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domingo, 5 de enero de 2020

Realidad, atención e imaginación.

De tan numerosas no sabemos cuántas posibilidades hay de ver una misma cosa. Sin embargo, seleccionamos una sola de ellas con el sobrenombre de “realidad”. Esta se basa, no en lo que es, sino en la dualidad, sí o no, blanco o negro, etc. Es una visión dualista que parece completa pero que, sin embargo, es tan somera que es cuestionable. Cada parte se divide además en más partes y cada una de ellas en otras tantas más.

Para los seres humanos lo real es lo parcial que vemos, una cosa se divide en partes observables. Sin embargo, los científicos saben que la observación conduce a otra realidad, porque influye en lo observado. Asimismo, lo observado influye en la observación y en el observador. Algo así lo dijo un físico, Werner Heisenberg, pero también los maestros Zen.

La realidad es una idea sobre la realidad y las tareas intelectuales consisten en ordenar las cosas según esa idea. Pero si la realidad no es exactamente la realidad, el esfuerzo es asimismo cuestionable. Hemos aprendido que los calcetines se guardan en un cajón; no pueden meterse en el frigorífico junto a la mantequilla, por ejemplo. ¿O sí se puede?


La realidad se presenta en lo definido de una cultura bajo el lema de “normalidad”, lo que se impregna a su vez de atribución moral, cultural, incluso científica, o hasta espiritual. Pero no necesariamente natural, ni tan objetiva como uno piensa. Ni por supuesto tan definida, solo tenemos que recordar la última vez que vimos una película. ¿Qué emociones nos suscitó?

Supongamos que ver la película nos hizo llorar, o reír, o tal vez nos motivó tanto que nos hizo saltar del asiento. Uno se mete dentro de la película y la vive como si fuera real, aun sabiendo que es una ficción. Lo que hemos hecho es transmutar la ficción en realidad, lo que tiene el suficiente impacto en sucesos cotidianos; más aún cuando se trata de enfermedades, al considerar cada fluctuación del cuerpo aparte de la naturaleza, mirando hacia el lado de la realidad elegida. 

La persona sana se vuelve enferma por causas que no sabemos si son lo bastante reales. Son estos aspectos dualistas de la vida que no existen en la naturaleza. Pero puede hacerse lo contrario, como al dejar de considerar una anormalidad lo que solo es una condición natural. En el contexto de la psique, lo que es una forma de ser, libre de lo preconcebido, como si se es introvertido o extrovertido, hiperactivo, insociable etc., o la simple orientación sexual.

En un sentido diferente, la lógica puede quebrarse ante la contradicción, como es el caso de la histeria. La persona más sana puede recrear toda clase de síntomas o de realidades a nivel físico. Asimismo, la que es hipersensible. O, al contrario, la persona enferma no sentir más que siente un pedazo de cartón. ¿Dónde encontrar pues la realidad?

La realidad es desconocida y lo normal es pura ilusión. Lo que es normal para el gato es anormal para el ratón; servir de comida (o de juguete) es una injusticia para este último. También para la mosca que cae en la telaraña. La justicia en el mundo humano se vuelve de igual manera una ilusión. También así, la mente enredada en el pasado y esperanzada en el futuro. O toda una serie de creencias manufacturadas.



Según Dante, en la puerta del infierno había un cartel que obligaba a abandonar toda esperanza, lo cual resulta lógico según la idea que se tiene del infierno. Sin embargo, ese cartel debería estar a las puertas del cielo, porque el cielo no es un lugar, es un estado mental (que tal vez sobreviva a la muerte) libre de conceptos, de realidades ideológicas (esperanzas), solo accesible a lobos solitarios, sea de la mística o de la naturaleza. O de ambas.

A pesar de todo, el ser humano cree en la realidad, sea social, intelectual o espiritual. “Esto es así y no puede ser de otra manera”, se dice a sí mismo. La fragancia de una colonia es algo que para los seres humanos huele bien comparado con el estiércol que huele mal. Pero la obviedad de la conclusión se trastocará si se tiene en cuenta que un perro prefiere oler los traseros de otros perros en vez de jazmines.

