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viernes, 5 de junio de 2020

Naturaleza secreta y Katsugen

Si se nos mete polvo en el ojo, este lagrimea hasta expulsarlo o si se mete en la nariz empezamos a estornudar. Estas cosas que hace el cuerpo son espontáneas e inconscientes, y también lo es vomitar o tener diarrea, por ejemplo. Igual de inconsciente es retirar la mano cuando uno se pincha con algo. El cuerpo está siempre buscando el equilibrio, estar en orden, gracias a la actividad extrapiramidal.

Es por esta actividad que las hembras animales tienen a sus crías de una manera fácil y natural, y de la misma manera los perros comen hierba para limpiarse por dentro. Se puede decir que su estado es normal. Esta es la finalidad en el caso del ser humano, que el estado del cuerpo sea normal, de modo que estar saludable es ser biológicamente “normal”. Pero las personas entendemos por saludable el no sentir nada desagradable.

Sin embargo, la capacidad del cuerpo para reajustarse y mantener el equilibrio depende de la sensibilidad. Cada cuerpo reacciona pudiendo así mantenerse sano. Es erróneo entonces pensar que estar sanos requiera de algún método en particular. A no ser que el método esté dirigido a recuperar la sensibilidad perdida, de forma que el sistema motor extrapiramidal vuelva a rendir al cien por cien.

Desafortunadamente se encuentra en infinidad de personas muy por debajo de su actividad normal debido a un estilo de vida artificial. De este modo el cuerpo se insensibiliza y el extrapiramidal, el cual actúa como un centinela, no reacciona o se vuelve lento. Las funciones vitales se ralentizan y ese es el mayor problema de la civilización.

Las personas en su mayor parte creen que sus cuerpos están bien cuando no están enfermas y muchas de ellas nunca lo están o rara vez. En general, uno cree estar bien cuando se encuentra de momento bien. Pero solamente se puede decir con seguridad que uno está bien cuando el cuerpo reacciona con eficacia ante lo negativo, se adapta, lo resiste y lo supera de forma natural.

Esta forma de pensar acerca de la salud es con la que yo me he educado según el Seitai de Mº Noguchi, pero no es exclusiva. Coincide, por ejemplo, con Alexis Carrel, premio nobel de medicina y cirugía, quien dijo que el ser humano debe cultivar una resistencia natural y no artificial. Lo esencial es que no ocurra que el extrapiramidal se adormezca.

El extrapiramidal o sistema autónomo es la raíz de la vida. Y todo depende de ese sistema, de modo que si está activo toda irá bien, aun cuando uno se sienta molesto por un dolor, una diarrea o unos vómitos. Pero si se vuelve perezoso todo será diferente. Solo imaginemos que alguien que haya comido algo en mal estado no sienta deseos de vomitar.

Lo común es pensar que uno vomita por estar mal, pero en realidad se vomita para poder volver a estar bien, y pasa lo mismo con la diarrea o la fiebre. Pero la idea de estar bien es la de volverse insensibles, de modo que el cuerpo se va debilitando; más, cuanto más empeño se ponga en estar artificialmente bien.

Se ha dado la ironía de que escribiendo las líneas anteriores estaba sintiendo náuseas y he tenido que interrumpir la escritura para ir a vomitar con urgencia. En las horas subsiguientes he tenido una diarrea copiosa, pero he decidido acabar este artículo hoy mismo. Así pues, con mi experiencia se puede ver más de cerca la diferencia de enfoque entre bien y mal.

No sé qué me haya podido sentar mal, pero lejos de pensar que me había intoxicado, puedo decir que mi cuerpo ha tratado de impedir precisamente eso. De ese modo en ningún momento me he sentido preocupado, sino contento de saber que mi cuerpo funciona bien. Sin embargo, cuando uno vomita por una causa psicológica, tal como por aprensión, entonces deja de ser bueno. Es así porque en ese caso no lo decide el cuerpo sino la mente.

El cuerpo debe mantenerse despierto, activo, porque el mayor problema que el ser humano tiene es el descenso de adaptación y autonomía biológica. El cuerpo se adormece o insensibiliza y es entonces cuando, con una biología ralentizada, resulta fácil contraer una enfermedad degenerativa, aun cuando uno creía estar perfectamente bien.

Es una suerte a pesar de todo que la gente comience a pensar que un sistema inmunitario activo es lo importante, en relación a los microbios. El mismo Louis Pasteur lo confirmó al final de su vida, diciendo que lo importante no eran los microbios, sino el terreno. Esta referencia del terreno señala al estado del cuerpo, pero ni siquiera el sistema inmunitario es tan importante como su raíz, es decir, el sistema autónomo o extrapiramidal.

Todo el mundo sabe de su importancia, siendo que el latir del corazón y el respirar son las dos cosas principales que nos permiten vivir gracias al sistema autónomo, pero quedan menos a la vista cosas como que las personas a quienes les funciona bien nunca tengan cálculos biliares o renales porque las funciones de eliminación son perfectas.

