Mi singular biografía

 I

Cómo empezar una biografía, aunque sea breve, puede no ser fácil, pero siendo un guerrero, poeta e insumiso, que defiende el “sé tú mismo”, todo se vuelve más sencillo. Más natural, espontáneo, salvaje, diría. A pesar de que el individuo esté condenado a la extinción junto a sus valores como ser vivo y humano.

En este mundo nuestro todo es repetitivo; nada cambia, nada en los últimos cinco mil años, a no ser la forma de mostrar nuestro rudimentario desarrollo mental y espiritual. Pero, bueno, tiene su utilidad venir aquí, aun a riesgo de locuras, y enfrentarse a las tempestades que amenazan al individuo, ya medio humano, medio máquina. Puede que sea aprender lo que no se ve a simple vista.

En fin, que llegué aquí, a este mundo, como todos, prisioneros encadenados, privados de gozar de la tierra de “nunca jamás”, de Peter Pan. Fui a parar a otro sitio bien distinto, y o no sabía dónde me metía o no podía evitarlo. Fue en 1960, un 27 de febrero, de madrugada. Lo hice como un seísmo que no avisa y te hace tremolar, aunque a mí sí que me hicieron tremolar golpeándome en el trasero, cogido de las piernas boca abajo.

Lo que vino después es harto sabido: una racha de sobresaltos que alteraron mi recién estrenada respiración y mi equilibrio biológico; pura brutalidad. Pero me consuela no haber sido el único, ni el primero, ni el último. Aunque estuve llorando cuatro años, día y noche, reivindicando mis derechos, pues ese es el significado del llanto del bebé.

Se veía venir que sería un rebelde de narices, y lo soy, no por belicosidad, sino por el instinto de no ser borrado del mapa con altas dosis de letargo. Este es una falla del libre albedrío que consecuentemente parece lógica. Lo es porque se establecen ideas acerca de uno mismo o del mundo, pero solo son eso, ideas.



Fui un niño inquieto, raro, incluso hablaba con un amigo imaginario. Pero todo el mundo lo hace cuando piensa y esa es una cuestión que tiene que permanecer sin examinarse a fondo porque es excesiva. Lo único que puede decirse es que cualquiera entra en conversación con multitud de demonios, el que dice que sí, el que no, el honrado, el marrullero, el amargado, el sentimental, etc.

No me pusieron apelativos corrosivos modernos por inquieto e imaginativo, aunque yo me he puesto el de “nómada emocional”. ¿Por qué? No lo sé, quizá porque comprendo y acepto las fluctuaciones de la vida. Si se tratase de pura inspiración hasta me valdría un apelativo del estilo de “Mowgli”, el niño del libro de la selva. ¿Por qué no? Todo apodo vale si apunta a una diana natural.

Lo peor fue el principio, en párvulos. Aquí te empiezan a convencer de que el desarrollo deficiente de tu propia especie es en realidad una gloria post neandertal. Dicho así resulta cómico, pero no lo es en absoluto. Me resultó traumático, pero al final uno se acostumbra. Aunque no del todo.

Por eso, en vez de amilanarme o volverme más fuerte para pisotear a los demás, como un paupérrimo, aunque malgastado, recurso de defensa, decidí en algún momento perdido en mi mente luchar contra mí mismo, con la intuición de que solo una victoria derivada de ese tipo de lucha conllevaría la recompensa de la calma.

He referido esto a fin de declarar que no se puede retirar la basura del mundo, solamente la que hay en la propia mente. A pesar de que la llamemos pensamiento y a veces talento.

II

Poco después llegó mi adolescencia. Sin embargo, todo no fueron aromas y violetas, ya que el adolescente, a pesar de sus sueños y de sus romances de verano, se encuentra, antes o después, con que las sospechas que tenía de niño han resultado ser ciertas. Que el mundo de los adultos es un mundo sombrío y sin sentido. No importa cómo se vea, se sabe.

