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jueves, 14 de febrero de 2019

¿El mundo ha muerto?

Se puede vivir de diversas formas, pero solo si existe una pulsión, una vibración interior, se puede uno considerar vivo sin reservas. Ese vibrar es una especie de diapasón que suena, revelando que estamos vivos. Sin embargo, los diapasones vibran cada vez menos, el mundo que nos rodea ya no parece tan vivo como antes; uno se pregunta si acaso el mundo sensitivo está en su lecho de muerte.

Quién sabe, aunque el proceder humano lo pone de manifiesto. Este se compone de superficialidad e insensibilidad. Desgana por descubrir, experimentar, crecer, pero rendido a la voluptuosidad del automatismo, a la inercia de la normalidad, del tedio, del deleite insulso, del letargo. En el peor de los casos, uno se identifica con todo esto al punto de salvaguardarlo como un derecho legítimo del que se benefician los voraces artesanos de regir el mundo. 

En realidad, es una necesidad ante la falta de vitalidad. La mente está ocupada, hoy más que nunca, en enredos sintácticos. Gobernada, además, por el hechizo de los medios que inducen apatía disfrazada de diversión. O normalidad, de seguridad. O incluso sueño, de despertar. En cualquier caso, uno vive en el interior de un cómodo capullo de seda, dispuesto a consumir años, no vivirlos en consonancia con las demás especies y con esta tierra que nos acoge, no para dormir, sino para despertar.

Las plantas, los árboles, todas las criaturas, están viviendo una vida que sucede de forma natural, espontánea, mientras que un excesivo porcentaje de nosotros, los seres humanos, solo tenemos ambiciones y figuraciones de cómo ser felices y vivir sanos. Pero lo que resulta es la pereza y el embotamiento. Se vuelve uno adicto a todo aquello que le evite la pulsión para vivir con plenitud. Porque, o no se conoce lo que es o en caso contrario hasta da miedo.


Se necesita aliviar el tedio que resulta de la falta de pulsión, de malvender la atención, y de sentirse seguros entre iguales. De ahí el fenómeno más infecto en la historia humana, el móvil táctil, en avenencia con videojuegos, deportes o actividades aglutinadores de masa, y redes sociales, una revelación de nuestra era, asimismo aglutinadora, en la que el sucedáneo es lo real, al igual que en todo lo demás.

Lo abraza todo, ya sea el café, la comida, la música, la ropa, etc., incluso cosas que antaño tenían valor. En el peor de los casos, el propio ser humano. En cuanto a valores, basta con fijarse en la falta de honor y de compromiso. Recuerdo que hubo una época en la que había mucho entusiasmo para hacer cualquier cosa, como practicar las artes marciales. De un día para otro podía reunir a una veintena de personas únicamente con el “boca a boca”. 

En cambio, ahora, con tantos medios de comunicación, un encogimiento de hombros responde desde el letargo. O voces fachosas que tratan de justificar su pereza ponzoñosa. O su suspicacia, quizá. A no ser que, como digo, se trate de estar en boga con lo masificado que evite el estar cara a cara con uno mismo y/o con unos pocos amigos con los que compartir lo esencial de la naturaleza humana.

El sucedáneo conlleva, al mismo tiempo, una distorsión, un desvirtuar que destruye la pureza o esencia de las cosas, incluso de algo tan puro como es el Zen. A lo sencillo, como es vaciar la cabeza (meditar), se le pone un envoltorio a la moda, sobrenombres, mezclas, pingües finalidades que desplazan a la vital “no finalidad” del Zen, etc. Mirando, por ejemplo, de cerca el movimiento regenerador o Katsugen Undo, no veo ya la pureza que aprendí, ni tampoco en las artes marciales. A veces, ni es posible saber qué está uno viendo.

Es esta una era abstracta de ideas y finalidades, sin percibir ese mundo que llamamos real. No hay sensación. Sin embargo, es esta la que me induce a saber quiénes tengo delante. Por ejemplo, cuando alguien viene a practicar el Katsugen, sé si es un catador de métodos, un peregrino de terapias o un coleccionista de conocimientos, y cuánto tiempo va a permanecer y me va a hacer perder a mí.


En las artes marciales ocurre lo mismo; uno comienza por estar en forma, ser más fuerte, superior a otros, por entretenerse, etc. Pero antes o después las finalidades se debilitan y nada queda. No se comprende que en la no finalidad se halla la pulsión, la vibración; que recorrer el camino es lo que nos llena, que existe una plenitud en caminar y no en llegar a ninguna parte, si bien caminar con flojera de temperamento no es ni siquiera posible. La actividad se empobrece y el conocimiento se muestra frío; a veces, altanero.

