domingo, 27 de diciembre de 2015

¿Por qué soy un hombre libre?

No me identifico con nada, no soy nada, no soy nadie, pero soy todo. No juzgo, observo, sobre todo no juzgo mi situación de vida, actúo sobre ella. No tengo miedo, no tomo en serio lo que pienso ni lo que piensan los demás. No creo en la vejez ni en la muerte, ni seré jamás un muerto ¿viviente? Me comporto como el agua, no me enfrento a nada, nada puede atentar contra mí.

Mi soberanía es interior, no exterior.
Una virtud: mi sed de conocimiento.
El mayor prodigio: el autoconocimiento.
El gran milagro: la experiencia de que todo, todo, es pura ilusión.
La magia: reírme de todo lo que parece serio.
Mi poder: el vacío de donde surgen las formas.
Mi genialidad: la naturalidad.




domingo, 13 de diciembre de 2015

Ser humano, ¿un mito?

“No somos el que cruza un puente, sino el puente hacia la consciencia”

Por mucha realidad que se quiera dar a esa idea, la de ser humano, seguirá siendo solo eso, una idea. Humano es un sustantivo, no un verbo que pueda hacer de nosotros "humanos". Y da retumbo que la palabra humano contenga valores esenciales como afecto, comprensión y sobre todo compasión. Pero no son más que elementos semánticos a la vista de cómo se desarrolla la vida en la Tierra.

Por otra parte, está el comportamiento de racionalizar, lo que dilata el sustantivo, tal como se define en el término Homo Sapiens, del cual se dice que es una evolución de los hominoideos o primates sin cola. Pero si hiciésemos un balance de nuestro contenido mental, de nuestras arrogancias, comportamientos y miedos, veríamos que la palabra evolución podría ser un mito, y también la definición de humano.

Sin embargo, el hombre ha alcanzado un nivel de complejidad y pensamiento abstracto que no le aporta el bienestar al que aspira. Aunque es un creador, debido a ese pensamiento, de nuevas realidades, lo imaginario no se distingue de lo real. Hay ventajas y desventajas con respecto a otras especies, pero se reniega de las primeras. Por ejemplo; la capacidad de adaptación y la consciencia que media en la psique y que alcanza lo espiritual.

El ser humano es el animal que más desarrollada tiene su autonomía (sistema motor autónomo) que más capacidad de adaptación posee. Sin embargo, hemos creado un sistema de salud, un estilo de vida, una sintaxis, que favorecen que la energía se bloquee tal como si hiciésemos un nudo en una manguera de agua, de modo que la mente se vuelve más compleja, autoritaria, temerosa y egocéntrica.

En cuestión de salud (física), el hombre tiene que buscarla, al contrario que otros seres vivos, para quienes salud y vida son la misma cosa. En cuestión de nutrición, las vitaminas, proteínas, minerales, etc., es lo que le importa, no la energía vital de los alimentos. En general, para gozar de una buena salud tiene que esforzarse, sin llegar a lograrlo jamás. Es además inconsciente de las capacidades de su cuerpo.

En lo que concierne a lo espiritual, el ser humano es igualmente inconsciente, de modo que, el desarrollo cerebral y la intensa actividad mental, están descompensadas en detrimento de su evolución como raza (humana). La consciencia se limita pues al hecho de saber que vamos a morir en contraposición a otras especies de las que afirmamos que no lo saben. Pero, ¿cómo sabemos que no lo saben? El caso es que en esta y en otras cuestiones, siempre sabemos lo que piensan y desean los demás, cuánto ni menos las especies que suponemos inferiores.

Otra característica en el orden de lo espiritual es que creemos en la supervivencia a la muerte, pero si nos preguntásemos cómo va a ser esa nueva vida, no habría respuesta novedosa, sino la mera fantasía de una réplica de esta vida en la Tierra. Una vida, sin trascender el bien y el mal, como las mismas verdades y mentiras, cielos e infiernos, con el deseo demente de mandar o acaparar, con los mismos juicios, idéntico enfrentamiento y análoga violencia.

No obstante, se excluye el sufrimiento, porque uno cree merecer el cielo; los enemigos el infierno, claro está. Eso da lugar a que los más progresistas no crean ni siquiera en la supervivencia, lo cual es como un salvoconducto para permitirse el mal, el que por otra parte parece ser más rentable, más cuanta menos inteligencia, más cuanta menos consciencia.

Ni unos ni otros, mandan en el Universo. Ni unos ni otros saben quiénes son, y si se hiciera la tentativa experimental de reducirse a vivir con lo que uno es, sin aditivos, sin abstracciones, caería en la cuenta de que humano es una condición experimental, de las pocas ventajas reales que nos sitúan por encima de otras especies.

En efecto, la condición humana es una transición, pero ¿hacia dónde? Hacia ser, tan solo eso. Mientras uno no sea (absolutamente consciente de sí mismo) ni utilice su condición humana para tal experiencia, ser humano seguirá siendo un mito. Y sonará un poco absurdo, incluso desdeñoso, pero la vida que hemos creado, entre arrogancias, es un sueño tan profundo que cuesta despertar. Más cuanto más toma la forma de pesadilla, al contrario que en un sueño ordinario.

El mundo (humano) padece hoy de un extremado desaliento, que entre otros síntomas se manifiesta por una desaforada información y desinformación, a la vez, en una búsqueda inútil de la salud, la felicidad, la paz. Ya casi nadie está seguro de sí mismo, ni mucho menos del medio en que transcurre su vida, ni siquiera sabe qué es mejor o peor, ni si sueña o no; se deja llevar por quien ni siquiera sabe de su existencia, a través de ideas y reglas que la vida no comprende y que es lógico que no comprenda, porque la vida que se nos ofrece es una vida imaginaria.




Sin embargo, hay personas despiertas o que están empezando a desperezarse. También a ellas les alcanza la frustración por querer despertar a sus congéneres. Una historia Zen lo viene a explicar de esta manera: imagina que vas en un barco, el cual se ve envuelto en una tempestad, encalla y empieza naufragar; hay gritos, desesperación, dolor, terror. Pero de repente te despiertas en medio de la noche, sudando, y sientes un alivio enorme por darte cuenta de que todo ha sido una pesadilla. 