¿Y después qué? Pues o te vuelves anormal por pensar como un niño o te vendes al mejor postor, el de la normalidad. Una atribución que tiene que ver con lo que la mayoría piensa y hace, según la cultura.

No estaba interesado en convertirme en alguien que va a luchar toda su vida por ficciones que lo llevarán a una muerte angustiosa, sin haber vivido (tener la sensación de…) apenas nada. O menos que nada, muchas veces. Nada de vida plena, nada de fluidez, nada de calma. Nada de vida natural, nada de consciencia.

Era obvio que necesitaría referencias con las que ayudarme a recorrer un camino que tienes que recorrer solo. Sí, completamente solo, adolescente o no. Pues bien, cuando menos lo esperaba recibí el impacto visceral de aquel personaje entrañable, Kwai Chang Caine, de la serie de Kung fu. Esta maravillosa filosofía oriental me proporcionó una alternativa a la oscura forma de vida que observaba a mi alrededor.

De no haber sido así, no habría podido tomar una postura clara en mi vida. Así que no más evidente puede ser cuál fue mi primera y principal referencia: las artes marciales. Fueron para mí una especie de garantía emocional para poder conservar la lucidez de por vida. Pero la garantía se transformó en una tremenda pasión que por supuesto sigue viva en mi corazón.



El segundo y más enérgico impacto que recibí fue el de un gran ser humano, un ser independiente, de movimientos gatunos, cuyo maestro era nada menos que el agua. Li Jun Fan, conocido como Bruce Lee. Decidí adoptar también al agua como mi maestro, aunque tardaría años en comprenderla. De un modo u otro, tome otra referencia: una creciente afición por la filosofía durante la secundaria.

Recuerdo una redacción que hice sobre la libertad en la clase de filosofía. No fui a parar a un correccional porque supongo que nadie lo entendió. Aunque me dieron buena nota, quizá por el esfuerzo de tanto folio escrito a mano. No lo sé, pero el profesor me llamó Lao Tse, a partir de entonces (antes me llamaba Kung fu…) Estos apodos, confieso que me sonrojaban.

Lejos estaba todavía del Tao y de entender la naturaleza, pero tenía el acicate para que mi modo de pensar no cambiase de dirección y sí, en cambio, su análisis crítico me condujera, poco a poco, a la emancipación. Y ante el terrible patetismo de ver cómo se ha cumplido el mundo (in)feliz de Aldous Huxley, me alegro de, habiéndome volcado a la filosofía, haberme interesado por personas como Nietzsche y Sócrates, u otras.

La verdad es que la filosofía me llenaba más que la trigonometría. Por supuesto, más que otras cosas de la aburrida vida cotidiana, lo que incluía algunas como el balompié. El hecho de que no me gustase causó asombro a otros chicos, y en ciertos casos hasta tirria. Pero a algunos de ellos los conduje a practicar las artes marciales, aunque fuese por poco tiempo. En realidad, lo que me atraía no era, ni es, fácil de precisar, aunque se pueden observar matices.

Seguramente fui un muchacho apasionado, y faltaría a la memoria y a la gratitud si omitiese mencionar mi pasión por los libros ya en aquel entonces. Cabe destacar algunos como “Siddhartha” de Herman Hesse (de la portada pinté un cuadro que todavía conservo, pero pintar no es lo mío), “El lobo estepario”, del mismo autor, “El tercer ojo”, de Lobsang Rampa, etc. Aparte, todos los que pude recopilar sobre las artes marciales.

Ahora bien, la voluntad de un adolescente no basta para ser libre, ni aun contando con el ejemplo de jamás haberme emborrachado ni asomado a las drogas, algo insólito para tantos y tantos aficionados al soma (así llama Huxley a la droga legal de la felicidad). Mi familia veía en los libros una puerta abierta a una legión de demonios que me pudiese apartar del destino plural y confortable de la vida normal, rutinaria y entumecida.

