sábado, 20 de enero de 2018

Más allá del deseo

La vida moderna, la civilización, necesita de mucho, lo codicia todo, lo quiere pronto, pero es todo aquello que va devastando sin siquiera dejarle opción a la huella del tiempo. En nuestra ambición se nos ceba intelectualmente para despojarnos, más tarde, de mucho más de lo que habíamos deseado, lo que por otra parte no habrá sido ni de complacencia siquiera.

El deseo es flojo, no pasa de ser mental, cómodo, efímero. Llegamos a desear solo lo que se nos propone devorar. Sabemos que existimos (intelectualmente) pero ignoramos que tenemos existencia (sensitiva) propia. De nosotros queda una clase de hombre que teme no adquirir o perder, y que sin embargo carece de verdadero deseo. 

No es capaz de crear, de imaginar, de intuir, de infundir vida a lo que desea. Deja poco a poco de ser real. Pero los menos reales, aquellos a quienes no les importa nada porque nada conocen, ni la tierra que pisan, ni el agua que beben, ni el aire que respiran, lideran la vida de todos; creen que pueden coger cualquier cosa. Aunque nunca han deseado de verdad ni sentido un ápice de goce. 

La vida de hoy queda pues en una rutina de color gris. Los colores solo pueden verlos los seres humanos con alma. En los quehaceres esto se nota, también en el semblante de las personas; un buen observador puede evidenciar si lo que ve tiene o no vida. Es lo que nunca podrán enseñar los dedicados al arte de conseguir. Porque conseguir es un verbo hambriento, atado al tener, verbos que de por sí limitan, que se les ve oscuros. 

En la claridad, en cambio, se distingue el “Ser”. Es un verbo colorido, vívido, real, que nos da incluso la oportunidad de ser humanos. O más que eso, encontrarnos con que el Universo se posa en la palma de la mano como un copo de nieve. La razón es sencilla: no necesitas tener ese universo, lo eres. Pero sí hace falta humildad para entenderlo, lo que significa ir al principio.

Es posible aprender de un deseo tan auténtico como el de una flor: el cuerpo humano. La mente se impone a él. Lo que este desea es suplantado muchas veces por el deseo mental del hombre que lo habita. Una vez seamos conscientes de esa diferencia de deseo estaremos listos para avanzar algo en el inexplorado arte de saber quiénes somos. 

Nadie quiere conocerse a pesar de todo, es algo que asusta y que viene a ser aborrecible. Entonces, aún menos será posible conocer el cuerpo que uno habita, lo que asusta todavía más. Su lenguaje, su deseo, su vida imponente, son aspectos olvidados, de eso hoy se encargan los especialistas del cuerpo. Igual que de la mente se encargan sus especialistas, del espíritu también los suyos, y de la manera de vivir otros tantos. 

Ahora bien, esta clase de técnicos están por todas partes. Cualquier persona está lista para decirnos lo que tenemos que hacer y lo que no sin necesidad de ser un especialista. Desear, igualmente. Pese a ello existen modos de vida que no se imponen, que en cambio invitan a ser por encima de todo. 



El maestro Zen, Dogen, aun en un momento de escasez, propone a los monjes el za-zen (sentarse a practicar el Zen, el vacío) antes que nada. No necesitan más en ese instante y, sin embargo, el maestro expresa un poderoso deseo que es capaz de anular la crítica situación en que se encuentran.

Kenzo Awa, un maestro arquero de Kyudo, espera paciente, no mira el blanco ni tiene consciencia de la flecha, solo tensa el arco y espera hasta que siente todo el Universo en sí mismo. Entonces, la flecha se une al blanco inevitablemente. No necesita nada más que aguardar el suceso, lo cual es un “no hacer” que contiene deseo real. 

Es un deseo real porque el maestro no pretende obtener una victoria. Ni siquiera quiere dar en el blanco. Él es el arco, la flecha y el blanco. Es, no obstante, algo casi imposible de comprender para la mayoría de los mortales, pero es el sumun de la vida y el vórtice del verdadero deseo. 

