martes, 1 de mayo de 2018

La magia de hablar solo

Resulta sorprendete esta especie de invitación a hablar solo, y todavía más calificarlo como un acto mágico, ya que siempre ha estado considerado tal desliz como patógeno. “No pierda de vista a su niño, creo que habla solo», dice el profesor “tipo”. A mis padres se lo dijeron con respecto a mí. Pero, ¿es o no patógena una actividad que realizan todos los seres humanos casi las veinticuatro horas del día?

Hay una regla que no debe uno saltarse y es que nadie lo oiga. O sea, que no se debe hablar solo en voz alta; sin embargo, es lo que hacemos pensando, aunque no sea audible. El diálogo interno es eso, un diálogo (interminable) con uno mismo, solo que queda reservado para uno. Pero, ¿y si hablamos en voz alta en la cima de una montaña o frente al espejo del lavabo? No pasará nada, mientras no contemos a nadie lo que hacemos: hablar solos en voz alta.

El mero hecho de contarlo equivaldría a romper la regla. Asimismo, una ruptura de reglas puede acarrear calificativos de anormalidad, extravagancia en el mejor de los casos. Sin embargo, se dan consejos como por ejemplo: “Piensa si te conviene tal cosa”. ¿Qué diferencia hay entre que lo piense en voz alta o mentalmente? O, ¿y si lo escribiera en una pizarra o en un pedazo de papel?

Todo es válido si se trata de percibir lo más aproximadamente posible una realidad que por sí sola no existe. O dicho de otro modo: interpretamos la realidad creando otra realidad, según percibimos lo que ocurre alrededor nuestro. Lo que decimos y pensamos no es tan exacto, pues, como suponemos. Lo peor es que lo que pensamos forma una telaraña, una enredadera de palabras con las que uno se sumerge en un mar de confusión.

Miles de palabras, frases, ideas, cruzan por la mente a la velocidad de la luz cuando estamos pensando. No es fácil aclararse ni dejar las cosas en su sitio. A lo más que llegamos es a una mezcla de palabras y si se observa de cerca esa mezcla se verá una estructura superficial. Sin embargo, existe una estructura profunda y más realista.

Una oración bien formada nos permite entender alguna clase de mensaje, o expresarlo; en el caso que ahora nos ocupa, a nosotros mismos. No obstante, mientras pensamos, no da a veces tiempo de formar bien las oraciones, y a la enorme cantidad de palabras que discurren por la mente se le suma el recuerdo de otras tantas pronunciadas por otras personas. Empieza a ser imposible pensar con lógica. Igualmente decidir, ordenar lo que pensamos que ya es un problema.

Pensar en voz alta, no de una forma arbitraria, sino cuando sea necesario, ralentiza el pensamiento (no es posible pronunciar tantas palabras en voz alta como cuando se piensan) y obliga a seleccionar palabras, ayuda también a ordenarlas y a formar frases que nos sean útiles para esclarecer y detallar qué está ocurriendo en la mente de uno.















   





El dolor (emocional) que creemos identificar como un dolor real representa solo entre el cinco y el diez por cien. El porcentaje restante, un noventa por cien aproximadamente, es sobreañadido mediante las palabras que nos decimos a nosotros mismos y que escuchamos sin concluir en profundidad. Este porcentaje puede variar en situaciones límite, pero como tendemos a considerar casi todas las situaciones como en el límite (in)soportable, el porcentaje de sufrimiento se dispara inútilmente.

No ha de olvidarse que con palabras estamos escogiendo “opciones” de la manera en que vamos a expresar (pensar) las experiencias. Y como las opciones son sintácticas, podemos modificar sintácticamente dichas opciones, siempre que reduzcamos al mínimo indispensable el diálogo interno. Por eso hablar en voz alta puede ayudar.