Es lo mismo que hoy en día ven un sinnúmero de personas en ellos. El caso es que tomaron cartas en el asunto, aunque no sin remisión, pues yo sabía mendigar cierta indulgencia, aunque no siempre con la suficiente pericia. Quizá por eso acabé siendo víctima de la censura. Llegué a experimentar el dolor de perder a una buena parte de mis seres queridos: los libros.

Con extraña condolencia debo decir que desaparecieron, y no podía inculpar a la inquisición por un desfase de época. Aunque por otra parte no estoy seguro de si ese desfase no va a corregirse en un futuro cercano, tal vez en la línea de un horizonte más actual, pero distópico. También es cierto que algunos libros los presté y no me fueron devueltos. O puede que llegase a perder algunos.

La aventura de leer fue una gran cruzada y, al igual que en otros aspectos, no he querido otra cosa que utilizar la vida, aunque haya sido solo por instinto, evitando el riesgo de caer en el misticismo de la vulgaridad y volverme como “El idiota” de Dostoievski. Aunque sea un derecho, como dice Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas”.

La vida está repleta de pruebas, aunque algunas de ellas parecen una mala jugada, como cuando sin dejar todavía mi adolescencia me vi trabajando en un banco, teniéndolo que compaginar con mis estudios. Pero lo dejé al cabo de los años y juro que sin arrepentimientos. No será para tanto, se podría decir. Los niños del tercer mundo siempre lo han tenido mucho peor, claro. Y también los del primer mundo, niños y adultos, aunque de otra manera.

Sin duda hay situaciones bastante más dramáticas. Pero tenía derecho a no gustarme el ambiente, mitad auschwitziano y mitad medieval, porque amenazaba contra mi cordura. Logré sobreponerme gracias a no apartarme de mi camino interior. Porque, como he dicho al principio, nada cambia, ni épocas ni lugares, si bien el desarrollo tecnológico nos hace creer que todo cambia. Pero ese desarrollo es divergente del carácter y del despertar sensorial.

III

Tal como iba sumando años sumaba inquietud por aprender. Sin embargo, antes de comprender lo incomprensible, tenía que, como mínimo, trascender la teórica y cargante mente occidental, y lo hice. No tengo nada en contra de ese talante, pero es lógico tener que sortear lo que viene a ser un serio obstáculo. Por eso la cultura oriental se fue apoderando de mí durante mi juventud, y lo celebro ahora.

Buddha fue un punto de referencia, pero también Jesús. Aunque no es posible saber quién es ni qué dice hasta que no se le quitan las máscaras que se le han puesto a lo largo de la historia. A todos los grandes hombres, se les ponen en realidad. En todo caso, mi forma de ver la existencia no es sobrenatural, sino natural, tanto la vida como la muerte.

En cuanto a la idiosincrasia social, de un lado u otro del mundo, todo gira en torno a una fría sociedad sin cometido alguno personal. Es hostil al individuo, así como al ser tú mismo. Está construida con los cimientos de arena de ganar o perder. Ser más o menos, mejor o peor, identidades imaginarias que se oponen, ilusiones de éxito o fracaso, deseos y frustraciones, esperanzas y decepciones. Llegan a experimentarse estas cosas de una forma uniforme.

La competición es la clave, aun cuando resulte ser una guerra disimulada. En el fondo, de niño, lo sabía y pronto me di cuenta de que la guerra son sueños de grandeza que se manifiestan en todo, en la incontinencia por adquirir, el deporte enfocado a la victoria, el trabajo opresivo, en la amistad traicionera y en el falso amor, instrumento tan necesario para el engaño.

Así es como el individuo enloquece y la sociedad decae, en mi opinión. Tampoco tardaría mucho en comprender que si uno se libera de toda esa basura de pérdidas y ganancias, se queda como al salir del retrete. Relajado y en paz con su barriga.



