viernes, 16 de junio de 2017

Practicar el auténtico Katsugen Undo

Determinar qué es una cosa y qué no puede ser vanidad, ya que eso da a entender que alguien está haciendo algo mal a mis ojos. Sin embargo, las personas interesadas, principiantes, merecen una visión más precisa de lo que es de su interés.

Esto es especialmente importante en un mundo cada vez más complicado, en el que todo cabe, donde lo real y su contrario se funden entre sí. Cualquier persona puede lanzarse a difundir su conocimiento, tal vez correcto, pero a veces parcial y a veces nulo. No voy a ser yo quien esté en lo cierto, pero siento la necesidad de un intento de preservar el “arte”, en este caso el de HARUCHIKA NOGUCHI. 

Lo tendré difícil teniendo en cuenta que hoy en día los valores humanos han perdido mucho y que vivimos en un permanente maremágnum de desinformación en todos los contextos de la vida humana. Lo que a su vez nos lleva al abismo al que se refería ITSUO TSUDA. “La humanidad se dirige hacia un abismo”, decía.

TSUDA fue, por así decirlo, un ángel custodio de la obra de HARUCHIKA NOGUCHI. Sin embargo, otros dirán eso de sí mismos. Tal vez en ello influya el espíritu occidental, el cual reverencia el envase que contiene el agua sin que esta tenga apenas importancia. De ese modo, uno puede tener credenciales, incluso haber conocido a Noguchi, pero entender es otra cosa. 

No es nada que a mí me importe, pero muy pocos de los alumnos que yo he tenido han entendido. En todo caso, en lo que se refiere a occidente, considero, en mi criterio, como enseñanza fidedigna la que provenga de la “escuela de la respiración de ITSUO TSUDA”. 

Se dirá de mí que soy parcial, pero mi interés está en que las nuevas generaciones practiquen lo que en verdad es el Katsugen Undo. Diría lo mismo de cualquier otra clase de práctica, pues ya poco queda de la pureza de las cosas; las mezclas y las distorsiones las desnaturalizan. Por eso lo que sigue es una pequeña guía orientativa para los principiantes. 

INDUCCIÓN DEL MOVIMIENTO. La inducción del movimiento (Katsugen Undo) consiste en tres respiraciones repentinas (las cuales no explicaré aquí), más o menos bruscas, que inducen al sistema motor extrapiramidal a reaccionar ante lo que podría ser una anomalía, aunque no lo es.

Error: no hacer la inducción, pasando directamente a moverse “voluntariamente”. En este caso no se aprecia un cambio del hacer al “no hacer” o actividad autónoma. 

ACTIVIDAD AUTÓNOMA. Después de la inducción, lo primero que surge son bostezos, lagrimeo, moqueo, eructos, etc. Estos son los más sutiles y esenciales movimientos involuntarios.

Error: ausencia o carencia de actividad autónoma. Da la impresión de que nada haya ocurrido aparte de moverse sin ton ni son, tal vez con algún bostezo aburrido y puntual. A veces uno comenta, sonríe, abre los ojos, parodia, etc. 

MOVIMIENTOS INVOLUNTARIOS. Tras la inducción, son leves en su mayor parte, aunque más notables en un reducido número de casos. Cada movimiento es algo muy sutil que precisa de la no intervención (no hacer) de la voluntad. 

Error: hacer movimientos exagerados, rebuscados y, sin duda, voluntarios, algunos violentos; uno tiene la impresión de observar una mímica, una coreografía que no ha sido planeada, pero hacer lo que venga a la imaginación nada tiene que ver con el movimiento involuntario. En resumen, se confunde el movimiento espontáneo (involuntario) con hacer lo que a uno le dicte su imaginación o apetencia bajo el pretexto de la espontaneidad.

POSTURA. El movimiento se favorece adoptando una postura NO rígida que no bloquee el movimiento involuntario. Sentados, pueden cruzarse las piernas o adoptarse la postura tradicional japonesa, seiza.

Error: adoptar posturas inadecuadas, tipo Yoga, o también la postura erguida, que bloqueen el movimiento espontáneo, pero no el voluntario. La postura rígida, por otra parte, favorece que los movimientos voluntarios (imaginados) sustituyan a los involuntarios.

FINALIZAR EL MOVIMIENTO. Se finaliza el movimiento con tres respiraciones profundas, realizadas de una manera específica y, luego, es necesario reposar sin moverse o, mejor aún, tendidos boca arriba con el fin de adaptarnos al estado normal, habitual.

Error: dejar de hacer la mímica simplemente, y hablar, levantarse o realizar cualquier actividad cotidiana de inmediato. 

REACCIONES. Se atraviesan tres etapas al principio que luego se repiten de forma continuada. La primera es de relajación. Uno puede sentirse adormecido, por supuesto relajado; se pierde un poco de apetito, se acusa más el frío, etc. 

La siguiente etapa es de sensibilización; la piel se vuelve más sensible y pueden surgir molestias, dolores e incluso fiebre e inestabilidad emocional, etc. Esta es una etapa que, al contrario que la anterior, puede ser desagradable porque es el momento en el que el cuerpo se está sensibilizando y recuperando su equilibrio normal. 

La tercera etapa es de eliminación o evacuación. El cuerpo, debido a la mejora de la actividad involuntaria, elimina toxinas y eso incluye las tensiones físicas que han quedado pendientes de eliminar y también las emocionales. Así, las funciones de excreción se intensifican y se presentan algunos cambios en la piel. Se producen diarreas, mucosidades e incluso se da el caso de, si existen, eliminar cálculos, tanto biliares como renales. Esta etapa puede ser también poco agradable, pero es aquella con la cual mejor nos sentimos una vez ha finalizado. 