Ocurre lo mismo con desórdenes emocionales. En general, cualquier desorden físico o psíquico no llega a ser demasiado intenso y transcurren extraordinariamente rápido si la actividad del cuerpo es normal. Pero no es fácil recreando con palabras a una naturaleza distinta de la que es.

Por ejemplo, cuando pensamos que estar “infectados” es un hecho inédito. En cierto modo, esto ocurre desde nada más nacer y durante toda la vida, porque el ser humano es un ecosistema donde viven trillones de seres microscópicos, los cuales son anodinos contando con que la actividad biológica sea normal.

¿Y qué se puede hacer para recuperar la actividad normal?

Cuando está atascada, el camino más directo consiste en ejercitar el extrapiramidal. En eso consiste la práctica del movimiento regenerador o Katsugen Undo. Se le llama regenerador porque regenera la vida en su raíz. Al cabo de un tiempo, el cuerpo vuelve a reaccionar con rapidez ante cualquier contingencia.


Entonces, se experimenta una relajación de las tensiones, una sensibilización y ajuste biológico; acto seguido, una eliminación de toxinas, de modo que las funciones excretoras se intensifican por unos días. También se eliminan toxinas emocionales. Aunque hace falta entender que la idea de la práctica no es curativa, sino regeneradora.

Lo primero sugiere algo que hacer fuera de la naturaleza. Lo segundo es dejar hacer a la naturaleza. Si uno tiene posibilidad de practicar en un Dojo tal vez no debería perder la oportunidad de hacerlo.

Al mismo tiempo, también se puede tomar una actitud que evite la insensibilización y el descenso de la actividad autónoma. Respetar los deseos del cuerpo, como, por ejemplo, no comer sin hambre o por deseo mental, evitar el abuso de fármacos, evitar las duchas frías, etc., son parte de esa actitud, además de no ser melindres con lo que son procesos naturales, como la diarrea o el vómito. Es bueno considerar que el cuerpo está siempre buscando el equilibrio.

Otra cosa que el cuerpo hace para salir de su posible embotamiento es acatarrarse. Suele ocurrir cuando se está demasiado tiempo insensible, al igual que cuando las tensiones físicas y emocionales llegan al límite. Resulta, sin embargo, difícil desasirse de la idea exclusiva de “mal” con respecto al catarro. Mal o bien se vuelve algo relativo, según lo dicho.

En todo caso, imitar a la naturaleza salvaje puede que sea más acertado que huir de ella tratando de vivir en la burbuja de la insensibilidad. Después de todo, los seres que cohabitan con nosotros son seres sensibles. Estar vivos es, asimismo, un análogo de estar sanos, si bien es necesario aceptar un poco más lo desagradable que a veces conlleva el vivir.

Este artículo está basado en el libro Tenshin, la quintaesencia del Seitai, la naturaleza secreta del cuerpo humano”.

Otros libros afines: “Entrevista con el cuerpo, Katsugen, cuando vivir sano es inevitable”, “Katsugen Undo, la práctica que restablece la salud y la serenidad”.

miércoles, 29 de mayo de 2019

El sentido del movimiento espontáneo

El movimiento es un indicativo de que algo está vivo, pero es un movimiento espontáneo, del cual forma parte el deseo interior (del cuerpo). Es el deseo de vivir, lo que a su vez implica vivir sano. No se trata de comer lechugas y evitar el café, etc., sino de recuperar el movimiento ya perdido entre las brumas de la civilización. 

El mismo hecho de vivir se pierde en esas brumas por volverse un tanto algebraico, lejos de la espontaneidad de la vida. Asimismo, la salud y la enfermedad se vuelven ideas que pronunciamos como si fueran evidentes, aun cuando lo único evidente de la vida sea la vida.  

Pese a ello, el ser humano busca una panacea para vivir, aunque la vida es la única panacea. Lo realmente importante que puede hacerse es recuperar ese movimiento espontáneo, ahora, igual que volver al sentimiento de “ser naturaleza”. Eso somos, aquí en la Tierra, enteramente y en todo su esplendor; no una fracción, ni siquiera un cercano a la naturaleza. 

Sin embargo, el hombre se halla en medio de una decadencia de sentido común como resultado de una negación de su naturaleza. No se le concede importancia a la inteligencia del cuerpo, tal vez porque no se manifiesta en el terreno de los conceptos. Se manifiesta en el movimiento espontáneo. Aunque, ¿acaso es una danza? ¿Una nueva moda?

Todo movimiento biológico del cuerpo es movimiento espontáneo. No sucede por la voluntad humana y no es preciso saber la razón de vivir. El corazón late, la sangre circula, la digestión se realiza, respiramos, vivimos. Pero esto pasa desapercibido, uno solo quiere estar sano. Entonces, ¿por qué no fortalecer el movimiento biológico en vez de debilitarlo?



