viernes, 29 de enero de 2016

Templo de Shizen-ji

Hoy he ido una vez más al Templo de Shizen-ji. Allí me he encontrado de nuevo con los mejores y más sabios maestros del mundo de todas las épocas. Lo saben absolutamente todo. Claro que no me dejan hablar, únicamente mirar y escuchar.

Me ha recibido el abad del templo, como siempre hace, con abrazos, y luego me ha invitado a sentarme. Todos me han dado la bienvenida, obsequiándome con algunas melodías y fragancias, así como con las mejores vistas, tal como es la costumbre.

Al final ha llegado el momento de marcharme, sintiendo la nostalgia de regresar pronto, pero me he ido muy satisfecho con todo lo aprendido y me he llevado un regalo de despedida: "la paz conmigo mismo.

El abad del templo no ha dejado de mirarme en ningún momento hasta que he subido al coche y me he alejado. Lo único que me ha dicho ha sido: "no te olvides de que eres uno de nosotros".

El abad es un árbol a cuyo tronco siempre me abrazo, al llegar y al marcharme. La asamblea de maestros está formada por árboles, matorrales, piedras, rocas, tierra, agua, pájaros, visones, peces, ardillas, ranas, tejedores, hormigas, abejas y un largo etcétera.

Todos ellos forman parte de la natura (Shizen), la cual es el único y verdadero templo (Ji), según me revelaron hace mucho tiempo, y todos han sido graduados en la única universidad autorizada: "La Universidad de la Vida".



domingo, 24 de enero de 2016

Tiempos de soma

Desde que Aldous Huxley escribiera su “mundo feliz” han corrido muchos vientos, y todo parece indicar que su pronóstico sobre las generaciones posteriores de ese mundo feliz ha prosperado más de lo imaginado. Pero lo que más ha prosperado es el soma, el delicioso soma, como Huxley lo alude en su novela.

Cuando por las noches me da por reflexionar (brevemente, eso sí), me vienen recuerdos de la novela, recuerdos que se condensan en esta frase: “Ingerida media hora antes del cierre, aquella segunda dosis de soma había levantado un muro impenetrable entre el mundo real y sus mentes”.

Ese muro es el refugio, la huida, la trampa, y el hombre se refugia, huye, cae en la trampa, se esconde para no ser visto por sí mismo. El muro forma parte de una serie de claves para que los hombres mediocres, dependientes de ficciones, esclavos de sus mentes, esbirros del inconsciente colectivo, sonámbulos de la noche, germinen. ¿Acaso no es este un mundo ya sin vitalidad? Y sin vergüenza, qué duda cabe. Sin escrúpulos, sin sentido, sin criterio, sin dignidad de ningún tipo, sin... en fin, me voy de este párrafo para no sulfurarme más. Aunque ya no lo hago más que en las tintas.

Un hecho indiscutible es que los seres humanos necesitamos depositar nuestras más caras ilusiones en un lugar seguro, pero ¿y si no lo hay? Muchos piensan que no, por eso dejan sus ilusiones a la intemperie, pero no son más que eso, ilusiones. Y estas se exaltan con profusos, incontabilísimos gramos de soma.

Eso es lo que ocurre, mentes que se enaltecen con la falta de realidad y de sí mismos, pero el sí mismo es lo interior, el pilar central que falla o que es inexistente en tantas y tantas personas. Del sí mismo, solo queda la euforia; la diversión y el olvido en el mejor de los casos. Pero uno ríe hasta que llora cuando la euforia se marcha.

El soma de la vida real se compone de muchas cosas que están dirigidas a anular los sentidos, la consciencia, pero cuenta con el favor de las trampas psicológicas, los autoengaños, la ganancia secundaria, pero inconsciente, de ser diestro en que lo peor de uno mismo quede como lo mejor, llamando la atención, a veces con orgullo. Otras veces con bellas palabras que el ego sabe adaptar a su modus vivendi con un único fin: no cambiar el modo.

Mucho se puede decir de tantas cosas, que giran alrededor del analfabetismo consentido de nuestro tiempo en contraste con el mal visto de antaño. ¿Para qué leer? O preocuparse de cultivar el conocimiento y sobre todo el autoconocimiento. El cerebro se aletarga en el lecho de la comodidad que despide aroma a soma. El diálogo interno se presta a todo menos a la sinceridad en cuanto a qué realidad estamos viviendo.