La felicidad que sientes no tiene punto de comparación con nada, tanto es así que quieres avisar a las personas de tu sueño para que despierten, pero no puedes hacerlo. A pesar de que no te es posible hacerlo, puedes caer en la tentación de creer que sí puedes, y con ello corres el riesgo de volver a dormirte y reanudar el sueño. En cambio, sí puedes informar de que todo ha sido un sueño a quienes sienten que así es y te preguntan. Pero volvamos a la consciencia.

Permanecer en los extremos es un narcótico que fortifica la inconsciencia. Por eso, para poder ser-humano se necesita una única cosa: la compasión. Esta no consiste en hacer el "primo" o ser hipócritamente bueno. No puede ser practicada por la voluntad ni obviamente puede ser forzada. Surge de forma natural y espontánea, colocándose en el eje "figurado" de una rueda, cuyos radios son pensamientos derivados del amor y el odio enfrentándose entre sí. 

Todo el mundo desea el amor, ser amado, pero ¿y amar? Cuando menos se da uno cuenta está odiando. Es así porque, aun cuando se esté por el amor, no se deja de juzgar, de elegir en qué radio de la rueda colocarse.

Por eso, lo que llamamos amor incondicional no se ajusta a cómo procedemos, porque el amor que proclamamos siempre tienes condiciones. Pero cuando el amor se libera de las condiciones, no elige ningún radio, sino el eje, surge su realidad inherente: la compasión. 

Sirve está como barómetro para determinar si estamos siendo o no humanos, como también nos servirá el nivel de calma, serenidad, ecuanimidad, alegría sin causa, para saber por dónde andamos. Pero no hay que calcularlo, resiste la tentación. Es cosa de sentir, dejando un solo esfuerzo a realizar: el de permanecer en el eje de la rueda. 

Casi todo el mundo clama por un cambio, pero este es el cambio: vivir en el eje. Por supuesto que nada en la vida es más difícil que eso, pero es la vía directa a la iluminación, en términos budistas, el reino de los cielos, en boca cristiana, a codearse con el Universo, en mi propia jerga. Codearse viene a querer decir descubrir que eres eso y que no hay un puente que cruzar, que somos (humanos) el puente hacia la total consciencia.


¿Qué puedo hacer mientras los demás duermen?

  1. Ser consciente de mi cuerpo, de todos sus procesos, de todas mis sensaciones.
  2. Ser consciente de todas mis emociones, de todos mis pensamientos.
  3. Ser consciente de todo lo que digo y hago. 
  4. Ser consciente de todo lo que escucho y veo. 
  5. No juzgar lo que ocurre en mí, pero que no quede nada por observar.
  6. No juzgar lo que ocurre en el mundo, pero que nada escape a la observación.
  7. No elegir (mentalmente) entre odio y amor con respecto a amigos y enemigos.
  8. No juzgar un problema, una situación, un conflicto; resolverlo es muy distinto.
  9. No discriminar, no hay ángeles ni demonios, solo dormidos y despiertos.
10. No regresar al sueño para despertar a nadie. 
11. Saber por qué soy humano y merecerlo.
12. Y una única elección: entre risa y llanto, si los demás duermen, es mejor lo primero.

Mushin: vacío, respiración, concentración, meditación

“Qué no ha de provenir del vacío y a él vuelva: todas las formas. Al meditar practicamos el vacío e intuimos que no somos forma”

Las emociones resultan de lo que estamos pensando. Incertidumbre, decepción, frustración, miedo, ira, tristeza… son reacciones a lo pensado. Hoy en día, que lo pensado sea más negativo, así como que las reacciones sean más intensas empieza a ser normal, dadas las circunstancias, pero no nos vamos a dejar aterrorizar por una borrasca, aunque también las razones sean cada vez mayores.

Hay que dejarse penetrar por el vacío mental y la respiración, pues no habrá forajido ni demonio que pueda con uno. Sin embargo, es imprescindible relajar los hombros y el abdomen, y después dejar que el aire inspirado profundice, de manera que el diafragma se flexibiliza y uno se relaja.

En el hilo de lo dicho, es conveniente puntear un detalle que concierne a la respiración. Muchas personas creen que al éxito (en lo que sea) se llega por el esfuerzo, pero si el esfuerzo no se lleva a cabo con naturalidad se transforma en un forcejeo, el cual nos aboca al fracaso. Por consiguiente no se ha de forzar la respiración.

En cualquier caso, de lo que se trata es de limpiar el terreno mental, por así decirlo, de manera que uno pueda acceder a momentos de vacío. Y dichos momentos son el batallón de limpieza. La mente se parece a una charca, la cual suele estar fangosa, pues todo el mundo y todos los acontecimientos pasan por encima. El mayor problema reside en que uno mismo remueve aún más el agua fangosa, como si estuviera tratando de eliminar el barro del agua. Es lo mismo que decir que uno piensa compulsivamente casi las veinticuatro horas del día.

Por el contrario, puedes tomar la actitud de esperar a que el fango repose en el fondo de la charca, sin remover el agua. Las cosas se ven de forma diferente. Es lo que ocurre con la práctica de za-zen o meditación. Así pues, seguidamente, pasaremos a practicar, teniendo en cuenta la concentración, la respiración, la meditación en "nada", alcanzando de ese modo un estado de sosiego y vacío o Mushin.




Lo primero es elegir el lugar y la postura para sentarse. Es ideal poder elegir un sitio al aire libre, en plena naturaleza, manteniéndose al abrigo de transeúntes, de moscas y de avispas, pues todos tienen en común el molestar. Es una broma. Bueno, no tanto. El caso es que si tienes que espantar las moscas cada veinte segundos terminarás diciendo que meditar es un incordio, pero a buen seguro que el incordio son las moscas. Por esa razón el sitio debería ser a la sombra y donde corra una brisa. 

Sin embargo, no siempre es posible hacer esto al aire libre (y menos a diario), sobre todo por quienes viven en ciudades grandes. Si no se puede habrá que hacerlo en casa, reservando un espacio privado que esté aseado y algo ventilado. Claro que también ha de aprenderse a meditar esperando en la cola del autobús, en la sala de espera del dentista, o sentado en la cafetería. 

En fin, que habrá que comenzar antes de que volvamos de nuevo al pleistoceno (debido al necioceno actual, claro). ¿No te parece? 