Lo ideal es mantener un silencio (mental), aunque sea breve, entre ráfagas de palabras. Y aun cuando estas surjan sin agolparse es mejor cuestionarlas antes de afirmar nada. Una pregunta a tiempo nos evitará aventurarnos en afirmaciones precipitadas. Si por ejemplo estoy pensando en que “no le importo a nadie” es que como si creyera poder saber lo que todo el mundo piensa (en este caso acerca de mí). Pero, ¿cómo lo sé, cómo puedo saberlo? Además, ¿qué de importante e interesante tiene que le importe a todo el mundo? En último término, ¿cómo creo que una persona debería actuar para llegar a la conclusión de que sí le importo?

Si esta clase de preguntas se pronuncian en voz alta o se escriben, y otro tanto sus respuestas, es probable que uno sienta su mente más despejada y que vea la luz que esperaba ver malgastando cerillas (pensando frenéticamente). Entonces, empecemos por salir de la casilla de la normalidad cuando sea necesario. Escuchar nuestra propia voz a solas puede ser emocionante y desenterrar el maestro que llevamos dentro un auténtico acto mágico, lo que no debe de confundirse con escuchar la voz del disparate, el cual está tanto en la voz que se escucha como en la que se oculta.





















Sin embargo, también es posible llegar a dominar el lenguaje pensando de forma no audible, si bien hacerlo como digo, a viva voz, servirá de entrenamiento. Pero tanto en un caso como en el otro la atención no debería apartarse de la respiración. No solamente no formamos bien las oraciones con las que nos queremos expresar, sino que además la respiración se entrecorta, también las palabras, el tono se altera, la velocidad se descompensa. Uno respira superficialmente.

Al hablar en voz alta frente al espejo, cara a cara, también vamos a corregir esa alteración lo cual va a influir en lo que tratamos de expresar. Pero tal modulación de voz se proyectará después a lo expresado mentalmente. En cualquier caso, es mejor no pronunciar una sola palabra sin sentir una respiración profunda. Tal como se la siente, se siente la vida.

domingo, 15 de abril de 2018

El milagro de sentir

Lo que sigue es un fragmento de "El milagro de sentir" un capítulo de mi último libro publicado "Entrevista con el cuerpo, Katsugen, cuando vivir sano es inevitable". Se desarrolla como una serie de situaciones en la que dos participantes interactúan entre sí conversando. Podrían identificarse como un maestro y su discípulo, o quizá un entrevistador E y su entrevistado C. Este último es el cuerpo.

E.: ¿Sabes? No he podido pegar ojo con tus sorprendentes revelaciones.

C.: Tratas de absorber información pero tu cabeza no está lo suficiente vacía y por eso no has podido dormir, si bien eso me afecta a mí. Se diría que sabes muy bien de qué tema hablar pero es mejor que sientas más porque sentir es un milagro.

E.: Está bien, te entiendo, pero, ¿por qué llamas milagro al hecho de sentir?

C.: Porque sientes la vida que hay en mí. Eres consciente de ella, no por la noción que tienes sino por las sensaciones que incluyen el dolor. Por sí solo el dolor es también un milagro.

E.: ¿Por qué es un milagro? ¿Quién podría llegar a semejante conclusión?

C.: El dolor es una muestra de mi actividad involuntaria. El éxtasis sexual también, y otras muchas formas. Pero es el dolor lo que me pone a trabajar, si no me duele nada no trabajo, al menos no como es debido.

E.: No le veo demasiado sentido. Te soy sincero.

C.: Piensa en qué pasaría si yo no pudiera detectar algo extraño en mí. Es el dolor lo que me avisa y por eso es un milagro. Pero tú tratas de eliminar cualquier cosa desagradable que yo sienta y crees que por eso he sanado, no miras en las raíces.

E.: Pero hay personas gravemente enfermas que experimentan mucho dolor.

C.: Eso ocurre una vez dejo de responder de forma natural. El dolor «extremo» entra en el mismo círculo vicioso que la fiebre, lo recordarás seguramente. Es como mi última y desesperada tentativa de mantener el equilibrio. Pero será vano dadas las circunstancias.

