Es interesante comprender la palabra Ki. De ella derivan conjunciones lingüísticas en la cultura japonesa (más intuitiva que conceptual) que indican cómo el Ki se manifiesta en el ser humano, en su vida cotidiana.
Así, cuando se siente que alguien tiene buen Ki, esto es Kimochi ga ii. Igualmente sentimos que alguien tiene mal Ki y en ocasiones nos encontramos con personas que nos irritan o que incluso nos resultan repelentes.
Por el contrario, sentimos que algunas personas nos agradan o nos atraen, sin explicación alguna; eso es Ki ni naru. O simplemente puede ocurrir que el Ki de dos o más personas coincida, por eso se dice que estamos en la misma onda, hablamos de Ki ga au, aunque sea poco frecuente.
Otras veces uno se siente sin fuerzas, sin coraje, sin temple, para hacer algo o resolver alguna cuestión, entonces es Ki ga shinai. Se puede decir que el Ki se halla disperso, pero también se halla concentrado otras veces, de lo cual se dice que es Ki o Komeru.
El Ki cohesiona la vida y todo lo que a ella concierne. Por ejemplo, si un terapeuta trata a alguien y no lo toca con sus manos, no habrá evidencias de que se haya iniciado un proceso de recuperación.
Si tocar es importante no lo es menos el “dar”. Dar, regalar, es algo que casi pertenece a un pasado remoto, pero el éxito en la terapia depende de que el médico sea capaz de dar algo de sí. Eso no significa que no tenga que cobrar (basta con no abusar), pero puede dar Ki, lo que se expresa en su intención.
Si se hace un favor a alguien sopesando los pro y contra de hacerlo o no hacerlo, no es igual que si se hace espontáneamente. Pero esa espontaneidad o su falta son percibidas por quien recibe el favor. Lo que varía es el sentimiento, el cual no es otra cosa que Ki y este fluye o se atasca, lo que se manifiesta en la sensación. ¡Sentir! Ese rebelde que nos enseña cómo es la vida.
Sentir es vivir, podría decirse, pero es indispensable abandonar los razonamientos que se opongan a la naturaleza. El Ki es el que va en su misma dirección y debe fluir en toda circunstancia, per ¿aceptamos el sentir? Caminamos erguidos y nos apoyamos en un tercer punto para poder hacerlo, siendo esta la diferencia principal con otros mamíferos.
Eso posibilita que la energía vital, el Ki ascienda y que con el paso del tiempo todo se sitúe en un plano casi exclusivamente intelectual. Aun así, si escuchamos la naturaleza que hay en nosotros, veremos que sigue ahí y que aún somos seres que sienten.
Del mar, por ejemplo, pueden hablar los oceanógrafos, decir sobre su composición química, salinidad, fauna, etc., pero al que se zambulle en el mar no le interesan estas cosas, le basta con sentir el agua fresca o caliente, deliciosa. El Ki está presente en el que así la siente, de una forma u otra, y en el mar. En todos, en todo.
domingo, 14 de febrero de 2016
viernes, 29 de enero de 2016
Templo de Shizen-ji
Hoy he ido una vez más al Templo de Shizen-ji. Allí me he encontrado de nuevo con los mejores y más sabios maestros del mundo de todas las épocas. Lo saben absolutamente todo. Claro que no me dejan hablar, únicamente mirar y escuchar.
Me ha recibido el abad del templo, como siempre hace, con abrazos, y luego me ha invitado a sentarme. Todos me han dado la bienvenida, obsequiándome con algunas melodías y fragancias, así como con las mejores vistas, tal como es la costumbre.
Al final ha llegado el momento de marcharme, sintiendo la nostalgia de regresar pronto, pero me he ido muy satisfecho con todo lo aprendido y me he llevado un regalo de despedida: "la paz conmigo mismo.
El abad del templo no ha dejado de mirarme en ningún momento hasta que he subido al coche y me he alejado. Lo único que me ha dicho ha sido: "no te olvides de que eres uno de nosotros".
El abad es un árbol a cuyo tronco siempre me abrazo, al llegar y al marcharme. La asamblea de maestros está formada por árboles, matorrales, piedras, rocas, tierra, agua, pájaros, visones, peces, ardillas, ranas, tejedores, hormigas, abejas y un largo etcétera.
Todos ellos forman parte de la natura (Shizen), la cual es el único y verdadero templo (Ji), según me revelaron hace mucho tiempo, y todos han sido graduados en la única universidad autorizada: "La Universidad de la Vida".