El conocimiento está canalizado a lo consciente. Se consume igual que la comida en un plato. Pero si el conocimiento no penetra el subconsciente, no hay nada que hacer. Tampoco, si uno no está dispuesto a valerse por sí mismo. Esto último es lo que trato de enseñar a los que me piden ayuda, aunque solo será posible a través de la relación entre consciente y subconsciente. Pero se vive en un ambiente de dependencias difícil de abandonar. Por miedo, por indolencia, por convicción..., da igual.

No es fácil comprender con la cabeza llena de ideas. El progreso aporta muchas de ellas, la medicina de salud, la política de seguridad, la religión de esperanza, etc. Pero no está uno satisfecho, la necesidad aumenta. Nos preguntamos entonces si existen otros caminos, algo que nos conduzca directamente a nuestra naturaleza esencial, sin condicionamientos. Desde luego que sí, pero con la condición de saber cribar.

La pureza lo es todo, creo suponer, pero no está casi en ninguna parte, ni aun en la ciencia, una vez que se tiende al mercadeo y al privilegio, fuera de la espontaneidad de la vida. Ni en la filosofía, que hoy en día alcanza a todo el mundo, facilitando la enredadera de palabras cuando no hay práctica ni experiencia alguna.

La pureza, en sí, conlleva el desprendimiento de ideas, de finalidades. Pero la pureza pasa también su factura, los comprometidos con ella somos relegados y nada más lejos que ser profetas. De nuestra tierra, ni por asomo. Personas que me tienen a su alcance pasan por delante de mí en un “estado de coma sensitivo”. Lo entiendo, no es tan fácil tener el sexto sentido de un gato que estimule a interesarse por la vida plena.



Quizá por eso, en un hálito de pureza, de compromiso y honor, poco a poco, me he vuelto cada vez más al espíritu del samurái, como una especie casi extinta, pero que es para mí un pilar de sostén en mi sobrevenir por este mundo de apariencias, cada vez más aparentes. Es el símbolo de la pureza de la que hablo y de lo que trato de hacer. En todo caso, uno mismo es la raíz de todo, por lo que veo necesario experimentar quiénes somos y no somos, por qué nacemos y morimos.

Es fácil que el viento nos lleve a donde no se espera, sin saber lo que uno quiere ni a dónde va, y sin darse cuenta tampoco de que en el letargo se esconde cierta cobardía. Por eso, muchas personas se vuelven alcohólicas o narcodependientes, también perezosas, sin duda insensibles, pero las cosas y situaciones que anulan la sensación plena de vivir son ya una miscelánea sin, probablemente, una vuelta atrás. 

Aún con todo, unos pocos tendrán esa sensación, como cuando la lluvia cae sobre el rostro de uno; es un instante en el movimiento eterno del Universo. Nacemos en un instante semejante, morimos en otro igual. Lo que importa, pues, es la vida que se revela en la naturaleza. Es una vida plena, dando todo y sin reservas de nosotros mismos.

Esto es lo que importa en un mundo vivo, mientras que en el letargo importa más la longevidad, como un irónico recurso para prolongar una fútil existencia en un mundo medio inerte. Este se contenta con impresiones mentales sobre la vida, las cuales tienen poco valor ante la inmensidad de existir, lo que no es otra cosa que sentir.

En ello se halla una presencia de espíritu, vitalidad y consciencia; un temple desprendido de agitaciones vanas, sosegado, joven hasta el final, con un ánimo independiente de lo que suceda alrededor. Libre de embotamiento, de inercia, de apatía, como un águila que cruza los cielos lentamente, deteniéndose, en un alarde de atención plena y sentimiento puro.

Temas relacionados: "Tiempos de soma" 

jueves, 6 de diciembre de 2018

Contraer, relajar

Existe una diferencia entre estar tensos o relajados. Las tensiones son reacciones a situaciones a las que suponemos que requieren de un esfuerzo. Pero ese esfuerzo nos debilita; en realidad, el exceso de fuerza física y mental nos debilita. Sin embargo, relajarse no es quedar embotado por una larga siesta o un calmante.