La postura

Se puede usar un cojín o zafu, como los utilizados en el Zen. Te sientas sobre el cojín con las piernas cruzadas, de manera que las rodillas toquen el suelo y la espalda esté recta pero no rígida. El cojín tiene que estar ligeramente inclinado para así facilitar la posición. O puede usarse seiza, es decir, sentarse a la manera tradicional japonesa: de rodillas y sobre los talones. Si uno conoce las posturas de loto o medio loto puede usarlas, y sirve una adaptación del medio loto, de manera que la pierna que iría por encima de la otra, se coloca por delante, apoyando la planta del pie contra la tibia. 
Ahora bien, puede usarse una silla, si no hay más remedio, con la condición de que la espalda esté recta y las piernas quietas. ¡Incluso sirve la taza del retrete! Por supuesto, siguiendo el consejo de aquel maestro que decía: "cuando comas concéntrate en comer y cuando hagas caca, en eso mismo". Pues ya sabemos… no es el momento para pensar ni para leer el periódico. 


Las manos se colocan sobre el regazo, con las palmas hacia arriba, manteniendo los hombros bajos; o se pone la mano izquierda sobre la derecha, con ambas palmas vueltas hacia arriba, con los pulgares tocándose. Este gesto es conocido como "mudra cósmico" o Hokkaijoin, si bien el nombre importa poco. 

La respiración

La respiración común no afecta al diafragma, pero si la respiración se profundiza el diafragma se flexibiliza y se relaja, como he dicho. Entonces, la respiración se vuelve natural. Eso es imprescindible, siendo que el hombre civilizado no solo ha constreñido su pensar, también su respirar natural. 

En un sentido más sutil, al profundizar la respiración, la fuerza vital también lo hace, y de arriba a bajo; por eso podría sorprendernos la expresión de que la respiración tenga que llegar al cóccix. Pero recordemos que hay que respirar con naturalidad, puesto que la energía se va a incrementar en el abdomen o hara, y no hay que dejar que se colapse debido a una respiración forzada.
 
Así pues, explicaré la manera de abordar la respiración para principiantes. Los ojos están entreabiertos, mirando a un punto fijo a cuarenta y cinco grados hacia el suelo. A continuación se establece una cuenta que te ayuda a mantener la atención fuera de la divagación. Se cuenta del uno al diez en cada inspiración (inhalación) y espiración (exhalación), tal como sigue:

1: inspiro 2: espiro 
3: inspiro 4: espiro 
5: inspiro 6: espiro 
7: inspiro 8: espiro 
9: inspiro 10: espiro

Si se pierde la cuenta hay que regresar al "1", estemos donde estemos. Más adelante, cuando uno ya está entrenado, se dejan de contar las inspiraciones y se cuentan únicamente las espiraciones. La respiración, en general, ha de ser natural y tranquila, pero normal. Poco a poco tiende a ralentizarse. 
Al cabo de unas semanas o meses, ya no se contarán las respiraciones. Más bien uno ha de observar su respiración. Ser consciente de que inspira y espira. Doy por hecho que para entonces el cuerpo ya no estará tan contraído ni la mente embotada, lo que supone habernos desprendido en algo de una voluntad conflictiva. 

Siendo así, ahora variaremos el ritmo respiratorio: la inspiración es un poco más corta y la espiración un poco más larga y lenta. Entre ambos hay una brevísima retención de aire. Advierto que no hace falta acumular tanto aire como estupideces en el talento. No se trata, por lo tanto, de acumular aire, sino de crear armonía en la respiración. Los pulmones NO son para jugar y hacer el cafre puede ser perjudicial. 

Así que nada de jadear. Si uno tiene la sensación de estar en el fondo de una piscina o se siente ahogado como en medio de un vendaval es que lo está haciendo mal. Es preciso dejar que el ritmo correcto se establezca por sí mismo. Este es el resumen:
a) inspiración/corta b) retención /breve c) espiración/larga

La concentración

A partir de aquí es obvio que uno tiene que estar concentrado, pero ¿qué va a hacer con los malditos pensamientos? ¿O no hacen más ruido que una legión de tamborileros? Es una cuestión de atención. Simplemente no se les presta atención a los pensamientos. 

Si les prestas atención los estás consintiendo; si tratas de rechazarlos, en realidad también les estás prestando atención. Y eso mismo pasa al prestar atención o también rechazar a las personas o acontecimientos que nos incordian. Apúntalo.  

Por lo tanto, no hay que consentir los pensamientos y tampoco rechazarlos, pues en vez de vaciar la mente uno se irrita y piensa el doble. Se genera una lucha interior y puede acabar neurótico. Ni consentir ni rechazar. En realidad los pensamientos no son más que pájaros que vuelan a nuestro alrededor, hojas que arrastra el viento o nubes que se disipan. Por eso no deberíamos tomar tan en serio las cosas que pensamos. Si no, fíjate en cómo funciona el mundo de tanto pensar… 

Una vez hallado el punto medio de vacío en el pensamiento, hay que incrementar los niveles de concentración para evitar que el diablo de la estupidez humana nos juegue una mala pasada, haciéndonos perder concentración. Por eso, hay que estar prestando atención, en vez de a los pensamientos, a las cosas que ocurren alrededor tuyo. Por ejemplo, si estás meditando al aire libre, escucharás el vuelo de insectos, el gorgoteo del agua, el croar de una rana, el canto de unos pájaros, etc. 

Al mismo tiempo, hay que estar alerta de las sensaciones corporales, como un picor en la nariz, sensación de calor o frío, etc. Uno no puede estar distraído. Tiene que estar alerta. Si un maleante fuera a apuñalarte por la espalda tendría ventaja si te pilla distraído. De hecho, los accidentes suelen ocurrir cuando uno está distraído. Y hay más, uno se encuentra mal por estar distraído, cuando es sorprendido por sus propios pensamientos negativos.

Meditación

Ya lo has hecho, llegados a este punto. Pero es importante tomar la actitud de vaciar la mente en cualquier circunstancia. Si alguien te mete una bronca, respira, mírale la punta de la nariz y deja de evaluar lo que pasa. Y que me disculpe el instigador, sea quien sea, pero yo no lo tomaría demasiado en serio. Ni tampoco al manipulador, ni al intimidador, ni a nada. Que sí, que hay que darle la vuelta a la congoja, sea como sea, ¡caray!