Error: desconocer estas etapas o no experimentarlas debido a la falta de actividad autónoma intensa durante la práctica. Pero en ese caso, a pesar de que tales etapas las experimenta cualquier persona en algún grado (sin saberlo), no se recuperará el nivel de sensibilidad y reacción adecuado.

CONTRAINDICACIONES. El movimiento correctamente inducido no debe ser practicado por personas agonizantes, ni en el caso de mujeres hasta una vez cerrada la pelvis después de un parto. También hay que ser cautelosos o no practicar si se tiene un órgano trasplantado, un implante importante, tal como un marcapasos, elementos de los que dependa la vida, ya que el organismo tiende a rechazar los elementos extraños, si bien en los casos “no críticos” se puede experimentar una adaptación “drástica” como al empezar a fumar, lo cual no es nada preocupante.  

Error: no tener esto en cuenta tanto si la inducción es correcta como no. Si la inducción es incorrecta y los movimientos son por tanto bruscos y voluntarios, eso puede acarrear problemas. En el caso de a pesar de hacer la inducción correctamente, si los movimientos se hacen voluntarios y exagerados, en algunos casos agresivos, se puede lesionar puntos clave como las vértebras cervicales o las lumbares. Es más, si se llega a hacer la inducción y uno se entrega a una mímica “violenta” corre el riesgo de un hemorragia cerebral, tal como indicaba NOGUCHI.

TERAPIA. El Katsugen Undo NO es una terapia de ninguna clase. Es la actividad natural del organismo, nada más. Lo único que hacemos es recuperar el nivel de esa actividad, recuperar el grado óptimo de sensibilidad y equilibrio. 

Error: enfocarlo hacia la terapia como instructor o pretender ser curado de una dolencia como practicante del movimiento. Naturalmente, se producen cambios que indican que hemos superado un desequilibrio, pero, en esencia, la actividad natural de la vida no puede ser una terapia de la vida, sino la vida misma. Decir que la práctica sirve para adelgazar, dormir mejor, mejorar el rendimiento deportivo, curar lo que sea, etc., distorsiona el sentido de la práctica y en algunos casos, cuando esta se hace arbitrariamente, la deshonra. Distinto es asentir en que aporta grandes beneficios, pero el practicante no debe dispersar su mente pensando en ellos, o justificando su práctica a través de ellos. 

APRENDIZAJE. Dado que se trata de la actividad normal del organismo, es sencillo aprender la técnica en relativamente poco tiempo. Pero entenderlo al punto de hacerlo bien puede llevar años. Más todavía, sentir el cielo puro o Tenshin, es decir, que encontrarse mal o bien son temores o ideales que nada tienen que ver con una realidad de fluctuaciones naturales. Eso supone también sentir la vida plena o Zensei. 

Error: creer que con observar la técnica y practicarla una o dos veces uno ya es un maestro consumado, sin pasar por las etapas que he mencionado y sin atravesar la barrera, a veces desagradable, de un organismo autónomo. 

Personalmente, he llegado a la conclusión de que no sé tomar la actitud del gurú moderno de corte occidental (aunque lo he intentado). Será por eso que cuento con un número reducido de alumnos, pero si he de enseñar algo quiero que eso sea auténtico. Quizá sea por esa razón que la mayoría de personas que comienzan la práctica correcta la abandonen cuando se dan cuenta de que no ofreces nada más que lo que “es”. Veo normal, hasta cierto punto, que las personas cometamos errores, pero no que se pueda  rozar el absurdo y a veces peor que eso.



jueves, 24 de noviembre de 2016

El ladrón de penas

Un misterio insondable, una aventura extraordinaria, acción al límite, un amor imposible y una serie de sucesos que no se olvidarán jamás, son parte de los ingredientes de una historia con un final... inesperado. Quien se adentre en estas páginas se encontrará inevitablemente con una historia que tal vez le quite el sueño, pero que le hará sentir más allá de lo que pudiera imaginar...

Este es mi último libro publicado, "El ladrón de penas". Descripción completa



domingo, 22 de mayo de 2016

La escritura mágica

Ni la literatura ni la ciencia podrán explicar algo que subyace en las capas más profundas del misterio. La frase: “escritura mágica”, sugiere que el acto de escribir es creativo y por consiguiente mágico. Tiene sentido porque es “moralmente racional”, y lo aceptamos en cualquier campo del saber humano, la literatura, la música, la pintura, etc., pero, ¿y si no estuviéramos hablando de esa clase de magia?

No, la magia de la que voy a hablar es más literal; entonces se verá como “inmoralmente irracional”. Pero se vea como se vea, ahí está, sucede sin tener que mendigar explicaciones, dejando aparte a esa dama tan encantadora, refinada y beneficiosa al hacer humano: “la congruencia”.

Es una buena compañera, pero es también muy severa cuando decide probar si somos individuos reales o meras patrañas. Hasta se ríe de nosotros, para disipar los humos de la vanidad. Todo depende de lo que uno haga, escriba en este caso. Si escribes de crecimiento personal, aunque solo sean ligeras connotaciones, echa a correr porque la dama de la congruencia irá a por ti, te escondas donde te escondas.