Con esa clase de deseo se puede disfrutar incluso de una golosina, sin este ni del más rico de los manjares. De hecho, es frecuente comer algo que no nos apetece. O cualquier otra cosa que tenga que ver con los sentidos biológicos, incluso los cuales terminan por atrofiarse frente a los mentales. 

Muchas veces me he preguntado dónde me hallo y es sobre mis pies. Pero tal vez mis pies sean los de alguien que sigue ese camino, quién sabe. La Luna me mira, seguramente porque la miro a ella. Sucede lo mismo con esa exquisita flor, ese árbol sereno que posa delante de mí, el agua del arroyo, el cielo azul, las montañas que decoran el horizonte. Inspiro, espiro, lo respiro todo. 














Respirar no es algo separado de todo lo demás. Le da consistencia a la imaginación, hace posible el deseo real, ese impulso poderoso que atraviesa todas las barreras. Pero, ¿dónde y cómo encontrar ese impulso? Si sucede lo que queríamos es que el deseo se hallaba en las capas profundas del subconsciente. Este último es el dónde. El cómo es tan espontáneo como la flor que no piensa en qué lugar va a germinar ni hacia dónde va a dirigir su crecimiento.

El ser surge del subconsciente, el tener del consciente. La respiración profunda saca al primero al exterior. Sin embargo, hay que tener en cuenta hacia dónde miramos, a lo que se añade un inconveniente, que se mire donde se mire siempre se mira al mismo sitio. Un mundo geométrico, enredado, rutinario, entretenido en una felicidad frígida que así vuelve la vida.

La muerte viene a ser un espejo en el que la vida se refleja en su último instante. Uno se ve abocado a morir con el delirio de enfrentarse a un universo que supone indiferente y perverso, a quien puede responsabilizar de su vida frígida. Durante su transcurso no ha sido capaz de crear, de pensar, de imaginar, de vivir, más allá de la rutina. En cambio, habrá sido devorado en las fauces de una felicidad somnolienta, sin ni saber lo que quiere. Ni mucho menos que él mismo es el Universo. 

Es posible que resulte demasiado místico el ser universo, y es posible que sirva de excusa para la rutina tratando de alejarse de lo que no se entiende. Pero no propongo escalar peldaños celestiales, sino la vida cotidiana. No es preciso esforzarse por transformarse en la flor ni dilucidar sobre si en la palma de la mano hay o no un universo. Basta con la atención bien dirigida y respirar. 

Uno piensa mientras come, está pendiente de otros asuntos, laborales, económicos, filosóficos, etc., incluso en el instante sexual malgasta su energía en otros tantos asuntos (mentales) que acaban por boicotear algo que de natural pasa a ser lo contrario. En tal desorden, en el momento más inapropiado uno piensa en la comida o se excita durante el trabajo. Qué hacer podrá ser un enigma, pero es de una sencillez extrema a condición de hallarse sobre los pies de uno mismo, como he mencionado antes. 

Cuando comas, solo come, si bailas baila, si duermes duerme. Siéntate en la taza del WC sin más pretensión que eso, sin pensamientos. Nos daremos cuenta de que incluso sentados en ella podemos ser. Es al menos lo que nos enseña el Zen y es en verdad sencillo, más útil que hartadas de filosofía que no van a poder poner a raya ni al desorden ni a la usura del mundo regido por ambos, donde el deseo natural se pierde en la rueda mental que gira sin fin.

martes, 26 de diciembre de 2017

Iki Suru, respiración

Respirar es un intercambio de gases, a la ciencia le atañe la bioquímica, los procesos de combustión y oxidación, asimismo, las posibles anomalías del sistema respiratorio. Entre tanto, espirar, inspirar, transcurren siendo uno inconsciente de ello. La respiración es superficial, vivimos fragmentados, sin darnos cuenta, cumpliendo con las expectativas de Descartes. 