Nadie puede discutir con una vaca. Entonces, actúa como si fueras una vaca a la hora de discutir con alguien. En especial si discutes contigo mismo (pensar compulsivamente). 

¿Y por qué meditar? ¿Y por qué ir al cine? ¿O por qué… tal? Uno ha de conocerse a sí mismo y hallar la tranquilidad de espíritu. Pero hay que practicar. Si en una persona vibra de verdad un ápice de deseo por esa tranquilidad, ya no hay vuelta atrás. 

Si se abandona la práctica, sea la que sea, es que no ha vibrado nada. Puedes decir que ahora no tienes tiempo para volver a natación o a hacer calceta, pero no para lo que en verdad importa, lo más sagrado de ti mismo. 

No va uno a decir que este año no tiene tiempo de comer. Pues mira que el espíritu también necesita comer. El cuerpo es para unos días y el espíritu para siempre. No vayamos a dejarlo flaco de fuerzas. Al punto, la vida no es un vademecum de estupideces, como  las que estamos acostumbrados, sino un latir del corazón cósmico. 

¿Y ahora qué? No vamos a quedarnos a medias… es un decir, pues a estas horas hay que estar ardiendo en deseos de ponerse a practicar, pues si se trata de entrar en campos celestiales de poco servirá la idea. Ni aun la fe, si la mente parece un vertedero. Así pues, se precisa practicar con constancia. La música no suena si no se escucha. 

sábado, 12 de diciembre de 2015

Generalidades previas a los Taiheki

"Si miramos hacia arriba veremos las hojas, a los lados la sombra, de frente el tronco, pero la esencia del árbol está abajo, en las raíces"

Considerando el movimiento y la postura, como he venido insistiendo, antes que la conducta observable, hay pequeños detalles que destacan incluso al neófito, bien por reconocerlas en sí mismo o en alguien cercano a él. A fin de cuentas de lo que se trata es de ver cómo somos frente al espejo, no psicoanalizando hechos.

Es obvio que uno se rasca donde le pica, aunque otras cosas no sean tan obvias. Pero lo que importa aquí es que el suceso tenga fundamento. Si te pica la nariz no te rascas en la barriga. Y más importante es que este tipo de cosas no se hacen por un conocimiento adquirido, sino por instinto. Veamos algunos ejemplos.

Las personas con una acumulación de tensión en un lado del cuerpo, tienden a dormir sobre el lado contrario. O después de una comida copiosa uno duerme con las piernas abiertas. Las personas con una excesiva actividad cerebral ponen las piernas en alto cuando se sientan para descansar.

Otra costumbre es la de estirar las piernas, sentados en una silla, empujando el respaldo con la espalda, lo cual suelen hacer las personas que tienen una inclinación del cuerpo hacia delante, lo que veremos después con más detenimiento. Otras personas caminan meneando las nalgas, debido a un movimiento de torsión de la cintura; por esa misma razón, cuando duermen, tuercen el tronco al revés que en la actividad diurna o cruzan las piernas.

Estas cosas se deben a la actividad del sistema motor extrapiramidal, la finalidad es aliviar la tensión, según la zona en que se acumula. Se regulan, por así decirlo. Las personas sobreexcitadas, por la causa que sea, se lamen el labio con insistencia.

Asimismo, cabe mencionar que las personas de movimientos rápidos o lentos, tienen una respiración más rápida o más lenta. En cualquier caso, hay que considerar que el movimiento inconsciente nunca está ausente, ni siquiera dentro del movimiento consciente. Pero también hay que tener en cuenta al hábito que surge del cuerpo.

De hecho, cuando hay cambios corporales hay también cambios en la manera de hacer las cosas. Por ejemplo, si uno está tenso o relajado no tiene el mismo efecto al conducir, o tal vez al pintar un cuadro o simplemente al tratar con un problema.

Si una persona vomita por comer algo en mal estado, entonces debe considerarse igualmente tal suceso como un movimiento (involuntario) que tiene una finalidad: la de eliminar algo, lo cual no puede hacerse estáticamente. El asunto estriba en que algo así también forma parte de los hábitos del cuerpo, en este caso saludables.

Las personas con torsión, siguiendo con los hábitos del cuerpo, suelen mover un brazo más que el otro o una nalga más que la otra; si menciono esto es por hacer otra alusión a la parte inconsciente del ser humano. Las personas que sienten la necesidad de hacer algo, sin darse cuenta, cruzan las piernas estando sentadas. Acaban levantándose, si por ejemplo están en la sala de espera del dentista.

En general, de lo que se trata es de comprender los hábitos que subyacen en el movimiento. Incluso un catarro está sujeto a este hecho. Sirva de ejemplo que uno comienza a tener un dormir agitado poco antes de acatarrarse, lo que acontecerá si la agitación previa no ha sido suficiente para liberar las tensiones acumuladas. Y hay más: que el mero hecho de enfermar es, ciertamente, un movimiento dirigido a la salud, mediante la autorregulación (involuntaria) del cuerpo; el dolor es igualmente un movimiento de algo que está vivo. O los cambios de temperatura o cualquier acontecimiento del cuerpo.

El movimiento, tome la forma que tome, es un hábito corporal o Taiheki. Surgen unas tendencias y un tipo de reacción a las fluctuaciones de la energía, dependiendo de la sensibilidad. Noguchi hizo, a este respecto, una clasificación de los movimientos que dan lugar a pautas de comportamiento. Estos movimientos son: vertical, lateral, antero-posterior, de torsión, y de abrir o cerrar la pelvis. A su vez, estos cinco movimientos se dividen en "tipos impares" que derivan de un exceso de energía y "tipos pares" que derivan de un déficit, debido precisamente a las fluctuaciones.

No obstante, todo el mundo presenta ascensos y descensos de energía, se trata pues de propensiones.

Cada tipo de movimiento revela, además, dónde se coagula la energía (punto de fatiga) y a qué órgano o sistema afecta. Así pues, en el movimiento vertical la energía se coagula en el cerebro; en el lateral se coagula en el sistema digestivo, en el antero-posterior en el sistema respiratorio, en el de torsión en el sistema urinario, en el de abrir o cerrar la pelvis la energía se coagula en todo el cuerpo, lo que se determina por la contracción y la relajación, así como por la rapidez con que se lleva a cabo.