La India es tierra de gurúes, quienes son admirados y reverenciados allí, mientras que en el cartesianismo de Occidente se tiende a verlos como unos alienados. Sin embargo, hay quienes piensan lo mismo de las religiones en el marco de la espiritualidad. También la ciencia trata así a los naturalistas y viceversa. En todo caso, el ser humano tiende a monopolizar la realidad, cosa imposible en otras especies para las cuales vivir es lo único real.

En cuestión de ficciones, la más “real” de todas construida por el ser humano es el dinero. Para él es la quintaesencia de todo, pero un perro o una vaca harán pis encima de algo que no huele a nada interesante. Claro que nosotros no somos perros ni vacas, tenemos el don de convertir una cosa en otra, como un medio en un fin, o el bien en mal, aunque también lo contrario, aun cuando sea menos probable. El asunto estriba en qué parte elegir en favor de una realidad.

Por otra parte, la atención está ligada a la realidad de una experiencia. Por ejemplo, cuando la atención está atrapada en el tiempo. Este pasa rápido cuando estamos a gusto con alguien, cuando nos sentimos bien, pero pasa lento si estamos a disgusto o haciendo cola para algo, o si nos sentimos mal. Es una ilusión que, sin embargo, se vive como real.

Nos enfrentamos por lo tanto a dos realidades básicas: la que procede de la percepción sensorial y la del significado que damos a lo percibido. Dentro de ese significado se decide si algo tiene o no sentido, solo que no es tan posible como nos parece. Incluso las piedras podrían llegar a ser el producto de una construcción del sistema nervioso. Pero no importa; al menos, no tanto como el tictac del despertador.



Es suficiente para no poder dormir y sí en cambio viendo la televisión. Si alguien nos da una buena noticia, en ese instante ignoramos lo que otra persona nos dice de menos importancia. Un insulto, un halago, una amenaza, son cosas que acaparan toda la atención. La realidad de cómo se siente uno cambia por momentos.

La publicidad absorbe y retiene la atención; las tendencias, la moda, son realidades creadas de esta manera. La materia prima de un ilusionista es la atención del espectador. En general, la atención se mueve hacia lo que uno desea, pero también da subsistencia a lo que no se desea. Eso incluye también a una dolencia física. Si la atención en ella es exagerada el malestar aumentará y tardará más en desaparecer.

La atención y toda clase de realidades se hallan además influenciada por lo que los seres humanos compartimos a un nivel no consciente; es el llamado “inconsciente colectivo”. De esta manera, una realidad supuesta se desarrolla con rapidez y fuerza. Más todavía si se miente, de manera que la farsa remueve aún más el fango del sentido o sinsentido de la realidad. Y el mundo tan virtual de hoy, se vuelve una especie de mecenas de aquello que de por sí ha sobrevivido a todas las épocas.

Sin embargo, aun creyendo que se dice la verdad esta seguirá sin ser la realidad. Por eso sería interesante cultivar el criterio propio impregnado de cierta libertad. Pero cualquier ideología dice apoyar ese criterio que al final va a apoyar a una realidad creada en la mera percepción. Desconocida, tanto como la vida y la muerte, y tanto como uno mismo.

El ser humano se contenta con la imagen de patrón que se crea de sí mismo, pero tanto si esta es grandiosa como minúscula estará lejos de la realidad pretendida. ¡Y cuán ignorantes somos con tan pobre imaginación! Está enfocada a la promoción de un ego, ya sea humilde o soberbio, el cual preside el centro de la realidad construida día a día.

Más allá de la realidad está el sentido de la vida. Pero por mucho que se busque no se encontrará tan fácil. Se encuentra cuanto menos se busca y cuando menos se espera. Pero eso sí, hay que estar receptivos y, evitando en la medida de lo posible la rutina, usar la imaginación sin patrones. Esta es prodigiosa cuando rompemos el límite de las realidades autoimpuestas.

Así, cada realidad, cada creencia, se vuelve como la ropa que tenemos en el armario. Uno se viste con lo que cree que ese día le va mejor. La ciencia se transforma en mi ciencia, la vida en mi vida, incluso Dios en mi dios. Unos creen y otros no en base al sentido o sinsentido. Pero existimos (coexistimos) en un universo que aparenta ambas cosas, y por eso a mí me sirve la imaginación a la cual, en mi caso, Dios responde. Ambos nos liberamos de los patrones fijos.