No fumar, no beber alcohol, caminar, comer o no hacer determinadas cosas, la ingesta de vitaminas, la dieta, el deporte, dormir, las reglas y remedios de la índole que sea, etc., son cosas que, aunque puedan ser saludables, son inferiores a la espontaneidad y autonomía del movimiento, así como la capacidad de reacción y adaptación (naturales) que de ello se deriva. La práctica del movimiento es una puesta a punto de esa capacidad que nos protege. 

Se trata de entrenar el sistema motor extrapiramidal, el cual se adormece poco a poco, debido a su falta de uso, aparte de lo esencial para estar vivos. Los excesivos cuidados, y la oposición radical al más mínimo malestar son maneras de adormecerlo y hacer que el cuerpo se embote o se insensibilice. El miedo a enfermar, además, llega casi a paralizar las funciones naturales de ese que llamamos cuerpo. 

Esto puede experimentarse al margen de lo normal si por ejemplo una persona es amenazada con un revólver. Todos los procesos biológicos se alteran, por así decirlo, pero mientras que el susto de la amenaza dura poco tiempo, el miedo a enfermar puede ser perdurable. Así se debilita el cuerpo y la espontaneidad de vivir sana y sosegadamente merma. 

El movimiento espontáneo (regenerador) es favorable, pero más que para cuidar del cuerpo, para cuidar del cuidador: el sistema motor extrapiramidal. En él se halla la inteligencia de la vida y se trata de reactivar lo que quiera que debilite, todo de una vez. Lo esencial es llegar a comprender que la naturaleza de uno es algo en lo que se puede confiar, más que nada. 

No es tan fácil hacerlo, porque, aunque aceptemos que el corazón late y confiemos en ello de una forma inconsciente, no confiamos en que nuestro cuerpo sepa por qué y para qué nos indisponemos. La razón es muy simple: para evitar el embotamiento. Por eso la práctica del movimiento nos devuelve, en medida proporcional, al principio; es decir, a cuando éramos unos bebés. 

Como personas adultas y racionales pensamos a veces preocupados en qué está ahora mismo ocurriendo en el cuerpo, pero lo único seguro es que está tratando de adaptarse a las continuas contingencias de un mundo fluctuante. Esto llega a percibirse claramente a través del movimiento espontaneo, o lo que es lo mismo, el Katsugen Undo.  



El movimiento se practica dejando que aflore lo involuntario, de un modo correcto, distinguiendo entre lo espontáneo del cuerpo y de la imaginación. Quiere esto decir que pueden darse movimientos inconscientes que se creen espontáneos, pero solo lo son los del cuerpo. Por ejemplo, bostezar, es uno de los más significativos. 

El movimiento puede surgir también sin intención de practicar. Una vez puestos a punto. Por ejemplo, cuando nos duele algo o nos sentimos mal. Se debe a que el extrapiramidal ha reaccionado doblemente, primero con el dolor y luego con tal vez una cantidad inusitada de bostezos. En tanto que uno mira a otros seres vivos podrá ver este tipo de cosas y adaptarse como todas las criaturas. 

La adaptación es un proceso natural (una ley) que nos permite sobrevivir tanto física como emocionalmente. Nos adaptamos al medio, al cambio, a la eventualidad; de lo contrario no podríamos sobrevivir, pero la adaptación puede ralentizarse o paralizarse, lo que significa que la capacidad de reacción del organismo se debilita o anula. Es entonces cuando algo serio nos pilla de sorpresa.

La adaptación es puro movimiento biológico, y hay una ironía muy humana. Es que el ser humano tenga que esforzarse para vivir, siendo el ser vivo que más dotado está en cuanto a adaptación y el que cuenta con el más perfecto sistema nervioso y, por consiguiente, con una autonomía mayor que cualquier otra especie.

El resultado catastrófico de ese esfuerzo es que cuanto más se esfuerza uno menos lo logra, siendo inconsciente de las capacidades reales de su cuerpo. Puede verse que muchos animales pierden un ojo, o una pata, o se hacen heridas graves a las que sobreviven, algo impensable en cualquier persona que viva en condiciones más o menos corrientes. 



Se debe nuevamente a nuestro estatus de civilizados que en sentido creciente va ralentizando la adaptación y las funciones naturales. Por eso el movimiento espontáneo pone a punto estas cosas, de manera que ese movimiento no es otra cosa que movimiento biológico.

Cuesta hacérselo entender a la gente porque es demasiado simple. Por eso mismo no resulta tan atractivo como lo complicado, pero la naturaleza es sencilla por compleja que parezca a nuestros ojos. Una hembra amamantando, o los corales creciendo bajo el mar, el árbol dando su fruto, son actos sencillos e inteligentes que forman parte del movimiento de la vida, aunque no tengan el reconocimiento que merecen.

Por esa falta de reconocimiento el cuerpo pierde voz y voto en cuanto a inteligencia. Aunque de esa voz, me maravillo incansable. Es más, confío en ella, me lleva a la reverencia incluso, seguramente porque me da razones de mi particularidad y de cada situación y experiencia. 

