensar en nada.

Se trata de observar el aquí y ahora. Es decir, los vehículos, las señales de tráfico, los pasos de cebra, los semáforos, el panorama, en una palabra. Y repito, nada de pensar. Hay que cultivar un espíritu alerta o Zanshin. La verdad es que resulta placentero, se despeja la mente, se gana en consciencia y de paso… se acorta el tiempo. Esto sucede porque el tiempo se percibe solo en la mente y tal como disminuye el pensamiento, el tiempo (la sensación de) también.




Segunda regla: anticipación

Aunque no deja de formar parte de la prevención, la ANTICIPACIÓN no debe confundirse con ella, pues va mucho más lejos. Interviene el instinto unido al Zanshin. Desde el punto de vista psicológico parecerá una obsesión, pero tiene su base en el arte de la espada y da muchos y buenos frutos. Pero no es fácil de poner en práctica debido a los condicionamientos.

Lo primero es cumplir con lo que rezan las señales de tráfico, pero si hablamos de límites de velocidad, he aquí un ejemplo de anticipación. Al recorrer los cincuenta y ocho kilómetros que me separan de Valencia, por autovía, me encuentro con tramos inesperados que obligan a ir a cien mezclados con otros de ciento veinte. Pues bien, vamos todo el trayecto a cien y ya está.

Prisa es lo que tenían los desafortunados accidentados y los despojados de la nómina del mes. Con esto no quiero decir que no vaya yo nunca a más de cien, pero solo cuando estoy seguro de que está permitido, es seguro, y que el terreno está libre de “trampas”. En este sentido, otra de mis costumbres es considerar a cualquier vehículo, cualquier farola… como un radar.

La anticipación, por otra parte, posee su elegancia e invita a la cortesía y la convivencia, pero sobre todo evita problemas, algunos de los cuales graves. Por eso cada vez que llego a un paso de cebra, lo rebaso a treinta, según, y haya o no alguien dispuesto a pasar, actúo como si lo hubiera. Nunca jamás pienso “me da tiempo”. Mi Zen no me permite dialogar, solo esperar.

Para más cortesía procuro ceder siempre el paso a otros vehículos y pensar que lo más probable es que si no lo hago se me traguen. ¿Paranoia? No lo sé, pero así se evitan muchos golpes. No hace mucho iba yo por una calle con absoluta preferencia; un coche venía por una calle a la izquierda (como un tren bala) y bajé un poco la velocidad por si acaso. En efecto, se saltó el stop, pero esto es lo importante: no colisionó conmigo gracias a mi paranoia.

Queda claro que la cortesía salva vidas y ciertas paranoias también. Muchas veces presiento que alguien que viene de cara en una carretera secundaria va demasiado rápido o distraído, de modo que reduzco mi velocidad, me arrimó más a la derecha y aumento mi alerta. ¡Menos mal! Exclama uno después de todo. La verdad es que no va mal la actitud del Samurai de salir de casa esperando la muerte y regresando después con una vida renovada.

En cuestión de ceder no hay que olvidarse de los ciclistas y considerarlos como coches o a veces como camiones, si van en grupo. En este sentido me da igual hacer una cola que cuatro. La cortesía es cosa de todos, pero es cosa mía no tener que comer pan duro en un calabozo, no quiero dar ese gusto a nadie. Y para no dejar, a medias, la anticipación ni qué decir tiene el considerar los semáforos en ámbar como rojo, salvo que te pille debajo mismo.




Tercera regla: la divina indiferencia

Esta es una expresión que sugiere el más alto grado de control, lo que hace que la adrenalina sea una balsa de aceite y que la concentración no se pierda. Cuando hay una disputa entre dos partes, ambas tienen siempre la razón. En serio, no conozco a nadie que no la tenga, por eso discutir es tentar al diablo de lo que uno no quiere que suceda. Sin embargo, lo que quiero resaltar aquí es más bien la provocación, una especie de cebo que nos roba la atención y mata la paz interior.

En ocasiones, un conductor nos toca el claxon, gesticula, nos grita y hasta nos insulta. Entonces, como uno tiene que defender su honra, reacciona… y por lo general bastante mal, tanto como su feroz oponente. Citaré de nuevo a Budha, antes de proseguir. Cuando alguien lo insultaba no aceptaba lo que consideraba un regalo. ¿A quién pertenece un regalo que no es aceptado? Le preguntó a un discípulo que no entendía su actitud.

Lo que yo hago es tan fácil como difícil. Una vez, un conductor me tocó el claxon, me gritó, me insulto, etc. Y mira por dónde que paramos juntos en un semáforo. Él continuó su monólogo perverso sin que yo lo mirase siquiera. Tan solo me giré para mirarlo una vez, sin soltar las manos del volante, sin hacer muecas, ni aspavientos; no dije nada, no hice nada.