A pesar de todo, los supuestos sobre la realidad pueden ser de cierta utilidad, siempre que uno no se apegue ni se deje engañar por ellos. Porque si se deja engañar corre el riesgo de enfrentarse a, como señala Oscar Wilde, dos formas de desdicha: una es no conseguir lo que uno anhela en la vida. La otra es conseguirlo y puede ser mucho peor. Porque se pierde la satisfacción que solo se encuentra en el camino a recorrer. En cuanto a la meta, mejor que no sean trivialidades, ni espejismos de vanidad.

No siendo pues los seres humanos como un clavel o un perro, satisfechos ambos de vivir y de sí mismos, podría ser útil tratar de conocernos a nosotros mismos. Lo que de ello resulte todavía no se parecerá a la realidad, pero tendrá más sentido que proclamar el saber de una realidad “secreta” que el Universo guarda con recelo. La naturaleza que se muestra ante nosotros y dentro de nosotros es lo que más sentido tiene.

Temas relacionados: "Lenguaje transformacional, la sintaxis del bienestar emocional" "Entrevista con el cuerpo" "La dieta de los 3 budas"

viernes, 5 de octubre de 2018

La estructura del conflicto

Superar la discordancia entre yo y el mundo no es un ensueño, es el resultado de superar primero la discordancia entre yo y... yo. De lo contrario, la opción disponible será el conflicto. La discordancia conlleva la discordancia de reglas, de las cuales hemos hablado, en primer lugar. El yo no es más que un conjunto de pensamiento y palabras, ordenadas para dar significado a todo, incluyendo al propio «yo».

Si una regla nos es impuesta desde el exterior, o si una propia es contradicha o inutilizada por la fuerza habrá conflicto; al mismo tiempo, se valora y protege la razón de uno mismo frente a la de los demás, siendo esta la regla principal.

La razón es un sustantivo abstracto, como la belleza, la amistad, o el amor; al mismo tiempo, es incontable puesto que no podemos tener cien razones en el sentido de ser cien veces racionales. En su forma verbal el hombre «razona», es decir, que ejerce la razón o cognición. Pero a la razón se le da un doble sentido diciendo: «Tengo razón»; es como decir que solo es válido mi razonamiento.

«Tengo tres razones para afirmarlo», es hacer pasar lo incontable como contable, y cada una de las razones es un argumento en defensa de un valor. Este es el que se le da a las circunstancias y hechos relacionados con la lógica, según nuestra interpretación.

La razón es pues lo que defendemos igual que un animal defiende su territorio, solo que esta no es física, sino mental y por ende sintáctica. La razón se compone de creencias, opiniones, certezas, perspectivas, reglas, etc., que en su conjunto nos parecen racionales. Pero dejan de serlo por su arbitrariedad. Aunque no dejaremos de defender aquello en lo que creemos y que sin embargo no siempre es lo que decidimos.

Rara vez una persona ha decido libremente creer en algo (sería un acto de fe). Lo que cree ha surgido de una experiencia (o varias) pasada o simplemente se basa en ideas preconcebidas. Además, cada creencia se percibe como una realidad absoluta en un mundo que, por el contrario, es relativo.

Siendo así, un problema o un conflicto se considerarán igualmente como absolutos o inmutables. Al mismo tiempo, las creencias pueden hacer que personalicemos el problema o conflicto. Tanto es así que uno llega a percibirse a sí mismo como el problema o conflicto; se ha identificado con ello y no puede establecer una línea divisoria.

¿Y quién es el que está equivocado? Alguien o algo, nunca uno mismo a pesar de todo. Aunque el conflicto siempre estará ahí, si bien existen dos clases de conflicto: interno y externo, relacionados entre sí.

El conflicto interno

Fuera del marco espiritual, no se experimenta la unidad de Ser. Por el contrario, estamos divididos (mentalmente) en tantas partes como queramos imaginar. Entre las diferentes partes puede haber un conflicto o varios. De hecho, los hay en variedad y casi de forma permanente. Por ejemplo, una parte de nosotros quiere, desea estar delgada y saludable, y otra nos empuja a comer en exceso. Este es pues un conflicto interno.
 