Su esfuerzo ha sido establecer que el alma quede a un lado, la mente a otro, el cuerpo a otro. Cada uno de ellos es fraccionado en partes a su vez; finalmente, el ser humano se convierte en  un «ser-máquina». De ese modo, la ciencia, la tecnología, pugnan por un mundo mecanizado, la vida cotidiana se vuelve cartesiana, lo humano comienza a ser un fósil que, sin embargo, tal vez deje algún rastro. ¿Y qué hacer entonces?

Seguir ese rastro antes de haber muerto físicamente. Lo digo así porque la pérdida de lo humano ronda por todas partes, las personas aparentan estar vivas, pero la actitud, por lo común, es la de un ser inanimado. Tal como avanzamos, más todavía. Resulta casi imposible establecer relaciones humanas, incluso. 

Nos rodea un mundo virtual que cambia la tierra húmeda y mojada por entelequias que surgen de todas partes. Ya no hay flores, ni tierra, ni arado, en nuestra mente aturdida. Pero no voy a quejarme de todo ello, sino plantear lo que todo ser vivo ha de hacer: respirar, IKI SURU, sintiendo la vida. Espirar, inspirar, KOKYU. Pero veamos lo más subrepticio.

Respirar proviene del latín SPIRITUS. Eso significa que en algún momento de la historia, el espíritu o alma no ha estado separado de esa función fisiológica que llamamos respiración. De la misma manera, tampoco la mente del cuerpo. Sin embargo, esa mente carece de naturalidad, tal como la respiración de la gente. El KI, un término desconocido para la mayoría de occidentales, es espíritu igualmente, también energía, naturaleza, vida. Es lo único que a mí me interesa, lo que se ve solo son adornos. 

“Me sitúo al principio del Universo” es una frase del maestro Noguchi. O en el centro. Ese principio  o centro lo es de la mente. Origina un inmenso placer sentirlo, se parece al MU en la práctica del Za-zen. Es el vacío del que proceden todas las formas. La puerta del cielo, el oasis de la paz. Las llaves son el Kokyu. 

Se puede entrenar de diversas maneras, como la inspiración concentrada, el Tenshin Go So, el Yuki y el Tama-No-Hireburi. La primera consiste en hacer pasar el aire a través de la espina dorsal. Pero el modo cartesiano de ver las cosas nos dirá que eso no es posible. Se trata de visualizarlo en el momento de la inspiración. El Yuki consiste en espirar por las palmas de las manos. 


Es fácil pensar que estas cosas no son posibles, pero la imaginación puede vincularse a la respiración (vano es querer utilizar solo la imaginación), y tiene efectos. A no ser que lo dividamos todo. Que no es algo físico, no es una piedra, y que por lo tanto no es real, pensamos. Sin embargo, cada uno es libre de elegir sus realidades o irrealidades. Mi realidad es lo que siento, no lo que esté preconcebido desde hace siglos. Lo que siento es el ki, y es lo que hacemos pasar por aquí o allá...

Ese mismo ki autentifica las relaciones entre personas. Si una persona tiene mal ki me alejo de ella, si tiene (siento) buen ki me acerco; no puede ser más sencillo a condición de ser sensible al mundo que nos rodea.

El Tama-No-Hireburi consiste también en inspirar por la espina dorsal, pero haciendo vibrar el cuerpo, de una manera especial que no explicaré aquí. Es la vibración del alma en palabras del maestro TSUDA. Se hace tres veces y se invoca, por así decirlo, el centro que he mencionado. Es posible que resulte misterioso, poco racional, pero veamos lo mismo en la vida cotidiana.