Relajarse es algo tan sencillo como no tensarse (en exceso). Pero para poder comprender esa sencillez es necesario saber qué estamos pensando. Si mis pensamientos me provocan tensión no podré relajarme, de modo que es esencial dejar de pensar en esas cosas al instante.

El cuerpo se pone tenso y rígido con facilidad ante cualquier eventualidad. Por otra parte, es fácil creer que un despliegue de fuerza nos hará más fuertes, pero no es verdad. En la práctica de las artes marciales, suelo explicar esto con ejemplos prácticos como lo que sigue:

Si alguien sentado en suelo está tenso y se resiste a que otra persona lo levante del suelo, cogiéndole de las axilas, será levantado con facilidad. En cambio, si se relaja no se le podrá levantar tan fácilmente. Si son dos las personas que tratan de levantarnos, la diferencia será la misma. Nos levantarán si estamos contraídos, no podrán hacerlo si estamos relajados.

Si se nos empuja será difícil resistir el empuje contrayéndonos y elevando los hombros, pero, relajados y con el peso del cuerpo bien distribuido, resistimos sin problemas cualquier empuje. Sin embargo, solo es posible relajarse respirando larga y profundamente, vaciando la mente. 



Esto es lo mismo que utilizar el ki o fuerza vital, sin más misterio que la naturalidad de estar relajados y libres de basura mental, con la atención puesta en el bajo vientre, procurando no ejercer fuerza alguna con los hombros. Es, sin duda, superior a cualquier clase de fuerza.

En la vida cotidiana, un problema equivale a cogernos y pretendernos levantar del suelo. Igual que un ataque verbal, un momento crítico, la toma imprevista de una decisión, o cualquier situación de miedo. Si se tiene miedo el cuerpo se contrae tanto que se vuelve frágil en favor de fuerzas opuestas; la mente queda colapsada.

Cuando nos sentimos enfermos también nos contraemos y lo que sentimos se prolonga e intensifica. Por todo ello, es importante ser capaces de relajarnos ante cualquier circunstancia y tratar de tomar esa actitud como costumbre. Recuerdo los días en los que uno de mis maestros, ante cualquier dificultad que yo tenía, me decía: “Relaja”. En aquel entonces, no me explicaba nada más.

martes, 9 de octubre de 2018

Tenshin Go So

"El hombre debe ponerse a la altura del Universo en cuestión de armonía, cualquier otra especie lo está desde el principio”

Más allá de las técnicas, por encima de victoria o derrota está la armonía. Sin embargo, estamos faltos de ella, al igual que de concentración, pues la mente se mantiene dispersa a lo largo de toda una vida, entre lamentos, desconciertos, teorías, complicaciones, problemas y remedios que resultan ser los peores problemas. En lo que concierne a las artes marciales, la falta de armonía elimina su esencia y también el arte.

La armonía es un estado de no enfrentamiento (psicológico) que sin embargo nos evita la derrota. El Universo siente, el hombre siente. El Universo se mueve, el hombre se mueve. Por eso debemos movernos, hacer… en armonía con lo que nos rodea. Pero es la verborrea mental, que no cesa, la causa principal de desarmonía. Las palabras ocupan el mayor espacio en la mente, pero las palabras mienten y por eso podemos abrirnos a una realidad superior a la de las palabras: el sonido puro. Es un instante de no decir nada, de no pensar en nada y de entregarse a fondo.




Describiré un poco la práctica del Tenshin Go So, en la cual se utiliza la palabra en forma de sonido primigenio. Seguramente recordaremos aquellos primeros días en el parvulario aprendiendo lo esencial: el "a, e, i, o, u". Pues bien, eso es lo que vamos a hacer, regresar al parvulario. Al de la concentración y la armonía.

Se trata de entonar las vocales A, E, I, O, empezando y acabando en AUM. Es una práctica especial, cuyos sonidos se recogen en el ancestral Kotodama, que significa "palabras sagradas". Sin embargo, lo sagrado no está en un orden metafísico, sino en el instante de fusión con los elementos naturales; eso precisa de la existencia de un mundo interior de sensaciones vivas.

Por otra parte, antes de continuar, veamos el significado de las vocales en el contexto espiritual. A representa lo invisible del Cosmos. E lo creativo, I los fenómenos de la vida y O el final del movimiento que da paso al siguiente. UM o AUM representa el Universo infinito. Al mismo tiempo las vocales representan a los cinco elementos.

De la misma forma se necesita concentración, pues vocalizar, ejecutar movimientos y repetirlos mecánicamente no sirve de nada. Así que manos a la obra...