Evita que me abrace a la enfermedad como designación, indicándome el estado en que me encuentro, el verdadero, no el conceptual. Es un estado natural de movimiento biológico espontáneo. 

Libros de este tema: Katsugen Undo, la práctica que restablece la salud y la serenidad/Taiheki, el dilema del comportamiento humano/Entrevista con el cuerpo.

jueves, 14 de febrero de 2019

¿El mundo ha muerto?

Se puede vivir de diversas formas, pero solo si existe una pulsión, una vibración interior, se puede uno considerar vivo sin reservas. Ese vibrar es una especie de diapasón que suena, revelando que estamos vivos. Sin embargo, los diapasones vibran cada vez menos, el mundo que nos rodea ya no parece tan vivo como antes; uno se pregunta si acaso el mundo sensitivo está en su lecho de muerte.

Quién sabe, aunque el proceder humano lo pone de manifiesto. Este se compone de superficialidad e insensibilidad. Desgana por descubrir, experimentar, crecer, pero rendido a la voluptuosidad del automatismo, a la inercia de la normalidad, del tedio, del deleite insulso, del letargo. En el peor de los casos, uno se identifica con todo esto al punto de salvaguardarlo como un derecho legítimo del que se benefician los voraces artesanos de regir el mundo. 

En realidad, es una necesidad ante la falta de vitalidad. La mente está ocupada, hoy más que nunca, en enredos sintácticos. Gobernada, además, por el hechizo de los medios que inducen apatía disfrazada de diversión. O normalidad, de seguridad. O incluso sueño, de despertar. En cualquier caso, uno vive en el interior de un cómodo capullo de seda, dispuesto a consumir años, no vivirlos en consonancia con las demás especies y con esta tierra que nos acoge, no para dormir, sino para despertar.

Las plantas, los árboles, todas las criaturas, están viviendo una vida que sucede de forma natural, espontánea, mientras que un excesivo porcentaje de nosotros, los seres humanos, solo tenemos ambiciones y figuraciones de cómo ser felices y vivir sanos. Pero lo que resulta es la pereza y el embotamiento. Se vuelve uno adicto a todo aquello que le evite la pulsión para vivir con plenitud. Porque, o no se conoce lo que es o en caso contrario hasta da miedo.


Se necesita aliviar el tedio que resulta de la falta de pulsión, de malvender la atención, y de sentirse seguros entre iguales. De ahí el fenómeno más infecto en la historia humana, el móvil táctil, en avenencia con videojuegos, deportes o actividades aglutinadores de masa, y redes sociales, una revelación de nuestra era, asimismo aglutinadora, en la que el sucedáneo es lo real, al igual que en todo lo demás.

Lo abraza todo, ya sea el café, la comida, la música, la ropa, etc., incluso cosas que antaño tenían valor. En el peor de los casos, el propio ser humano. En cuanto a valores, basta con fijarse en la falta de honor y de compromiso. Recuerdo que hubo una época en la que había mucho entusiasmo para hacer cualquier cosa, como practicar las artes marciales. De un día para otro podía reunir a una veintena de personas únicamente con el “boca a boca”. 

En cambio, ahora, con tantos medios de comunicación, un encogimiento de hombros responde desde el letargo. O voces fachosas que tratan de justificar su pereza ponzoñosa. O su suspicacia, quizá. A no ser que, como digo, se trate de estar en boga con lo masificado que evite el estar cara a cara con uno mismo y/o con unos pocos amigos con los que compartir lo esencial de la naturaleza humana.

El sucedáneo conlleva, al mismo tiempo, una distorsión, un desvirtuar que destruye la pureza o esencia de las cosas, incluso de algo tan puro como es el Zen. A lo sencillo, como es vaciar la cabeza (meditar), se le pone un envoltorio a la moda, sobrenombres, mezclas, pingües finalidades que desplazan a la vital “no finalidad” del Zen, etc. Mirando, por ejemplo, de cerca el movimiento regenerador o Katsugen Undo, no veo ya la pureza que aprendí, ni tampoco en las artes marciales. A veces, ni es posible saber qué está uno viendo.

Es esta una era abstracta de ideas y finalidades, sin percibir ese mundo que llamamos real. No hay sensación. Sin embargo, es esta la que me induce a saber quiénes tengo delante. Por ejemplo, cuando alguien viene a practicar el Katsugen, sé si es un catador de métodos, un peregrino de terapias o un coleccionista de conocimientos, y cuánto tiempo va a permanecer y me va a hacer perder a mí.


En las artes marciales ocurre lo mismo; uno comienza por estar en forma, ser más fuerte, superior a otros, por entretenerse, etc. Pero antes o después las finalidades se debilitan y nada queda. No se comprende que en la no finalidad se halla la pulsión, la vibración; que recorrer el camino es lo que nos llena, que existe una plenitud en caminar y no en llegar a ninguna parte, si bien caminar con flojera de temperamento no es ni siquiera posible. La actividad se empobrece y el conocimiento se muestra frío; a veces, altanero.