E.: Lo recuerdo.

C.: Hay personas con serios problemas por no ir al retrete y que sin embargo continúan comiendo, ¿dirías que eso es sentir correctamente?

E.: Supongo que no, pero no sé a dónde quieres llegar.

C.: Al maravilloso mundo de la sensación. Muchos cuerpos sienten poco o nada, no se indisponen o casi nunca lo hacen, apenas se acatarran, no tienen fiebre o rara vez. Si yo fuera así tú te creerías más sano y seguro gozando de un bienestar falso.

E.: No me trates de tonto. No, porque algo he aprendido…

C.: Solo quiero que pienses sin alejarte de la realidad.

E.: ¿A qué realidad te refieres?

C.: A la de darte cuenta de si yo soy un cuerpo apático, rígido, si tengo o no reacciones que van a ser para bien de ambos. Ten en cuenta que mis reacciones pueden ser lentas y aunque creas que soy fuerte estaré débil. Si reacciono a una anomalía de forma lenta es posible que ya sea tarde. Esa es la realidad.

E.: Pero si una persona sufre de algo grave no se puede decir que no siente nada porque se lo va a pasar fatal.

C.: El no sentir suele preceder a la reacción desesperada que yo podría tener, ya lo he mencionado varias veces. Pero ese no sentir es la enfermedad más grave que podemos padecer. Es el antecedente a esa fatalidad a la que te refieres. También es el responsable más probable de una muerte súbita...



 Descripción y disponibilidad del libro: ver aquí.

domingo, 25 de febrero de 2018

La humildad de lo irracional

El paso de la existencia permite abrir un hueco en un punto ciego del pensamiento, en el sentido de percibir lo que hemos venido a hacer a este mundo: VIVIR. Es algo que hacen todas las especies de nuestro planeta sin un planteamiento utilitario, filosófico, documentado, ni aún menos metafísico.

Así pues, las diferentes especies concuerdan en el acto de vivir. Algo sencillo pero incompresible a los ojos de los hombres civilizados. La civilización, saturada de talento, queda inmune frente al exorcista más diestro, pese a que ya muchos sintamos el deseo de acudir a uno de ellos, apenas nos damos cuenta de que «vivir» se vuelve una cuestión de analítica empalagosa. Y mucho me temo que ese deseo lo sientan los niños cuando se les acerca el momento crítico de ser PROCESADOS en la industria de la razón humana. Pero vayamos al principio, es decir, a la asombrosa simplicidad.

Me encanta el raro proceder del maestro Zen que está subido en lo alto de un cerro. Unos caminantes se lo encuentran y le preguntan por qué razón se encuentra allí. Pero él no contesta. Entonces ellos le prestan sugerencias: «para admirar el paisaje, porque se siente a gusto, quizá por hacer ejercicio o respirar aire puro...». El maestro niega todas las razones disponibles. No está por ninguna causa propuesta. 

"Simplemente estoy aquí", declara al final. Está ahí sin pérdidas ni ganancias.

Numerosas personas podrán admitirlo con la condición de aplicarlo en chilindrinas de escasa importancia, pero en asuntos más serios el proceder escapa a un terreno más seguro, más analítico. El hecho de que la vida se valúe como SENCILLA puede causar cierta perplejidad al mecanismo complejo de la sociedad. Pero yendo más lejos, quitar importancia a los asuntos serios, entre los que también se encuentran las ambiciones tan bien atadas en el pensamiento, nos causa pavor. No veas si se nos ocurre situar a un ser irracional por encima del racional; te asegura un prócer de hereje o lunático. 