La condición es mantenerse relajados, escogiendo un lugar apropiado... al aire libre, dependiendo del lugar en que uno se encuentre. Si tienes la ocasión de subirte a un cerro, o al pico de una montaña, aprovechando una excursión, mejor que mejor. El estómago debería estar vacío, asimismo. 

Por lo demás, únicamente hay que pronunciar las vocales, procurando que el aire inspirado emerja de la parte baja del abdomen (por debajo del ombligo), por lo cual la respiración ha de ser abdominal. La pronunciación va acompañada de los movimientos que describiré a continuación.











Partimos de una posición erguida con los pies juntos, mirando al frente. Las manos se enlazan, igualmente al frente, de manera que la izquierda nos quede por encima de la derecha, con los pulgares recogidos. Se comienza entonando "Ummmmmmmm... Fig. 1

A continuación se separan las piernas (se desplaza el pie derecho hacia la derecha), adoptando una postura del doble de anchura de los hombros, aproximadamente, y con los pies mirando hacia fuera. 

Al mismo tiempo, el tronco y la cabeza se inclinan hacia atrás, mirando al cielo. Los brazos se separan hacia los lados y las palmas de las manos miran también al cielo. Fig. 2

Vocaliza el sonido: "Aaaaaaaaa...", de forma que su cadencia se alargue hasta el final del movimiento siguiente. La postura y la mirada se mantienen igual, pero los brazos ascienden trazando un círculo de fuera a adentro. Fig. 3

Aquí finaliza la primera vocalización. Acto seguido, el tronco se endereza, y se hacen descender los brazos, de manera que el círculo trazado es ahora de dentro a fuera. Se vocaliza: "Eeeeeeeee...". Fig. 4

Acto seguido, los brazos regresan al frente, formando con las manos un triángulo, juntando los índices y los pulgares. Fig. 5











Manteniendo la misma posición en las manos, se asciende frontalmente, de manera que el triángulo apunte al cielo volviendo a inclinar el tronco hacia atrás, y mirando al cielo. Se vocaliza: "Iiiiiiiii...". Fig. 6

Después se traza un círculo, de dentro a fuera, que desciende para luego ascender de frente con las manos juntas, por encima de la cabeza, como sosteniendo algo en ellas. Se vocaliza. "Ooooooooo...". Fig. 7 y 8

Se recoge la pierna y se juntan los pies, retornando a la postura inicial, entonando "Aummmmmmmm...". Fig. 9

Nota: las manos han de permanecer abiertas, con los dedos separados, excepto en los pasos 1 y 9, en los cuales se mantienen abiertas, pero los dedos juntos. Por último se repite el proceso entre tres y cinco veces.

En resumen, que uno grita al Universo y este le devuelve el eco, lo que supone mantener una relación sin igual. Sin embargo, la vía de comunicación es el interior; se da el caso de que el ser humano ha llegado a desconectarse de su interior, sustituyéndolo por otro externo, construido y contaminado. ¿A quién escucha uno? A sus voces compulsivas, a las de los demás, en un vivir de trivialidad y repetición.

Ver el video para apreciar mejor los detalles:

domingo, 15 de abril de 2018

El milagro de sentir

Lo que sigue es un fragmento de "El milagro de sentir" un capítulo de mi último libro publicado "Entrevista con el cuerpo, Katsugen, cuando vivir sano es inevitable". Se desarrolla como una serie de situaciones en la que dos participantes interactúan entre sí conversando. Podrían identificarse como un maestro y su discípulo, o quizá un entrevistador E y su entrevistado C. Este último es el cuerpo.

E.: ¿Sabes? No he podido pegar ojo con tus sorprendentes revelaciones.

C.: Tratas de absorber información pero tu cabeza no está lo suficiente vacía y por eso no has podido dormir, si bien eso me afecta a mí. Se diría que sabes muy bien de qué tema hablar pero es mejor que sientas más porque sentir es un milagro.

E.: Está bien, te entiendo, pero, ¿por qué llamas milagro al hecho de sentir?

C.: Porque sientes la vida que hay en mí. Eres consciente de ella, no por la noción que tienes sino por las sensaciones que incluyen el dolor. Por sí solo el dolor es también un milagro.

E.: ¿Por qué es un milagro? ¿Quién podría llegar a semejante conclusión?