El conocimiento está canalizado a lo consciente. Se consume igual que la comida en un plato. Pero si el conocimiento no penetra el subconsciente, no hay nada que hacer. Tampoco, si uno no está dispuesto a valerse por sí mismo. Esto último es lo que trato de enseñar a los que me piden ayuda, aunque solo será posible a través de la relación entre consciente y subconsciente. Pero se vive en un ambiente de dependencias difícil de abandonar. Por miedo, por indolencia, por convicción..., da igual.

No es fácil comprender con la cabeza llena de ideas. El progreso aporta muchas de ellas, la medicina de salud, la política de seguridad, la religión de esperanza, etc. Pero no está uno satisfecho, la necesidad aumenta. Nos preguntamos entonces si existen otros caminos, algo que nos conduzca directamente a nuestra naturaleza esencial, sin condicionamientos. Desde luego que sí, pero con la condición de saber cribar.

La pureza lo es todo, creo suponer, pero no está casi en ninguna parte, ni aun en la ciencia, una vez que se tiende al mercadeo y al privilegio, fuera de la espontaneidad de la vida. Ni en la filosofía, que hoy en día alcanza a todo el mundo, facilitando la enredadera de palabras cuando no hay práctica ni experiencia alguna.

La pureza, en sí, conlleva el desprendimiento de ideas, de finalidades. Pero la pureza pasa también su factura, los comprometidos con ella somos relegados y nada más lejos que ser profetas. De nuestra tierra, ni por asomo. Personas que me tienen a su alcance pasan por delante de mí en un “estado de coma sensitivo”. Lo entiendo, no es tan fácil tener el sexto sentido de un gato que estimule a interesarse por la vida plena.



Quizá por eso, en un hálito de pureza, de compromiso y honor, poco a poco, me he vuelto cada vez más al espíritu del samurái, como una especie casi extinta, pero que es para mí un pilar de sostén en mi sobrevenir por este mundo de apariencias, cada vez más aparentes. Es el símbolo de la pureza de la que hablo y de lo que trato de hacer. En todo caso, uno mismo es la raíz de todo, por lo que veo necesario experimentar quiénes somos y no somos, por qué nacemos y morimos.

Es fácil que el viento nos lleve a donde no se espera, sin saber lo que uno quiere ni a dónde va, y sin darse cuenta tampoco de que en el letargo se esconde cierta cobardía. Por eso, muchas personas se vuelven alcohólicas o narcodependientes, también perezosas, sin duda insensibles, pero las cosas y situaciones que anulan la sensación plena de vivir son ya una miscelánea sin, probablemente, una vuelta atrás. 

Aún con todo, unos pocos tendrán esa sensación, como cuando la lluvia cae sobre el rostro de uno; es un instante en el movimiento eterno del Universo. Nacemos en un instante semejante, morimos en otro igual. Lo que importa, pues, es la vida que se revela en la naturaleza. Es una vida plena, dando todo y sin reservas de nosotros mismos.

Esto es lo que importa en un mundo vivo, mientras que en el letargo importa más la longevidad, como un irónico recurso para prolongar una fútil existencia en un mundo medio inerte. Este se contenta con impresiones mentales sobre la vida, las cuales tienen poco valor ante la inmensidad de existir, lo que no es otra cosa que sentir.

En ello se halla una presencia de espíritu, vitalidad y consciencia; un temple desprendido de agitaciones vanas, sosegado, joven hasta el final, con un ánimo independiente de lo que suceda alrededor. Libre de embotamiento, de inercia, de apatía, como un águila que cruza los cielos lentamente, deteniéndose, en un alarde de atención plena y sentimiento puro.

Temas relacionados: "Tiempos de soma" 

martes, 1 de mayo de 2018

La magia de hablar solo

Resulta sorprendente esta especie de invitación a hablar solo, y todavía más calificarlo como un acto mágico, ya que siempre ha estado considerado tal desliz como patógeno. “No pierda de vista a su niño, creo que habla solo», dice el profesor “tipo”. A mis padres se lo dijeron con respecto a mí. Pero, ¿es o no patógena una actividad que realizan todos los seres humanos casi las veinticuatro horas del día?

Hay una regla que no debe uno saltarse y es que nadie lo oiga. O sea, que no se debe hablar solo en voz alta; sin embargo, es lo que hacemos pensando, aunque no sea audible. El diálogo interno es eso, un diálogo (interminable) con uno mismo, solo que queda reservado para uno. Pero, ¿y si hablamos en voz alta en la cima de una montaña o frente al espejo del lavabo? No pasará nada, mientras no contemos a nadie lo que hacemos: hablar solos en voz alta.