Otra cosa es que uno no pueda o no quiera darse cuenta, pero, si somos conscientes, tal vez lleguemos incluso al “poltergeist” emocional. No, no exagero, pero será mejor que cuente mi experiencia, no vaya a ser que las letras empiecen a moverse y saltar fuera del blog; sería un caos para mis visitantes y un problema para los exorcistas semánticos. Pero veamos cómo la congruencia se ha ensañado conmigo.

Empezó a suceder cuando más descuidado me encontraba, aunque poco a poco conseguí verla venir con cierta anticipación. Acabé por preguntarme ¿qué sucederá por escribir esto…? Tomaré como ejemplo una de mis frases más apreciadas por mí: “En una situación difícil tenemos que mantener el estado en el que el pensamiento no sea un estorbo”. Cuando la escribí, no hace mucho, pensé: “prepárate”.

En los días subsiguientes me vi envuelto en varias de esas situaciones, aunque no extremas. Y eso que, por norma, solo escribo aquello de lo que estoy seguro de poder hacer y que por supuesto hago. Pero la dama es muy exigente y siempre te pide más, y más…

—Estoy siendo congruente con lo dicho, ¿qué más quiere usted, señora? —le digo a la dama.
—Quiero asegurarme de que no se te ha olvidado —me responde ella.

Podría poner cien mil ejemplos, incluyendo lo que enseño (digo) en mis clases, pero el más conmovedor es el de escribir un libro. Se dicen muchas cosas en él. Pero si son varios o muchos, es mejor salir a la calle con coraza; la dama te importuna, te acribilla el temple hasta dejarlo como un colador, lleno de agujeros. Si resistes la embestida, se retira a descansar o la toma con otro que también tenga la consciencia despejada.

Imagina lo sufrido que es una exigencia tan alta en un mundo incongruente, cínico, más bien. Pero no puedo quejarme, a fin de cuentas, yo soy el único culpable por haberle declarado mi amor a esa dama tan desenvuelta y atractiva. Ese amor no te lleva al triunfo, pero sí a amar lo que haces y que sea lo bastante real como para hacerlo sin remordimientos.

Siempre somos puestos a prueba, escribiendo o haciendo cualquier otra cosa. Pero no deja de tener su lado divertido, ¡y su lado constructivo! Solo hay que imaginar qué ocurre cuando la prueba se supera y la dama te sonríe. Por otra parte, no es posible eludir la prueba, solo ignorarla, lo que equivale a retrasarla.

Pongamos por caso, que escribía un capítulo en el que se mencionaba algo que tuviese que ver con la calma. En tal caso, las turbulencias me rodeaban como un tornado. Si se trataba del coraje ni qué decir. Escribir un libro es pasar mucho tiempo en tu interior y al acabarlo tienes que mirar su simbolismo y darte cuenta de que estabas ignorando que eso estaba dentro de ti.

Después de finalizar cada libro, me he dado cuenta de que no venía de ninguna parte ni iba a ningún lugar. Y lo mejor de todo: que solo se escribe algo bueno (o se hace lo que sea), en los momentos en los que el “yo” deja de existir. ¡Eh! ¡Ahora sí que podemos hablar de magia!

No obstante, quiero mencionar también una parte que se halla en el epicentro de la magia para niños. Creo que es la más divertida. Como ejemplo, sirve una novela que estoy terminando y que en breve será publicada. No diré el título ni de qué trata, porque no es el momento, solo mencionaré una tormenta y a un hombre que aparece con un chubasquero rojo.

Uno de los protagonistas recibe una gran lección (una de tantas) ante la presencia de ese hombre y en medio de una tormenta que se forma en pocos minutos. Pues bien, pocos días después de haberlo escrito me vi en una repentina tormenta (con la consiguiente prueba de aprendizaje) y al girar una esquina… alguien tropezó conmigo y… ¡llevaba puesto un chubasquero rojo! ¿Cómo se puede digerir esto?

La verdad es que nunca la ironía, la paradoja más bien, había sido tan literal, ni mucho menos. Después del asombro me estuve riendo varios días. Sin embargo, no estaba tan asombrado, puesto que desde que empecé la historia no han dejado de ocurrirme cosas. Y eso está bien, al menos sé que vivimos en un Universo al que se le da muy bien el humor Zen.

O puede que yo lo vea así al no soportar la seriedad de los tecnócratas y tragamundos. Me viene a la memoria la historia de un maestro Zen muy risueño. Se dice de él que pasara lo que pasase, siempre reía. Me siento pues afortunado porque la vida me dé lecciones sin quitarme la risa ni la alegría. A la hora de escribir, sé que las letras no son mera gramática, y que incluso por encima del arte, son mágicas.

Sin embargo, el asunto no acaba aquí. Leer es también una de las grandes maravillas del mundo. Pues bien, si leemos con ánimo de crecer, la dama nos visitará para ver si es verdad que hemos aprendido algo de aquello que nos ha gustado tanto. Pero no te asustes, no vaya a ser que baje el nivel de lectura, y ya está… casi en el núcleo de la Geosfera, medio fosilizado.



 

domingo, 1 de mayo de 2016

Zen sobre ruedas

Tal vez seamos una especie compleja, pero lo cierto es que la mente se halla dispersa, tanto más en una época tan estresante. Esto afecta a todo y el hombre moderno se limita a hacer uso de los condicionamientos básicos. Pero, ¿qué hay de una lucidez costosamente ganada en pro de un poder inmenso? Nada de nada. Pensándolo bien, tiene su gracia: odiar las tinieblas cuando se podría encender la luz.