C.: El dolor es una muestra de mi actividad involuntaria. El éxtasis sexual también, y otras muchas formas. Pero es el dolor lo que me pone a trabajar, si no me duele nada no trabajo, al menos no como es debido.

E.: No le veo demasiado sentido. Te soy sincero.

C.: Piensa en qué pasaría si yo no pudiera detectar algo extraño en mí. Es el dolor lo que me avisa y por eso es un milagro. Pero tú tratas de eliminar cualquier cosa desagradable que yo sienta y crees que por eso he sanado, no miras en las raíces.

E.: Pero hay personas gravemente enfermas que experimentan mucho dolor.

C.: Eso ocurre una vez dejo de responder de forma natural. El dolor «extremo» entra en el mismo círculo vicioso que la fiebre, lo recordarás seguramente. Es como mi última y desesperada tentativa de mantener el equilibrio. Pero será vano dadas las circunstancias.

E.: Lo recuerdo.

C.: Hay personas con serios problemas por no ir al retrete y que sin embargo continúan comiendo, ¿dirías que eso es sentir correctamente?

E.: Supongo que no, pero no sé a dónde quieres llegar.

C.: Al maravilloso mundo de la sensación. Muchos cuerpos sienten poco o nada, no se indisponen o casi nunca lo hacen, apenas se acatarran, no tienen fiebre o rara vez. Si yo fuera así tú te creerías más sano y seguro gozando de un bienestar falso.

E.: No me trates de tonto. No, porque algo he aprendido…

C.: Solo quiero que pienses sin alejarte de la realidad.

E.: ¿A qué realidad te refieres?

C.: A la de darte cuenta de si yo soy un cuerpo apático, rígido, si tengo o no reacciones que van a ser para bien de ambos. Ten en cuenta que mis reacciones pueden ser lentas y aunque creas que soy fuerte estaré débil. Si reacciono a una anomalía de forma lenta es posible que ya sea tarde. Esa es la realidad.

E.: Pero si una persona sufre de algo grave no se puede decir que no siente nada porque se lo va a pasar fatal.

C.: El no sentir suele preceder a la reacción desesperada que yo podría tener, ya lo he mencionado varias veces. Pero ese no sentir es la enfermedad más grave que podemos padecer. Es el antecedente a esa fatalidad a la que te refieres. También es el responsable más probable de una muerte súbita...



 Descripción y disponibilidad del libro: ver aquí.

domingo, 25 de febrero de 2018

La humildad de lo irracional

El paso de la existencia permite abrir un hueco en un punto ciego del pensamiento, en el sentido de percibir lo que hemos venido a hacer a este mundo: VIVIR. Es algo que hacen todas las especies de nuestro planeta sin un planteamiento utilitario, filosófico, documentado, ni aún menos metafísico.

Así pues, las diferentes especies concuerdan en el acto de vivir. Algo sencillo pero incompresible a los ojos de los hombres civilizados. La civilización, saturada de talento, queda inmune frente al exorcista más diestro, pese a que ya muchos sintamos el deseo de acudir a uno de ellos, apenas nos damos cuenta de que «vivir» se vuelve una cuestión de analítica empalagosa. Y mucho me temo que ese deseo lo sientan los niños cuando se les acerca el momento crítico de ser PROCESADOS en la industria de la razón humana. Pero vayamos al principio, es decir, a la asombrosa simplicidad.

Me encanta el raro proceder del maestro Zen que está subido en lo alto de un cerro. Unos caminantes se lo encuentran y le preguntan por qué razón se encuentra allí. Pero él no contesta. Entonces ellos le prestan sugerencias: «para admirar el paisaje, porque se siente a gusto, quizá por hacer ejercicio o respirar aire puro...». El maestro niega todas las razones disponibles. No está por ninguna causa propuesta. 

"Simplemente estoy aquí", declara al final. Está ahí sin pérdidas ni ganancias.

Numerosas personas podrán admitirlo con la condición de aplicarlo en chilindrinas de escasa importancia, pero en asuntos más serios el proceder escapa a un terreno más seguro, más analítico. El hecho de que la vida se valúe como SENCILLA puede causar cierta perplejidad al mecanismo complejo de la sociedad. Pero yendo más lejos, quitar importancia a los asuntos serios, entre los que también se encuentran las ambiciones tan bien atadas en el pensamiento, nos causa pavor. No veas si se nos ocurre situar a un ser irracional por encima del racional; te asegura un prócer de hereje o lunático. 

