domingo, 20 de marzo de 2016

Entrevista con el diablo

Reproduzco aquí una entrevista atípica que hace honor al lenguaje figurado y que contiene brotes de ironía. Trasladada al papel, después de un largo discutir con el diablo, tal vez pueda aportar algo, siempre que no se tomen las “entrelíneas” literalmente.  “E” indica que habla el entrevistador y “D” el diablo.

…3, 2, 1, 0… en línea:

E—Para empezar, ¿es usted quien aparenta ser?
D—Solo encubro la verdad.
E—¿Qué verdad?
D—Se lo diré al final.
E—De acuerdo. ¿Cómo ha logrado hacerse con el mundo?
D—Dándole la vuelta a la tortilla. Tan solo tuve que cambiar la polaridad, reprogramándolos a ustedes con un circuito integrado de nueve letras: p-r-o-p-i-e-d-a-d. Con ello, se activó el proceso.
E—¿Y por qué nosotros? Los animales, las plantas no están en el proceso, como usted lo llama.
D—La verdad es que solo se podía reprogramar una especie excepcionalmente incompetente, con otras especies, sencillamente, habría perdido el tiempo, no habría funcionado.
E—¿Por qué nos considera incompetentes? Nos ofende con eso.
D—No es una consideración, solo tienen que repasar su historia; además no es una ofensa, más bien un halago, gracias a ustedes he triunfado. ¿No es eso cierto?
E—¿Y qué piensa Dios de eso? No creo que lo apruebe, ni que esté dispuesto a consentirlo.
D—¿A quién se refiere? ¿Al que ustedes creen mi enemigo?
E—Supongo que sí.
D—Él no tercia en estas cosas, espera a que los seres humanos logren superar el proceso que puse en marcha, pero déjenme decirles una cosa: lo único que ha conseguido es mejorar su ya de por sí infinita paciencia.
E—No creo que Él nos deje perder en el abismo, así como así, algo hará…
D—En realidad trata de guiarlos hacia Él, pero no le escuchan, debido a las voces incesantes que hay en sus cabezas, que los mantienen inconscientes. Fue una jugada mía y, permítame decirlo, absolutamente brillante.
E—Pues yo pensaba que era un juego divino.
D—No me haga reír, Dios no necesita apoderarse del mundo, es suyo, ¿o debería decir que era? Pero seré franco, no puedo arrebatárselo, excepto en el escenario que yo he puesto en marcha y que ustedes llaman realidad. ¿Lo ve? ¿Son o no incompetentes?
E—Pero nosotros estamos con Dios, no con usted, ¿a que no se esperaba esto?
D—¡Venga ya! Ustedes no son fieles a Él, su verdadero dios no es Él.
E—¿Quién, entonces?
D—¿De verdad no lo capta? Pues se lo diré, su dios es el dinero.
E—Creo que exagera, y no creo que deba llamarlo un dios, me parece infame.
D—Bueno, usted mismo podrá responderse, ¿por qué están dispuestos a mentir, a traicionar, a matar, a todo? Incluso a destruir el Planeta. ¿Cómo lo consiguen todo? ¿Acaso sus vidas no son vidas de consumo, nada más lejos que espirituales? Nunca miran en sus almas, solo en sus bolsillos. Sin embargo, quiero dejar constancia de que eso me satisface de todas, todas.
E—Pero el dinero es necesario para vivir.
D—Ahí, ahí está el truco, una convicción que ha triunfado gracias a mí.
E—No lo entiendo, explíquemelo mejor.
D—Indudablemente, estas seis letras, d-i-n-e-r-o, mejoraron el proceso de la propiedad, hasta convertirse en un sentimiento con raíces muy profundas. Pero los comienzos dejaban que desear, debido a que ese sentimiento era aún rudimentario; sabrá usted que empezó con el trueque, y eso no cubría mis expectativas. Digamos que ustedes cooperaban entre sí, y de esa manera era imposible adueñarme del mundo. Primero tenía que adueñarme de ustedes y para ello tenían que dejan de cooperar entre sí.