Aun con todo seré sincero apostando, no ya solo por perros y vacas, sino incluso por una ameba. Al menos, ni unos ni otros sufren en vano traveseando con las ideas y los dividendos; tampoco se vuelven comatosos con las distracciones, ni pierden la memoria visceral, ni malviven como nosotros. No pasan calamidades de índole sentimental tales como la violencia, la pobreza, la enfermedad, etc., requisitos sin los que la humanidad se vería condenada a regocijarse en una PAZ a la que se trata de esquivar. Quién sabe si por parecernos aburrida y terrible. Uno no podría ya quejarse. 





















El caso es que si el raso acto de vivir parece poco racional por su sencillez, la paz se encuentra en el mismo punto de mira. Pero démonos cuenta de que no solamente por la simplicidad se distinguen de nosotros animales y amebas, también por HUMILDAD. No en balde domesticar a la naturaleza nos pone en trance de SOBERBIA, cuando humilde y fácil es seguir sus directrices. Sin duda, inteligente. Recordemos que lo que se nos pide es entereza y humildad...

No obstante, contra todo propósito de humildad, convence más la autodefinición de racionales contra la falta de inteligencia animal y así poder subestimarlos; pero lo que interesa subliminalmente es restar racionalidad a las personas que no opinan lo mismo que uno o que carecen de fe en lo preconcebido. Pasan a formar parte de las bestias. 

Ahora bien, estas no tropiezan jamás dos veces en la misma piedra a no ser que los hayamos domesticado tanto como a nuestros hijos. Ni mucho menos están en conflicto permanente como el ser humano, pero eso sí, a nuestros ojos son incapaces de distinguir el bien del mal. Y no pensemos solo en animales, pues cualquiera puede comprobar que el vecino con el que acaba de discutir tampoco distingue el bien del mal. 

Me pregunto, pese a todo, para qué le sirve a uno distinguirlo si escoja lo que escoja siempre lo llamará BIEN. El MAL lo atribuye a la oposición. ¿Acaso no se puede digerir la dualidad? Parece ser que no.... si es que se da el raro caso de intentarlo. Pero el asunto estriba en que si no se digiere no habrá UNIDAD. ¿Y qué dios va a dejarse ver por el mundo de las particiones?

Fíjate en los movimientos de rotación y traslación de la Tierra, en sus estrictas leyes naturales, las condiciones imponderables para la vida y un largo etcétera. Si cabe hasta que un manzano no se equivoque en dar sandías en vez de manzanas, por no hablar de la gestación de nuevos seres en cada especie. Pero hay que preguntarse con toda ironía qué importancia tiene eso comparado con la informática, la arquitectura, la automovilística y otras cosas a las que no pretendo quitar importancia, desde luego. 

Media hora antes de escribir estas líneas he visto sorprendido un ratón saliendo del enrejado estrecho de una alcantarilla. Lo primero que ha sacado es el trasero, lo cual me ha parecido lógico puesto que es su parte más gruesa. Si consigue que su trasero pase las rejas el resto del cuerpo lo hará sin dificultad. Ignoro si habrá alguna razón en boca de los científicos, pero me quedo con el hecho visible ante mis ojos: la humildad de lo irracional.

Y hay más cosas irracionales, como llamar MADRE a la Tierra o AMIGO al dios que todos temen o ignoran. Es que la sociedad no está para amigos imaginarios y madre no hay más que una: el SISTEMA que clasifica las especies, a su antojo, sin tener en cuenta su EXISTENCIA. Da igual si es social, administrativo, científico, corporativo, religioso, educativo, etc. 

Si el hombre sabe vivir es ya otra cosa. Resulta difícil vivir mientras uno se asfixia atrapado en los sistemas que él mismo ha creado. Claro que no se trata de prescindir de lo imprescindible; basta con ser capaces de corregir lo que no funciona, lo cual es un acto de humildad, además de inteligencia. 