De alguien que posea una gran habilidad para esquiar, cocinar, dibujar, etc., se dice que posee el Kokyu. Eso quiere decir que es capaz de, espontáneamente, absorber ese centro del que hablo. O sea, que la habilidad no es un aspecto meramente intelectual, la respiración lo precede. En mí destaca en la práctica de las artes marciales, aparte de otras cosas. Mi manera de moverme, mi velocidad, mi eficacia, se ven afectadas positivamente por el Kokyu.

Con el movimiento regenerador o Katsugen Undo, por otra parte, uno se sumerge en la frescura, la pureza de su respiración. La sensibilidad normal se restablece, todo el cuerpo respira. La mayoría de las personas no conocen el lenguaje de sus cuerpos, pero es porque no están al tanto de respirar. Se puede observar a alguien y ver que no está vivo, aunque camine, pero eso no podrá ser detectado por quien dé muestras de lo mismo. Se le puede ver flácido o rígido, no en cambio relajado y vital.

Una persona se sentirá en calma, se sentirá inmune a lo que ocurra a su alrededor, se sentirá igualmente autosuficiente, con vigor, reconquistará su juventud, las emociones, la fuerzas volverán a ser como antes de envejecer, se expresará libremente, sentirá el coraje, etc., una vez haya descubierto el Kokyu. Las pesadumbres son sustituidas por una fuerza, una frescura, un goce, un algo especial que brota en el interior de cada uno. De repente descubrimos que podemos respirar. Inspirar el Universo, situarlo nada menos que en el HARA, el vientre.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

La táctica sin táctica

Los Vaivenes es un apartado que pertenece al capítulo "Renovar la vía" de mi último libro publicado "La táctica sin táctica, La quintaesencia de las artes marciales".

"Los vaivenes es otra de las cosas importantes que necesitamos aprender. Estos se pueden apreciar en las estaciones o en los cambios corporales. Unas veces nos sentimos más fuertes de ánimo, otras en cambio más débiles. Más activos o inactivos o con más arrojo, o menos. Esto hay que tenerlo presente en el momento de combatir, y superarlo.

Si uno no es capaz de superar los momentos bajos con rapidez, el oponente podrá aprovecharse de esa circunstancia. Por eso advertí, al principio, que debemos aprender a crear en nosotros mismos emociones que no dependan de nada externo. Debe evitarse de raíz que las circunstancias o el oponente influyan en uno.

De la misma manera, si uno percibe que va venciendo al oponente, recrearse en la euforia de la victoria inminente lo puede conducir a la derrota, porque la mente pierde claridad. O al contrario. Si uno parece que está perdiendo pero su mente continúa clara, habrá una posibilidad de que la balanza del combate cambie a su favor. Estas cosas hay que tenerlas en cuenta y no parecer un títere en manos de diablos emocionales. Cuando las artes marciales no se comprenden como es debido es fácil convertirse en un títere.

Muchos practicantes tienen solo a su favor la insolencia y la agresividad, pero cuando sienten dolor o perciben que el oponente es más fuerte que ellos pierden todo su arrojo y su energía debilitada asciende a la cabeza anulando sus capacidades".



 Descripción y disponibilidad del libro: ver aquí.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Una nota sobre el ladrón de penas

Epílogo de la novela "El ladrón de penas"

Incluso la más cruda realidad no puede describirse si antes no se imagina. Lo imaginado, por otra parte, necesita de alguna realidad. A veces más de la cuenta. Quizá escribir sea un misterio y, si hay algo que aprender, el escritor podría sentirse como en un sueño donde nadie sabe qué va a acontecer. Esto ha ocurrido con los personajes de esta historia. Ellos son los que la han creado mientras yo me limitaba a pulsar el teclado, según me iban indicando, sobre todo Héctor Quijada, pues ha sido él quien ha creado la mayor parte del argumento inspirado en hechos reales, según dice, y de los cuales yo me he desentendido completamente.