Me ha recibido el abad del templo, como siempre hace, con abrazos, y luego me ha invitado a sentarme. Todos me han dado la bienvenida, obsequiándome con algunas melodías y fragancias, así como con las mejores vistas, tal como es la costumbre.
Al final ha llegado el momento de marcharme, sintiendo la nostalgia de regresar pronto, pero me he ido muy satisfecho con todo lo aprendido y me he llevado un regalo de despedida: "la paz conmigo mismo.
El abad del templo no ha dejado de mirarme en ningún momento hasta que he subido al coche y me he alejado. Lo único que me ha dicho ha sido: "no te olvides de que eres uno de nosotros".
El abad es un árbol a cuyo tronco siempre me abrazo, al llegar y al marcharme. La asamblea de maestros está formada por árboles, matorrales, piedras, rocas, tierra, agua, pájaros, visones, peces, ardillas, ranas, tejedores, hormigas, abejas y un largo etcétera.
Todos ellos forman parte de la natura (Shizen), la cual es el único y verdadero templo (Ji), según me revelaron hace mucho tiempo, y todos han sido graduados en la única universidad autorizada: "La Universidad de la Vida".
domingo, 24 de enero de 2016
Tiempos de soma
Desde que Aldous Huxley escribiera su “mundo feliz” han corrido muchos vientos, y todo parece indicar que su pronóstico sobre las generaciones posteriores de ese mundo feliz ha prosperado más de lo imaginado. Pero lo que más ha prosperado es el soma, el delicioso soma, como Huxley lo alude en su novela.
Cuando por las noches me da por reflexionar (brevemente, eso sí), me vienen recuerdos de la novela, recuerdos que se condensan en esta frase: “Ingerida media hora antes del cierre, aquella segunda dosis de soma había levantado un muro impenetrable entre el mundo real y sus mentes”.
Ese muro es el refugio, la huida, la trampa, y el hombre se refugia, huye, cae en la trampa, se esconde para no ser visto por sí mismo. El muro forma parte de una serie de claves para que los hombres mediocres, dependientes de ficciones, esclavos de sus mentes, esbirros del inconsciente colectivo, sonámbulos de la noche, germinen. ¿Acaso no es este un mundo ya sin vitalidad? Y sin vergüenza, qué duda cabe. Sin escrúpulos, sin sentido, sin criterio, sin dignidad de ningún tipo, sin... en fin, me voy de este párrafo para no sulfurarme más. Aunque ya no lo hago más que en las tintas.
Un hecho indiscutible es que los seres humanos necesitamos depositar nuestras más caras ilusiones en un lugar seguro, pero ¿y si no lo hay? Muchos piensan que no, por eso dejan sus ilusiones a la intemperie, pero no son más que eso, ilusiones. Y estas se exaltan con profusos, incontabilísimos gramos de soma.
Eso es lo que ocurre, mentes que se enaltecen con la falta de realidad y de sí mismos, pero el sí mismo es lo interior, el pilar central que falla o que es inexistente en tantas y tantas personas. Del sí mismo, solo queda la euforia; la diversión y el olvido en el mejor de los casos. Pero uno ríe hasta que llora cuando la euforia se marcha.
El soma de la vida real se compone de muchas cosas que están dirigidas a anular los sentidos, la consciencia, pero cuenta con el favor de las trampas psicológicas, los autoengaños, la ganancia secundaria, pero inconsciente, de ser diestro en que lo peor de uno mismo quede como lo mejor, llamando la atención, a veces con orgullo. Otras veces con bellas palabras que el ego sabe adaptar a su modus vivendi con un único fin: no cambiar el modo.
Mucho se puede decir de tantas cosas, que giran alrededor del analfabetismo consentido de nuestro tiempo en contraste con el mal visto de antaño. ¿Para qué leer? O preocuparse de cultivar el conocimiento y sobre todo el autoconocimiento. El cerebro se aletarga en el lecho de la comodidad que despide aroma a soma. El diálogo interno se presta a todo menos a la sinceridad en cuanto a qué realidad estamos viviendo.
Pensamos que la realidad está siempre equivocada, que la correcta es la que arde en la mente de uno. Pues bien, ¿quién va a convencer a quién de que no está falseando su vida? ¿Con qué argumentos triviales? Pero en la cima de la ficción está el monarca indiscutible de la eliminación del sentido, la consciencia y la razón, el líder absoluto de la felicidad más indigna: las drogas o el alcoholismo.