El conductor en cuestión salió derrapando, cuando el semáforo estuvo en verde, y sacando la cabeza por la ventanilla continuó insultándome. Yo continué con mi actitud de no hacer ni decir nada. Por el espejo retrovisor pude ver que la policía, que en ese momento torcía una calle, lo paraba. Cosas del Karma…

Esto que he contado, esa actitud indiferente que considero divina, la pongo en práctica siempre, tanto es así que es ya una costumbre, un condicionamiento, en este caso, de gran utilidad. Lo mejor de todo es no perder ocasión de ejercer el poder de la vía pacífica; es una puerta que libera la fuerza interior Ki. No cuesta nada tratar a los demás, con respeto y benevolencia, incluidos tanto al policía que nos llame la atención, como al brabucón que nos toque el claxon.

Y una última anécdota. En una ocasión rocé la puerta de un coche, aparcando. Un hombre salió enfurecido, lanzándome algún que otro improperio. Pero antes de que su monstruo mental creciese, le pedí disculpas en un tono muy amable. Al principio, no parecía ceder a mi amabilidad, pero conforme íbamos rellenando el parte de accidente, su arrebato iba disminuyendo.

Le reiteré mis más sinceras disculpas varias veces y, al final, se calmó por completo. Después salió un tema de conversación distinto al del incidente y él quiso invitarme a una cerveza. ¿Acaso no es esto más saludable que acabar en una página de sucesos?

En cualquier caso, no des nunca a tu enemigo (supuesto) lo que espera de ti: tu atención y tu reacción. Es algo que aprendí hace mucho tiempo.




Temas relacionados, libro: "La dieta de los 3 budas"

Ver artículo: Mushin: vacío, respiración, concentración, meditación


domingo, 14 de febrero de 2016

Ese rebelde que nos enseña cómo es la vida

Es interesante comprender la palabra Ki. De ella derivan conjunciones lingüísticas en la cultura japonesa (más intuitiva que conceptual) que indican cómo el Ki se manifiesta en el ser humano, en su vida cotidiana.

Así, cuando se siente que alguien tiene buen Ki, esto es Kimochi ga ii. Igualmente sentimos que alguien tiene mal Ki y en ocasiones nos encontramos con personas que nos irritan o que incluso nos resultan repelentes.

Por el contrario, sentimos que algunas personas nos agradan o nos atraen, sin explicación alguna; eso es Ki ni naru. O simplemente puede ocurrir que el Ki de dos o más personas coincida, por eso se dice que estamos en la misma onda, hablamos de Ki ga au, aunque sea poco frecuente.

Otras veces uno se siente sin fuerzas, sin coraje, sin temple, para hacer algo o resolver alguna cuestión, entonces es Ki ga shinai. Se puede decir que el Ki se halla disperso, pero también se halla concentrado otras veces, de lo cual se dice que es Ki o Komeru.

El Ki cohesiona la vida y todo lo que a ella concierne. Por ejemplo, si un terapeuta trata a alguien y no lo toca con sus manos, no habrá evidencias de que se haya iniciado un proceso de recuperación.

Si tocar es importante no lo es menos el “dar”. Dar, regalar, es algo que casi pertenece a un pasado remoto, pero el éxito en la terapia depende de que el médico sea capaz de dar algo de sí. Eso no significa que no tenga que cobrar (basta con no abusar), pero puede dar Ki, lo que se expresa en su intención.

Si se hace un favor a alguien sopesando los pro y contra de hacerlo o no hacerlo, no es igual que si se hace espontáneamente. Pero esa espontaneidad o su falta son percibidas por quien recibe el favor. Lo que varía es el sentimiento, el cual no es otra cosa que Ki y este fluye o se atasca, lo que se manifiesta en la sensación. ¡Sentir! Ese rebelde que nos enseña cómo es la vida.

Sentir es vivir, podría decirse, pero es indispensable abandonar los razonamientos que se opongan a la naturaleza. El Ki es el que va en su misma dirección y debe fluir en toda circunstancia, per ¿aceptamos el sentir? Caminamos erguidos y nos apoyamos en un tercer punto para poder hacerlo, siendo esta la diferencia principal con otros mamíferos.

Eso posibilita que la energía vital, el Ki ascienda y que con el paso del tiempo todo se sitúe en un plano casi exclusivamente intelectual. Aun así, si escuchamos la naturaleza que hay en nosotros, veremos que sigue ahí y que aún somos seres que sienten.