Pensamos que la realidad está siempre equivocada, que la correcta es la que arde en la mente de uno. Pues bien, ¿quién va a convencer a quién de que no está falseando su vida? ¿Con qué argumentos triviales? Pero en la cima de la ficción está el monarca indiscutible de la eliminación del sentido, la consciencia y la razón, el líder absoluto de la felicidad más indigna: las drogas o el alcoholismo.



Esa felicidad viene sin criterio, sin mérito, con fugacidad y llama a la puerta para mentir y dar muletas a quienes no saben caminar con pensamiento claro, ni saben que existen por sí mismos. Pero las muletas traen excusas, tal vez el clásico “yo controlo”. ¿Qué? Es como si el fuego controlase el calor. Pero ni siquiera la mente puede controlarse a sí misma, mucho menos con algo que la inflame, siendo que casi siempre está al borde del estallido.

Fuera del clásico, hay otras excusas, algunas son deducciones geniales con pinta algebraica, como “el veneno está en la dosis”. Pero ¿cuál es la dosis? ¿Cuál es la que hace falta para que alguien se exalte en estado medio catatónico, en la fiesta química de la felicidad? También está la excusa de “solo se vive una vez”, y no es cierto. Pero aunque lo fuera, ¿puede alguien relacionar la felicidad con la imagen de sí mismo que nunca logra ver estando sobrio?

Me apena describirla, pero más me apena que un cuerpo inocente tenga que implicarse en ello. Ojeras quemadas, rostro desencajado, memoria transitoriamente suprimida, alaridos, ojos que hierven en rojo y sin poder fijar la mirada, euforia de pura bestia. En fin, un cerebro sometido a una tortura que aparenta ser un orgasmo. Y lo peor, que ya no sabemos a quién tenemos delante, ¿hay alguien que tome té caliente y vacíe su cabeza? Oh no, hay soma para todos, aunque luego no se pueda ni comprar pan. Pero a la hora de pagar, antes al camello que al panadero.

¿Serviría de algo decir que el cerebro es el conductor del carruaje? No creo que sirva de nada, pero las neuronas no tienen recambio y cuando comienzan a fallar no lo sabe el interesado, nunca lo sabrá. Jamás ningún ladrón se ha tenido por ladrón, ningún verdadero santo por santo, ninguno demonio por demonio. Fue la primera condición del ego cuando empezó a formarse y por eso el pensamiento nos dice: piensa, no observes, nos dice también: conviértete en lo que piensas, en lo que temes. O en lo que te hace olvidar que no sabes vivir.

Me pregunto qué pasa en la lucha contra las drogas y pasa lo mismo que con el analfabetismo, nunca se conoce la línea que divide la contienda y lo consentido. No en vano, bien sabe el diablo hacer ver que no existe o que es él mismo quien más odia al diablo. Pero así somos los civilizados, nos gustan muchas cosas, menos tener la mente despejada; obliga a la verdad. Pero hay verdades aterradoras, he visto morir o llegar a la demencia a personas cercanas a mí y no paro de contar.

Sin embargo, el soma es como un octópodo cuyos tentáculos inmovilizan al hombre por todas partes. También los hay refugiados en elixires de mejor lírica que las drogas duras, por ejemplo los analgésicos, los calmantes o cualquier cosa que ayude a afrontarlo todo, que dé apoyo y que sustituya la vida que clama en nuestro interior, que anule la inteligencia del cuerpo y empañe el alma y la consciencia.

Contemplar una montaña, un árbol, una nube o saltar a la comba ya no sirve, tampoco disfrutar de la actividad, del deporte, del trabajo. Todo y todos somos maquinaría, y como punto y seguido a lo anterior el soma alcanza al estómago y al sexo. ¿Dónde queda el hambre que antaño hacía disfrutar de ambas cosas cuando era el momento? En ninguna parte, le hemos dado la vuelta a todo y solo para huir. A todas horas y en cantidades indigeribles. Es como si dijéramos, por cada gramo de dolor uno de placer, pero es de soma.