No sé cómo, pero después de los veinte me interesé por la medicina tradicional china, asimismo, por cosas como el Do-in, Qi-Gong o el Tui Na. Relacionados todos con el Tao. Esto me llenó de aún más satisfacción, aunque mi raro “modus vivendi” resaltó todavía más en el escenario de la normalidad.

Otra mala jugada del destino (o prueba) tomó la forma de una crisis existencial, acercándome a los treinta. Un sinfín de problemas entrecruzados hicieron que me sintiese tan mal como para decidir no aceptar el vacío interior al que se suele llegar y conservar, el cual no es el vacío mental de cuyas maravillas pocos quieren saber.

Y creía en el humor a pesar de todo, de modo que un día le pregunté al administrador del karma si acaso no le caía demasiado bien. Poco después, me regañé a mí mismo ante el espejo. Estas chorradas me parecían mejor que las voces amargas e impertinentes y fueron, creo que la primera condición para un mejoramiento de la situación.

Me releí un libro que había adquirido unos años antes: “Los tres pilares del Zen”, de Phillip Kapleau. Empecé a meditar, Za-zen, aunque todavía de una manera irregular. Pocos años después lo tomé definitivamente en serio. Asimismo, el extraordinario carácter nipón. Hubo más referentes, como Morihei Ueshiba o Shigeru Egami, de quien conservo un viejo libro, “The way of Karate Beyond Technique”.

Llegó la hora de la segunda crisis de juventud, aunque concebida con anterioridad. Un sinfín de síntomas emocionales y físicos terminó en un serio y neurótico problema intestinal. Casi al mismo tiempo tuve una grave distensión en la unión de una costilla con el esternón, y con el “xifoides” bastante afectado, debido a un golpe. Me dijeron los médicos que no había más solución que la cirugía, la cual rechacé.

Tampoco había solución para las rodillas, de las cuales me advirtieron que las tenía como un anciano. Las cabezas del fémur y tibia estaban prácticamente limadas del desgaste. Los meniscos se habían desintegrado y los ligamentos estaban peor que mal. Esto me enseñó que parte de mi entrenamiento marcial no había sido lo correcto.

El hecho tuvo su parte estimulante, como un gesto de fidelidad, de pura naturaleza samurái, a mi primer amor, las artes marciales. Me dolían las rodillas y el pecho, y no podía hacer ciertos movimientos, pero seguí practicando. Recordé que a los diecinueve ya había tenido una lesión de ligamentos y que yo mismo lo había superado sin ayuda. Seguí, pues, adelante con no más de treinta y dos años de edad.

No obstante, me sentía mal, no solo física, sino también emocionalmente, pensando en que mis años venideros no serían más que una vejez prematura. Podría haber sido que sí, siendo difícil de salvar una situación bajo el poder nominal de la enfermedad, pero el destino también lo manejan los ángeles, en este caso de la naturaleza, de modo que me di de narices con lo mejor que podía pasarme (sin contar las artes marciales).

No se trataba de encontrar la solución a un problema, sino del conocimiento de mí mismo y de mi cuerpo. Esta vez mi pasión por la filosofía se me volvió extraordinariamente práctica. Empecé a tener una epidemia de gratitud. Se trataba del Seitai de Mº Noguchi. Descubrí en ello el sentido de una vida plena, así como una puerta de acceso al corazón de cielo puro o Tenshin. Comprendí que por encima de las nubes más negras lucen un cielo azul y un sol espléndido. Pero, ¿resolví mis problemas?

La práctica del movimiento regenerador, Katsugen Undo, hizo que me olvidase de ellos; en realidad, nada había que resolver. Si lo hubiera pretendido me habrían echado del Dojo; si se entiende bien, aunque sea difícil hacerlo, uno se instala en un “no hacer” mágico. Es lo que me pasó, de modo que un tiempo después hallé que todas mis afecciones habían desaparecido sin pretenderlo.

