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domingo, 25 de noviembre de 2018

En el cajón de los sueños

En el cajón de los sueños reposan dos novelas escritas por mí, como una especie de tregua en la rutina. Me refiero con ello al contenido y propósito de lo que suelo escribir. Fueron un par de sueños, los que dieron vida a una singularidad que conllevaba la tregua. Y es que todo el mundo sueña, aunque ya dice Calderón de la Barca, que los sueños, sueños son, si bien no sabemos hasta qué punto.

El sueño de una (agitada) noche de verano

Este fue el primero y obliga a pensar en William Shakespeare, pero hay una diferencia y es el adjetivo de agitada. De hecho, estas cosas suelen ocurrir en uno de esos periodos en los que la imaginación se desborda. El caso es que fue una agitada noche de principios de verano del 2012.

Es probable que el sueño estuviera influenciado por el clima apocalíptico que en esos días se divulgaba con un sorprendente marketing, no es posible saberlo. Lo que sí creo cierto es que Peter Pan tuvo bastante que ver, así como mi espíritu rebelde. En resumen, al día siguiente, recordando nítidamente el sueño, se me ocurrió darle vida en una novela.



Es lo que habría hecho un niño aficionado a escribir. Pero, aunque no me siento un adulto con los labios sellados con el pegamento de la seriedad (la mayor parte de las veces, inútil), presentía el inconveniente de no tener experiencia en escribir ficción, únicamente en ensayos.

Me preguntaba además cómo quedaría una historia disparatada contada por alguien que escribe sobre temas de crecimiento personal, los que se supone también un tanto serios. Esto dio lugar al temor, aunque fuese leve, de qué pensarían de mí mis lectores habituales. ¿Acaso me había vuelto loco?

Resolví la cuestión examinando un par de detalles de lo que transmito en mis escritos, el sentido del humor y ser uno mismo, a lo que hay que añadir, el ser capaces de hacer algo por el placer de hacerlo, sin más objeto. De hecho, estos aspectos ya quedaron reflejados en una especie de guía Zen “desenfadada” que escribí un año antes: “La dieta de los 3 budas”.

Aún así, cualquiera podría preguntarme si a pesar de todo me quejo de algo o reivindico alguna cosa. Podría quejarme, igual que cualquier otra persona, de las dos consonantes de la raza humana: la vanidad y la codicia, aunque sé que de nada sirve quejarse ni reivindicar nada en un mundo tan mecánico e insensible como el nuestro. Pero escribir la historia me aportó satisfacción, como he dicho, sin más objeto que eso.

Alguien hizo una crítica de la novela diciendo que es una historia exagerada, machacona y sin sentido. Ahora bien, una historia que trata de un “apocalipsis” tiene que ser exagerada, supongo, tenga o no de trasfondo el humor. ¿Y es de verdad machacona? ¿Tiene sentido?

No creo que tenga mucho para las personas que se vean afectadas por ridiculizar a la codicia humana. Les parecerá más bien una insolencia y como todo a punta en esa dirección, veo lógico el calificativo de machacona. Es como si, por ejemplo, se cuestionara la pesca y lo leyera un pescador, si bien la codicia está mucho más extendida que la pesca, la pintura, la poesía, la literatura, o cualquier otra cosa.

Por mi parte, creo que jamás he criticado (al menos públicamente) a nadie en particular, solo situaciones o hechos, uno de ellos es que se fomente en Internet la competición para que unos se sientan más que otros, o menos; algo que decididamente rima bien con una igualdad ficticia. Además, no deberíamos olvidar que juzgar hace perder vitalidad y crecer la vanidad.


De todas formas, el libro nunca tuvo éxito, (al contrario que la dieta de los 3 budas, que incluso se hizo popular en la facultad de psicología de Valencia, a pesar de su también incipiente inocencia), lo que demuestra que Peter Pan está pasado de moda. Las tendencias en ficción son otras, pero no me iba a poner a escribir setecientas páginas de lo que estuviera en boga, renunciando al “sé tú mismo” que siempre predico.

En realidad, lo que a mí me interesa es que las personas se sientan bien, no solo cuando doy clase o a través de mis libros de crecimiento personal, también aportando un poco de recreo desenfadado con una historia simpática e inocente, en forma de catástrofe, ¿por qué no? Pero queda un punto sin aclarar, y es por qué a esa catástrofe la llamé: la más esperada de la historia.

Es posible que muchas personas, aun sin habérselo planteado nunca, estuvieran de acuerdo en que el mundo acabara tal como lo relato y de una forma tan pacífica, alegre e incluso sensible, por no decir asombrosa, ya que hasta un mito deja de serlo cambiando el enfoque y me refiero con ello a la intervención de Adán y Eva y de nada menos que Dios.

En resumen, que una catástrofe así podría ser tal vez lo que se espera de la historia de la humanidad. Sería esperada por gente curiosa, de mente abierta, tal como el lector que quiera saber qué ocurrió aquel día, y si eso mismo podría ocurrir en la realidad (no respondo a esto).