A veces, durante una charla, los asistentes se asombran de las coincidencias entre lo que se dice y lo que ellos han observado en la vida cotidiana. "Oh, es mi hermano, mi amigo, mi jefe...".

Hace poco, hice una descripción de un tipo concreto de movimiento. De repente una mujer me interrumpió preguntándome que si ella era de ese tipo. Le dije que era precipitado afirmarlo y continué con lo que estaba explicando. "Soy yo, soy yo", volvió a interrumpirme. Lo cierto es que llevaba algo de razón a pesar de todo. Es pues normal que también a ti te suenen las cosas que aprenderás en las páginas subsiguientes.

Imaginemos la utilidad de saber por qué nos comportamos de determinada forma o por qué los demás hacen lo que hacen, a veces, ante nuestro asombro o disgusto. De lo que se trata es de volvernos conscientes; siendo que lo que impera en la sociedad es la inconsciencia creciente, uno llega a no saber si vive o dónde queda su nariz, solo hay que recordar lo que conté al principio de aquellas personas que no lograban localizar su plexo solar.

En la frenética vida moderna, únicamente se oye un murmullo de voces, un diálogo interno que no parece cesar nunca, y un mar de prejuicios que nos hunden en la miseria emocional, una falta de sensaciones que nos obnubila.

Si acaso queremos bucear en el océano que nos permita distinguir el iceberg por completo, es preciso descartar modelos conceptuales universales. Digo esto, porque a simple vista la clasificación de tipos de movimiento puede parecer uno de esos modelos, pero en este caso existe una diferencia de enfoque.

No se trata de acoplar un modelo a un individuo, sino de ver la relación razonable que existe entre ambos. Es el individuo lo que se observa y no el modelo o tipo al que se supone que pertenece. Si se fuerzan los hechos a las teorías nos podemos encontrar con un cuasimodo de mala ciencia.




En el libro viene, al final de cada Taiheki, un resumen o epílogo de cada grupo y tipo (1, 2, etc.,), de lo cual añado aquí unos pocos detalles:

Vertical

Movimiento ascendente.
Coagulación de la energía en el cerebro.
Descarga cerebral.
El movimiento depende de la primera vértebra lumbar.
Descarga el peso sobre la punta de los pies, en la base del pulgar.
Carece de fuerza en la pelvis.

Lateral

Movimiento lateral.
Coagulación de la energía en el sistema digestivo.
Descarga digestiva, sentimental.
El movimiento depende de la segunda vértebra lumbar.
El peso queda en un lado, tanto en los dedos como en el talón.

Antero-posterior

Movimiento hacia delante y atrás.
Coagulación de la energía en el sistema respiratorio.
Descarga en los pulmones y actividad.
El movimiento depende de la quinta vértebra lumbar.
El peso se sitúa en la punta de los pies y los talones, tipos 5 y 6.

Torsión

Movimiento de torsión.
Coagulación de la energía en el sistema urinario.
Descarga por la competición.
El movimiento depende de la tercera vértebra lumbar.
El peso recae sobre los dedos de un pie y sobre el talón en el pie contrario.

Pelviano

Movimiento de abrir y cerrar la pelvis.
La coagulación de energía no es sobre un área, sino en todo el cuerpo.
El cuerpo entero se tensa o relaja a partir de la pelvis.
El movimiento depende de la cuarta vértebra lumbar.
Descarga instintiva y sexual.

Sensibilidad

No existe coagulación fija en un área determinada.
El movimiento y la postura son variables en el tipo 11 o hipersensible.
El tipo 12 es insensible a las oscilaciones.
Ambos son estados de hipersensibilidad o de insensibilidad.

Extracto del libro: "Taiheki. El dilema del comportamiento humano y el exceso de energía"

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Katsugen Undo, movimiento regenerador

"Al respirar, las dificultades se exhalan junto con el aire y uno tiene así una vida plena"

El Katsugen Undo es la actividad normal del organismo. Dicha actividad se observa en la realidad fisiológica, tal como que el corazón está latiendo, el cuerpo mantiene una temperatura constante y adecuada, estamos respirando, estamos digiriendo el desayuno que hemos tomado por la mañana, etc. Y esa actividad es natural, obviamente.

Sin embargo, aunque sabemos que todas esas cosas son lo que son, no les damos la importancia que tienen; nos hemos habituado a fijarnos más en las cosas que hacemos voluntariamente, pero si nos atenemos a lo que es la vida y lo natural, tendremos que fijarnos en que en el transcurso de la vida, la parte más importante es la etapa de bebé. Lo que hace un bebé es justamente el Katsugen Undo. Entonces, el adulto tiene que recuperar esa espontaneidad para sentirse saludable.

Katsugen posee dos kanjis, cuyo significado es katsu: vida y gen: vitalidad, energía o fuerza vital, cuya práctica fue concebida por Haruchika Noguchi para ayudar a la gente a recuperar su sensibilidad y el pleno rendimiento de su actividad fisiológica, y él mismo expresa que Katsugen es el movimiento que regenera la vida desde su raíz o el movimiento en el origen de la vida.

Por lo tanto, es el movimiento de la vida que se manifiesta en nosotros. Undo es una expresión que se traduce por movimiento, ejercicio o actividad, solo que esta última es, como he dicho, la que tiene lugar en el organismo. Pese a todo, aun en un intento de comprender que esta actividad natural tenga, realmente, alguna importancia y de que está sucediendo justo en este instante, a fin de poder hallar una diferencia cualitativa en el vivir cotidiano, es favorable la práctica de Katsugen, puesto que dicha actividad se encuentra adormecida en una mayoría de personas.

La práctica de Katsugen tiene como objeto regular, mediante la actividad del sistema extrapiramidal, las funciones naturales del organismo, y puede considerarse como un ejercicio del sistema motor extrapiramidal. Se restablece, por así decirlo, la actividad natural en nuestra fisiología, en tanto que las funciones vitales se han vuelto perezosas por la interferencia de nuestra voluntad, la cual está dirigida a potenciar el sistema piramidal o voluntario por el que hacemos gestos, actos y movimientos voluntarios, si bien ambos sistemas ponen en funcionamiento a nuestro cuerpo. Ahora bien, si se pone la salud y también el bienestar emocional al cuidado exclusivo del sistema piramidal, como solemos hacer, el resultado será incompleto y quizá adverso.