El mero hecho de contarlo equivaldría a romper la regla. Asimismo, una ruptura de reglas puede acarrear calificativos de anormalidad, extravagancia en el mejor de los casos. Sin embargo, se dan consejos como por ejemplo: “Piensa si te conviene tal cosa”. ¿Qué diferencia hay entre que lo piense en voz alta o mentalmente? O, ¿y si lo escribiera en una pizarra o en un pedazo de papel?

Todo es válido si se trata de percibir lo más aproximadamente posible una realidad que por sí sola no existe. O dicho de otro modo: interpretamos la realidad creando otra realidad, según percibimos lo que ocurre alrededor nuestro. Lo que decimos y pensamos no es tan exacto, pues, como suponemos. Lo peor es que lo que pensamos forma una telaraña, una enredadera de palabras con las que uno se sumerge en un mar de confusión.

Miles de palabras, frases, ideas, cruzan por la mente a la velocidad de la luz cuando estamos pensando. No es fácil aclararse ni dejar las cosas en su sitio. A lo más que llegamos es a una mezcla de palabras y si se observa de cerca esa mezcla se verá una estructura superficial. Sin embargo, existe una estructura profunda y más realista.

Una oración bien formada nos permite entender alguna clase de mensaje, o expresarlo; en el caso que ahora nos ocupa, a nosotros mismos. No obstante, mientras pensamos, no da a veces tiempo de formar bien las oraciones, y a la enorme cantidad de palabras que discurren por la mente se le suma el recuerdo de otras tantas pronunciadas por otras personas. Empieza a ser imposible pensar con lógica. Igualmente decidir, ordenar lo que pensamos que ya es un problema.

Pensar en voz alta, no de una forma arbitraria, sino cuando sea necesario, ralentiza el pensamiento (no es posible pronunciar tantas palabras en voz alta como cuando se piensan) y obliga a seleccionar palabras, ayuda también a ordenarlas y a formar frases que nos sean útiles para esclarecer y detallar qué está ocurriendo en la mente de uno.



El dolor (emocional) que creemos identificar como un dolor real representa solo entre el cinco y el diez por cien. El porcentaje restante, un noventa por cien aproximadamente, es sobreañadido mediante las palabras que nos decimos a nosotros mismos y que escuchamos sin concluir en profundidad. Este porcentaje puede variar en situaciones límite, pero como tendemos a considerar casi todas las situaciones como en el límite (in)soportable, el porcentaje de sufrimiento se dispara inútilmente.

No ha de olvidarse que con palabras estamos escogiendo “opciones” de la manera en que vamos a expresar (pensar) las experiencias. Y como las opciones son sintácticas, podemos modificar sintácticamente dichas opciones, siempre que reduzcamos al mínimo indispensable el diálogo interno. Por eso hablar en voz alta puede ayudar.

Lo ideal es mantener un silencio (mental), aunque sea breve, entre ráfagas de palabras. Y aun cuando estas surjan sin agolparse es mejor cuestionarlas antes de afirmar nada. Una pregunta a tiempo nos evitará aventurarnos en afirmaciones precipitadas. Si por ejemplo estoy pensando en que “no le importo a nadie” es que como si creyera poder saber lo que todo el mundo piensa (en este caso acerca de mí). Pero, ¿cómo lo sé? ¿Cómo puedo saberlo? Además, ¿qué de importante e interesante tiene que le importe a todo el mundo? En último término, ¿cómo creo que una persona debería actuar para llegar a la conclusión de que sí le importo?

Si esta clase de preguntas se pronuncian en voz alta o se escriben, y otro tanto sus respuestas, es probable que uno sienta su mente más despejada y que vea la luz que esperaba ver malgastando cerillas (pensando frenéticamente). Entonces, empecemos por salir de la casilla de la normalidad cuando sea necesario. Escuchar nuestra propia voz a solas puede ser emocionante y desenterrar el maestro que llevamos dentro un auténtico acto mágico, lo que no debe de confundirse con escuchar la voz del disparate, el cual está tanto en la voz que se escucha como en la que se oculta.



Sin embargo, también es posible llegar a dominar el lenguaje pensando de forma no audible, si bien hacerlo como digo, a viva voz, servirá de entrenamiento. Pero tanto en un caso como en el otro la atención no debería apartarse de la respiración. No solamente no formamos bien las oraciones con las que nos queremos expresar, sino que además la respiración se entrecorta, también las palabras, el tono se altera, la velocidad se descompensa. Uno respira superficialmente.

Al hablar en voz alta frente al espejo, cara a cara, también vamos a corregir esa alteración lo cual va a influir en lo que tratamos de expresar. Pero tal modulación de voz se proyectará después a lo expresado mentalmente. En cualquier caso, es mejor no pronunciar una sola palabra sin sentir una respiración profunda. Tal como se la siente, se siente la vida.

domingo, 15 de abril de 2018

El milagro de sentir

Lo que sigue es un fragmento de "El milagro de sentir" un capítulo de mi último libro publicado "Entrevista con el cuerpo, Katsugen, cuando vivir sano es inevitable". Se desarrolla como una serie de situaciones en la que dos participantes interactúan entre sí conversando. Podrían identificarse como un maestro y su discípulo, o quizá un entrevistador E y su entrevistado C. Este último es el cuerpo.