Sin embargo, no se trata ahora de volcarse al misticismo, buscando la gran liberación. La vida cotidiana ofrece grandes oportunidades y una de ella es el instante de conducir un vehículo. En realidad es un instante como cualquier otro, pero es más que substancial. Tanto es así que de paso preservamos nuestra vida y la de otros.

Explicaré aquí, pues, cómo conducir. Lo primero es dónde y eso nada tiene que ver con el trayecto, sin con esto otro: AQUÍ. ¿Dónde iba a ser si no? La mayor parte de la gente, sin embargo, no conduce aquí sino en cualquier otra parte. La prisa por llegar, la obsesión por ponerse delante de otro vehículo, etc., dan cuenta de no estar aquí. Ni siquiera haber tenido un accidente impide seguir conduciendo en el mapa mental, en vez de en la carretera.

Y ese es un problema fundamental: creemos que el mundo y lo que hacemos en él es lo que tenemos en la mente. ¿Vamos a cambiar el mapa por la realidad? Pero la realidad es “aquí”. Ese lugar por el que pasamos continuamente y del que nunca nos percatamos. En resumen, que uno conduce pensando estar en una infinidad de sitios, todos menos la carretera que pisan las ruedas de su vehículo.

En segundo lugar está la cuestión de cuando conducir. No puede ser en otro momento que: AHORA. Pero la mente divaga en lo que pasó ayer, la semana pasada, o lo que pasará mañana, cientos de recuerdos, ideas, planes y proyectos, etc., tienen lugar; es como si uno decidiera aprovechar el tiempo mientras conduce.

No es de extrañar darnos con una roca, dar unas cuantas vueltas de campana o colisionar contra alguien. ¡Qué fatalidad! La verdad es que sí, es una fatalidad no saber estar “aquí y ahora”. Así que ni siquiera hace falta el alcohol o las drogas para que uno se convierta en un peligro letal. Basta con ser un ser humano poseído por monos parlanchines que no cesan de chillar en las cabezas.

Acaso exagere, pero siempre que uno tiene un accidente, ya sea de tráfico, laboral o doméstico, si uno es víctima de un delito, incluso si es asesinado, siempre ocurre estando distraídos. No quiero decir que no se pueda tener un accidente sin estar distraídos, pero es poco o nada probable que uno no esté distraído en el momento fatal.

Por otra parte están los roces verbales o físicos, la disputas de tráfico. Estas se relacionan nuevamente con no estar aquí y ahora. Por el contrario, nos entregamos al verdugo del estrés y malgastamos una cantidad de adrenalina que al cuerpo no le sienta nada bien. A la capacidad de conducción le sienta peor que nada.

En un atasco los conductores no paran de tocar el claxon y hacer aspavientos con las manos y gestos faciales, por no decir de los improperios que salen por sus bocas. Pero esta actitud no solo es estúpida, también es ingenua, porque uno lo hace pensando que de ese modo se deshará el atasco. O tal vez se quiere desahogar, o simplemente quiere irritar a los demás para hacer justicia. Se convierte en un Robín Hood urbano, sin flechas que disparar.

El corazón sufre y al final termina uno sufriendo un infarto. Pasa lo mismo en el trabajo o en cualquier discusión, pero casi nadie sabe que eso es lo que pasa. Y si hacemos mal la digestión será culpa de otros, no de la mala gestión de nuestro propio pensamiento. No en vano menciona Budha el “recto pensamiento”.

Lo siguiente es contar cómo conduzco yo exactamente. El cómo lo hago no me prepara para correr en la fórmula I, pero me proporciona seguridad, tranquilidad, consciencia, y de paso un trascendental ahorro de dinero (en multas). Sobre esto último, conducir como voy a exponer podría no ser lo mejor para contribuir al erario, pero reducir un bolsillo famélico a la mitad o menos no es lo más aconsejable. Y si el vehículo ha quedado despachurrado o el gasto hospitalario es astronómico, ni te cuento.

Después de todo lo dicho, explicaré las reglas, pero no olvidemos que hay que poseer una gran fuerza de voluntad para no caer en lo que espanta a todo ser humano: “aquí y ahora”.

Primera regla: atención y concentración

La ATENCIÓN consiste en atender a algo o alguien, ser consciente de ello. Pues bien, la atención es única y exclusivamente para la carretera. Es como si mantuviéramos un romance con ella, es nuestra amada y no vamos a decepcionarla. Todo nuestro ser se vuelca en ella. Todo lo que no sea ella se excluirá, nada de infidelidad que a larga resultará fatal.

Una de las infidelidades que más nos roba la atención es ese vehículo que tenemos detrás y que nos quiere dar prisa mordiéndonos en el trasero. Así pues no hay ni que mirarlo. No existe, excepto para controlarlo.

La CONCENTRACIÓN es el esfuerzo para manejar la atención, por así decirlo. Esta es la parte más bonita, porque así como no puedes comerte un bocadillo de tortilla mientras conduces, sí que puedes hacer Za-zen, meditación. Debes, más bien. ¿Y cómo se hace eso en la carretera? Observando todo lo que se encuentra en la carretera, sin pensar en nada.

Se trata de observar el aquí y ahora. Es decir, los vehículos, las señales de tráfico, los pasos de cebra, los semáforos, el panorama, en una palabra. Y repito, nada de pensar. Hay que cultivar un espíritu alerta o Zanshin. La verdad es que resulta placentero, se despeja la mente, se gana en consciencia y de paso… se acorta el tiempo. Esto sucede porque el tiempo se percibe solo en la mente y tal como disminuye el pensamiento, el tiempo (la sensación de) también.