E—Simbiosis, es demasiado amor para usted, señor diablo.
D—¡No mencione esa palabra, amor! ¡Me pone enfermo!
E—Me está usted asustando… con esa cara y esos bramidos.
D—No se asuste, pero sepa que no pierdo facultades. ¿Acaso no vamos a peor? Yo voy a peor, ustedes van a peor, el mundo va a peor, ¿no es maravilloso? Debería usted felicitarme.
E—No lo haré, sería como adorarlo, y me da náuseas solo pensarlo. Lo siento, pero es así.
D—Pero ustedes ya me están adorando, si no, vuelvo a decirle que se asome al mundo, mire y vea, pero no verá nada, porque yo no se lo permito a nadie. A decir verdad, algunos se me han escapado, pero la comunidad los ridiculiza y son tomados por locos, sin embargo, confieso que son despiertos, peor para ellos.
E—¿Y qué opina de Jesús y Buda? ¿No fueron los más despiertos?
D—Fueron mis mayores enemigos, de hecho pude haber sucumbido de no ser por el plan que tracé para anular su acometida. Fue un plan de urgencia que consistía en que ustedes entendieran las cosas mal, al revés, complicándolo todo. Pero la clave del plan estuvo en inducirles a ustedes a sacar marcas registradas de sus nombres, una vez falseadas sus palabras, y a rendir culto a ellas, en vez de trabajar duro como ellos habían indicado.
E—Sospecho que lo que usted bloqueó es la práctica.
D—Claro que sí, una de las cosas que más temo es la meditación o la observación rigurosa, pero eso solo lo hace un cinco por ciento de la población mundial; respiro tranquilo.
E—Lo que usted diga, continúe con lo que me estaba explicando sobre cooperar, parece interesante.
D—Hablábamos de cooperación. Con el trueque, aunque ya estaba establecido el sentido de la propiedad, había mesura entre los hombres, de manera que me era preciso descompensarlos y solo fue posible con el dinero. Este los podría dividir en ricos y pobres, y mientras hacían la guerra el mundo sería mío. Es lo que ha ocurrido, ¿no?
E—Puede que tenga razón en eso, sabemos que el dinero se crea con la deuda de todos, que los préstamos son deuda añadida a la deuda y que la codicia parece no tener fin, hoy más que nunca, pero si destruimos el mundo debido a la codicia, como ha dicho hace un momento, ¿qué será de usted?
D—El mundo no puede ser destruido, y ustedes tampoco, solo temporalmente. Y tenga por seguro que los seguiré allá por donde vayan.
E—Es usted un desalmado, me da pena.
D—No, yo solo soy un guionista, pero si hablamos de pena, ¿no le dan a usted pena los niños que mueren de hambre? ¿Los que sufren de enfermedades y pobreza? ¿De falta de libertad? ¿Los que son asesinados? ¿Torturados? ¿Un etcétera ultra largo?
E—¡Pero usted es el culpable, solo usted!
D—No, yo no, su incompetencia y su cinismo, se lo repito.
E—¿Cinismo? ¿A qué se refiere con eso?
D—Sencillamente, a que creen saberlo todo, cuando en realidad no saben nada.
E—Hace un momento ha dicho que nos seguirá a donde vayamos, pero si hemos muerto… ¿existe el infierno?
D—Claro, yo lo he creado, pero vuelvo a preguntarle si no ve lo que hay a su alrededor.
E—Me refiero al infierno hebreo.
D—Resulta chocante que para unas cosas vivan al ritmo de la grandiosa tecnología y consumo que los tiene maniatados, y que para otras estén todavía en la edad media, una edad dorada para mis menesteres, por cierto. Y gracias a mí se sacrificaron a muchos en aquel entonces, muchos de los cuales habrían acabado conmigo, pero los acusaban de estar a mi favor, ¡qué estúpidos!
E—Los sacrificaron en el nombre de Dios.