El hombre del chubasquero rojo

Este fue mi otro sueño, también en una noche de verano; esta vez, del 2016 y menos agitada que la anterior. El trasfondo no es ya el humor, aunque tiene sus pequeños matices, sino una especie de cantilena a la naturaleza, la cual es para mí la expresión inmediata del Universo en el que todos nos sentimos “parte activa”. Siempre que uno sea sensible al amor por encima de la dualidad, claro.

Me he puesto tierno, pero es que la novela es muy tierna, con un amor (a primera vista) incluido, además de ser una aventura fascinante, si bien la fascinación obedece al hecho de sobrepasar la frontera de cualquier noción de realidad. En la historia, bueno, primero en el sueño, ejercieron sin duda influencia mis nociones (aunque vagas) del Shinto japonés, el cual se basa en el culto a la naturaleza, de una forma un tanto subrepticia.

Ese culto es para mí como el Tao, si bien este es de origen chino. La idea politeísta es mitología, tal como Adán y Eva, pero hay que saber entender lo que encierra el mito. Lo que se escribió en un pasado remoto creo que iba destinado a gente ya a medio despertar, incluso la cuestión de los lirios de Jesús o el reino que está en el interior y que por eso nadie ve (mirando afuera).

A pesar de todo, y de la misma manera que cobran vida Adán y Eva en la primera novela, en esta es la propia naturaleza. Aunque parezca increíble, pero sirva de recuerdo que los sueños, sueños son. De este sueño, un poco menos claro que al anterior, surgió pues una historia que tuve que cambiar de sitio y modificar en parte, lo que no resultó nada fácil.

De ahí salieron tres protagonistas: un hombre y una mujer que se enamoran y un hombre que siempre lleva puesto un chubasquero rojo, seguramente porque siempre hay tormenta y está lloviendo. Este último, trata de impedir la relación de la pareja, no sabemos por qué. 



El hombre, unas veces parece malo y otras, en cambio, el clásico maestro Zen. Pero, ¿y si fuera la encarnación de una borrasca? Otro interrogante sería por qué he titulado a la novela “El ladrón de penas”. La razón está en que el dios Shinto de las tormentas produce estas a partir de las penas y dolor humanos; es algo así como su materia prima.

El caso es que este libro tampoco tuvo éxito, quizá porque a pocos les seduce el verse envueltos en una tormenta, que al final se vuelve también apocalíptica. Aun habiendo un romance y se respire de vez en cuando la fragancia de las flores. Pero el libro me aportó tanta satisfacción como el de la catástrofe, o tal vez más.

El desenlace son una serie de moralejas de corte Zen, más bien. Pero sobre todo apuntan a la motivación, a la pulsión interior, al temple, algo que sin dudar la pareja protagonista pone de manifiesto. Por lo demás, solo cabría mencionar ciertos hechos rodeados de misterio, ahora, en la vida real, y son las moralejas poniéndome a prueba a mí. Esto me ha ocurrido con cada libro que he escrito y supongo que tiene que ver con mi propio aprendizaje.

No obstante, hay otro misterio que escapa a toda comprensión. Se trata de una coincidencia extraña y es que en cinco ocasiones he visto una relación entre la compra de un libro y una tormenta que se desata o llueve en cantidad. No es racional y me niego a aceptarlo, no vaya yo a ser el responsable del cambio climático en vez de los administradores del tiempo. Ah, es una broma, claro, pero todavía no sabemos cuál es la diferencia entre sueño y realidad.



P. D. Quiero aprovechar la ocasión para agradecer a mis lectores su confianza puesta en mí, leyendo cualquiera de mis libros. Brotan lágrimas de mis ojos al pensar en ello. ¡Gracias por tu amabilidad!

domingo, 22 de mayo de 2016

La escritura mágica

Ni la literatura ni la ciencia podrán explicar algo que subyace en las capas más profundas del misterio. La frase: “escritura mágica”, sugiere que el acto de escribir es creativo y por consiguiente mágico. Tiene sentido porque es “moralmente racional”, y lo aceptamos en cualquier campo del saber humano, la literatura, la música, la pintura, etc., pero, ¿y si no estuviéramos hablando de esa clase de magia?

No, la magia de la que voy a hablar es más literal; entonces se verá como “inmoralmente irracional”. Pero se vea como se vea, ahí está, sucede sin tener que mendigar explicaciones, dejando aparte a esa dama tan encantadora, refinada y beneficiosa al hacer humano: “la congruencia”.

Es una buena compañera, pero es también muy severa cuando decide probar si somos individuos reales o meras patrañas. Hasta se ríe de nosotros, para disipar los humos de la vanidad. Todo depende de lo que uno haga, escriba en este caso. Si escribes de crecimiento personal, aunque solo sean ligeras connotaciones, echa a correr porque la dama de la congruencia irá a por ti, te escondas donde te escondas.