Aun con todo seré sincero apostando, no ya solo por perros y vacas, sino incluso por una ameba. Al menos, ni unos ni otros sufren en vano traveseando con las ideas y los dividendos; tampoco se vuelven comatosos con las distracciones, ni pierden la memoria visceral, ni malviven como nosotros. No pasan calamidades de índole sentimental tales como la violencia, la pobreza, la enfermedad, etc., requisitos sin los que la humanidad se vería condenada a regocijarse en una PAZ a la que se trata de esquivar. Quién sabe si por parecernos aburrida y terrible. Uno no podría ya quejarse. 


El caso es que si el raso acto de vivir parece poco racional por su sencillez, la paz se encuentra en el mismo punto de mira. Pero démonos cuenta de que no solamente por la simplicidad se distinguen de nosotros animales y amebas, también por HUMILDAD. No en balde domesticar a la naturaleza nos pone en trance de SOBERBIA, cuando humilde y fácil es seguir sus directrices. Sin duda, inteligente. Recordemos que lo que se nos pide es entereza y humildad...

No obstante, contra todo propósito de humildad, convence más la autodefinición de racionales contra la falta de inteligencia animal y así poder subestimarlos; pero lo que interesa subliminalmente es restar racionalidad a las personas que no opinan lo mismo que uno o que carecen de fe en lo preconcebido. Pasan a formar parte de las bestias. 

Ahora bien, estas no tropiezan jamás dos veces en la misma piedra a no ser que los hayamos domesticado tanto como a nuestros hijos. Ni mucho menos están en conflicto permanente como el ser humano, pero eso sí, a nuestros ojos son incapaces de distinguir el bien del mal. Y no pensemos solo en animales, pues cualquiera puede comprobar que el vecino con el que acaba de discutir tampoco distingue el bien del mal. 

Me pregunto, pese a todo, para qué le sirve a uno distinguirlo si escoja lo que escoja siempre lo llamará BIEN. El MAL lo atribuye a la oposición. ¿Acaso no se puede digerir la dualidad? Parece ser que no.... si es que se da el raro caso de intentarlo. Pero el asunto estriba en que si no se digiere no habrá UNIDAD. ¿Y qué dios va a dejarse ver por el mundo de las particiones?

Fíjate en los movimientos de rotación y traslación de la Tierra, en sus estrictas leyes naturales, las condiciones imponderables para la vida y un largo etcétera. Si cabe hasta que un manzano no se equivoque en dar sandías en vez de manzanas, por no hablar de la gestación de nuevos seres en cada especie. Pero hay que preguntarse con toda ironía qué importancia tiene eso comparado con la informática, la arquitectura, la automovilística y otras cosas a las que no pretendo quitar importancia, desde luego. 

Media hora antes de escribir estas líneas he visto sorprendido un ratón saliendo del enrejado estrecho de una alcantarilla. Lo primero que ha sacado es el trasero, lo cual me ha parecido lógico puesto que es su parte más gruesa. Si consigue que su trasero pase las rejas el resto del cuerpo lo hará sin dificultad. Ignoro si habrá alguna razón en boca de los científicos, pero me quedo con el hecho visible ante mis ojos: la humildad de lo irracional.

Y hay más cosas irracionales, como llamar MADRE a la Tierra o AMIGO al dios que todos temen o ignoran. Es que la sociedad no está para amigos imaginarios y madre no hay más que una: el SISTEMA que clasifica las especies, a su antojo, sin tener en cuenta su EXISTENCIA. Da igual si es social, administrativo, científico, corporativo, religioso, educativo, etc. 

Si el hombre sabe vivir es ya otra cosa. Resulta difícil vivir mientras uno se asfixia atrapado en los sistemas que él mismo ha creado. Claro que no se trata de prescindir de lo imprescindible; basta con ser capaces de corregir lo que no funciona, lo cual es un acto de humildad, además de inteligencia. 

A fin de cuentas, los dramas y tragedias que padecemos no corresponden a la ciencia ficción, sino a la ignorancia, la soberbia y el miedo, justo los visados que se necesitan para vivir en un infierno como el nuestro. Pero imaginemos qué nivel de INEPTITUD se necesita para poder transformar un paraíso en infierno. No está al alcance de cualquiera que no sea humano. Sin embargo la AMEBA es, contra todo pronóstico, un "inteligente antepasado"; si continuamos viviendo es gracias a no haber perdido del todo el contacto ancestral con ese ser tan especial.

Del libro: “Un dios en el bolsillo