Segunda regla: anticipación

Aunque no deja de formar parte de la prevención, la ANTICIPACIÓN no debe confundirse con ella, pues va mucho más lejos. Interviene el instinto unido al Zanshin. Desde el punto de vista psicológico parecerá una obsesión, pero tiene su base en el arte de la espada y da muchos y buenos frutos. Pero no es fácil de poner en práctica debido a los condicionamientos.

Lo primero es cumplir con lo que rezan las señales de tráfico, pero si hablamos de límites de velocidad, he aquí un ejemplo de anticipación. Al recorrer los cincuenta y ocho kilómetros que me separan de Valencia, por autovía, me encuentro con tramos inesperados que obligan a ir a cien mezclados con otros de ciento veinte. Pues bien, vamos todo el trayecto a cien y ya está.

Prisa es lo que tenían los desafortunados accidentados y los despojados de la nómina del mes. Con esto no quiero decir que no vaya yo nunca a más de cien, pero solo cuando estoy seguro de que está permitido, es seguro, y que el terreno está libre de “trampas”. En este sentido, otra de mis costumbres es considerar a cualquier vehículo, cualquier farola… como un radar.

La anticipación, por otra parte, posee su elegancia e invita a la cortesía y la convivencia, pero sobre todo evita problemas, algunos de los cuales graves. Por eso cada vez que llego a un paso de cebra, lo rebaso a treinta, según, y haya o no alguien dispuesto a pasar, actúo como si lo hubiera. Nunca jamás pienso “me da tiempo”. Mi Zen no me permite dialogar, solo esperar.

Para más cortesía procuro ceder siempre el paso a otros vehículos y pensar que lo más probable es que si no lo hago se me traguen. ¿Paranoia? No lo sé, pero así se evitan muchos golpes. No hace mucho iba yo por una calle con absoluta preferencia; un coche venía por una calle a la izquierda (como un tren bala) y bajé un poco la velocidad por si acaso. En efecto, se saltó el stop, pero esto es lo importante: no colisionó conmigo gracias a mi paranoia.

Queda claro que la cortesía salva vidas y ciertas paranoias también. Muchas veces presiento que alguien que viene de cara en una carretera secundaria va demasiado rápido o distraído, de modo que reduzco mi velocidad, me arrimó más a la derecha y aumento mi alerta. ¡Menos mal! Exclama uno después de todo. La verdad es que no va mal la actitud del Samurai de salir de casa esperando la muerte y regresando después con una vida renovada.

En cuestión de ceder no hay que olvidarse de los ciclistas y considerarlos como coches o a veces como camiones, si van en grupo. En este sentido me da igual hacer una cola que cuatro. La cortesía es cosa de todos, pero es cosa mía no tener que comer pan duro en un calabozo, no quiero dar ese gusto a nadie. Y para no dejar, a medias, la anticipación ni qué decir tiene el considerar los semáforos en ámbar como rojo, salvo que te pille debajo mismo.




Tercera regla: la divina indiferencia

Esta es una expresión que sugiere el más alto grado de control, lo que hace que la adrenalina sea una balsa de aceite y que la concentración no se pierda. Cuando hay una disputa entre dos partes, ambas tienen siempre la razón. En serio, no conozco a nadie que no la tenga, por eso discutir es tentar al diablo de lo que uno no quiere que suceda. Sin embargo, lo que quiero resaltar aquí es más bien la provocación, una especie de cebo que nos roba la atención y mata la paz interior.

En ocasiones, un conductor nos toca el claxon, gesticula, nos grita y hasta nos insulta. Entonces, como uno tiene que defender su honra, reacciona… y por lo general bastante mal, tanto como su feroz oponente. Citaré de nuevo a Budha, antes de proseguir. Cuando alguien lo insultaba no aceptaba lo que consideraba un regalo. ¿A quién pertenece un regalo que no es aceptado? Le preguntó a un discípulo que no entendía su actitud.

Lo que yo hago es tan fácil como difícil. Una vez, un conductor me tocó el claxon, me gritó, me insulto, etc. Y mira por dónde que paramos juntos en un semáforo. Él continuó su monólogo perverso sin que yo lo mirase siquiera. Tan solo me giré para mirarlo una vez, sin soltar las manos del volante, sin hacer muecas, ni aspavientos; no dije nada, no hice nada.

El conductor en cuestión salió derrapando, cuando el semáforo estuvo en verde, y sacando la cabeza por la ventanilla continuó insultándome. Yo continué con mi actitud de no hacer ni decir nada. Por el espejo retrovisor pude ver que la policía, que en ese momento torcía una calle, lo paraba. Cosas del Karma…

Esto que he contado, esa actitud indiferente que considero divina, la pongo en práctica siempre, tanto es así que es ya una costumbre, un condicionamiento, en este caso, de gran utilidad. Lo mejor de todo es no perder ocasión de ejercer el poder de la vía pacífica; es una puerta que libera la fuerza interior Ki. No cuesta nada tratar a los demás, con respeto y benevolencia, incluidos tanto al policía que nos llame la atención, como al brabucón que nos toque el claxon.

Y una última anécdota. En una ocasión rocé la puerta de un coche, aparcando. Un hombre salió enfurecido, lanzándome algún que otro improperio. Pero antes de que su monstruo mental creciese, le pedí disculpas en un tono muy amable. Al principio, no parecía ceder a mi amabilidad, pero conforme íbamos rellenando el parte de accidente, su arrebato iba disminuyendo.