Esa felicidad viene sin criterio, sin mérito, con fugacidad y llama a la puerta para mentir y dar muletas a quienes no saben caminar con pensamiento claro, ni saben que existen por sí mismos. Pero las muletas traen excusas, tal vez el clásico “yo controlo”. ¿Qué? Es como si el fuego controlase el calor. Pero ni siquiera la mente puede controlarse a sí misma, mucho menos con algo que la inflame, siendo que casi siempre está al borde del estallido.
Fuera del clásico, hay otras excusas, algunas son deducciones geniales con pinta algebraica, como “el veneno está en la dosis”. Pero ¿cuál es la dosis? ¿Cuál es la que hace falta para que alguien se exalte en estado medio catatónico, en la fiesta química de la felicidad? También está la excusa de “solo se vive una vez”, y no es cierto. Pero, aunque lo fuera, ¿puede alguien relacionar la felicidad con la imagen de sí mismo que nunca logra ver estando sobrio?
Me apena describirla, pero más me apena que un cuerpo inocente tenga que implicarse en ello. Ojeras quemadas, rostro desencajado, memoria transitoriamente suprimida, alaridos, ojos que hierven en rojo y sin poder fijar la mirada, euforia de pura bestia. En fin, un cerebro sometido a una tortura que aparenta ser un orgasmo. Y lo peor, que ya no sabemos a quién tenemos delante, ¿hay alguien que tome té caliente y vacíe su cabeza? Oh no, hay soma para todos, aunque luego no se pueda ni comprar pan. Pero a la hora de pagar, antes al camello que al panadero.
¿Serviría de algo decir que el cerebro es el conductor del carruaje? No creo que sirva de nada, pero las neuronas no tienen recambio y cuando comienzan a fallar no lo sabe el interesado, nunca lo sabrá. Jamás ningún ladrón se ha tenido por ladrón, ningún verdadero santo por santo, ninguno demonio por demonio. Fue la primera condición del ego cuando empezó a formarse y por eso el pensamiento nos dice: piensa, no observes, nos dice también: conviértete en lo que piensas, en lo que temes. O en lo que te hace olvidar que no sabes vivir.
Me pregunto qué pasa en la lucha contra las drogas y pasa lo mismo que con el analfabetismo, nunca se conoce la línea que divide la contienda y lo consentido. No en vano, bien sabe el diablo hacer ver que no existe o que es él mismo quien más odia al diablo. Pero así somos los civilizados, nos gustan muchas cosas, menos tener la mente despejada; obliga a la verdad. Pero hay verdades aterradoras, he visto morir o llegar a la demencia a personas cercanas a mí y no paro de contar.
Sin embargo, el soma es como un octópodo cuyos tentáculos inmovilizan al hombre por todas partes. También los hay refugiados en elixires de mejor lírica que las drogas duras, por ejemplo los analgésicos, los calmantes o cualquier cosa que ayude a afrontarlo todo, que dé apoyo y que sustituya la vida que clama en nuestro interior, que anule la inteligencia del cuerpo y empañe el alma y la consciencia.
Contemplar una montaña, un árbol, una nube o saltar a la comba ya no sirve, tampoco disfrutar de la actividad, del deporte, del trabajo. Todo y todos somos maquinaría, y como punto y seguido a lo anterior el soma alcanza al estómago y al sexo. ¿Dónde queda el hambre que antaño hacía disfrutar de ambas cosas cuando era el momento? En ninguna parte, le hemos dado la vuelta a todo y solo para huir. A todas horas y en cantidades indigeribles. Es como si dijéramos, por cada gramo de dolor uno de placer, pero es de soma.
Y no van a dejar de soplar jamás los vientos que traen semillas de adormidera. Ya casi han desaparecido los juegos presenciales entre niños, las conversaciones mirando a los ojos, la literatura, los trabajos manuales. Los rebaños caminan entre fangos virtuales, siguiendo la brújula del teléfono móvil, escuchando la prosa hipnótica de la televisión, con la fe puesta en que el mundo marcha bien, que el hombre evoluciona, que la tecnología vela por nuestro ser, etc. Anular los sentidos es ya de tiempos prodigiosos y felices, de toneladas de soma.