Supe que de esta manera el cuerpo funciona libremente para corregir sus desequilibrios. Es algo natural, aun cuando no se entienda a la primera (ni a veces a la onceava). Por eso comprendí que muchas veces tenemos que desandar el camino para darnos cuenta de cómo caminar. Así que no puedo menos que exaltarme en mi amor por la naturaleza, el cual se dio rienda suelta a su crecimiento en mí.

Creo esencial el desarrollarse como seres humanos, no como máquinas, lo que parece ser la directriz que los seres humanos estamos tomando. O como máquinas tragaperras, que es peor. Y en nuestro tiempo, las máquinas son algo así como dioses formidables que nos impiden ser veraces con nosotros mismos. Pero ser veraces supone ser reales y por consiguiente naturales.

IV

Sin darnos cuenta el tiempo pasa, y eso que es relativo. ¿Puede un niño rondar ya los cuarenta? Mucho me temo que sí. Por este entonces se me antojó ampliar mis conocimientos aunque no me era imprescindible; solo tenía que profundizar en lo que ya sabía, pero me asomé a la terapéutica con hipnosis, biocircuitos, lenguaje transformacional, etc.

Un tiempo después regresé a mi fuente de conocimiento, salvando, de mi nuevo aprendizaje, el lenguaje transformacional. Es útil para ayudar a los demás, pero aunque desde el primer momento y con cualquier medio he sentido ese impulso, pronto se descubre que se vuelve una quimera si la persona no despierta antes por sí misma. O lo intenta, o se le nota un deseo de cruzar la frontera del cambio.

Despertar es necesario para trascender el miedo a vivir, si bien su forma más sutil es el aburrimiento. Pero una vez reconocido este en la falta de vitalidad, no nos puede alcanzar si se tiene justamente vitalidad para no dejar pasar tiempo muerto. En relación a esto desconozco los síntomas que del aburrimiento derivan, pues no he tenido ocasión de experimentarlo tan en serio.

Una de las razones es la lectura, como ya he mencionado. Pero esta maravilla no está al alcance de la voluntad de cualquiera, menos aún la lectura que influya en el carácter, en la mejora personal, quedando como excepción la que es de entretenimiento en sí. En cuanto a mí, a estas alturas ya había devorado no sé cuantísimos libros más. “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, “El ermitaño” de Lobsang Rampa, etc.

Por supuesto, libros en la línea de mi aprendizaje y, por encima de todos, los de Itsuo Tsuda, como “El no hacer” o “Uno”, al igual que los de Noguchi, como “El cuerpo, su estado y la espontaneidad” y otros. Y un libro excepcional, “Zen en el arte del tiro con arco”, de Eugen Herrigel. Por no decir de libros tan extraños como el “I Ching, el libro de las mutaciones” o “El Nei king, Ling shu, canon de medicina china…”, libros ya milenarios.

La lectura, aparte de apasionarme, me condujo a escribir. Primero escribí sobre el Zen en unos cuantos folios grapados. Después, a finales de los noventa, otro impreso ya maquetado. Pero como el tiempo no deja de moverse me di cuenta de que me había puesto a escribir en serio habiendo atravesado la frontera de los cincuenta. De párvulos a la mediana edad en un tris-tras. No está mal, siempre que se viva con los brazos sin cruzar, porque si no sería horrible.



Aun con todo, la escritura puede ser motivo de malas jugadas del destino, de esperanzas derrumbadas. Es por lo que acabo de decir de la lectura que no sea solo de puro entretenimiento, porque si es de mejora personal las letras siguen siendo casi desconocidas. Incluso yo, medio criado al estilo Zen, quise tener éxito, pero nada más lejos que para unos pocos a quienes intereso.

Pude reaccionar a tiempo y arrojar la basura de la desesperanza al contenedor. Aunque dice un proverbio japonés que es mejor viajar cargado de esperanzas que llegar al punto de destino. Pero ni esperanzas hace falta, basta con hacer las cosas por “el placer de hacerlas”. Eso es plenitud y no el éxito. Así es todo lo que en la actualidad me dispongo a hacer.