¿Hasta dónde es responsable uno de sus conflictos? Lo cierto es que se crean con el lenguaje con el que damos forma a la razón, creando un valor de la misma. Si, por ejemplo, no somos capaces de tomar una decisión, es porque no tenemos claro qué es lo que más valoramos en cierto momento y determinada situación. 

Además, entre algunas cosas de las que valoramos es probable que haya discrepancias. Si lo que más aprecio (valoro) es la libertad y, al mismo tiempo, me preocupa lo que digan los demás tendré un conflicto interno. Y tanto lo que yo valore como lo que los demás digan está sujeto a una organización sintáctica.

Por otra parte, hay que considerar cómo están organizados los valores. Según lo estén pueden crear o no un conflicto. Si, por ejemplo, valoro la honestidad por encima del éxito tendré un conflicto si por alguna razón me veo obligado a sacrificar el primer valor por el segundo.

Aunque me descubro diciendo que en este caso sea preferible no sacrificarlo nunca. Esto mismo demuestra, sirva de ejemplo, que para mí la honestidad ocupa un elevado lugar en mi propia escala, aunque NO me crea conflicto por tenerlo bien claro. Y conscientemente he sacrificado muchas veces el éxito por la honestidad.

El conflicto externo

Opera de la misma manera que el conflicto interno, con valores que entre dos o más personas difieren en importancia y orden. A esta clase de conflicto se le sumará el conflicto (interno) de cada persona, lo que a su vez creará un halo de incongruencia que una persona aprovechará contra otra.

Imaginemos a dos personas que vivan juntas, una es metódica (valora el orden y además el trabajo) y la otra no da prioridad a ninguna de esas dos cosas, o peor aún, es perezosa. Antes o después habrá un conflicto externo entre ambas personas.
 

Ahora supongamos que la persona que no valora el trabajo sueña con conseguir algo. La persona que sí valora el trabajo es muy probable que utilice la pereza de la otra persona como argumento contra ella. Pero la persona perezosa se defenderá recurriendo a toda clase de argumentos según sus creencias y preferencias. La otra persona hará lo mismo y así sucesivamente.

Imaginemos que se trata de varias personas, una familia, un grupo, una nación, un planeta entero, quienes tenemos que convivir con la convicción (inconsciente) de tener que ajustar (forzosamente) a todo el mundo a la propia escala de valores, o la del «grupo líder», ya sea religioso, político, etc.

Por otra parte, y en base a lo antedicho, si una persona trata de conseguir lo que quiere tratará de que otra persona no lo consiga. Mientras tanto, es probable que lo que la primera consiga no sea lo que en realidad quería.

En resumen, que nos enfrentamos a partes antagonistas, cuya complejidad viene dada por ser entre uno mismo y con los demás. El asunto se vuelve aún más complejo por la dependencia generada. ¿A qué? A una parte negativa de uno mismo utilizada contra los demás o al conflicto en sí.

Y si de lo que se trata es de lidiar con un oponente verbal, tengamos en cuenta que discutir no es lo mejor, sino cuestionar razones que él trate de imponernos.

Extracto del capítulo La estructura del conflicto del libro: "Lenguaje transformacional, la sintaxis del bienestar emocional"

martes, 1 de mayo de 2018

La magia de hablar solo

Resulta sorprendente esta especie de invitación a hablar solo, y todavía más calificarlo como un acto mágico, ya que siempre ha estado considerado tal desliz como patógeno. “No pierda de vista a su niño, creo que habla solo», dice el profesor “tipo”. A mis padres se lo dijeron con respecto a mí. Pero, ¿es o no patógena una actividad que realizan todos los seres humanos casi las veinticuatro horas del día?

Hay una regla que no debe uno saltarse y es que nadie lo oiga. O sea, que no se debe hablar solo en voz alta; sin embargo, es lo que hacemos pensando, aunque no sea audible. El diálogo interno es eso, un diálogo (interminable) con uno mismo, solo que queda reservado para uno. Pero, ¿y si hablamos en voz alta en la cima de una montaña o frente al espejo del lavabo? No pasará nada, mientras no contemos a nadie lo que hacemos: hablar solos en voz alta.

