domingo, 24 de enero de 2016

Tiempos de soma

Desde que Aldous Huxley escribiera su “mundo feliz” han corrido muchos vientos, y todo parece indicar que su pronóstico sobre las generaciones posteriores de ese mundo feliz ha prosperado más de lo imaginado. Pero lo que más ha prosperado es el soma, el delicioso soma, como Huxley lo alude en su novela.

Cuando por las noches me da por reflexionar (brevemente, eso sí), me vienen recuerdos de la novela, recuerdos que se condensan en esta frase: “Ingerida media hora antes del cierre, aquella segunda dosis de soma había levantado un muro impenetrable entre el mundo real y sus mentes”.

Ese muro es el refugio, la huida, la trampa, y el hombre se refugia, huye, cae en la trampa, se esconde para no ser visto por sí mismo. El muro forma parte de una serie de claves para que los hombres mediocres, dependientes de ficciones, esclavos de sus mentes, esbirros del inconsciente colectivo, sonámbulos de la noche, germinen. ¿Acaso no es este un mundo ya sin vitalidad? Y sin vergüenza, qué duda cabe. Sin escrúpulos, sin sentido, sin criterio, sin dignidad de ningún tipo, sin... en fin, me voy de este párrafo para no sulfurarme más. Aunque ya no lo hago más que en las tintas.

Un hecho indiscutible es que los seres humanos necesitamos depositar nuestras más caras ilusiones en un lugar seguro, pero ¿y si no lo hay? Muchos piensan que no, por eso dejan sus ilusiones a la intemperie, pero no son más que eso, ilusiones. Y estas se exaltan con profusos, incontabilísimos gramos de soma.

Eso es lo que ocurre, mentes que se enaltecen con la falta de realidad y de sí mismos, pero el sí mismo es lo interior, el pilar central que falla o que es inexistente en tantas y tantas personas. Del sí mismo, solo queda la euforia; la diversión y el olvido en el mejor de los casos. Pero uno ríe hasta que llora cuando la euforia se marcha.

El soma de la vida real se compone de muchas cosas que están dirigidas a anular los sentidos, la consciencia, pero cuenta con el favor de las trampas psicológicas, los autoengaños, la ganancia secundaria, pero inconsciente, de ser diestro en que lo peor de uno mismo quede como lo mejor, llamando la atención, a veces con orgullo. Otras veces con bellas palabras que el ego sabe adaptar a su modus vivendi con un único fin: no cambiar el modo.

Mucho se puede decir de tantas cosas, que giran alrededor del analfabetismo consentido de nuestro tiempo en contraste con el mal visto de antaño. ¿Para qué leer? O preocuparse de cultivar el conocimiento y sobre todo el autoconocimiento. El cerebro se aletarga en el lecho de la comodidad que despide aroma a soma. El diálogo interno se presta a todo menos a la sinceridad en cuanto a qué realidad estamos viviendo.

Pensamos que la realidad está siempre equivocada, que la correcta es la que arde en la mente de uno. Pues bien, ¿quién va a convencer a quién de que no está falseando su vida? ¿Con qué argumentos triviales? Pero en la cima de la ficción está el monarca indiscutible de la eliminación del sentido, la consciencia y la razón, el líder absoluto de la felicidad más indigna: las drogas o el alcoholismo.


Esa felicidad viene sin criterio, sin mérito, con fugacidad y llama a la puerta para mentir y dar muletas a quienes no saben caminar con pensamiento claro, ni saben que existen por sí mismos. Pero las muletas traen excusas, tal vez el clásico “yo controlo”. ¿Qué? Es como si el fuego controlase el calor. Pero ni siquiera la mente puede controlarse a sí misma, mucho menos con algo que la inflame, siendo que casi siempre está al borde del estallido.

Fuera del clásico, hay otras excusas, algunas son deducciones geniales con pinta algebraica, como “el veneno está en la dosis”. Pero ¿cuál es la dosis? ¿Cuál es la que hace falta para que alguien se exalte en estado medio catatónico, en la fiesta química de la felicidad? También está la excusa de “solo se vive una vez”, y no es cierto. Pero, aunque lo fuera, ¿puede alguien relacionar la felicidad con la imagen de sí mismo que nunca logra ver estando sobrio?

Me apena describirla, pero más me apena que un cuerpo inocente tenga que implicarse en ello. Ojeras quemadas, rostro desencajado, memoria transitoriamente suprimida, alaridos, ojos que hierven en rojo y sin poder fijar la mirada, euforia de pura bestia. En fin, un cerebro sometido a una tortura que aparenta ser un orgasmo. Y lo peor, que ya no sabemos a quién tenemos delante, ¿hay alguien que tome té caliente y vacíe su cabeza? Oh no, hay soma para todos, aunque luego no se pueda ni comprar pan. Pero a la hora de pagar, antes al camello que al panadero.

¿Serviría de algo decir que el cerebro es el conductor del carruaje? No creo que sirva de nada, pero las neuronas no tienen recambio y cuando comienzan a fallar no lo sabe el interesado, nunca lo sabrá. Jamás ningún ladrón se ha tenido por ladrón, ningún verdadero santo por santo, ninguno demonio por demonio. Fue la primera condición del ego cuando empezó a formarse y por eso el pensamiento nos dice: piensa, no observes, nos dice también: conviértete en lo que piensas, en lo que temes. O en lo que te hace olvidar que no sabes vivir.

Me pregunto qué pasa en la lucha contra las drogas y pasa lo mismo que con el analfabetismo, nunca se conoce la línea que divide la contienda y lo consentido. No en vano, bien sabe el diablo hacer ver que no existe o que es él mismo quien más odia al diablo. Pero así somos los civilizados, nos gustan muchas cosas, menos tener la mente despejada; obliga a la verdad. Pero hay verdades aterradoras, he visto morir o llegar a la demencia a personas cercanas a mí y no paro de contar.

Sin embargo, el soma es como un octópodo cuyos tentáculos inmovilizan al hombre por todas partes. También los hay refugiados en elixires de mejor lírica que las drogas duras, por ejemplo los analgésicos, los calmantes o cualquier cosa que ayude a afrontarlo todo, que dé apoyo y que sustituya la vida que clama en nuestro interior, que anule la inteligencia del cuerpo y empañe el alma y la consciencia.

Contemplar una montaña, un árbol, una nube o saltar a la comba ya no sirve, tampoco disfrutar de la actividad, del deporte, del trabajo. Todo y todos somos maquinaría, y como punto y seguido a lo anterior el soma alcanza al estómago y al sexo. ¿Dónde queda el hambre que antaño hacía disfrutar de ambas cosas cuando era el momento? En ninguna parte, le hemos dado la vuelta a todo y solo para huir. A todas horas y en cantidades indigeribles. Es como si dijéramos, por cada gramo de dolor uno de placer, pero es de soma.

Y no van a dejar de soplar jamás los vientos que traen semillas de adormidera. Ya casi han desaparecido los juegos presenciales entre niños, las conversaciones mirando a los ojos, la literatura, los trabajos manuales. Los rebaños caminan entre fangos virtuales, siguiendo la brújula del teléfono móvil, escuchando la prosa hipnótica de la televisión, con la fe puesta en que el mundo marcha bien, que el hombre evoluciona, que la tecnología vela por nuestro ser, etc. Anular los sentidos es ya de tiempos prodigiosos y felices, de toneladas de soma.

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