Y no van a dejar de soplar jamás los vientos que traen semillas de adormidera. Ya casi han desaparecido los juegos presenciales entre niños, las conversaciones mirando a los ojos, la literatura, los trabajos manuales. Los rebaños caminan entre fangos virtuales, siguiendo la brújula del teléfono móvil, escuchando la prosa hipnótica de la televisión, con la fe puesta en que el mundo marcha bien, que el hombre evoluciona, que la tecnología vela por nuestro ser, etc. Anular los sentidos es ya de tiempos prodigiosos y felices, de toneladas de soma.

domingo, 17 de enero de 2016

El juego de la hecatombe

Esta historia pertenece a mi novela: "La catástrofe más esperada de la historia". Surgió de un sueño que me sobrevino en uno de esos periodos en los que la imaginación desvaría. O no. Fue en una agitada noche de principios de verano de 2012. Nunca he podido saber si tiene sentido o no, o si reivindico algo, pero no importa.

Supongo que uno puede soñar lo que se le antoje y compartirlo si es interesante o divertido. Aparte de eso, me pregunto si Peter Pan ha tenido algo que ver en todo esto. Si así fuera, lo recomiendo como un elixir para la felicidad, igual que el mitológico: "sé tú mismo".

La seriedad sirve únicamente para estropearse los dientes por apisonar las mandíbulas, agarrar una depresión de caballo, y fastidiarse el hígado. Por no mencionar la ansiedad de vivir por tres metros cuadrados de limitación mental en el planeta de la codicia.

Entonces hay que superar la ansiedad, volviéndonos más risueños, sencillos y naturales. Pase lo que pase.


Extracto del capítulo VIII "El juego de la hecatombe”