El mero hecho de contarlo equivaldría a romper la regla. Asimismo, una ruptura de reglas puede acarrear calificativos de anormalidad, extravagancia en el mejor de los casos. Sin embargo, se dan consejos como por ejemplo: “Piensa si te conviene tal cosa”. ¿Qué diferencia hay entre que lo piense en voz alta o mentalmente? O, ¿y si lo escribiera en una pizarra o en un pedazo de papel?

Todo es válido si se trata de percibir lo más aproximadamente posible una realidad que por sí sola no existe. O dicho de otro modo: interpretamos la realidad creando otra realidad, según percibimos lo que ocurre alrededor nuestro. Lo que decimos y pensamos no es tan exacto, pues, como suponemos. Lo peor es que lo que pensamos forma una telaraña, una enredadera de palabras con las que uno se sumerge en un mar de confusión.

Miles de palabras, frases, ideas, cruzan por la mente a la velocidad de la luz cuando estamos pensando. No es fácil aclararse ni dejar las cosas en su sitio. A lo más que llegamos es a una mezcla de palabras y si se observa de cerca esa mezcla se verá una estructura superficial. Sin embargo, existe una estructura profunda y más realista.

Una oración bien formada nos permite entender alguna clase de mensaje, o expresarlo; en el caso que ahora nos ocupa, a nosotros mismos. No obstante, mientras pensamos, no da a veces tiempo de formar bien las oraciones, y a la enorme cantidad de palabras que discurren por la mente se le suma el recuerdo de otras tantas pronunciadas por otras personas. Empieza a ser imposible pensar con lógica. Igualmente decidir, ordenar lo que pensamos que ya es un problema.

Pensar en voz alta, no de una forma arbitraria, sino cuando sea necesario, ralentiza el pensamiento (no es posible pronunciar tantas palabras en voz alta como cuando se piensan) y obliga a seleccionar palabras, ayuda también a ordenarlas y a formar frases que nos sean útiles para esclarecer y detallar qué está ocurriendo en la mente de uno.



El dolor (emocional) que creemos identificar como un dolor real representa solo entre el cinco y el diez por cien. El porcentaje restante, un noventa por cien aproximadamente, es sobreañadido mediante las palabras que nos decimos a nosotros mismos y que escuchamos sin concluir en profundidad. Este porcentaje puede variar en situaciones límite, pero como tendemos a considerar casi todas las situaciones como en el límite (in)soportable, el porcentaje de sufrimiento se dispara inútilmente.

No ha de olvidarse que con palabras estamos escogiendo “opciones” de la manera en que vamos a expresar (pensar) las experiencias. Y como las opciones son sintácticas, podemos modificar sintácticamente dichas opciones, siempre que reduzcamos al mínimo indispensable el diálogo interno. Por eso hablar en voz alta puede ayudar.

Lo ideal es mantener un silencio (mental), aunque sea breve, entre ráfagas de palabras. Y aun cuando estas surjan sin agolparse es mejor cuestionarlas antes de afirmar nada. Una pregunta a tiempo nos evitará aventurarnos en afirmaciones precipitadas. Si por ejemplo estoy pensando en que “no le importo a nadie” es que como si creyera poder saber lo que todo el mundo piensa (en este caso acerca de mí). Pero, ¿cómo lo sé? ¿Cómo puedo saberlo? Además, ¿qué de importante e interesante tiene que le importe a todo el mundo? En último término, ¿cómo creo que una persona debería actuar para llegar a la conclusión de que sí le importo?

Si esta clase de preguntas se pronuncian en voz alta o se escriben, y otro tanto sus respuestas, es probable que uno sienta su mente más despejada y que vea la luz que esperaba ver malgastando cerillas (pensando frenéticamente). Entonces, empecemos por salir de la casilla de la normalidad cuando sea necesario. Escuchar nuestra propia voz a solas puede ser emocionante y desenterrar el maestro que llevamos dentro un auténtico acto mágico, lo que no debe de confundirse con escuchar la voz del disparate, el cual está tanto en la voz que se escucha como en la que se oculta.