D—Bueno, es lo que les hice creer. Ahora se sacrifican todavía en el mismo nombre, también en el nombre de la ciencia, de la patria o de otros nombres, pero en todos los casos sigue siendo por mí y gracias a mí. Cuando pienso en ello se me hace la boca agua.
E—¿Y existe el cielo?
D—Tanto como el infierno. Verá, ambos son estados mentales, los dos lados de la dualidad.
E—Ya veo, Dios estira de un lado y usted del otro…
D—Los dos lados son de Dios, la noche y el día, el blanco y el negro. Se supone que deben trascender eso, al menos es lo que espera Dios, pero mi trabajo principal consiste en convencerlos de que ustedes están divididos en buenos y malos. Es más genial aún que en ricos y pobres. Mire, no me beso en las mejillas porque no llego.
E—¿Y cómo vamos a trascender el blanco y el negro?
D—No creo que vayan a hacerlo y si lo consiguen tardarán tanto que incluso yo podría llegar a aburrirme de mis propias engañifas. Pero de momento no se hagan ilusiones, el mundo ahora está candente y yo en plena forma para jugar a balonmano con él.
E—¿Y qué pasará conmigo, con todos, al morir?
D—Eso quisieran ustedes, morir, pero olvídense, no pueden hacerlo.
E—¿Acaso es usted el que va a impedirlo?
D—Me está obligando a decirle lo que no quiero, no porque eso cambie nada, sino porque alguien pudiera ver en mí algo bueno y eso sería aterrador. En fin, Dios los busca a ustedes y ustedes a Él. ¿Por qué? Por la experiencia mutua, Él como hombre, ustedes como Él.
E—No sé si lo entiendo…
D—Se lo diré de otra forma: dos amantes corren el uno hacia el otro hasta que se abrazan. Uno de esos amantes es Dios y el otro es usted. Pero yo lo convenzo a usted de que se dé la vuelta, y como un tonto corre en dirección contraria. En serio, cada vez me sorprende más mi astucia, ¡la adoro!
E—No ha contestado a mi pregunta, qué pasa al morir. ¿Qué opina de la reencarnación?
D—Sí que le he contestado, pero veo que no me ha entendido, lo cual indica que hice lo correcto al elegir a su especie para mi provecho.
E—Da lo mismo, creo que debería aclararme ese punto.
D—Creer o no creer, ese es el dilema, y ese aspecto también lo he manipulado.
E—Supongo que no habrá nada en lo que no haya metido las narices.
D—Es mi trabajo, compréndalo. Siempre los divido entre partidarios y sus contrarios, ¿descuidaría usted sus intereses? Yo no puedo tolerar que se dejen llevar por el consenso. Por eso he enfrentado a tanta gente.
E—Pero ¿me aclara el tema o no?
D—¿Le parece tan extraño nacer?
E—No, una primera vez, pero una segunda…
D—Si se lo digo, le daré pistas para despertar y eso podría infectarlos a todos.
E—Pero usted mismo ha dicho en varias ocasiones que es improbable.
D—No es correcto que lo diga yo, pero si averigua quién era usted antes de nacer sus padres, sabrá lo que quiere saber.
E—Eso es un koan Zen, lo leí en un libro.
D—Una infamia, pero ustedes son demasiado perezosos para averiguar nada. Y le daré un consejo: no lea, no es bueno para mí. Lo mejor es que se distraigan todos, como vienen haciendo, y que en vez de despertar cultiven la moral.
E—¿Qué tiene de malo la moral? Uno tiene que ser íntegro.
D—Si les digo que cultiven la moral, no puede ser malo, no haga como yo, no le dé la vuelta a las palabras. Lo ideal es defender la moral al abrigo de la corrupción o impedir la vida íntegra, despreciando el cuerpo.
E—Eso último, en serio que no lo entiendo, ¿a qué se refiere con ello?