Cuando por las noches me da por reflexionar (brevemente, eso sí), me vienen recuerdos de la novela, recuerdos que se condensan en esta frase: “Ingerida media hora antes del cierre, aquella segunda dosis de soma había levantado un muro impenetrable entre el mundo real y sus mentes”.
Ese muro es el refugio, la huida, la trampa, y el hombre se refugia, huye, cae en la trampa, se esconde para no ser visto por sí mismo. El muro forma parte de una serie de claves para que los hombres mediocres, dependientes de ficciones, esclavos de sus mentes, esbirros del inconsciente colectivo, sonámbulos de la noche, germinen. ¿Acaso no es este un mundo ya sin vitalidad? Y sin vergüenza, qué duda cabe. Sin escrúpulos, sin sentido, sin criterio, sin dignidad de ningún tipo, sin... en fin, me voy de este párrafo para no sulfurarme más. Aunque ya no lo hago más que en las tintas.
Un hecho indiscutible es que los seres humanos necesitamos depositar nuestras más caras ilusiones en un lugar seguro, pero ¿y si no lo hay? Muchos piensan que no, por eso dejan sus ilusiones a la intemperie, pero no son más que eso, ilusiones. Y estas se exaltan con profusos, incontabilísimos gramos de soma.
Eso es lo que ocurre, mentes que se enaltecen con la falta de realidad y de sí mismos, pero el sí mismo es lo interior, el pilar central que falla o que es inexistente en tantas y tantas personas. Del sí mismo, solo queda la euforia; la diversión y el olvido en el mejor de los casos. Pero uno ríe hasta que llora cuando la euforia se marcha.
El soma de la vida real se compone de muchas cosas que están dirigidas a anular los sentidos, la consciencia, pero cuenta con el favor de las trampas psicológicas, los autoengaños, la ganancia secundaria, pero inconsciente, de ser diestro en que lo peor de uno mismo quede como lo mejor, llamando la atención, a veces con orgullo. Otras veces con bellas palabras que el ego sabe adaptar a su modus vivendi con un único fin: no cambiar el modo.
Mucho se puede decir de tantas cosas, que giran alrededor del analfabetismo consentido de nuestro tiempo en contraste con el mal visto de antaño. ¿Para qué leer? O preocuparse de cultivar el conocimiento y sobre todo el autoconocimiento. El cerebro se aletarga en el lecho de la comodidad que despide aroma a soma. El diálogo interno se presta a todo menos a la sinceridad en cuanto a qué realidad estamos viviendo.
Pensamos que la realidad está siempre equivocada, que la correcta es la que arde en la mente de uno. Pues bien, ¿quién va a convencer a quién de que no está falseando su vida? ¿Con qué argumentos triviales? Pero en la cima de la ficción está el monarca indiscutible de la eliminación del sentido, la consciencia y la razón, el líder absoluto de la felicidad más indigna: las drogas o el alcoholismo.
Esa felicidad viene sin criterio, sin mérito, con fugacidad y llama a la puerta para mentir y dar muletas a quienes no saben caminar con pensamiento claro, ni saben que existen por sí mismos. Pero las muletas traen excusas, tal vez el clásico “yo controlo”. ¿Qué? Es como si el fuego controlase el calor. Pero ni siquiera la mente puede controlarse a sí misma, mucho menos con algo que la inflame, siendo que casi siempre está al borde del estallido.
Fuera del clásico, hay otras excusas, algunas son deducciones geniales con pinta algebraica, como “el veneno está en la dosis”. Pero ¿cuál es la dosis? ¿Cuál es la que hace falta para que alguien se exalte en estado medio catatónico, en la fiesta química de la felicidad? También está la excusa de “solo se vive una vez”, y no es cierto. Pero, aunque lo fuera, ¿puede alguien relacionar la felicidad con la imagen de sí mismo que nunca logra ver estando sobrio?
Me apena describirla, pero más me apena que un cuerpo inocente tenga que implicarse en ello. Ojeras quemadas, rostro desencajado, memoria transitoriamente suprimida, alaridos, ojos que hierven en rojo y sin poder fijar la mirada, euforia de pura bestia. En fin, un cerebro sometido a una tortura que aparenta ser un orgasmo. Y lo peor, que ya no sabemos a quién tenemos delante, ¿hay alguien que tome té caliente y vacíe su cabeza? Oh no, hay soma para todos, aunque luego no se pueda ni comprar pan. Pero a la hora de pagar, antes al camello que al panadero.