Del mar, por ejemplo, pueden hablar los oceanógrafos, decir sobre su composición química, salinidad, fauna, etc., pero al que se zambulle en el mar no le interesan estas cosas, le basta con sentir el agua fresca o caliente, deliciosa. El Ki está presente en el que así la siente, de una forma u otra, y en el mar. En todos, en todo.



viernes, 29 de enero de 2016

Templo de Shizen-ji

Hoy he ido una vez más al Templo de Shizen-ji. Allí me he encontrado de nuevo con los mejores y más sabios maestros del mundo de todas las épocas. Lo saben absolutamente todo. Claro que no me dejan hablar, únicamente mirar y escuchar.

Me ha recibido el abad del templo, como siempre hace, con abrazos, y luego me ha invitado a sentarme. Todos me han dado la bienvenida, obsequiándome con algunas melodías y fragancias, así como con las mejores vistas, tal como es la costumbre.

Al final ha llegado el momento de marcharme, sintiendo la nostalgia de regresar pronto, pero me he ido muy satisfecho con todo lo aprendido y me he llevado un regalo de despedida: "la paz conmigo mismo.

El abad del templo no ha dejado de mirarme en ningún momento hasta que he subido al coche y me he alejado. Lo único que me ha dicho ha sido: "no te olvides de que eres uno de nosotros".

El abad es un árbol a cuyo tronco siempre me abrazo, al llegar y al marcharme. La asamblea de maestros está formada por árboles, matorrales, piedras, rocas, tierra, agua, pájaros, visones, peces, ardillas, ranas, tejedores, hormigas, abejas y un largo etcétera.

Todos ellos forman parte de la natura (Shizen), la cual es el único y verdadero templo (Ji), según me revelaron hace mucho tiempo, y todos han sido graduados en la única universidad autorizada: "La Universidad de la Vida".



domingo, 24 de enero de 2016

Tiempos de soma

Desde que Aldous Huxley escribiera su “mundo feliz” han corrido muchos vientos, y todo parece indicar que su pronóstico sobre las generaciones posteriores de ese mundo feliz ha prosperado más de lo imaginado. Pero lo que más ha prosperado es el soma, el delicioso soma, como Huxley lo alude en su novela.

Cuando por las noches me da por reflexionar (brevemente, eso sí), me vienen recuerdos de la novela, recuerdos que se condensan en esta frase: “Ingerida media hora antes del cierre, aquella segunda dosis de soma había levantado un muro impenetrable entre el mundo real y sus mentes”.

Ese muro es el refugio, la huida, la trampa, y el hombre se refugia, huye, cae en la trampa, se esconde para no ser visto por sí mismo. El muro forma parte de una serie de claves para que los hombres mediocres, dependientes de ficciones, esclavos de sus mentes, esbirros del inconsciente colectivo, sonámbulos de la noche, germinen. ¿Acaso no es este un mundo ya sin vitalidad? Y sin vergüenza, qué duda cabe. Sin escrúpulos, sin sentido, sin criterio, sin dignidad de ningún tipo, sin... en fin, me voy de este párrafo para no sulfurarme más. Aunque ya no lo hago más que en las tintas.

Un hecho indiscutible es que los seres humanos necesitamos depositar nuestras más caras ilusiones en un lugar seguro, pero ¿y si no lo hay? Muchos piensan que no, por eso dejan sus ilusiones a la intemperie, pero no son más que eso, ilusiones. Y estas se exaltan con profusos, incontabilísimos gramos de soma.

Eso es lo que ocurre, mentes que se enaltecen con la falta de realidad y de sí mismos, pero el sí mismo es lo interior, el pilar central que falla o que es inexistente en tantas y tantas personas. Del sí mismo, solo queda la euforia; la diversión y el olvido en el mejor de los casos. Pero uno ríe hasta que llora cuando la euforia se marcha.

El soma de la vida real se compone de muchas cosas que están dirigidas a anular los sentidos, la consciencia, pero cuenta con el favor de las trampas psicológicas, los autoengaños, la ganancia secundaria, pero inconsciente, de ser diestro en que lo peor de uno mismo quede como lo mejor, llamando la atención, a veces con orgullo. Otras veces con bellas palabras que el ego sabe adaptar a su modus vivendi con un único fin: no cambiar el modo.

Mucho se puede decir de tantas cosas, que giran alrededor del analfabetismo consentido de nuestro tiempo en contraste con el mal visto de antaño. ¿Para qué leer? O preocuparse de cultivar el conocimiento y sobre todo el autoconocimiento. El cerebro se aletarga en el lecho de la comodidad que despide aroma a soma. El diálogo interno se presta a todo menos a la sinceridad en cuanto a qué realidad estamos viviendo.