Así pues, la idea de franquear los límites de la inteligencia es algo que motiva al ser humano, pero existe un estadio preliminar a cualquier paradigma de inteligencia y que reside en el propio cuerpo; es la inteligencia del sistema nervioso autónomo y que está impresa en cada célula desde el principio de su formación, siendo el primer eslabón de la cadena de la vida. La inteligencia innata.

Subrayo esta inteligencia, porque el sistema nervioso autónomo es el medio que regula todas las funciones vitales en el organismo, como la respiración, la digestión o la circulación de la sangre. Y lo que en consecuencia se asienta en esa inteligencia es que existe un modo natural de mantenernos saludables, y se podría decir que consiste en dejar que eso ocurra, tal como las hojas del pino dejan caer la nieve., tomando como base las reminiscencias que todavía conservemos sobre los motivos por los cuales estamos viviendo.




Las condiciones atmosféricas, alimenticias o higiénicas no son en realidad las cosas que nos mantienen vivos, sino un deseo profundo de vivir y ese deseo se refleja en la actividad autónoma. Por consiguiente, es esto último lo que se debe de potenciar. Si no fuese así, nuestro cuerpo podría olvidar su funcionamiento de un día para otro, sin saber qué hacer para la digestión de los alimentos o para transportar la sangre por todo el organismo, por ejemplo. Esta es la base de la salud. Y si llegamos a aceptar que nuestro organismo es inteligente, no es lógico hacer segmentaciones de esa inteligencia y llegar a pensar que la naturaleza comete errores a la vez que se muestra inteligente. Esos errores pueden ser del tipo "enfermar", sea en términos bioquímicos, microbianos, etc.

De esto se deduce que la enfermedad no surge por causas externas, sino internas. Eso significa que surge mermando la vitalidad del cuerpo, interfiriendo en su proceso, su metabolismo, etc. Pero revitalizar el cuerpo consiste en estimular la actividad autónoma, con la idea de recuperarla, como he dicho.

Por otra parte, las indisposiciones forman parte del movimiento natural de la vida y no de un medio estático. En esta perspectiva no se puede considerar que el sistema inmunitario pueda volverse deficiente por la acción de microorganismos, por citar un ejemplo, más bien sucede al no dejarle el tiempo ni la oportunidad de actuar, sea por el miedo a las enfermedades o por la influencia del entorno. Al mismo tiempo, no cabe olvidarnos de que el cuerpo no es un elemento separado de la mente ni del espíritu.

Tampoco el cuerpo sugiere la imprevisión de ser una parte de la naturaleza, sino que personifica, como cualquier otra forma viva, la naturaleza. Pero si se percibe tal separación, eso significa que el cuerpo no está libre de una mente absolutista que desea controlarlo, en menoscabo de la vitalidad.

A tenor del concepto "enfermedad", hay que tener en cuenta que el Katsugen no es un medio técnico o terapéutico que podamos comparar y sumar a otros, ya que solo es una función natural de la que nadie está privado. De idéntica manera, no sería correcto trasponerlo en la frontera que rodea el misterio, ni aún menos llevarlo al terreno de lo prodigioso. A la sazón, los beneficios que podamos desear hallar en la práctica han de abordarse con la actitud de estar despojados de toda clase de "finalidades" y ha de observarse teniendo presente que dichos beneficios no son elementos que se adquieran del exterior, sino que son derivaciones normales de la actividad natural del organismo.

La práctica induce movimientos involuntarios, así como bostezos, mucosidades, etc., que son eventos espontáneos, y surgen de un deseo interno que es espontáneo.

En esencia, en el Katsugen, no solo se halla involucrado el cuerpo, también la psique, y a su vez incide, notablemente, en el desarrollo espiritual, de manera que en la práctica es imprescindible el blanco del papel o de la mente, por lo que se podría decir que el vacío que favorece lo espontáneo es el mismo vacío que el propio Katsugen induce al practicarlo sin finalidad y por la simple complacencia.

La espontaneidad corporal

Al hablar de espontaneidad solemos pensar en un niño al que se le puedan permitir ciertos comportamientos por el hecho de ser un niño. Si se trata de un adulto, se asocia a una persona liberal, graciosa o incluso maleducada. Pero aunque uno tenga que penetrar el sentido propio del comportamiento en las relaciones entre las personas de cualquier índole, la espontaneidad tiene que ver más que nada con el organismo. De ese modo, el organismo se comportará con espontaneidad y libertad de acción, sin inhibiciones, a menos que esté subyugado al pensamiento o a la imaginación.

Así, lejos de pretender entender lo que pueda parecernos insondable, ateniéndonos a la realidad cotidiana, veremos que el organismo manifiesta su actividad espontánea a través de la constante actividad del sistema extrapiramidal que atañe a los movimientos espontáneos, y por esa razón el maestro Noguchi ha propuesto la práctica de lo que ya preexiste en el organismo y que es el movimiento espontáneo o involuntario. Por eso es deseable observar que el cuerpo humano no es ningún elemento estático, pese a que se le trate de ese modo, más cuanto más progresamos tecnológicamente.

El movimiento es el indicador de la vida y este se revela igual en un bostezo que en la digestión de los alimentos, en el latido cardíaco o en el hecho de que la temperatura corporal se eleve o descienda, etc. Es movimiento porque hay actividad y es espontáneo porque sucede sin nuestra voluntad.

Así pues, los movimientos espontáneos revelan una dimensión diferente en el ser humano, en el referente de ser conscientes de ellos. Sin embargo, incluso lo espontáneo puede adormecerse limitando la funcionalidad de la actividad orgánica. Lo que hace el Katsugen es restaurar la espontaneidad, la actividad autónoma que ha mermado debido a nuestra influencia llena de ideas y progreso.

Dentro de la espontaneidad coexiste el hecho, como la mano que guía el pincel en la caligrafía japonesa, de que el cuerpo no siente deseos de dañarse a sí mismo, tal como la naturaleza no lo pretende tampoco, ni aun siquiera por la ignorancia que se le imputa a veces. Esto quiere decir que el deseo que tengamos por mantener un cuerpo saludable no es equiparable al deseo que tiene el propio cuerpo por esa misma causa, si bien se producen interferencias entre ambos deseos: el de la mente y el del cuerpo.