D—Si quieren hallar diferencias racionales entre un rostro y un culo, no podrán, pero seguirán creyendo en eso, porque yo me ocupo de que crean siempre lo más irracional. Y seguirán creyendo que el sexo es malo, mientras que comer, consumir o distraerse no lo es.
E—No sé si está siendo concreto con mi pregunta.
D—Preste atención, parte de mi misión consiste en impedir que ustedes gocen de buena salud física, mental y espiritual. Es lo que pasaría si aprendieran a sentir sus cuerpos y no enfrentarse a ellos, pero yo utilicé la siguiente estrategia: convencerlos de que no son sus cuerpos, y promover el desprecio al cuerpo y su inteligencia, en el campo de la religión, la filosofía y la medicina. De paso aproveché para incitar a una nueva división: sanos y enfermos, pero la frontera no debía quedar definida, para mayor seguridad usé un eslogan: “Todos contra natura”. Sigue vigente, hoy más que nunca.
E—Dudo de que tenga razón.
D—Me emocionan sus dudas, eso significa que todo va como es debido. No debe pensar mucho, imagínese qué pasaría si todos ustedes lo hicieran. Siento escalofríos.
E—Pero yo soy un alma antes que un cuerpo. No soy mi cuerpo, por lo tanto.
D—Es como decir que el Planeta no es sus aguas, sus tierras, sus criaturas o que Dios no es su Creación. Pero sigan así, encadenados a la dualidad. Si supieran lo que eso me complace, celebrarían conmigo mi victoria.
E—Veo que lo que le importa es ganar, ¿qué me dice?
D—Antes dije que ustedes son unos cínicos, pues bien, ustedes viven compitiendo, tratando de ganar, pisoteando a los demás.
E—Ya imagino quién nos inculcó el espíritu de competición.
D—He comentado que tuve que dividirlos en ricos y pobres, buenos y malos, sanos y enfermos, ¿no? Pero eso no debía de saltar a la vista, por lo tanto les induje a creer en la competición, incluso les propuse el deporte como un medio para que la división entre mejores y peores pasase desapercibida. Fue otra de mis maniobras magistrales, y muy aplaudida, por cierto.
E—No es muy normal, lo que insinúa.
D—No insinúo nada. Pero le diré una cosa más, y es que utilicé una última estrategia para protegerme de los nuevos aventureros de la verdad. Les induje a ustedes a diferenciarse entre normales y anormales, de modo que cualquiera que fuese en mi contra fuera anormal y ustedes lo condenaran, evitándome trabajo.
E—Bueno, nos quedan dos minutos para finalizar. Usted dijo que diría la verdad, la encubierta, y eso me obliga a preguntarle también: ¿quién diablos es usted?
D—¡Su juego de palabras ha estado genial! ¿Quién diablos soy yo? En serio, ¿no querría trabajar para mí?
E—Ya trabajamos todos para usted, ¿no estoy en lo cierto?
D—Ciertamente sí, pero usted podría desempeñar un papel más digno, como algunos que he colocado en los gobiernos, en las corporaciones, en la investigación, en la banca, la verdad es que dan la talla y usted podría darla. Le aseguro que tiene talento político.
E—¿Se está quedando conmigo?
D—Yo me quedo con todos, es decir, con todas las almas, o mentes, como prefiera.
E—Queremos saber quién es usted y tenemos un minuto para cerrar la entrevista.
D—Se lo explicaré. Cuando se irguieron no supieron administrar su energía y esta se colapsó en sus mentes, dando lugar a un ego alojado en el inconsciente.
E—¿Usted? ¿Usted es…?
D—Estuve a punto de ser descubierto cuando Carl Gustav Jung, otro de mis tenaces enemigos, dio a conocer el inconsciente colectivo, porque en él me vengo ocultando desde siempre.
E—¡Es asombroso!
D—Como verá, esta ha sido, no solo mi más formidable jugada, también mi obra maestra.
E—Sinceramente, tengo que admitirlo, es usted un genio de la comedia. Gracias por haber estado con nosotros esta noche.

…3, 2, 1, 0… entrevista finalizada.




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