A fin de cuentas, los dramas y tragedias que padecemos no corresponden a la ciencia ficción, sino a la ignorancia, la soberbia y el miedo, justo los visados que se necesitan para vivir en un infierno como el nuestro. Pero imaginemos qué nivel de INEPTITUD se necesita para poder transformar un paraíso en infierno. No está al alcance de cualquiera que no sea humano. Sin embargo la AMEBA es, contra todo pronóstico, un "inteligente antepasado"; si continuamos viviendo es gracias a no haber perdido del todo el contacto ancestral con ese ser tan especial.

Del libro: “Un dios en el bolsillo

sábado, 20 de enero de 2018

Más allá del deseo

La vida moderna, la civilización, necesita de mucho, lo codicia todo, lo quiere pronto, pero es todo aquello que va devastando sin siquiera dejarle opción a la huella del tiempo. En nuestra ambición se nos ceba intelectualmente para despojarnos, más tarde, de mucho más de lo que habíamos deseado, lo que por otra parte no habrá sido ni de complacencia siquiera.

El deseo es flojo, no pasa de ser mental, cómodo, efímero. Llegamos a desear solo lo que se nos propone devorar. Sabemos que existimos (intelectualmente) pero ignoramos que tenemos existencia (sensitiva) propia. De nosotros queda una clase de hombre que teme no adquirir o perder, y que sin embargo carece de verdadero deseo. 

No es capaz de crear, de imaginar, de intuir, de infundir vida a lo que desea. Deja poco a poco de ser real. Pero los menos reales, aquellos a quienes no les importa nada porque nada conocen, ni la tierra que pisan, ni el agua que beben, ni el aire que respiran, lideran la vida de todos; creen que pueden coger cualquier cosa. Aunque nunca han deseado de verdad ni sentido un ápice de goce. 

La vida de hoy queda pues en una rutina de color gris. Los colores solo pueden verlos los seres humanos con alma. En los quehaceres esto se nota, también en el semblante de las personas; un buen observador puede evidenciar si lo que ve tiene o no vida. Es lo que nunca podrán enseñar los dedicados al arte de conseguir. Porque conseguir es un verbo hambriento, atado al tener, verbos que de por sí limitan, que se les ve oscuros. 

En la claridad, en cambio, se distingue el “Ser”. Es un verbo colorido, vívido, real, que nos da incluso la oportunidad de ser humanos. O más que eso, encontrarnos con que el Universo se posa en la palma de la mano como un copo de nieve. La razón es sencilla: no necesitas tener ese universo, lo eres. Pero sí hace falta humildad para entenderlo, lo que significa ir al principio.

Es posible aprender de un deseo tan auténtico como el de una flor: el cuerpo humano. La mente se impone a él. Lo que este desea es suplantado muchas veces por el deseo mental del hombre que lo habita. Una vez seamos conscientes de esa diferencia de deseo estaremos listos para avanzar algo en el inexplorado arte de saber quiénes somos. 

Nadie quiere conocerse a pesar de todo, es algo que asusta y que viene a ser aborrecible. Entonces, aún menos será posible conocer el cuerpo que uno habita, lo que asusta todavía más. Su lenguaje, su deseo, su vida imponente, son aspectos olvidados, de eso hoy se encargan los especialistas del cuerpo. Igual que de la mente se encargan sus especialistas, del espíritu también los suyos, y de la manera de vivir otros tantos. 

Ahora bien, esta clase de técnicos están por todas partes. Cualquier persona está lista para decirnos lo que tenemos que hacer y lo que no sin necesidad de ser un especialista. Desear, igualmente. Pese a ello existen modos de vida que no se imponen, que en cambio invitan a ser por encima de todo. 





















El maestro Zen, Dogen, aun en un momento de escasez, propone a los monjes el za-zen (sentarse a practicar el Zen, el vacío) antes que nada. No necesitan más en ese instante y, sin embargo, el maestro expresa un poderoso deseo que es capaz de anular la crítica situación en que se encuentran.