Le reiteré mis más sinceras disculpas varias veces y, al final, se calmó por completo. Después salió un tema de conversación distinto al del incidente y él quiso invitarme a una cerveza. ¿Acaso no es esto más saludable que acabar en una página de sucesos?

En cualquier caso, no des nunca a tu enemigo (supuesto) lo que espera de ti: tu atención y tu reacción. Es algo que aprendí hace mucho tiempo.




Temas relacionados, libro: "La dieta de los 3 budas"

Ver artículo: mushin: vacío, respiración, concentración, meditación


domingo, 20 de marzo de 2016

Entrevista con el diablo

Reproduzco aquí una entrevista atípica que hace honor al lenguaje figurado y que contiene brotes de ironía. Trasladada al papel, después de un largo discutir con el diablo, tal vez pueda aportar algo, siempre que no se tomen las “entrelíneas” literalmente.  “E” indica que habla el entrevistador y “D” el diablo.

…3, 2, 1, 0… en línea:

E—Para empezar, ¿es usted quien aparenta ser?
D—Solo encubro la verdad.
E—¿Qué verdad?
D—Se lo diré al final.
E—De acuerdo. ¿Cómo ha logrado hacerse con el mundo?
D—Dándole la vuelta a la tortilla. Tan solo tuve que cambiar la polaridad, reprogramándolos a ustedes con un circuito integrado de nueve letras: p-r-o-p-i-e-d-a-d. Con ello, se activó el proceso.
E—¿Y por qué nosotros? Los animales, las plantas no están en el proceso, como usted lo llama.
D—La verdad es que solo se podía reprogramar una especie excepcionalmente incompetente, con otras especies, sencillamente, habría perdido el tiempo, no habría funcionado.
E—¿Por qué nos considera incompetentes? Nos ofende con eso.
D—No es una consideración, solo tienen que repasar su historia; además no es una ofensa, más bien un halago, gracias a ustedes he triunfado. ¿No es eso cierto?
E—¿Y qué piensa Dios de eso? No creo que lo apruebe, ni que esté dispuesto a consentirlo.
D—¿A quién se refiere? ¿Al que ustedes creen mi enemigo?
E—Supongo que sí.
D—Él no tercia en estas cosas, espera a que los seres humanos logren superar el proceso que puse en marcha, pero déjenme decirles una cosa: lo único que ha conseguido es mejorar su ya de por sí infinita paciencia.
E—No creo que Él nos deje perder en el abismo, así como así, algo hará…
D—En realidad trata de guiarlos hacia Él, pero no le escuchan, debido a las voces incesantes que hay en sus cabezas, que los mantienen inconscientes. Fue una jugada mía y, permítame decirlo, absolutamente brillante.
E—Pues yo pensaba que era un juego divino.
D—No me haga reír, Dios no necesita apoderarse del mundo, es suyo, ¿o debería decir que era? Pero seré franco, no puedo arrebatárselo, excepto en el escenario que yo he puesto en marcha y que ustedes llaman realidad. ¿Lo ve? ¿Son o no incompetentes?
E—Pero nosotros estamos con Dios, no con usted, ¿a que no se esperaba esto?
D—¡Venga ya! Ustedes no son fieles a Él, su verdadero dios no es Él.
E—¿Quién, entonces?
D—¿De verdad no lo capta? Pues se lo diré, su dios es el dinero.
E—Creo que exagera, y no creo que deba llamarlo un dios, me parece infame.
D—Bueno, usted mismo podrá responderse, ¿por qué están dispuestos a mentir, a traicionar, a matar, a todo? Incluso a destruir el Planeta. ¿Cómo lo consiguen todo? ¿Acaso sus vidas no son vidas de consumo, nada más lejos que espirituales? Nunca miran en sus almas, solo en sus bolsillos. Sin embargo, quiero dejar constancia de que eso me satisface de todas, todas.
E—Pero el dinero es necesario para vivir.
D—Ahí, ahí está el truco, una convicción que ha triunfado gracias a mí.
E—No lo entiendo, explíquemelo mejor.
D—Indudablemente, estas seis letras, d-i-n-e-r-o, mejoraron el proceso de la propiedad, hasta convertirse en un sentimiento con raíces muy profundas. Pero los comienzos dejaban que desear, debido a que ese sentimiento era aún rudimentario; sabrá usted que empezó con el trueque, y eso no cubría mis expectativas. Digamos que ustedes cooperaban entre sí, y de esa manera era imposible adueñarme del mundo. Primero tenía que adueñarme de ustedes y para ello tenían que dejan de cooperar entre sí.
E—Simbiosis, es demasiado amor para usted, señor diablo.
D—¡No mencione esa palabra, amor! ¡Me pone enfermo!
E—Me está usted asustando… con esa cara y esos bramidos.
D—No se asuste, pero sepa que no pierdo facultades. ¿Acaso no vamos a peor? Yo voy a peor, ustedes van a peor, el mundo va a peor, ¿no es maravilloso? Debería usted felicitarme.
E—No lo haré, sería como adorarlo, y me da náuseas solo pensarlo. Lo siento, pero es así.
D—Pero ustedes ya me están adorando, si no, vuelvo a decirle que se asome al mundo, mire y vea, pero no verá nada, porque yo no se lo permito a nadie. A decir verdad, algunos se me han escapado, pero la comunidad los ridiculiza y son tomados por locos, sin embargo, confieso que son despiertos, peor para ellos.
E—¿Y qué opina de Jesús y Buda? ¿No fueron los más despiertos?