E.: ¿Sabes? No he podido pegar ojo con tus sorprendentes revelaciones.

C.: Tratas de absorber información pero tu cabeza no está lo suficiente vacía y por eso no has podido dormir, si bien eso me afecta a mí. Se diría que sabes muy bien de qué tema hablar pero es mejor que sientas más porque sentir es un milagro.

E.: Está bien, te entiendo, pero, ¿por qué llamas milagro al hecho de sentir?

C.: Porque sientes la vida que hay en mí. Eres consciente de ella, no por la noción que tienes sino por las sensaciones que incluyen el dolor. Por sí solo el dolor es también un milagro.

E.: ¿Por qué es un milagro? ¿Quién podría llegar a semejante conclusión?

C.: El dolor es una muestra de mi actividad involuntaria. El éxtasis sexual también, y otras muchas formas. Pero es el dolor lo que me pone a trabajar, si no me duele nada no trabajo, al menos no como es debido.

E.: No le veo demasiado sentido. Te soy sincero.

C.: Piensa en qué pasaría si yo no pudiera detectar algo extraño en mí. Es el dolor lo que me avisa y por eso es un milagro. Pero tú tratas de eliminar cualquier cosa desagradable que yo sienta y crees que por eso he sanado, no miras en las raíces.

E.: Pero hay personas gravemente enfermas que experimentan mucho dolor.

C.: Eso ocurre una vez dejo de responder de forma natural. El dolor «extremo» entra en el mismo círculo vicioso que la fiebre, lo recordarás seguramente. Es como mi última y desesperada tentativa de mantener el equilibrio. Pero será vano dadas las circunstancias.

E.: Lo recuerdo.

C.: Hay personas con serios problemas por no ir al retrete y que sin embargo continúan comiendo, ¿dirías que eso es sentir correctamente?

E.: Supongo que no, pero no sé a dónde quieres llegar.

C.: Al maravilloso mundo de la sensación. Muchos cuerpos sienten poco o nada, no se indisponen o casi nunca lo hacen, apenas se acatarran, no tienen fiebre o rara vez. Si yo fuera así tú te creerías más sano y seguro gozando de un bienestar falso.

E.: No me trates de tonto. No, porque algo he aprendido…

C.: Solo quiero que pienses sin alejarte de la realidad.

E.: ¿A qué realidad te refieres?

C.: A la de darte cuenta de si yo soy un cuerpo apático, rígido, si tengo o no reacciones que van a ser para bien de ambos. Ten en cuenta que mis reacciones pueden ser lentas y aunque creas que soy fuerte estaré débil. Si reacciono a una anomalía de forma lenta es posible que ya sea tarde. Esa es la realidad.

E.: Pero si una persona sufre de algo grave no se puede decir que no siente nada porque se lo va a pasar fatal.

C.: El no sentir suele preceder a la reacción desesperada que yo podría tener, ya lo he mencionado varias veces. Pero ese no sentir es la enfermedad más grave que podemos padecer. Es el antecedente a esa fatalidad a la que te refieres. También es el responsable más probable de una muerte súbita...



 Descripción y disponibilidad del libro: ver aquí.

domingo, 25 de febrero de 2018

La humildad de lo irracional

El paso de la existencia permite abrir un hueco en un punto ciego del pensamiento, en el sentido de percibir lo que hemos venido a hacer a este mundo: VIVIR. Es algo que hacen todas las especies de nuestro planeta sin un planteamiento utilitario, filosófico, documentado, ni aún menos metafísico.

Así pues, las diferentes especies concuerdan en el acto de vivir. Algo sencillo pero incompresible a los ojos de los hombres civilizados. La civilización, saturada de talento, queda inmune frente al exorcista más diestro, pese a que ya muchos sintamos el deseo de acudir a uno de ellos, apenas nos damos cuenta de que «vivir» se vuelve una cuestión de analítica empalagosa. Y mucho me temo que ese deseo lo sientan los niños cuando se les acerca el momento crítico de ser PROCESADOS en la industria de la razón humana. Pero vayamos al principio, es decir, a la asombrosa simplicidad.

Me encanta el raro proceder del maestro Zen que está subido en lo alto de un cerro. Unos caminantes se lo encuentran y le preguntan por qué razón se encuentra allí. Pero él no contesta. Entonces ellos le prestan sugerencias: «para admirar el paisaje, porque se siente a gusto, quizá por hacer ejercicio o respirar aire puro...». El maestro niega todas las razones disponibles. No está por ninguna causa propuesta. 

"Simplemente estoy aquí", declara al final. Está ahí sin pérdidas ni ganancias.