Por lo tanto, los cuidados más efectivos y lógicos que tengamos previstos para cuidar el cuerpo no siempre serán aceptados por este, y entonces nos daremos cuenta de lo que en realidad podemos y no podemos hacer, es decir, conocer el límite.

Una madre puede dar de comer a su hijo, vestirlo, darle una educación, ayudarlo, asistirlo, etc., pero no puede hacerlo crecer; nadie puede hacerlo a excepción del propio organismo de ese hijo. Eso es una forma elemental de conocer el límite, y si se advierte la sutileza de ese límite se podrá percibir que demasiadas veces tratamos de traspasarlo.

Por ejemplo, otros mamíferos son incapaces de comer sin tener hambre y el límite de ingestión de alimentos es el correcto. El ser humano, por el contrario, es capaz de comer sin tener hambre y de modificar el límite que le señala el hambre. Que se obligue a un niño a comer es una forma prematura de modificar y afectar negativamente a su propia inteligencia innata.

La inteligencia se observa en la naturaleza igual que en nosotros mismos, de forma que esa inteligencia se manifiesta en hechos innegables. En el otoño, muchos árboles se desprenden de sus hojas y se cubren de ellas en primavera, y es incuestionable que saben cuándo han de tener cada transformación, de la misma manera que el cuerpo sabe que tiene que formar hemoglobina, segregar hormonas, etc.

Extracto del libro Katsugen Undo, la práctica que restablece la salud y la serenidad

martes, 8 de diciembre de 2015

Más allá de las coincidencias

"Una coincidencia es elegir un camino que ya se está recorriendo"

Reflexionando a fondo se puede leer lo invisible, aunque hay que mirar, escuchar, y hasta gustar y palpar… caray. Aunque, ¿se hace o no? Sospecho que sí, pero uno siempre mira lo mismo, escucha lo mismo, etc. Dondequiera que sea resulta monótono comerse todos los días una ensalada de prejuicios, ideas y convicciones cantando el himno de la verdad y haciendo girar los pedales de la monotonía en una bicicleta estática.

A mí me gusta mirar hacia todos los lados y ver qué puede sorprenderme. Es la salsa de la vida, pues si uno que está vivo hace lo mismo que cuando esté enterrado, no le veo la gracia por ningún lado. El caso es que las cosas que se pueden ver, y que pasan inadvertidas, son profusas; aparte, nos proporcionan la información de que nada ocurre por casualidad, de que todo está interrelacionado y que todo tiene una finalidad que escapa al conceptuar humano. En fin, que todo son coincidencias, pero muchas personas confunden la coincidencia con la casualidad.

Son cosas diferentes e incontrastables. Coincidencia es una simultaneidad entre dos o más hechos o situaciones que parecen indicarte un camino a seguir. Es más, te llevan directamente ahí, si te dejas llevar, claro está. Es como si alguien estuviera interesado en que vayas por ahí precisamente.

La casualidad no existe, pues sigue siendo una coincidencia que no se percibe como tal, ni como nada, más a menudo de lo que parece. Aunque sí es una causalidad, es decir, un efecto labrado antes en una causa, por mucho que se niegue y se quiera demostrara lo contrario. Ahora bien, por la cuenta que nos trae será mejor labrar con conocimiento de causa… y nunca mejor dicho.

El hecho es que, muchas veces, no vemos que alguien o algo parece estar interesado en nosotros de una manera concreta, incuso que no deja de hacer algo en nuestro favor, aunque este no se perciba o no se entienda. Algunas personas lo llaman milagro y otras lo llaman casualidad. Igual que unos llaman a las fatalidades aprendizaje y otros no pasan de echar chispas por la mala suerte. Son matices del pensar humano.

En 1986 sufrí mi primera crisis existencial, siendo desbordado por la ansiedad y una depresión de las que hacen historia. Un divorcio y tambaleo económico (el primero de una serie de ellos). Si bien este tipo de tambaleos impiden que te duermas en los laureles en cuanto a despertar. El caso es que por estas fechas me encontraba en Madrid realizando un curso de entrenadores deportivos, y aunque apenas salía del recinto donde se daban las clases, un compañero me pidió que lo acompañase a una librería para comprarse él un tratado de fisiología deportiva.

Curioseando, encontré un libro: "Los tres pilares del Zen" de Philip Kapleau. Me fijé en él, pero nos marchamos sin que yo lo comprase. Al día siguiente me encontraba bastante mal, pues estaba acatarrado y deprimido. Decidí irme a comer en solitario después de las clases de la mañana. Pero me di cuenta de que no llevaba dinero encima, ni tarjetas de crédito. Además los bancos ya habían cerrado.

La evidencia no me bastó, y llamé a la puerta de una oficina, pero no me abrieron. Me tomaron como el estrangulador de Boston, no sé si por que hacía mala cara, llevaba la barba sin afeitar, gafas de sol, un chándal y una bolsa de deportes con un lanzacohetes dentro, supongo que en opinión del guardia de seguridad. Y reconozco que tenía pinta de mal pronóstico, pero eso era lo de menos.

El panorama era que ese día no iba a comer y, siendo que los catarros no me quitan el hambre, sino todo lo contrario, se me ocurrió ir caminado a un centro comercial que quedaba a casi tres kilómetros de donde me encontraba. Corría un viento cálido que me hacía transpirar, pero no echarme atrás.

Como era cliente del centro comercial solicité una tarjeta provisional. Comí y luego, ya recuperado de mi debilidad visceral, fui a echar un vistazo a la sección de libros. Lo que no sabía yo era que iba otra vez a darme de narices con el mismo libro. Y tuve la osadía de, por segunda vez, no comprarlo. En serio, los seres humanos solemos asistir a la procesión de la repetición, pero a veces uno se salta la regla, aunque en mi caso todavía no.

Casi al final del curso, un compañero (el mismo que la vez anterior) y yo, fuimos invitados a una cena. Íbamos en taxi y nos vimos envueltos en un atasco. Así que nos apeamos dos o tres manzanas antes del lugar al que nos dirigíamos y continuamos a pie. ¡Y vaya! Pasamos por la librería que por primera vez había visto el susodicho libro, antes de que cerrasen.