Es fácil, lo difícil para mí es seducir y sacar un gran partido. No soy un especialista en esto, de lo cual me alegro; como mucho duermo en el mismo rincón de polvo, moho y telarañas que los profetas milenarios, solo que tampoco soy profeta, y ni falta que me hace. Lo importante es respirar las veinticuatro horas del día. ¿Acaso no?

Las dificultades aumentan al tratar de explicar que la felicidad consiste en una “nada” sospechosa de ser proclamada por un ido de luces o de un viejo ermitaño con el pelo largo hasta la cintura y la barba que le toca el suelo. Pero que se lo pregunten al monje Zen a quien le regalaron una caja de “nada” ¡Me encanta!

De esa exclamación no se dudaría de pensar en una especie de esquizofrenia y por decir que aprenderlo cuesta toda una vida, o muchas más, puede uno ser expulsado del reino de la impaciencia. O del de la cordura si una noción, o serie de ellas, son vistas de otro modo, como que el cuerpo funciona según él y no nosotros.

Que la enfermedad no es un ogro, sino un movimiento regenerador (fluctuaciones), contando con que el terreno del cuerpo sea normal, es de difícil sostenimiento en lo que viene a ser llamada una sociedad de bienestar, una definición que suena tan bien que agrada.

Aprendí, hace décadas, a pesar de todo, que esa sociedad es insensible, no solo emocional y espiritualmente, también en lo corporal. ¿Cómo entonces se va a reconocer que la salud dependa de la sensibilidad y no del aparente bienestar? De eso hablo en algunos libros referidos al movimiento regenerador.

En el libro que he escrito sobre las artes marciales digo que no hay que hacer nada para vencer al oponente, nada para vencer a lo que nos duele, nada para lo que nos aflige. Pero, ¿quién va a entender esta clase de filosofía absurda? Por el momento me contento con entenderla yo y ser coherente con ella. Sé que otros pocos también la entienden.

Otros aspectos en mi haber literario tratan de la individualidad y la atención, de protegerse contra el inconsciente colectivo. Nada que pueda quitar el sueño a nadie. Tampoco, cuando he arremetido contra la codicia y el ganar camuflado de necesidad, en una ingenua novela. O cuando transformé a una tormenta en persona, en otra novela igual de inocente. Pero no importa, lo único que quita el sueño son los cantos de sirena.

V

Llegado a este momento de ahora (no existe otro), mi inquietud, sin embargo, sigue como de niño, lo que no es otra que ser yo mismo y utilizar la vida. Como suelo decir, no tiene sentido ser los demás ni lo que se nos exija ser. Siento que la vida y yo somos como el “Romeo y Julieta” de William Shakespeare. Solo que ella es la que manda en mí y no al contrario.

Tiene que aceptarse incluso si a última hora se ciernen más borrascas sobre uno, más crisis, más problemas, malas jugadas del incontenible destino. Cierto, si bien he sufrido algún que otro desajuste financiero, más o menos importante, el último de ellos terminó de tocarme las narices. Pero incluso para las situaciones más críticas, el no hacer (mental) es prodigioso.

Toda agua vuelve a su cauce si se le permite. Suena igualmente raro, pero a mí me suena a “Nirvana”, solo hace falta instalarse en él. Es superior a quedarse metido en un capullo de seda esperando a que alguien te salve o declarar la guerra a no sabemos quién o qué.

Otra cosa es que cuanto más das más tienes, algo incomprensible para los amantes de sirenas. Lo que en realidad se da es todo de uno mismo. Existe una palabra japonesa para definirlo y es el Kimochi. ¿Cómo va uno a tener una vida plena sin ese darlo todo? Pero hay otra cosa, no se puede tener una muerte apacible sin haber tenido antes una vida plena. Y otra más, no se puede tener esa vida siendo un adulto malcarado, ni aún menos siendo un usurero.