¿Serviría de algo decir que el cerebro es el conductor del carruaje? No creo que sirva de nada, pero las neuronas no tienen recambio y cuando comienzan a fallar no lo sabe el interesado, nunca lo sabrá. Jamás ningún ladrón se ha tenido por ladrón, ningún verdadero santo por santo, ninguno demonio por demonio. Fue la primera condición del ego cuando empezó a formarse y por eso el pensamiento nos dice: piensa, no observes, nos dice también: conviértete en lo que piensas, en lo que temes. O en lo que te hace olvidar que no sabes vivir.
Me pregunto qué pasa en la lucha contra las drogas y pasa lo mismo que con el analfabetismo, nunca se conoce la línea que divide la contienda y lo consentido. No en vano, bien sabe el diablo hacer ver que no existe o que es él mismo quien más odia al diablo. Pero así somos los civilizados, nos gustan muchas cosas, menos tener la mente despejada; obliga a la verdad. Pero hay verdades aterradoras, he visto morir o llegar a la demencia a personas cercanas a mí y no paro de contar.
Sin embargo, el soma es como un octópodo cuyos tentáculos inmovilizan al hombre por todas partes. También los hay refugiados en elixires de mejor lírica que las drogas duras, por ejemplo los analgésicos, los calmantes o cualquier cosa que ayude a afrontarlo todo, que dé apoyo y que sustituya la vida que clama en nuestro interior, que anule la inteligencia del cuerpo y empañe el alma y la consciencia.
Contemplar una montaña, un árbol, una nube o saltar a la comba ya no sirve, tampoco disfrutar de la actividad, del deporte, del trabajo. Todo y todos somos maquinaría, y como punto y seguido a lo anterior el soma alcanza al estómago y al sexo. ¿Dónde queda el hambre que antaño hacía disfrutar de ambas cosas cuando era el momento? En ninguna parte, le hemos dado la vuelta a todo y solo para huir. A todas horas y en cantidades indigeribles. Es como si dijéramos, por cada gramo de dolor uno de placer, pero es de soma.
Y no van a dejar de soplar jamás los vientos que traen semillas de adormidera. Ya casi han desaparecido los juegos presenciales entre niños, las conversaciones mirando a los ojos, la literatura, los trabajos manuales. Los rebaños caminan entre fangos virtuales, siguiendo la brújula del teléfono móvil, escuchando la prosa hipnótica de la televisión, con la fe puesta en que el mundo marcha bien, que el hombre evoluciona, que la tecnología vela por nuestro ser, etc. Anular los sentidos es ya de tiempos prodigiosos y felices, de toneladas de soma.
domingo, 27 de diciembre de 2015
¿Por qué soy un hombre libre?
No me identifico con nada, no soy nada, no soy nadie, pero soy todo. No juzgo, observo, sobre todo no juzgo mi situación de vida, actúo sobre ella. No tengo miedo, no tomo en serio lo que pienso ni lo que piensan los demás. No creo en la vejez ni en la muerte, ni seré jamás un muerto ¿viviente? Me comporto como el agua, no me enfrento a nada, nada puede atentar contra mí.
Mi soberanía es interior, no exterior.
Una virtud: mi sed de conocimiento.
El mayor prodigio: el autoconocimiento.
El gran milagro: la experiencia de que todo, todo, es pura ilusión.
La magia: reírme de todo lo que parece serio.
Mi poder: el vacío de donde surgen las formas.
Mi genialidad: la naturalidad.
Mi soberanía es interior, no exterior.
Una virtud: mi sed de conocimiento.
El mayor prodigio: el autoconocimiento.
El gran milagro: la experiencia de que todo, todo, es pura ilusión.
La magia: reírme de todo lo que parece serio.
Mi poder: el vacío de donde surgen las formas.
Mi genialidad: la naturalidad.
domingo, 13 de diciembre de 2015
Ser humano, ¿un mito?
“No somos el que cruza un puente, sino el puente hacia la consciencia”
Por mucha realidad que se quiera dar a esa idea, la de ser humano, seguirá siendo solo eso, una idea. Humano es un sustantivo, no un verbo que pueda hacer de nosotros "humanos". Y da retumbo que la palabra humano contenga valores esenciales como afecto, comprensión y sobre todo compasión. Pero no son más que elementos semánticos a la vista de cómo se desarrolla la vida en la Tierra.