D—Fueron mis mayores enemigos, de hecho pude haber sucumbido de no ser por el plan que tracé para anular su acometida. Fue un plan de urgencia que consistía en que ustedes entendieran las cosas mal, al revés, complicándolo todo. Pero la clave del plan estuvo en inducirles a ustedes a sacar marcas registradas de sus nombres, una vez falseadas sus palabras, y a rendir culto a ellas, en vez de trabajar duro como ellos habían indicado.
E—Sospecho que lo que usted bloqueó es la práctica.
D—Claro que sí, una de las cosas que más temo es la meditación o la observación rigurosa, pero eso solo lo hace un cinco por ciento de la población mundial; respiro tranquilo.
E—Lo que usted diga, continúe con lo que me estaba explicando sobre cooperar, parece interesante.
D—Hablábamos de cooperación. Con el trueque, aunque ya estaba establecido el sentido de la propiedad, había mesura entre los hombres, de manera que me era preciso descompensarlos y solo fue posible con el dinero. Este los podría dividir en ricos y pobres, y mientras hacían la guerra el mundo sería mío. Es lo que ha ocurrido, ¿no?
E—Puede que tenga razón en eso, sabemos que el dinero se crea con la deuda de todos, que los préstamos son deuda añadida a la deuda y que la codicia parece no tener fin, hoy más que nunca, pero si destruimos el mundo debido a la codicia, como ha dicho hace un momento, ¿qué será de usted?
D—El mundo no puede ser destruido, y ustedes tampoco, solo temporalmente. Y tenga por seguro que los seguiré allá por donde vayan.
E—Es usted un desalmado, me da pena.
D—No, yo solo soy un guionista, pero si hablamos de pena, ¿no le dan a usted pena los niños que mueren de hambre? ¿Los que sufren de enfermedades y pobreza? ¿De falta de libertad? ¿Los que son asesinados? ¿Torturados? ¿Un etcétera ultra largo?
E—¡Pero usted es el culpable, solo usted!
D—No, yo no, su incompetencia y su cinismo, se lo repito.
E—¿Cinismo? ¿A qué se refiere con eso?
D—Sencillamente, a que creen saberlo todo, cuando en realidad no saben nada.
E—Hace un momento ha dicho que nos seguirá a donde vayamos, pero si hemos muerto… ¿existe el infierno?
D—Claro, yo lo he creado, pero vuelvo a preguntarle si no ve lo que hay a su alrededor.
E—Me refiero al infierno hebreo.
D—Resulta chocante que para unas cosas vivan al ritmo de la grandiosa tecnología y consumo que los tiene maniatados, y que para otras estén todavía en la edad media, una edad dorada para mis menesteres, por cierto. Y gracias a mí se sacrificaron a muchos en aquel entonces, muchos de los cuales habrían acabado conmigo, pero los acusaban de estar a mi favor, ¡qué estúpidos!
E—Los sacrificaron en el nombre de Dios.
D—Bueno, es lo que les hice creer. Ahora se sacrifican todavía en el mismo nombre, también en el nombre de la ciencia, de la patria o de otros nombres, pero en todos los casos sigue siendo por mí y gracias a mí. Cuando pienso en ello se me hace la boca agua.
E—¿Y existe el cielo?
D—Tanto como el infierno. Verá, ambos son estados mentales, los dos lados de la dualidad.
E—Ya veo, Dios estira de un lado y usted del otro…
D—Los dos lados son de Dios, la noche y el día, el blanco y el negro. Se supone que deben trascender eso, al menos es lo que espera Dios, pero mi trabajo principal consiste en convencerlos de que ustedes están divididos en buenos y malos. Es más genial aún que en ricos y pobres. Mire, no me beso en las mejillas porque no llego.
E—¿Y cómo vamos a trascender el blanco y el negro?
D—No creo que vayan a hacerlo y si lo consiguen tardarán tanto que incluso yo podría llegar a aburrirme de mis propias engañifas. Pero de momento no se hagan ilusiones, el mundo ahora está candente y yo en plena forma para jugar a balonmano con él.
E—¿Y qué pasará conmigo, con todos, al morir?
D—Eso quisieran ustedes, morir, pero olvídense, no pueden hacerlo.
E—¿Acaso es usted el que va a impedirlo?
D—Me está obligando a decirle lo que no quiero, no porque eso cambie nada, sino porque alguien pudiera ver en mí algo bueno y eso sería aterrador. En fin, Dios los busca a ustedes y ustedes a Él. ¿Por qué? Por la experiencia mutua, Él como hombre, ustedes como Él.
E—No sé si lo entiendo…
D—Se lo diré de otra forma: dos amantes corren el uno hacia el otro hasta que se abrazan. Uno de esos amantes es Dios y el otro es usted. Pero yo lo convenzo a usted de que se dé la vuelta, y como un tonto corre en dirección contraria. En serio, cada vez me sorprende más mi astucia, ¡la adoro!
E—No ha contestado a mi pregunta, qué pasa al morir. ¿Qué opina de la reencarnación?
D—Sí que le he contestado, pero veo que no me ha entendido, lo cual indica que hice lo correcto al elegir a su especie para mi provecho.
E—Da lo mismo, creo que debería aclararme ese punto.
D—Creer o no creer, ese es el dilema, y ese aspecto también lo he manipulado.
E—Supongo que no habrá nada en lo que no haya metido las narices.