Lo cierto es que esta es una manera bastante espontánea de escribir, porque la geometría no es lo mío. Me parezco mucho a los elementos de la naturaleza, todos ellos irregulares. En realidad soy uno de esos elementos y todos los somos aunque muchos no lo sepan. Pero lo que quiero resaltar aquí no es el talento natural o geométrico, sino una parte ignorada del misterio que rodea a la escritura: las coincidencias.

Son estas las que mezclan la realidad con lo imaginado a un nivel profundo. El escritor (también a veces el lector) establece contacto con algo desconocido en la vida corriente y moliente, lugar y estado mental donde se ignora la existencia de los paradigmas. Sin embargo, de ellos están hechos nuestros sueños, los cuales se basan como he mencionado en la realidad y viceversa. Que se lo digan a esa pareja parisina, Raúl y Anne.

Durante el transcurso de cada uno de los libros que he escrito me he tenido que enfrentar a paradigmas envueltos en extrañas coincidencias. Pero hay más, si se trataba de algo que aprender (una clave determinante), un factor se sumaba a las coincidencias, y era la congruencia. Esta es una especie de relación lógica entre lo que se dice o escribe y se hace.

Lo contrario es la incongruencia y en su punto extremo nos encontramos con el cinismo. ¿Acaso no es este un mundo cínico? Algo me dice que sí, pero el antídoto es ser lo más real posible, noble, digno, sincero, dentro de la imaginación. Pero alguien nos pone a prueba y de ahí las coincidencias y su misterio. En resumen, que algo extraño me sucedía. Por ejemplo, si al escribir hacía demasiado hincapié en conservar la calma me veía envuelto en situaciones tensas.

Al escribir «El ladrón de penas», me ha sucedido lo mismo. De hecho lo empecé con cierto recelo, el cual aumentó al evidenciar las admoniciones que Kaito, el hombre del chubasquero rojo, aplica a los protagonistas aun sin que nadie sepa por qué. Huelga decir que hasta acabar el libro me he visto envuelto en situaciones que algunas veces me han hecho sentirme (también a mí) protagonista de esta historia. Sobre todo, cuando me sorprendió una tormenta hace poco.

Ignoro si habré tenido algo que ver en ello, pero al doblar una esquina en pleno aguacero me tropecé con una persona que llevaba puesto un chubasquero rojo. Y por esto mismo intuyo que el misterio se extenderá a esta nota final si no lo remedia nadie, y nadie va a remediarlo.

Mucho me temo que, por el contrario, el hecho de qué me ha inspirado para escribir esta historia es de por sí otro misterio, a lo que debe añadirse la ubicación geográfica y sobre todo el título. Ahora bien, ya he dicho más o menos que mi cometido no ha sido otro que poner sobre el papel un dictado. Otro misterio podría ser quizá mi intuición de un invierno que transcurra entre borrascas. Si fuese así, ignoro si el haber escrito este libro tendría algo que ver en ello; se mire como se mire, todo seguirá siendo un misterio.

viernes, 16 de junio de 2017

Practicar correctamente el Katsugen Undo

Determinar qué es una cosa y qué no puede ser inmodesto ya que eso puede dar a entender que alguien está haciendo algo incorrecto a mis ojos. No se trata de eso sino de que las personas interesadas, principiantes, tengan una noción más precisa de lo que es de su interés. 

Esto es especialmente importante en un mundo cada vez más complicado, en el que todo cabe, donde lo real y su contrario se funden entre sí. Cualquier persona puede lanzarse a difundir su conocimiento ya sea correcto o no. A veces lo es, pero otras veces no tanto o nada. No voy a ser yo quien esté en lo cierto, pero siento la necesidad de intentar preservar el “arte”, en este caso el de Haruchika Noguchi.

No es una tarea fácil teniendo en cuenta que hoy en día los valores humanos han perdido mucho y que vivimos en un permanente maremágnum de desinformación en todos los contextos de la vida humana. Lo que a su vez nos lleva al abismo al que se refería Itsuo Tsuda. “La humanidad se dirige hacia un abismo”, decía.