Por otra parte, está el comportamiento de racionalizar, lo que dilata el sustantivo, tal como se define en el término Homo Sapiens, del cual se dice que es una evolución de los hominoideos o primates sin cola. Pero si hiciésemos un balance de nuestro contenido mental, de nuestras arrogancias, comportamientos y miedos, veríamos que la palabra evolución podría ser un mito, y también la definición de humano.
Sin embargo, el hombre ha alcanzado un nivel de complejidad y pensamiento abstracto que no le aporta el bienestar al que aspira. Aunque es un creador, debido a ese pensamiento, de nuevas realidades, lo imaginario no se distingue de lo real. Hay ventajas y desventajas con respecto a otras especies, pero se reniega de las primeras. Por ejemplo; la capacidad de adaptación y la consciencia que media en la psique y que alcanza lo espiritual.
El ser humano es el animal que más desarrollada tiene su autonomía (sistema motor autónomo) que más capacidad de adaptación posee. Sin embargo, hemos creado un sistema de salud, un estilo de vida, una sintaxis, que favorecen que la energía se bloquee tal como si hiciésemos un nudo en una manguera de agua, de modo que la mente se vuelve más compleja, autoritaria, temerosa y egocéntrica.
En cuestión de salud (física), el hombre tiene que buscarla, al contrario que otros seres vivos, para quienes salud y vida son la misma cosa. En cuestión de nutrición, las vitaminas, proteínas, minerales, etc., es lo que le importa, no la energía vital de los alimentos. En general, para gozar de una buena salud tiene que esforzarse, sin llegar a lograrlo jamás. Es además inconsciente de las capacidades de su cuerpo.
En lo que concierne a lo espiritual, el ser humano es igualmente inconsciente, de modo que, el desarrollo cerebral y la intensa actividad mental, están descompensadas en detrimento de su evolución como raza (humana). La consciencia se limita pues al hecho de saber que vamos a morir en contraposición a otras especies de las que afirmamos que no lo saben. Pero, ¿cómo sabemos que no lo saben? El caso es que en esta y en otras cuestiones, siempre sabemos lo que piensan y desean los demás, cuánto ni menos las especies que suponemos inferiores.
Otra característica en el orden de lo espiritual es que creemos en la supervivencia a la muerte, pero si nos preguntásemos cómo va a ser esa nueva vida, no habría respuesta novedosa, sino la mera fantasía de una réplica de esta vida en la Tierra. Una vida, sin trascender el bien y el mal, como las mismas verdades y mentiras, cielos e infiernos, con el deseo demente de mandar o acaparar, con los mismos juicios, idéntico enfrentamiento y análoga violencia.
No obstante, se excluye el sufrimiento, porque uno cree merecer el cielo; los enemigos el infierno, claro está. Eso da lugar a que los más progresistas no crean ni siquiera en la supervivencia, lo cual es como un salvoconducto para permitirse el mal, el que por otra parte parece ser más rentable, más cuanta menos inteligencia, más cuanta menos consciencia.
Ni unos ni otros, mandan en el Universo. Ni unos ni otros saben quiénes son, y si se hiciera la tentativa experimental de reducirse a vivir con lo que uno es, sin aditivos, sin abstracciones, caería en la cuenta de que humano es una condición experimental, de las pocas ventajas reales que nos sitúan por encima de otras especies.
En efecto, la condición humana es una transición, pero ¿hacia dónde? Hacia ser, tan solo eso. Mientras uno no sea (absolutamente consciente de sí mismo) ni utilice su condición humana para tal experiencia, ser humano seguirá siendo un mito. Y sonará un poco absurdo, incluso desdeñoso, pero la vida que hemos creado, entre arrogancias, es un sueño tan profundo que cuesta despertar. Más cuanto más toma la forma de pesadilla, al contrario que en un sueño ordinario.
El mundo (humano) padece hoy de un extremado desaliento, que entre otros síntomas se manifiesta por una desaforada información y desinformación, a la vez, en una búsqueda inútil de la salud, la felicidad, la paz. Ya casi nadie está seguro de sí mismo, ni mucho menos del medio en que transcurre su vida, ni siquiera sabe qué es mejor o peor, ni si sueña o no; se deja llevar por quien ni siquiera sabe de su existencia, a través de ideas y reglas que la vida no comprende y que es lógico que no comprenda, porque la vida que se nos ofrece es una vida imaginaria.