Tampoco, no siendo capaces de soltar el trapo de la risa. O no pudiendo prescindir de saberlo todo, o suspirando por controlar lo incontrolable: la vida. O no sintiendo afecto por ella, a pesar de verla en nuestros propios movimientos o en los de los seres que nos rodean. O renunciado mustiamente a ser un ser libre.

Me ha costado lo mío prestar atención a cosas que solo podrían ocurrir en la infancia, como sentarte a meditar junto a un estanque y que una rana se coloque a tu lado. No puede ser, ¿seguro que no? A lo mejor esta clase de cosas suelen ocurrir, pero no las vemos entretenidos con tantos y tantos “know-how” temperamentales.

Al principio he mencionado que hablaba con un amigo imaginario, pues bien, en esta etapa de edad, cuyo denominador es el número cinco, sigo teniendo un amigo que irónicamente es inaccesible a la mayoría de los mortales. Aquel que llamamos Dios.

No es un dictador ni le atañen, para nada, absurdos de justicia humana, de premio y castigo, una miserable opción de evasión de la realidad natural. Es irrealizable en el marco de la especulación, el dogma y la creencia. Pero entonces, ¿cómo se puede tener un amigo al que no se puede acceder?

Si alguien dice que Dios no existe tiene razón, si dice que sí existe también tiene razón. Si afirmas, niegas. Si niegas, afirmas, nos dice el Zen. No importa si existe o no, se trata solo de realizarlo a través de la respiración y el vacío mental. (Kokyu es la palabra japonesa que refiere la respiración en el hara o vientre). El resto vuelve a ser un “no hacer”, porque mientras la voluntad humana actúa, la divina se esfuma, y viceversa.



En todo caso, en lo más profundo y en lo menos, he conseguido dudar de los supuestos de realidad en los que se basa la cultura, la sociedad, incluso el conocimiento. Es tanto para lo que existe como para lo que no. Lo que se da por hecho, lo que no, también.

He sentido, sin embargo, la necesidad de encontrar la realidad y la he encontrado, soy yo, razón por la que vuelvo a mis raíces. Aunque no he podido encontrar la razón por la que he tenido inquietudes que otros no. Y no es cosa de preferencias, sino de algo más subrepticio que conduce a sentirse de una vez por todas libre. Esa manera de sentirse ha sido vedada en toda época y lugar, desde ya en el seno familiar. Pero todo el mundo la puede sentir.

Hemos llegado al final, algo que no existe, que no puede existir. Si mi historia empieza en la niñez tendrá que acabar en la vejez, ¿no es eso? Pues creo que no, a menos que esté dispuesto a perder mi niñez y juventud, y es que no. Lo que llaman vejez es únicamente la aproximación a un cambio de look (de ropa corporal). Pero hasta entonces vale más desprenderse de todo lo inútil.

Creo que el hecho de haber logrado ser yo mismo me ha conducido a cierta autosuficiencia, dentro de la interrelación que todos compartimos. Para lograrlo es preciso aprender a caminar solos, pues así es como venimos al mundo y así es como nos vamos de aquí. En mi caso, no, sin agradecer lo que mis maestros han hecho por mí. También mi familia, a pesar de mis cruzadas turbulentas, e igualmente mis alumnos y otras personas.

Mi ideal es vivir una vida plena con sencillez mental, es decir, como si la mente fuese un jardín Zen. Además hay que seguir aprendiendo, pues en este sentido, más que niños, vamos todos aún en pañales. Mientras aprendo, escribo, enseño el movimiento regenerador y el Budō, un enfoque de las artes marciales libre de esquemas y pretensiones.

Reservado para el final, no puedo menos que reconocer un referente al que no puedo renunciar: Miyamoto Musashi. No voy a explicar aquí la auténtica naturaleza de la casta samurái, pero si me identifico con ella debe de ser por algo.

Esto es todo, por el momento. Gracias por la lectura.

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