Sin embargo, también es posible llegar a dominar el lenguaje pensando de forma no audible, si bien hacerlo como digo, a viva voz, servirá de entrenamiento. Pero tanto en un caso como en el otro la atención no debería apartarse de la respiración. No solamente no formamos bien las oraciones con las que nos queremos expresar, sino que además la respiración se entrecorta, también las palabras, el tono se altera, la velocidad se descompensa. Uno respira superficialmente.

Al hablar en voz alta frente al espejo, cara a cara, también vamos a corregir esa alteración lo cual va a influir en lo que tratamos de expresar. Pero tal modulación de voz se proyectará después a lo expresado mentalmente. En cualquier caso, es mejor no pronunciar una sola palabra sin sentir una respiración profunda. Tal como se la siente, se siente la vida.

sábado, 20 de enero de 2018

Más allá del deseo

La vida moderna, la civilización, necesita de mucho, lo codicia todo, lo quiere pronto, pero es todo aquello que va devastando sin siquiera dejarle opción a la huella del tiempo. En nuestra ambición se nos ceba intelectualmente para despojarnos, más tarde, de mucho más de lo que habíamos deseado, lo que por otra parte no habrá sido ni de complacencia siquiera.

El deseo es flojo, no pasa de ser mental, cómodo, efímero. Llegamos a desear solo lo que se nos propone devorar. Sabemos que existimos (intelectualmente) pero ignoramos que tenemos existencia (sensitiva) propia. De nosotros queda una clase de hombre que teme no adquirir o perder, y que sin embargo carece de verdadero deseo. 

No es capaz de crear, de imaginar, de intuir, de infundir vida a lo que desea. Deja poco a poco de ser real. Pero los menos reales, aquellos a quienes no les importa nada porque nada conocen, ni la tierra que pisan, ni el agua que beben, ni el aire que respiran, lideran la vida de todos; creen que pueden coger cualquier cosa. Aunque nunca han deseado de verdad ni sentido un ápice de goce. 

La vida de hoy queda pues en una rutina de color gris. Los colores solo pueden verlos los seres humanos con alma. En los quehaceres esto se nota, también en el semblante de las personas; un buen observador puede evidenciar si lo que ve tiene o no vida. Es lo que nunca podrán enseñar los dedicados al arte de conseguir. Porque conseguir es un verbo hambriento, atado al tener, verbos que de por sí limitan, que se les ve oscuros. 

En la claridad, en cambio, se distingue el “Ser”. Es un verbo colorido, vívido, real, que nos da incluso la oportunidad de ser humanos. O más que eso, encontrarnos con que el Universo se posa en la palma de la mano como un copo de nieve. La razón es sencilla: no necesitas tener ese universo, lo eres. Pero sí hace falta humildad para entenderlo, lo que significa ir al principio.

Es posible aprender de un deseo tan auténtico como el de una flor: el cuerpo humano. La mente se impone a él. Lo que este desea es suplantado muchas veces por el deseo mental del hombre que lo habita. Una vez seamos conscientes de esa diferencia de deseo estaremos listos para avanzar algo en el inexplorado arte de saber quiénes somos. 

Nadie quiere conocerse a pesar de todo, es algo que asusta y que viene a ser aborrecible. Entonces, aún menos será posible conocer el cuerpo que uno habita, lo que asusta todavía más. Su lenguaje, su deseo, su vida imponente, son aspectos olvidados, de eso hoy se encargan los especialistas del cuerpo. Igual que de la mente se encargan sus especialistas, del espíritu también los suyos, y de la manera de vivir otros tantos. 

Ahora bien, esta clase de técnicos están por todas partes. Cualquier persona está lista para decirnos lo que tenemos que hacer y lo que no sin necesidad de ser un especialista. Desear, igualmente. Pese a ello existen modos de vida que no se imponen, que en cambio invitan a ser por encima de todo. 



El maestro Zen, Dogen, aun en un momento de escasez, propone a los monjes el za-zen (sentarse a practicar el Zen, el vacío) antes que nada. No necesitan más en ese instante y, sin embargo, el maestro expresa un poderoso deseo que es capaz de anular la crítica situación en que se encuentran.

