domingo, 14 de febrero de 2016

Ese rebelde que nos enseña cómo es la vida

Es interesante comprender la palabra Ki. De ella derivan conjunciones lingüísticas en la cultura japonesa (más intuitiva que conceptual) que indican cómo el Ki se manifiesta en el ser humano, en su vida cotidiana.

Así, cuando se siente que alguien tiene buen Ki, esto es Kimochi ga ii. Igualmente sentimos que alguien tiene mal Ki y en ocasiones nos encontramos con personas que nos irritan o que incluso nos resultan repelentes.

Por el contrario, sentimos que algunas personas nos agradan o nos atraen, sin explicación alguna; eso es Ki ni naru. O simplemente puede ocurrir que el Ki de dos o más personas coincida, por eso se dice que estamos en la misma onda, hablamos de Ki ga au, aunque sea poco frecuente.

Otras veces uno se siente sin fuerzas, sin coraje, sin temple, para hacer algo o resolver alguna cuestión, entonces es Ki ga shinai. Se puede decir que el Ki se halla disperso, pero también se halla concentrado otras veces, de lo cual se dice que es Ki o Komeru.

El Ki  cohesiona la vida y todo lo que a ella concierne. Por ejemplo, si un terapeuta trata a alguien y no lo toca con sus manos, no habrá evidencias de que se haya iniciado un proceso de recuperación.

Si tocar es importante no lo es menos el “dar”. Dar, regalar, es algo que casi pertenece a un pasado remoto, pero el éxito en la terapia depende de que el médico sea capaz de dar algo de sí. Eso no significa que no tenga que cobrar (basta con no abusar), pero puede dar Ki, lo que se expresa en su intención.

Un médico tendrá éxito solo si tiene una intención verdadera de sanar a su paciente. Y ambos tienen que compartir esa intención para que haya un cambio. Además, cuando el médico toca al paciente con afecto, lo unge con su intención de sanarlo y el paciente siente el impulso de colaborar.

Si se hace un favor a alguien sopesando los pro y contra de hacerlo o no hacerlo, no es igual que si se hace espontáneamente. Pero esa espontaneidad o su falta son percibidas por quien recibe el favor. Lo que varía es el sentimiento, el cual no es otra cosa que Ki y este fluye o se atasca, lo que se manifiesta en la sensación. ¡Sentir! Ese rebelde que nos enseña cómo es la vida.

Sentir es vivir, podría decirse, pero es indispensable abandonar los razonamientos que se opongan a la naturaleza. El Ki es el que va en su misma dirección y debe fluir en toda circunstancia, per ¿aceptamos el sentir? Caminamos erguidos y nos apoyamos en un tercer punto para poder hacerlo, siendo esta la diferencia principal con otros mamíferos.

Eso posibilita que la energía vital, el Ki ascienda y que con el paso del tiempo todo se sitúe en un plano casi exclusivamente intelectual. Aun así, si escuchamos la naturaleza que hay en nosotros, veremos que sigue ahí y que aún somos seres que sienten.

Del mar, por ejemplo, pueden hablar los oceanógrafos, decir sobre su composición química, salinidad, fauna, etc., pero al que se zambulle en el mar no le interesan estas cosas, le basta con sentir el agua fresca o caliente, deliciosa. El Ki está presente en el que así la siente, de una forma u otra, y en el mar. En todos, en todo.



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