Tsuda fue, por así decirlo, un ángel custodio de la obra del maestro Noguchi, lo que no significa que no haya otros. Aunque por otra parte cualquiera puede pensar eso de sí mismo. Tal vez en ello influya el espíritu occidental, el cual reverencia el envase que contiene el agua sin que esta tenga apenas importancia. De cualquier conocimiento se pueden tener credenciales pero entender es otra cosa.

No es nada que a mí me importe, pero muy pocos de los alumnos que yo he tenido han entendido. En todo caso, en lo que se refiere a occidente considero, en mi criterio, como enseñanza fidedigna la que provenga de la “escuela de la respiración de Itsuo Tsuda”, lo que tampoco tiene que ser de su exclusividad.

Pese a ello es posible que parezca parcial, pero mi interés está en que las nuevas generaciones practiquen lo que en verdad es el Katsugen Undo. Diría lo mismo de cualquier otra clase de práctica, pues ya poco queda de la pureza de las cosas; las mezclas y las distorsiones las desnaturalizan. Por eso lo que sigue es una pequeña guía orientativa para los principiantes.

INDUCCIÓN DEL MOVIMIENTO. La inducción del movimiento (Katsugen Undo) consiste en tres respiraciones repentinas (las cuales no explicaré aquí), más o menos bruscas, que inducen al sistema motor extrapiramidal a reaccionar ante lo que podría ser una anomalía, aunque no lo es.

Error: no hacer la inducción, pasando directamente a moverse “voluntariamente”. En este caso no se aprecia un cambio del hacer al “no hacer” o actividad autónoma.

ACTIVIDAD AUTÓNOMA. Después de la inducción, lo primero que surge son bostezos, lagrimeo, moqueo, eructos, etc. Estos son los más sutiles y esenciales movimientos involuntarios.

Error: ausencia o carencia de actividad autónoma. Da la impresión de que nada haya ocurrido aparte de moverse sin ton ni son, tal vez con algún bostezo aburrido y puntual. Hablar, abrir los ojos, fingir movimientos, etc., son cosas ajenas a dicha actividad.

MOVIMIENTOS INVOLUNTARIOS. Tras la inducción son leves en su mayor parte, aunque más notables en un reducido número de casos o si el cuerpo lo demanda. Cada movimiento es algo muy sutil que precisa de la no intervención (no hacer) de la voluntad.

Error: hacer movimientos exagerados, rebuscados y, sin duda, voluntarios, algunos violentos; a veces nos recuerdan a una especie de mímica o coreografía posiblemente espontánea, pero a nivel imaginativo, no corporal. Es decir, que uno hace lo que le dicta su imaginación (no su cuerpo) bajo el pretexto de la espontaneidad.

POSTURA. El movimiento se favorece adoptando una postura NO rígida que no bloquee el movimiento involuntario. Sentados, pueden cruzarse las piernas o adoptarse la postura tradicional japonesa, seiza.

Error: adoptar posturas inadecuadas, tipo Yoga, o también la postura erguida, que bloqueen el movimiento espontáneo, pero no el voluntario. La postura rígida, por otra parte, favorece que los movimientos voluntarios (imaginados) sustituyan a los involuntarios.

FINALIZAR EL MOVIMIENTO. Se finaliza el movimiento con tres respiraciones profundas, realizadas de una manera específica. Luego, es necesario reposar sin moverse o mejor aún tendidos boca arriba con el fin de adaptarnos al estado normal habitual.

Error: dejar de moverse simplemente y hablar, levantarse o realizar cualquier actividad cotidiana de inmediato.

REACCIONES. Se atraviesan tres etapas al principio que más tarde se repiten de forma continuada. La primera es de relajación. Uno puede sentirse adormecido, por supuesto relajado; se pierde un poco de apetito, se acusa más el frío, etc.