Numerosas personas podrán admitirlo con la condición de aplicarlo en chilindrinas de escasa importancia, pero en asuntos más serios el proceder escapa a un terreno más seguro, más analítico. El hecho de que la vida se valúe como SENCILLA puede causar cierta perplejidad al mecanismo complejo de la sociedad. Pero yendo más lejos, quitar importancia a los asuntos serios, entre los que también se encuentran las ambiciones tan bien atadas en el pensamiento, nos causa pavor. No veas si se nos ocurre situar a un ser irracional por encima del racional; te asegura un prócer de hereje o lunático. 

Aun con todo seré sincero apostando, no ya solo por perros y vacas, sino incluso por una ameba. Al menos, ni unos ni otros sufren en vano traveseando con las ideas y los dividendos; tampoco se vuelven comatosos con las distracciones, ni pierden la memoria visceral, ni malviven como nosotros. No pasan calamidades de índole sentimental tales como la violencia, la pobreza, la enfermedad, etc., requisitos sin los que la humanidad se vería condenada a regocijarse en una PAZ a la que se trata de esquivar. Quién sabe si por parecernos aburrida y terrible. Uno no podría ya quejarse. 


El caso es que si el raso acto de vivir parece poco racional por su sencillez, la paz se encuentra en el mismo punto de mira. Pero démonos cuenta de que no solamente por la simplicidad se distinguen de nosotros animales y amebas, también por HUMILDAD. No en balde domesticar a la naturaleza nos pone en trance de SOBERBIA, cuando humilde y fácil es seguir sus directrices. Sin duda, inteligente. Recordemos que lo que se nos pide es entereza y humildad...

No obstante, contra todo propósito de humildad, convence más la autodefinición de racionales contra la falta de inteligencia animal y así poder subestimarlos; pero lo que interesa subliminalmente es restar racionalidad a las personas que no opinan lo mismo que uno o que carecen de fe en lo preconcebido. Pasan a formar parte de las bestias. 

Ahora bien, estas no tropiezan jamás dos veces en la misma piedra a no ser que los hayamos domesticado tanto como a nuestros hijos. Ni mucho menos están en conflicto permanente como el ser humano, pero eso sí, a nuestros ojos son incapaces de distinguir el bien del mal. Y no pensemos solo en animales, pues cualquiera puede comprobar que el vecino con el que acaba de discutir tampoco distingue el bien del mal. 

Me pregunto, pese a todo, para qué le sirve a uno distinguirlo si escoja lo que escoja siempre lo llamará BIEN. El MAL lo atribuye a la oposición. ¿Acaso no se puede digerir la dualidad? Parece ser que no.... si es que se da el raro caso de intentarlo. Pero el asunto estriba en que si no se digiere no habrá UNIDAD. ¿Y qué dios va a dejarse ver por el mundo de las particiones?

Fíjate en los movimientos de rotación y traslación de la Tierra, en sus estrictas leyes naturales, las condiciones imponderables para la vida y un largo etcétera. Si cabe hasta que un manzano no se equivoque en dar sandías en vez de manzanas, por no hablar de la gestación de nuevos seres en cada especie. Pero hay que preguntarse con toda ironía qué importancia tiene eso comparado con la informática, la arquitectura, la automovilística y otras cosas a las que no pretendo quitar importancia, desde luego. 

Media hora antes de escribir estas líneas he visto sorprendido un ratón saliendo del enrejado estrecho de una alcantarilla. Lo primero que ha sacado es el trasero, lo cual me ha parecido lógico puesto que es su parte más gruesa. Si consigue que su trasero pase las rejas el resto del cuerpo lo hará sin dificultad. Ignoro si habrá alguna razón en boca de los científicos, pero me quedo con el hecho visible ante mis ojos: la humildad de lo irracional.

Y hay más cosas irracionales, como llamar MADRE a la Tierra o AMIGO al dios que todos temen o ignoran. Es que la sociedad no está para amigos imaginarios y madre no hay más que una: el SISTEMA que clasifica las especies, a su antojo, sin tener en cuenta su EXISTENCIA. Da igual si es social, administrativo, científico, corporativo, religioso, educativo, etc. 

Si el hombre sabe vivir es ya otra cosa. Resulta difícil vivir mientras uno se asfixia atrapado en los sistemas que él mismo ha creado. Claro que no se trata de prescindir de lo imprescindible; basta con ser capaces de corregir lo que no funciona, lo cual es un acto de humildad, además de inteligencia. 

A fin de cuentas, los dramas y tragedias que padecemos no corresponden a la ciencia ficción, sino a la ignorancia, la soberbia y el miedo, justo los visados que se necesitan para vivir en un infierno como el nuestro. Pero imaginemos qué nivel de INEPTITUD se necesita para poder transformar un paraíso en infierno. No está al alcance de cualquiera que no sea humano. Sin embargo la AMEBA es, contra todo pronóstico, un "inteligente antepasado"; si continuamos viviendo es gracias a no haber perdido del todo el contacto ancestral con ese ser tan especial.

Del libro: “Un dios en el bolsillo