Pensamos que la realidad está siempre equivocada, que la correcta es la que arde en la mente de uno. Pues bien, ¿quién va a convencer a quién de que no está falseando su vida? ¿Con qué argumentos triviales? Pero en la cima de la ficción está el monarca indiscutible de la eliminación del sentido, la consciencia y la razón, el líder absoluto de la felicidad más indigna: las drogas o el alcoholismo.


Esa felicidad viene sin criterio, sin mérito, con fugacidad y llama a la puerta para mentir y dar muletas a quienes no saben caminar con pensamiento claro, ni saben que existen por sí mismos. Pero las muletas traen excusas, tal vez el clásico “yo controlo”. ¿Qué? Es como si el fuego controlase el calor. Pero ni siquiera la mente puede controlarse a sí misma, mucho menos con algo que la inflame, siendo que casi siempre está al borde del estallido.

Fuera del clásico, hay otras excusas, algunas son deducciones geniales con pinta algebraica, como “el veneno está en la dosis”. Pero ¿cuál es la dosis? ¿Cuál es la que hace falta para que alguien se exalte en estado medio catatónico, en la fiesta química de la felicidad? También está la excusa de “solo se vive una vez”, y no es cierto. Pero, aunque lo fuera, ¿puede alguien relacionar la felicidad con la imagen de sí mismo que nunca logra ver estando sobrio?

Me apena describirla, pero más me apena que un cuerpo inocente tenga que implicarse en ello. Ojeras quemadas, rostro desencajado, memoria transitoriamente suprimida, alaridos, ojos que hierven en rojo y sin poder fijar la mirada, euforia de pura bestia. En fin, un cerebro sometido a una tortura que aparenta ser un orgasmo. Y lo peor, que ya no sabemos a quién tenemos delante, ¿hay alguien que tome té caliente y vacíe su cabeza? Oh no, hay soma para todos, aunque luego no se pueda ni comprar pan. Pero a la hora de pagar, antes al camello que al panadero.

¿Serviría de algo decir que el cerebro es el conductor del carruaje? No creo que sirva de nada, pero las neuronas no tienen recambio y cuando comienzan a fallar no lo sabe el interesado, nunca lo sabrá. Jamás ningún ladrón se ha tenido por ladrón, ningún verdadero santo por santo, ninguno demonio por demonio. Fue la primera condición del ego cuando empezó a formarse y por eso el pensamiento nos dice: piensa, no observes, nos dice también: conviértete en lo que piensas, en lo que temes. O en lo que te hace olvidar que no sabes vivir.

Me pregunto qué pasa en la lucha contra las drogas y pasa lo mismo que con el analfabetismo, nunca se conoce la línea que divide la contienda y lo consentido. No en vano, bien sabe el diablo hacer ver que no existe o que es él mismo quien más odia al diablo. Pero así somos los civilizados, nos gustan muchas cosas, menos tener la mente despejada; obliga a la verdad. Pero hay verdades aterradoras, he visto morir o llegar a la demencia a personas cercanas a mí y no paro de contar.

Sin embargo, el soma es como un octópodo cuyos tentáculos inmovilizan al hombre por todas partes. También los hay refugiados en elixires de mejor lírica que las drogas duras, por ejemplo los analgésicos, los calmantes o cualquier cosa que ayude a afrontarlo todo, que dé apoyo y que sustituya la vida que clama en nuestro interior, que anule la inteligencia del cuerpo y empañe el alma y la consciencia.

Contemplar una montaña, un árbol, una nube o saltar a la comba ya no sirve, tampoco disfrutar de la actividad, del deporte, del trabajo. Todo y todos somos maquinaría, y como punto y seguido a lo anterior el soma alcanza al estómago y al sexo. ¿Dónde queda el hambre que antaño hacía disfrutar de ambas cosas cuando era el momento? En ninguna parte, le hemos dado la vuelta a todo y solo para huir. A todas horas y en cantidades indigeribles. Es como si dijéramos, por cada gramo de dolor uno de placer, pero es de soma.

Y no van a dejar de soplar jamás los vientos que traen semillas de adormidera. Ya casi han desaparecido los juegos presenciales entre niños, las conversaciones mirando a los ojos, la literatura, los trabajos manuales. Los rebaños caminan entre fangos virtuales, siguiendo la brújula del teléfono móvil, escuchando la prosa hipnótica de la televisión, con la fe puesta en que el mundo marcha bien, que el hombre evoluciona, que la tecnología vela por nuestro ser, etc. Anular los sentidos es ya de tiempos prodigiosos y felices, de toneladas de soma.