Sin embargo, hay personas despiertas o que están empezando a desperezarse. También a ellas les alcanza la frustración por querer despertar a sus congéneres. Una historia Zen lo viene a explicar de esta manera: imagina que vas en un barco, el cual se ve envuelto en una tempestad, encalla y empieza naufragar; hay gritos, desesperación, dolor, terror. Pero de repente te despiertas en medio de la noche, sudando, y sientes un alivio enorme por darte cuenta de que todo ha sido una pesadilla.
Por mucha realidad que se quiera dar a esa idea, la de ser humano, seguirá siendo solo eso, una idea. Humano es un sustantivo, no un verbo que pueda hacer de nosotros "humanos". Y da retumbo que la palabra humano contenga valores esenciales como afecto, comprensión y sobre todo compasión. Pero no son más que elementos semánticos a la vista de cómo se desarrolla la vida en la Tierra.
Por otra parte, está el comportamiento de racionalizar, lo que dilata el sustantivo, tal como se define en el término Homo Sapiens, del cual se dice que es una evolución de los hominoideos o primates sin cola. Pero si hiciésemos un balance de nuestro contenido mental, de nuestras arrogancias, comportamientos y miedos, veríamos que la palabra evolución podría ser un mito, y también la definición de humano.
Sin embargo, el hombre ha alcanzado un nivel de complejidad y pensamiento abstracto que no le aporta el bienestar al que aspira. Aunque es un creador, debido a ese pensamiento, de nuevas realidades, lo imaginario no se distingue de lo real. Hay ventajas y desventajas con respecto a otras especies, pero se reniega de las primeras. Por ejemplo; la capacidad de adaptación y la consciencia que media en la psique y que alcanza lo espiritual.
El ser humano es el animal que más desarrollada tiene su autonomía (sistema motor autónomo) que más capacidad de adaptación posee. Sin embargo, hemos creado un sistema de salud, un estilo de vida, una sintaxis, que favorecen que la energía se bloquee tal como si hiciésemos un nudo en una manguera de agua, de modo que la mente se vuelve más compleja, autoritaria, temerosa y egocéntrica.
En cuestión de salud (física), el hombre tiene que buscarla, al contrario que otros seres vivos, para quienes salud y vida son la misma cosa. En cuestión de nutrición, las vitaminas, proteínas, minerales, etc., es lo que le importa, no la energía vital de los alimentos. En general, para gozar de una buena salud tiene que esforzarse, sin llegar a lograrlo jamás. Es además inconsciente de las capacidades de su cuerpo.
En lo que concierne a lo espiritual, el ser humano es igualmente inconsciente, de modo que, el desarrollo cerebral y la intensa actividad mental, están descompensadas en detrimento de su evolución como raza (humana). La consciencia se limita pues al hecho de saber que vamos a morir en contraposición a otras especies de las que afirmamos que no lo saben. Pero, ¿cómo sabemos que no lo saben? El caso es que en esta y en otras cuestiones, siempre sabemos lo que piensan y desean los demás, cuánto ni menos las especies que suponemos inferiores.
Otra característica en el orden de lo espiritual es que creemos en la supervivencia a la muerte, pero si nos preguntásemos cómo va a ser esa nueva vida, no habría respuesta novedosa, sino la mera fantasía de una réplica de esta vida en la Tierra. Una vida, sin trascender el bien y el mal, como las mismas verdades y mentiras, cielos e infiernos, con el deseo demente de mandar o acaparar, con los mismos juicios, idéntico enfrentamiento y análoga violencia.
No obstante, se excluye el sufrimiento, porque uno cree merecer el cielo; los enemigos el infierno, claro está. Eso da lugar a que los más progresistas no crean ni siquiera en la supervivencia, lo cual es como un salvoconducto para permitirse el mal, el que por otra parte parece ser más rentable, más cuanta menos inteligencia, más cuanta menos consciencia.
Ni unos ni otros, mandan en el Universo. Ni unos ni otros saben quiénes son, y si se hiciera la tentativa experimental de reducirse a vivir con lo que uno es, sin aditivos, sin abstracciones, caería en la cuenta de que humano es una condición experimental, de las pocas ventajas reales que nos sitúan por encima de otras especies.
En efecto, la condición humana es una transición, pero ¿hacia dónde? Hacia ser, tan solo eso. Mientras uno no sea (absolutamente consciente de sí mismo) ni utilice su condición humana para tal experiencia, ser humano seguirá siendo un mito. Y sonará un poco absurdo, incluso desdeñoso, pero la vida que hemos creado, entre arrogancias, es un sueño tan profundo que cuesta despertar. Más cuanto más toma la forma de pesadilla, al contrario que en un sueño ordinario.