     Alrededor de las once llegaron a Madrid. Raúl y Sara optaron por hacer una compra rápida en un supermercado para así no entretenerse en hacerlo en Rivas. Estaba cerca de la plaza de Castilla y del juzgado. Y en medio de la mala sangre de ir donde no tienes que ir, fue un paréntesis de reposo.
     Sara puso la radio y Raúl la quitó con un gesto de desaprobación.
     Raúl no dejaba de saltar de un pensamiento a otro. Le asaltaron enormes dudas sobre el sentido y la gravedad de la citación y de si los que gozaban de ser sus nuevos amigos estaban en sus cabales o era él mismo el que había perdido el juicio. Pero también los empezaba a añorar incomprensiblemente.
     Regresaron al coche con un par de bolsas cada uno. Raúl abrió el maletero y metió dentro las bolsas. De repente Sara se tapó los oídos y Raúl hizo el gesto de tapárselos, sin llegar a hacerlo.
     —¡Vaya! ¡Mis oídos! ¡Caray, qué pitido! —dijo Sara.
     —Oh, también yo he notado un pitido, un piiii raro —dijo Raúl—. Y me he mareado un poco... es como si tuviese los oídos taponados.
     —Pues no sé qué puede ser, pensaba que era de nadar en la piscina...
     Pese a la preocupación decidieron entrar en una de las cafeterías contiguas al centro comercial y tomar un café a pleno relax, sin el nerviosismo que les proporcionaban aquellas criaturas angelicales y perversas a la vez.
     Algo no marchaba demasiado bien en el sentido de la normalidad de Raúl, pero no sabía, no podía saber qué era.
     El camarero puso los cafés sobre la mesa y se quedó mirándolos sin hacer una mueca ni decir nada, y malhumorado. Sabían que su aspecto no estaba para ir a un desfile de pasarela, pero no había para tanto.
     —Bueno, por lo menos no es el tipo que te pone aguachirris, en vez de café, si no te ríes de sus chistes... —dijo Sara— porque este... de eso nada.
     —Seguro que no —dijo Raúl—. No, pero cuidado. Que también te ponen laxante tostado si tienen consorcio con fabricantes de medicamentos para la diarrea post-café —dio un sorbo—. Este no debe de tenerlo: el café está delicioso.
     Sara le regaló una expresión amable y condescendiente con su estado de ánimo. Ella iba a decirle algo, cuando de repente entró un hombre que miraba a su alrededor con una expresión de abatimiento, catatónico, como si saliese de un casino con el último cigarrillo en la boca y la barba de varios días como únicas pertenencias. Remordido por haberse dejado llevar por el reclamo del ganar.
     —Sí señor. ¡¡Mierda!! —gritó.
     Se mantuvo mirando fijamente a la barra y de inmediato cruzó el local y lo pateó en varias direcciones, como si buscase algo. La mirada, como si estuviese vuelta hacia un interior vacío, era inexpresiva. Se metió la mano al bolsillo y sacó unas monedas; las arrojó al suelo. Y luego hizo lo mismo con su billetera, que solo portaba dos billetes de diez y uno de cinco euros. No parecía tener tarjetas, lo que mostraba que el banco debía de haberle sacado más litros de sangre que un millón de usureros en santa congregación.
     Salió a la calle y subió al coche que había dejado en marcha. El motor dio cuenta de la enorme prisa que llevaba por sus dilatados rugidos; se largó derrapando a todo gas y estampó el coche contra un poste. Raúl lo miró conteniendo un mar de emociones entre las que destacaba la inquietud. Sara se echó a reír, en cambio.
     El camarero recogió el dinero y dijo que invitaba a una ronda y añadió:
     —No todos los días aparecen chiflados como este.
     —Dime cómo se propaga la infección —dijo Raúl sin levantar la vista de la mesa—. A ver si puedo contagiarme de tu risa. Y es que lo siento, pero esto no me hace ninguna gracia. ¡Ninguna!
     Se levantó de la silla, salió a la calle mirando en todas direcciones y volvió adentro; se sentó en la mesa jadeando. Lo que estaba buscando era a sus amigos, puesto que visto lo visto debían de andar cerca. Pero ¿cómo? ¿Acaso volaban también? O quizá fuesen profesionales de doblaje en escenas peligrosas, entrenados para engancharse a las tripas del coche y aguantar varios kilómetros con sus bíceps de acero.
     —Es como si estuvieran aquí —dijo con una voz queda.
     Gesticuló con los dedos, haciéndolos caminar por la palma de su otra mano.
     —Será una coincidencia —dijo Sara—, o vete tú a saber.
     —¿Una coincidencia? Sí, claro, ves una vaca que vuela, ¿vale? Y luego ves otra que también vuela y tú lo llamas coincidencia... ¡La madre que los parió! No sé qué ni cómo lo han hecho, pero esta vez se acuerdan de mí. ¡Me puede dar algo!
     —Bueno, puede que se encontraran al tipo en el lago y luego... ¡yo qué sé!
     Se quedó absorto, conteniendo un llanto desesperado, buscando una explicación en el túnel de su mente. Miraba la superficie de la mesa. Alzó la mirada y la bajó de nuevo.
     —¿Sigues ahí? —Sara deslizó la palma de la mano a pocos centímetros de sus ojos, en horizontal—. ¡Marchémonos ya!
     En el local había ocho clientes, sin contar a Raúl y a Sara. Había tres hombres en la barra. En una mesa, una pareja, y en otra tres personas más. A uno de los que estaban sentados en la barra le sonó el móvil, y también a la pareja, y a una mujer y a un hombre de los que estaban en la mesa de tres. Un total de cinco móviles.
     Los cinco dueños de los móviles dejaron caer los aparatos al suelo y se pusieron a deambular con vacilación por el local, tal como acababa de hacer el hombre que había irrumpido en el local.
     A Raúl se le detuvo un estornudo, el cuello le palpitaba, la boca del estómago se le endureció. La camiseta se le empapó de sudor en apenas segundos. La garganta no le obedecía y sus ojos miraban como los de una lechuza, anunciando el probable síncope que iba a tener en unos instantes.
     Sara se puso pálida; quiso levantarse y huir, pero se sintió inmovilizada. También sudaba profusamente. Cuando pudo reaccionar se asió con las dos manos a un brazo de Raúl. Sin todavía poder decir nada, sus miradas expresaban un deseo ardiente, el de esconderse bajo tierra durante milenios... o hasta el fin de los tiempos, quizá... si es que no habían llegado ya.
     Lo que pasó a renglón seguido fue lo que cabía esperar. Vaciaron sus billeteras, desparramando billetes y tarjetas de plástico por el suelo. El camarero tropezó con una pilastra de vasos que cayeron en un estruendo tras la barra, haciéndose trizas. Su boca abierta parecía un buzón de correos, igual que las de las tres personas a las que no les había sonado el móvil.
     El camarero cogió el mando del televisor que estaba apagado, lo cual era mucho más raro que anunciar el final de la soberbia, pero es que media hora antes hubo un apagón breve, debido a un incendio (ya controlado) en una central de distribución eléctrica.
     La mano le temblaba, pero tenía que encenderla antes de que los clientes se liasen a puñetazos, pues por dos chavos todo es posible. Raúl y Sara salieron a la calle y fueron al coche, que estaba a veinte metros, a toda prisa. Pero entonces oyeron unos gritos que los persuadió a regresar. El escenario era cómico y escalofriante a la vez.
     Los tres clientes que habían dejado cuerdos acababan de vaciar sus bolsillos de todo peculio, incluidos, esta vez, un billete de barco para un crucero, un par de relojes de oro y una cartilla de ahorro de banco. Sin embargo, el camarero los había aventajado, puesto que había vaciado la caja registradora. Y nadie robaba nada y todos parecían idos.
     —¡Mira, mira! —Sara señaló al televisor desde la puerta.
     —¡Santo cielo! —exclamó Raúl.
     Un grupo de invitados, que parecían personalidades, ataviados con traje y corbata los hombres, y traje de chaqueta las mujeres, estaban vaciando sus carteras en un plató ante millones de personas. Uno de ellos se levantó, se quitó los gemelos de oro y los estampó contra la cámara. Raúl los vio venir tal cual se los hubieran arrojado a él, y Sara incluso hizo ademán de agacharse. A continuación se borró la escena, y la sustituyó el mensaje de:

 «LA EMISIÓN HA SIDO INTERRUMPIDA POR MOTIVOS TÉCNICOS. ROGAMOS DISCULPEN LAS MOLESTIAS. TV CANAL 99»

     Sara comenzó gritar entre gemidos que no tenían fuerza de tono.
     —¡Vaaámonos de aquiií! —Raúl profirió tratando de deshacerse el nudo apretado que se le había formado en la garganta—. ¡Vamos! ¡Corre! —dijo en el penoso esfuerzo de tragarse el nudo— ¡Se va a liar parda!
     Sara sufrió una mudez psicosomática que amenazaba con ser irreversible.
     —Saldremos de esta, te lo prometo —dijo Raúl... un ápice más calmado.
     Asió de una mano a Sara y salieron lanzados al coche.
     —Volvamos antes de que el mundo se haga pedazos —dijo Raúl.
     Lo repitió una considerable cantidad de veces, para impedir que un ataque de pánico los dejara fuera de combate. Y casi les sobrevino por insistida vez. Algunas personas de las que vagaban por el aparcamiento tiraron sus pertenencias, cual lluvia de caramelos en un bautizo. Era una fiesta todavía poco terrorífica hasta que llegaron dos empleados de seguridad con un saco precintado de dinero y subieron al furgón.
     El que conducía puso la radio y algo extraño se repitió a gran escala. Bajaron los tres del furgón y vaciaron el saco, y dos más en medio del aparcamiento. Raúl y Sara no se habían metido todavía en el coche, y aterrados se echaron a un lado. Sara tragó saliva con esfuerzo y meneó la cabeza al mismo tiempo que miraba cómo el viento levantaba una nube de billetes y, acto seguido, salían más de treinta personas del supermercado amontonados en una piña demoledora, dándose empujones y puñetazos.
     —Me pregunto por qué estos hacen lo contrario —dijo Sara.
     —Hum... si no estaban viendo la televisión, ni escuchando la radio, ni tenían el móvil a mano... ¡vaya disparate! ¡La que han montado los neandertales estos!
     —¡Qué catástrofe!
     —¡Dios mío, Sara! ¡Las antenas! ¡La estación! —Raúl lanzó su hilada verbal.
     —No quiero pensar el alcance que haya podido tener esto.
     —No lo pienses, pero te diré una cosa: los jinetes del Apocalipsis no son cuatro, ¡son dos! Y les ha bastado para liarla bien... ¡Joder, el Monopoly!
     —Ya, quieres decir que están jugando al Monopoly con todo el planeta.
     —Exactamente eso. Ni más ni menos. Y no sé si echarme a llorar, patalear, tirarme de un rascacielos o buscar la sección de aplausos y aplaudir hasta que las manos se me inflen como globos. Pero vayámonos de aquí. ¡Ahora mismo!
      Se metieron, por fin, en el coche y Raúl aceleró a fondo. Giró la rotonda que daba acceso principal al aparcamiento del supermercado; todavía escuchaban griteríos y un estruendo de cristales rotos a sus espaldas. Raúl puso la radio en marcha.
     —¡¡No!! ¡¡No!! —gritó Sara, pero ya era tarde.

«INTERRUMPIMOS LA EMISIÓN POR MOTIVOS TÉCNICOS. DISCULPEN LAS MOLESTIAS. NC RADIO MADRID»

     Este fue el mensaje recibido; Raúl apagó la radio, ambos bufaron de alivio y salieron desbocados en un rumbo que ahora se volvía confuso.