martes, 31 de marzo de 2020
Cielo Azul
domingo, 20 de octubre de 2019
Niño Yuki
El trato, sin embargo, comienza en la gestación. Puede incluso tomar la forma de diálogo, sea con palabras pronunciadas por los padres, sobre todo la madre, o a través de sentimientos. El niño reacciona con patadas a algo que hace la madre o el padre y que le incomoda o irrita.
¿Eres niño o niña? Se le podría preguntar. De alguna manera responderá, puede que también dando patadas..., o se le puede pedir que se dé la vuelta si viene de nalgas. Estas cosas quedan fuera de la lógica de nuestro tiempo, pero pueden ocurrir si el instinto y sensibilidad de los padres está lo suficiente desarrollado. No suele ser así, no obstante.
Entre los padres y el niño, con el yuki se crea una especie de comprensión antes de nacer que se mantendrá después. Y puede el niño ser delicadamente especial con el yuki, de manera que si se hace sobre la barriga de la madre el niño que nazca será aún más especial que de ordinario.
Su sensibilidad es asimismo especial, pasa rápido y fácilmente las indisposiciones infantiles (propias del desarrollo natural del niño) y posee enorme resistencia a los daños medioambientales. Es especialmente intuitivo e inteligente, de modo que puede dejar a los mayores asombrados por sus preguntas o respuestas. Igualmente asombra su quietud.
Uno de ellos ha venido a mi dojo para hacer yuki y el movimiento regenerador. Ha sido por su propia iniciativa, algo increíble en un niño de ocho años. El padre le hizo yuki regularmente cuando estaba en el vientre de su madre y también durante su etapa de bebé.

Podría ser un “niño yuki”, una expresión originaria de Itsuo Tsuda. Es decir, un niño tan natural que en este sentido equivaldría al “niño prodigio”. Un niño así o un adulto seitaizado, es decir, sensibilizado de pies a cabeza, difiere bastante del individuo medio insensible, de cuerpo rígido y falto de reacción funcional. El niño es, pues, un ser sensible.
Los animales, los árboles y las plantas son también “seres sensibles”; el afecto que se les tiene y los cuidados con corazón que se les prodiga hace que mejoren su aspecto, que crezcan con más energía, etc. Incluso el agua es sensible el trato que se le da. Si un perro gruñe y se le hace yuki en la cabeza, a cierta distancia sin tocarlo, se sentirá inmovilizado.
El niño en cuestión me dejó sorprendido, primero porque estaba atento a todo lo que se decía y hacía. Y cuando estaba contando un cuento Zen, cosa que suelo hacer a menudo, se anticipó al desenlace dando una respuesta que dejó asombrados a los presentes.
Las personas mayores deberían evitar alterar el movimiento biológico del bebé con zarandeos, baños destemplados, falta de atención, etc., y en cambio desarrollar la sensibilidad a un punto que favorezca que el niño crezca lo más natural posible. Además, saber poner en práctica cosas igual de sencillas que el yuki, pero que suelen pasar desapercibidas.
Si, por ejemplo, un bebé se encuentra bien, al cogerlo se sentirá pesado por estar relajado. En cambio, si se siente ligero es señal de que algo va mal porque está tenso. Esto nos ocurre también a los adultos, pero es difícil que un niño nos coja en brazos.
El niño yuki es lo que un niño debería de ser. También el hombre, la mujer, adultos. Pero es preciso franquear las formas limitadas de ver las cosas. Mucha gente mira, pero pocas personas ven lo que está delante de sí mismas. Por esa razón, mientras un niño es capaz de sentir curiosidad por el yuki y otras cosas, la mayoría de los adultos no. Peor para ellos.
Libros relacionados: Katsugen Undo, la práctica que restablece la salud y la serenidad/Entrevista con el cuerpo/Tenshin, la quintaesencia del Seitai.
miércoles, 29 de mayo de 2019
El sentido del movimiento espontáneo



jueves, 14 de febrero de 2019
¿El mundo ha muerto?

Se necesita aliviar el tedio que resulta de la falta de pulsión, de malvender la atención, y de sentirse seguros entre iguales. De ahí el fenómeno más infecto en la historia humana, el móvil táctil, en avenencia con videojuegos, deportes o actividades aglutinadores de masa, y redes sociales, una revelación de nuestra era, asimismo aglutinadora, en la que el sucedáneo es lo real, al igual que en todo lo demás.

En las artes marciales ocurre lo mismo; uno comienza por estar en forma, ser más fuerte, superior a otros, por entretenerse, etc. Pero antes o después las finalidades se debilitan y nada queda. No se comprende que en la no finalidad se halla la pulsión, la vibración; que recorrer el camino es lo que nos llena, que existe una plenitud en caminar y no en llegar a ninguna parte, si bien caminar con flojera de temperamento no es ni siquiera posible. La actividad se empobrece y el conocimiento se muestra frío; a veces, altanero.
Quizá por eso, en un hálito de pureza, de compromiso y honor, poco a poco, me he vuelto cada vez más al espíritu del samurái, como una especie casi extinta, pero que es para mí un pilar de sostén en mi sobrevenir por este mundo de apariencias, cada vez más aparentes. Es el símbolo de la pureza de la que hablo y de lo que trato de hacer. En todo caso, uno mismo es la raíz de todo, por lo que veo necesario experimentar quiénes somos y no somos, por qué nacemos y morimos.
En ello se halla una presencia de espíritu, vitalidad y consciencia; un temple desprendido de agitaciones vanas, sosegado, joven hasta el final, con un ánimo independiente de lo que suceda alrededor. Libre de embotamiento, de inercia, de apatía, como un águila que cruza los cielos lentamente, deteniéndose, en un alarde de atención plena y sentimiento puro.