Mi amigo me dijo que aprovecharía para recoger su libro de fisiología, puesto que la vez anterior no lo tenían disponible y lo había encargado. En cuanto al mío, es decir, al que me perseguía, de una forma enigmática, ¡lo compré! ¡Lo juro! Esta vez algo me dijo que o compraba el libro de Zen o tendría pesadillas de por vida. Y a pesar de haberlo comprado las tuve, pues eso forma parte del aprendizaje. O dicho de otro modo: que hay que arrimar el hombro. 

Todavía conservo el libro y lo habré leído unas cuarenta veces. De veras. Pero la historia no acaba aquí, ni mucho menos. Unos años más tarde, unos alumnos míos compraron una nueva edición del mismo libro, pero debieron de calcular mal, ya que compraron uno de más. Resulta que yo había perdido la primera edición, en una mudanza, pero nadie lo sabía. Así que me lo regalaron. De pura ironía, dos años después, encontré el viejo libro, algo ya harto previsible para mí. 

En resumidas cuentas, que alguien me debía de estar gritando algo así como: "O te pones a meditar o te voy a dar la coña hasta el día del juicio final". Pero la génesis de las coincidencias no estaría completa sin otra historia que, para colmo de coincidencias, también tiene que ver con un libro. ¿Será que no les tengo alergia? Lo digo porque para una gran mayoría las letras vienen a ser desconocidas. 

Este libro lo recibí por correo, (creo que fue la primera y única edición en español, no estoy seguro). El título era: "El no hacer" y su autor Itsuo Tsuda. La diferencia esta vez fue que lo adquirí a la primera. Pero no lograba entenderlo ni por asomo. Recuerdo haber acogido la frase "movimiento regenerador" con la sensación fastidiosa de estar ante un jeroglífico, sobre todo, cuando la leía en japonés: Katsugen Undo. Y eso que ya estaba familiarizado con la nomenclatura japonesa. 

Acabé por arrinconarlo en una estantería, si bien no lograba quitarme el gusanillo. Algo me decía que tenía que descubrir aquello, pero no sabía cómo. Bueno, el caso es que el libro en cuestión seguía en la estantería. Naturalmente nuevas coincidencias empezaron a rondarme, y de vez en cuando aparecía sobre la mesa del escritorio o en el sofá como por arte de birlibirloque. 

Lo achacaba a que había sacado de la estantería algún otro título con prisas y que probablemente se habría caído, o vete tú a saber. Tampoco me apetecía ponerme a perseguir los duendes que mueven libros de sitio. El caso es que lo releía, una y otra vez,  sin enterarme de nada y luego devolvía el libro a la estantería. Me era de sumo interés, si bien aún no podía apreciar la razón. Ni agudizando el ingenio. Pero me quedaba abrirme a lo que estuviera por venir, aunque tardase. 

Al cabo de unos años fui a una tienda deportiva para comprarme un kimono, la cual no solía visitar mucho; de hecho, hacía mucho tiempo que no. En el mostrador ponían a veces folletos con información de algún curso, que solía curiosear cuando iba allí, pero no esta vez… porque tenía mucha prisa, la que tenemos por ser esclavos del tiempo, sin enterarnos, sin experimentar, sin gozar de la existencia eterna, o sea, sin lo que se diría no-tiempo. 

Total, que salí de la tienda, pero necesitaba apuntar algo en un papel, por lo que entré otra vez con la idea de coger un folleto y usarlo para escribir. No corras que viene curva. El folleto anunciaba un curso del tema del cual hablaba el libro, lo que jamás había visto en aquella tienda ni en ningún otro lugar. Y, en efecto, parecía estar esperándome, aunque suene demasiado idílico. 

Cosas así son las que te mantienen en ascuas y hasta te hacen reír. Pero así es como empecé a aprender el movimiento regenerador, lo que para mayor atino siempre ha compartido mi actual pareja. Es curioso que el libro en cuestión volviese a dar que hablar en cuanto a coincidencias, pues protagonizó otra de ellas. No sé por qué ocurrió así, pero lo importante es que la advertencia no es vaga: algo aguarda a que te des por enterado. Si parece vaga, en realidad la mente es lo vago. 

Ocurrió bastantes años después, cuando organicé un curso del movimiento regenerador. Una pareja que asistió me dejó estupefacto. Estaban de paso, por Madrid, si no, no habría tenido tanta gracia la cosa, digo yo. Pero mira lo que pasó: ¡se encontraron un ejemplar del libro "El no hacer" en un contenedor de basura! ¡Inaudito! Y bueno, podían haber ido a practicar allí mismo, pero dieron conmigo por Internet, sin que yo supiera nada. Dado que vivían relativamente cerca de mí, tuve la oportunidad de conocerlos.

¿Es que alguien los envió a contarme la batallita? Supongo que nadie va a levantar el dedo. Y tampoco creo que Dios vaya a confesar ninguna de sus fechorías, aunque estoy por pensar que todas sean por nuestro bien, atendiendo a que el Universo quiere experiencias vibrantes y no rutinas exasperantes. Pese a que el ser humano no sepa librarse de revivir las rutinas que llama realidades. 

Lo importante es que, bromas aparte, los ojos se me humedecen al recordar estas cosas. ¡Qué digo! Lloro como un descosido, me emociono a lo bestia. Y he de reconocer que en muchas ocasiones, cuando recuerdo las veces que en el pasado he creído que la vida me había negado ciertas cosas, me echo a reír aún más y sin piedad. En serio, y es que no hay para menos, porque no existe potentado en este planeta que posea lo que le cae del cielo al que rompe el caparazón de los sentidos. 

Tal es la sentencia del destino. ¿Cómo se explica su excepcional puntería? Quiero suponer que uno algo invierte en las cosas que le suceden, o más que algo. No sabemos dónde cuándo ni cómo se fraguan, pero las cosas no dejan de suceder y con su respectiva correlación. Nada pues tendría sentido sin dicha correlación y sin cada instante a vivir. 

La vida está hecha de instantes y no me cabe duda de que tú también tienes muchas cosas parecidas que contar; lo que sí es seguro es que tengo la sensación de que nos conocemos desde siempre, lo que me importa bastante, siendo que todo está relacionado y unido por un amor incondicional, más allá de las coincidencias. El resultado más inmediato es que sentimos curiosidad y el que aflora a largo plazo es que todos estamos unidos por algo muy especial. Encontrémoslo.