Kenzo Awa, un maestro arquero de Kyudo, espera paciente, no mira el blanco ni tiene consciencia de la flecha, solo tensa el arco y espera hasta que siente todo el Universo en sí mismo. Entonces, la flecha se une al blanco inevitablemente. No necesita nada más que aguardar el suceso, lo cual es un “no hacer” que contiene deseo real. 

Es un deseo real porque el maestro no pretende obtener una victoria. Ni siquiera quiere dar en el blanco. Él es el arco, la flecha y el blanco. Es, no obstante, algo casi imposible de comprender para la mayoría de los mortales, pero es el sumun de la vida y el vórtice del verdadero deseo. 

Con esa clase de deseo se puede disfrutar incluso de una golosina, sin este ni del más rico de los manjares. De hecho, es frecuente comer algo que no nos apetece. O cualquier otra cosa que tenga que ver con los sentidos biológicos, incluso los cuales terminan por atrofiarse frente a los mentales. 

Muchas veces me he preguntado dónde me hallo y es sobre mis pies. Pero tal vez mis pies sean los de alguien que sigue ese camino, quién sabe. La Luna me mira, seguramente porque la miro a ella. Sucede lo mismo con esa exquisita flor, ese árbol sereno que posa delante de mí, el agua del arroyo, el cielo azul, las montañas que decoran el horizonte. Inspiro, espiro, lo respiro todo. 














Respirar no es algo separado de todo lo demás. Le da consistencia a la imaginación, hace posible el deseo real, ese impulso poderoso que atraviesa todas las barreras. Pero, ¿dónde y cómo encontrar ese impulso? Si sucede lo que queríamos es que el deseo se hallaba en las capas profundas del subconsciente. Este último es el dónde. El cómo es tan espontáneo como la flor que no piensa en qué lugar va a germinar ni hacia dónde va a dirigir su crecimiento.

El ser surge del subconsciente, el tener del consciente. La respiración profunda saca al primero al exterior. Sin embargo, hay que tener en cuenta hacia dónde miramos, a lo que se añade un inconveniente, que se mire donde se mire siempre se mira al mismo sitio. Un mundo geométrico, enredado, rutinario, entretenido en una felicidad frígida que así vuelve la vida.

La muerte viene a ser un espejo en el que la vida se refleja en su último instante. Uno se ve abocado a morir con el delirio de enfrentarse a un universo que supone indiferente y perverso, a quien puede responsabilizar de su vida frígida. Durante su transcurso no ha sido capaz de crear, de pensar, de imaginar, de vivir, más allá de la rutina. En cambio, habrá sido devorado en las fauces de una felicidad somnolienta, sin ni saber lo que quiere. Ni mucho menos que él mismo es el Universo. 

Es posible que resulte demasiado místico el ser universo, y es posible que sirva de excusa para la rutina tratando de alejarse de lo que no se entiende. Pero no propongo escalar peldaños celestiales, sino la vida cotidiana. No es preciso esforzarse por transformarse en la flor ni dilucidar sobre si en la palma de la mano hay o no un universo. Basta con la atención bien dirigida y respirar. 

Uno piensa mientras come, está pendiente de otros asuntos, laborales, económicos, filosóficos, etc., incluso en el instante sexual malgasta su energía en otros tantos asuntos (mentales) que acaban por boicotear algo que de natural pasa a ser lo contrario. En tal desorden, en el momento más inapropiado uno piensa en la comida o se excita durante el trabajo. Qué hacer podrá ser un enigma, pero es de una sencillez extrema a condición de hallarse sobre los pies de uno mismo, como he mencionado antes. 

Cuando comas, solo come, si bailas baila, si duermes duerme. Siéntate en la taza del WC sin más pretensión que eso, sin pensamientos. Nos daremos cuenta de que incluso sentados en ella podemos ser. Es al menos lo que nos enseña el Zen y es en verdad sencillo, más útil que hartadas de filosofía que no van a poder poner a raya ni al desorden ni a la usura del mundo regido por ambos, donde el deseo natural se pierde en la rueda mental que gira sin fin.