Otra cosa es que uno no pueda o no quiera darse cuenta, pero, si somos conscientes, tal vez lleguemos incluso al “poltergeist” emocional. No, no exagero, pero será mejor que cuente mi experiencia, no vaya a ser que las letras empiecen a moverse y saltar fuera del blog; sería un caos para mis visitantes y un problema para los exorcistas semánticos. Pero veamos cómo la congruencia se ha ensañado conmigo.

Empezó a suceder cuando más descuidado me encontraba, aunque poco a poco conseguí verla venir con cierta anticipación. Acabé por preguntarme ¿qué sucederá por escribir esto…? Tomaré como ejemplo una de mis frases más apreciadas por mí: “En una situación difícil tenemos que mantener el estado en el que el pensamiento no sea un estorbo”. Cuando la escribí, no hace mucho, pensé: “prepárate”.

En los días subsiguientes me vi envuelto en varias de esas situaciones, aunque no extremas. Y eso que, por norma, solo escribo aquello de lo que estoy seguro de poder hacer y que por supuesto hago. Pero la dama es muy exigente y siempre te pide más, y más…

—Estoy siendo congruente con lo dicho, ¿qué más quiere usted, señora? —le digo a la dama.
—Quiero asegurarme de que no se te ha olvidado —me responde ella.

Podría poner cien mil ejemplos, incluyendo lo que enseño (digo) en mis clases, pero el más conmovedor es el de escribir un libro. Se dicen muchas cosas en él. Pero si son varios o muchos, es mejor salir a la calle con coraza; la dama te importuna, te acribilla el temple hasta dejarlo como un colador, lleno de agujeros. Si resistes la embestida, se retira a descansar o la toma con otro que también tenga la consciencia despejada.

Imagina lo sufrido que es una exigencia tan alta en un mundo incongruente, cínico, más bien. Pero no puedo quejarme, a fin de cuentas, yo soy el único culpable por haberle declarado mi amor a esa dama tan desenvuelta y atractiva. Ese amor no te lleva al triunfo, pero sí a amar lo que haces y que sea lo bastante real como para hacerlo sin remordimientos.

Siempre somos puestos a prueba, escribiendo o haciendo cualquier otra cosa. Pero no deja de tener su lado divertido, ¡y su lado constructivo! Solo hay que imaginar qué ocurre cuando la prueba se supera y la dama te sonríe. Por otra parte, no es posible eludir la prueba, solo ignorarla, lo que equivale a retrasarla.

Pongamos por caso, que escribía un capítulo en el que se mencionaba algo que tuviese que ver con la calma. En tal caso, las turbulencias me rodeaban como un tornado. Si se trataba del coraje ni qué decir. Escribir un libro es pasar mucho tiempo en tu interior y al acabarlo tienes que mirar su simbolismo y darte cuenta de que estabas ignorando que eso estaba dentro de ti.

Después de finalizar cada libro, me he dado cuenta de que no venía de ninguna parte ni iba a ningún lugar. Y lo mejor de todo: que solo se escribe algo bueno (o se hace lo que sea), en los momentos en los que el “yo” deja de existir. ¡Eh! ¡Ahora sí que podemos hablar de magia!

No obstante, quiero mencionar también una parte que se halla en el epicentro de la magia para niños. Creo que es la más divertida. Como ejemplo, sirve una novela que estoy terminando y que en breve será publicada. No diré el título ni de qué trata, porque no es el momento, solo mencionaré una tormenta y a un hombre que aparece con un chubasquero rojo.

Uno de los protagonistas recibe una gran lección (una de tantas) ante la presencia de ese hombre y en medio de una tormenta que se forma en pocos minutos. Pues bien, pocos días después de haberlo escrito me vi en una repentina tormenta (con la consiguiente prueba de aprendizaje) y al girar una esquina… alguien tropezó conmigo y… ¡llevaba puesto un chubasquero rojo! ¿Cómo se puede digerir esto?

La verdad es que nunca la ironía, la paradoja más bien, había sido tan literal, ni mucho menos. Después del asombro me estuve riendo varios días. Sin embargo, no estaba tan asombrado, puesto que desde que empecé la historia no han dejado de ocurrirme cosas. Y eso está bien, al menos sé que vivimos en un Universo al que se le da muy bien el humor Zen.

O puede que yo lo vea así al no soportar la seriedad de los tecnócratas y tragamundos. Me viene a la memoria la historia de un maestro Zen muy risueño. Se dice de él que pasara lo que pasase, siempre reía. Me siento pues afortunado porque la vida me dé lecciones sin quitarme la risa ni la alegría. A la hora de escribir, sé que las letras no son mera gramática, y que incluso por encima del arte, son mágicas.

Sin embargo, el asunto no acaba aquí. Leer es también una de las grandes maravillas del mundo. Pues bien, si leemos con ánimo de crecer, la dama nos visitará para ver si es verdad que hemos aprendido algo de aquello que nos ha gustado tanto. Pero no te asustes, no vaya a ser que baje el nivel de lectura, pues ya está… casi en el núcleo de la Geosfera, medio fosilizado.