D—Es mi trabajo, compréndalo. Siempre los divido entre partidarios y sus contrarios, ¿descuidaría usted sus intereses? Yo no puedo tolerar que se dejen llevar por el consenso. Por eso he enfrentado a tanta gente.
E—Pero ¿me aclara el tema o no?
D—¿Le parece tan extraño nacer?
E—No, una primera vez, pero una segunda…
D—Si se lo digo, le daré pistas para despertar y eso podría infectarlos a todos.
E—Pero usted mismo ha dicho en varias ocasiones que es improbable.
D—No es correcto que lo diga yo, pero si averigua quién era usted antes de nacer sus padres, sabrá lo que quiere saber.
E—Eso es un koan Zen, lo leí en un libro.
D—Una infamia, pero ustedes son demasiado perezosos para averiguar nada. Y le daré un consejo: no lea, no es bueno para mí. Lo mejor es que se distraigan todos, como vienen haciendo, y que en vez de despertar cultiven la moral.
E—¿Qué tiene de malo la moral? Uno tiene que ser íntegro.
D—Si les digo que cultiven la moral, no puede ser malo, no haga como yo, no le dé la vuelta a las palabras. Lo ideal es defender la moral al abrigo de la corrupción o impedir la vida íntegra, despreciando el cuerpo.
E—Eso último, en serio que no lo entiendo, ¿a qué se refiere con ello?
D—Si quieren hallar diferencias racionales entre un rostro y un culo, no podrán, pero seguirán creyendo en eso, porque yo me ocupo de que crean siempre lo más irracional. Y seguirán creyendo que el sexo es malo, mientras que comer, consumir o distraerse no lo es.
E—No sé si está siendo concreto con mi pregunta.
D—Preste atención, parte de mi misión consiste en impedir que ustedes gocen de buena salud física, mental y espiritual. Es lo que pasaría si aprendieran a sentir sus cuerpos y no enfrentarse a ellos, pero yo utilicé la siguiente estrategia: convencerlos de que no son sus cuerpos, y promover el desprecio al cuerpo y su inteligencia, en el campo de la religión, la filosofía y la medicina. De paso aproveché para incitar a una nueva división: sanos y enfermos, pero la frontera no debía quedar definida, para mayor seguridad usé un eslogan: “Todos contra natura”. Sigue vigente, hoy más que nunca.
E—Dudo de que tenga razón.
D—Me emocionan sus dudas, eso significa que todo va como es debido. No debe pensar mucho, imagínese qué pasaría si todos ustedes lo hicieran. Siento escalofríos.
E—Pero yo soy un alma antes que un cuerpo. No soy mi cuerpo, por lo tanto.
D—Es como decir que el Planeta no es sus aguas, sus tierras, sus criaturas o que Dios no es su Creación. Pero sigan así, encadenados a la dualidad. Si supieran lo que eso me complace, celebrarían conmigo mi victoria.
E—Veo que lo que le importa es ganar, ¿qué me dice?
D—Antes dije que ustedes son unos cínicos, pues bien, ustedes viven compitiendo, tratando de ganar, pisoteando a los demás.
E—Ya imagino quién nos inculcó el espíritu de competición.
D—He comentado que tuve que dividirlos en ricos y pobres, buenos y malos, sanos y enfermos, ¿no? Pero eso no debía de saltar a la vista, por lo tanto les induje a creer en la competición, incluso les propuse el deporte como un medio para que la división entre mejores y peores pasase desapercibida. Fue otra de mis maniobras magistrales, y muy aplaudida, por cierto.
E—No es muy normal, lo que insinúa.
D—No insinúo nada. Pero le diré una cosa más, y es que utilicé una última estrategia para protegerme de los nuevos aventureros de la verdad. Les induje a ustedes a diferenciarse entre normales y anormales, de modo que cualquiera que fuese en mi contra fuera anormal y ustedes lo condenaran, evitándome trabajo.
E—Bueno, nos quedan dos minutos para finalizar. Usted dijo que diría la verdad, la encubierta, y eso me obliga a preguntarle también: ¿quién diablos es usted?
D—¡Su juego de palabras ha estado genial! ¿Quién diablos soy yo? En serio, ¿no querría trabajar para mí?
E—Ya trabajamos todos para usted, ¿no estoy en lo cierto?
D—Ciertamente sí, pero usted podría desempeñar un papel más digno, como algunos que he colocado en los gobiernos, en las corporaciones, en la investigación, en la banca, la verdad es que dan la talla y usted podría darla. Le aseguro que tiene talento político.
E—¿Se está quedando conmigo?
D—Yo me quedo con todos, es decir, con todas las almas, o mentes, como prefiera.
E—Queremos saber quién es usted y tenemos un minuto para cerrar la entrevista.
D—Se lo explicaré. Cuando se irguieron no supieron administrar su energía y esta se colapsó en sus mentes, dando lugar a un ego alojado en el inconsciente.
E—¿Usted? ¿Usted es…?
D—Estuve a punto de ser descubierto cuando Carl Gustav Jung, otro de mis tenaces enemigos, dio a conocer el inconsciente colectivo, porque en él me vengo ocultando desde siempre.
E—¡Es asombroso!
D—Como verá, esta ha sido, no solo mi más formidable jugada, también mi obra maestra.
E—Sinceramente, tengo que admitirlo, es usted un genio de la comedia. Gracias por haber estado con nosotros esta noche.

…3, 2, 1, 0… entrevista finalizada.