Kenzo Awa, un maestro arquero de Kyudo, espera paciente, no mira el blanco ni tiene consciencia de la flecha, solo tensa el arco y espera hasta que siente todo el Universo en sí mismo. Entonces, la flecha se une al blanco inevitablemente. No necesita nada más que aguardar el suceso, lo cual es un “no hacer” que contiene deseo real. 

Es un deseo real porque el maestro no pretende obtener una victoria. Ni siquiera quiere dar en el blanco. Él es el arco, la flecha y el blanco. Es, no obstante, algo casi imposible de comprender para la mayoría de los mortales, pero es el sumun de la vida y el vórtice del verdadero deseo. 

Con esa clase de deseo se puede disfrutar incluso de una golosina, sin este ni del más rico de los manjares. De hecho, es frecuente comer algo que no nos apetece. O cualquier otra cosa que tenga que ver con los sentidos biológicos, incluso los cuales terminan por atrofiarse frente a los mentales. 

Muchas veces me he preguntado dónde me hallo y es sobre mis pies. Pero tal vez mis pies sean los de alguien que sigue ese camino, quién sabe. La Luna me mira, seguramente porque la miro a ella. Sucede lo mismo con esa exquisita flor, ese árbol sereno que posa delante de mí, el agua del arroyo, el cielo azul, las montañas que decoran el horizonte. Inspiro, espiro, lo respiro todo. 














Respirar no es algo separado de todo lo demás. Le da consistencia a la imaginación, hace posible el deseo real, ese impulso poderoso que atraviesa todas las barreras. Pero, ¿dónde y cómo encontrar ese impulso? Si sucede lo que queríamos es que el deseo se hallaba en las capas profundas del subconsciente. Este último es el dónde. El cómo es tan espontáneo como la flor que no piensa en qué lugar va a germinar ni hacia dónde va a dirigir su crecimiento.

El ser surge del subconsciente, el tener del consciente. La respiración profunda saca al primero al exterior. Sin embargo, hay que tener en cuenta hacia dónde miramos, a lo que se añade un inconveniente, que se mire donde se mire siempre se mira al mismo sitio. Un mundo geométrico, enredado, rutinario, entretenido en una felicidad frígida que así vuelve la vida.

La muerte viene a ser un espejo en el que la vida se refleja en su último instante. Uno se ve abocado a morir con el delirio de enfrentarse a un universo que supone indiferente y perverso, a quien puede responsabilizar de su vida frígida. Durante su transcurso no ha sido capaz de crear, de pensar, de imaginar, de vivir, más allá de la rutina. En cambio, habrá sido devorado en las fauces de una felicidad somnolienta, sin ni saber lo que quiere. Ni mucho menos que él mismo es el Universo. 

Es posible que resulte demasiado místico el ser universo, y es posible que sirva de excusa para la rutina tratando de alejarse de lo que no se entiende. Pero no propongo escalar peldaños celestiales, sino la vida cotidiana. No es preciso esforzarse por transformarse en la flor ni dilucidar sobre si en la palma de la mano hay o no un universo. Basta con la atención bien dirigida y respirar. 

Uno piensa mientras come, está pendiente de otros asuntos, laborales, económicos, filosóficos, etc., incluso en el instante sexual malgasta su energía en otros tantos asuntos (mentales) que acaban por boicotear algo que de natural pasa a ser lo contrario. En tal desorden, en el momento más inapropiado uno piensa en la comida o se excita durante el trabajo. Qué hacer podrá ser un enigma, pero es de una sencillez extrema a condición de hallarse sobre los pies de uno mismo, como he mencionado antes. 

Cuando comas, solo come, si bailas baila, si duermes duerme. Siéntate en la taza del WC sin más pretensión que eso, sin pensamientos. Nos daremos cuenta de que incluso sentados en ella podemos ser. Es al menos lo que nos enseña el Zen y es en verdad sencillo, más útil que hartadas de filosofía que no van a poder poner a raya ni al desorden ni a la usura del mundo regido por ambos, donde el deseo natural se pierde en la rueda mental que gira sin fin.