El mundo (humano) padece hoy de un extremado desaliento, que entre otros síntomas se manifiesta por una desaforada información y desinformación, a la vez, en una búsqueda inútil de la salud, la felicidad, la paz. Ya casi nadie está seguro de sí mismo, ni mucho menos del medio en que transcurre su vida, ni siquiera sabe qué es mejor o peor, ni si sueña o no; se deja llevar por quien ni siquiera sabe de su existencia, a través de ideas y reglas que la vida no comprende y que es lógico que no comprenda, porque la vida que se nos ofrece es una vida imaginaria.

Sin embargo, hay personas despiertas o que están empezando a desperezarse. También a ellas les alcanza la frustración por querer despertar a sus congéneres. Una historia Zen lo viene a explicar de esta manera: imagina que vas en un barco, el cual se ve envuelto en una tempestad, encalla y empieza naufragar; hay gritos, desesperación, dolor, terror. Pero de repente te despiertas en medio de la noche, sudando, y sientes un alivio enorme por darte cuenta de que todo ha sido una pesadilla.
La felicidad que sientes no tiene punto de comparación con nada, tanto es así que quieres avisar a las personas de tu sueño para que despierten, pero no puedes hacerlo. A pesar de que no te es posible hacerlo, puedes caer en la tentación de creer que sí puedes, y con ello corres el riesgo de volver a dormirte y reanudar el sueño. En cambio, sí puedes informar de que todo ha sido un sueño a quienes sienten que así es y te preguntan. Pero volvamos a la consciencia.
Permanecer en los extremos es un narcótico que fortifica la inconsciencia. Por eso, para poder ser-humano se necesita una única cosa: la compasión. Esta no consiste en hacer el "primo" o ser hipócritamente bueno. No puede ser practicada por la voluntad ni obviamente puede ser forzada. Surge de forma natural y espontánea, colocándose en el eje "figurado" de una rueda, cuyos radios son pensamientos derivados del amor y el odio enfrentándose entre sí.
Todo el mundo desea el amor, ser amado, pero ¿y amar? Cuando menos se da uno cuenta está odiando. Es así porque, aun cuando se esté por el amor, no se deja de juzgar, de elegir en qué radio de la rueda colocarse.
Por eso, lo que llamamos amor incondicional no se ajusta a cómo procedemos, porque el amor que proclamamos siempre tienes condiciones. Pero cuando el amor se libera de las condiciones, no elige ningún radio, sino el eje, surge su realidad inherente: la compasión.
Sirve está como barómetro para determinar si estamos siendo o no humanos, como también nos servirá el nivel de calma, serenidad, ecuanimidad, alegría sin causa, para saber por dónde andamos. Pero no hay que calcularlo, resiste la tentación. Es cosa de sentir, dejando un solo esfuerzo a realizar: el de permanecer en el eje de la rueda.
Casi todo el mundo clama por un cambio, pero este es el cambio: vivir en el eje. Por supuesto que nada en la vida es más difícil que eso, pero es la vía directa a la iluminación, en términos budistas, el reino de los cielos, en boca cristiana, a codearse con el Universo, en mi propia jerga. Codearse viene a querer decir descubrir que eres eso y que no hay un puente que cruzar, que somos (humanos) el puente hacia la total consciencia.
¿Qué puedo hacer mientras los demás duermen?
1. Ser consciente de mi cuerpo, de todos sus procesos, de todas mis sensaciones.
2. Ser consciente de todas mis emociones, de todos mis pensamientos.
3. Ser consciente de todo lo que digo y hago.
4. Ser consciente de todo lo que escucho y veo.
5. No juzgar lo que ocurre en mí, pero que no quede nada por observar.
6. No juzgar lo que ocurre en el mundo, pero que nada escape a la observación.
7. No elegir (mentalmente) entre odio y amor con respecto a amigos y enemigos.
8. No juzgar un problema, una situación, un conflicto; resolverlo es muy distinto.
9. No discriminar, no hay ángeles ni demonios, solo dormidos y despiertos.
10. No regresar al sueño para despertar a nadie.
11. Saber por qué soy humano y merecerlo.
12. Y una única elección: entre risa y llanto, si los demás duermen, es mejor lo primero.
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