La siguiente etapa es de sensibilización; la piel se vuelve más sensible y pueden surgir molestias, dolores e incluso fiebre e inestabilidad emocional, etc. Esta es una etapa que, al contrario que la anterior, puede ser desagradable porque es el momento en el que el cuerpo se está sensibilizando y recuperando su equilibrio normal.

La tercera etapa es de eliminación o evacuación. El cuerpo, debido a la mejora de la actividad involuntaria, elimina toxinas y eso incluye las tensiones físicas que han quedado pendientes de eliminar y también las emocionales. Así, las funciones de excreción se intensifican y se presentan algunos cambios en la piel. Se producen diarreas, mucosidades e incluso se da el caso de, si existen, eliminar cálculos, tanto biliares como renales. Esta etapa puede ser también poco agradable, pero es aquella con la cual mejor nos sentimos una vez ha finalizado.

Error: desconocer estas etapas o no experimentarlas debido a la falta de actividad autónoma intensa durante la práctica. Pero en ese caso, a pesar de que tales etapas las experimenta cualquier persona en algún grado (sin saberlo), no se recuperará el nivel de sensibilidad y reacción adecuado.

CONTRAINDICACIONES. El movimiento no debe ser practicado por personas moribundas, ni en el caso de mujeres hasta una vez cerrada la pelvis después de un parto. Es mejor ser cautelosos o no practicar si se tiene un órgano trasplantado, un implante importante tal como un marcapasos, elementos de los que dependa la vida, ya que el organismo tiende a rechazar los elementos extraños, si bien en los casos “no críticos” se puede experimentar una adaptación “drástica” como al empezar a fumar, lo cual no es nada preocupante.

Error: no tener esto en cuenta tanto si la inducción es correcta como no.

Por otra parte, de los movimientos (incorrectos) voluntarios pueden surgir problemas si son bruscos o exagerados, habiéndose realizado la inducción. Puede perjudicar a las vértebras. Si resulta una mímica violenta incluso podría favorecer una hemorragia cerebral (dependiendo de otros factores).

TERAPIA. El Katsugen Undo NO es una terapia de ninguna clase. Es la actividad natural del organismo, nada más. Lo único que hacemos es recuperar el nivel de esa actividad, recuperar el grado óptimo de sensibilidad y equilibrio.

Error: enfocarlo hacia la terapia como instructor o pretender ser curado de una dolencia como practicante del movimiento. Naturalmente, se producen cambios que indican que hemos superado un desequilibrio. La actividad natural de la vida no puede ser una terapia de la vida, sino la vida misma.

Pretender que la práctica sirva para adelgazar, dormir mejor, mejorar el rendimiento deportivo, curar lo que sea, etc., distorsiona el sentido de la práctica y en algunos casos, cuando esta se hace arbitrariamente, la deshonra. Distinto es asentir en que aporta grandes beneficios, pero el practicante no debe dispersar su mente pensando en ellos o justificando su práctica a través de ellos.

APRENDIZAJE. Dado que se trata de la actividad normal del organismo, es sencillo aprender la técnica en relativamente poco tiempo. Pero entenderlo al punto de hacerlo bien puede llevar incluso años. Más todavía, sentir el cielo puro o Tenshin, es decir, que encontrarse mal o bien son temores o ideales que nada tienen que ver con una realidad de fluctuaciones naturales. Eso supone también sentir la vida plena o Zensei.

Error: creer que con observar la técnica y practicarla una o dos veces uno ya es un maestro consumado, sin pasar por las etapas que he mencionado y sin atravesar la barrera, a veces desagradable, de un organismo que reacciona con rapidez y autonomía.

Personalmente cuento con un número reducido de alumnos y si he de enseñar algo quiero que eso sea auténtico. Quizá sea por esa razón que la mayoría de personas que comienzan la práctica correcta la abandonen cuando se dan cuenta de que no ofreces nada más que lo que “es”. Es posible que se sientan más atraídas por otros puntos de vista aunque sean equivocados.