domingo, 17 de enero de 2016

El juego de la hecatombe

Esta historia pertenece a mi novela: "La catástrofe más esperada de la historia". Surgió de un sueño que me sobrevino en uno de esos periodos en los que la imaginación desvaría. O no. Fue en una agitada noche de principios de verano de 2012. Nunca he podido saber si tiene sentido o no, o si reivindico algo, pero no importa.

Supongo que uno puede soñar lo que se le antoje y compartirlo si es interesante o divertido. Aparte de eso, me pregunto si Peter Pan ha tenido algo que ver en todo esto. Si así fuera, lo recomiendo como un elixir para la felicidad, igual que el mitológico: "sé tú mismo".

La seriedad sirve únicamente para estropearse los dientes por apisonar las mandíbulas, agarrar una depresión de caballo, y fastidiarse el hígado. Por no mencionar la ansiedad de vivir por tres metros cuadrados de limitación mental en el planeta de la codicia.

Entonces hay que superar la ansiedad, volviéndonos más risueños, sencillos y naturales. Pase lo que pase.


Extracto del capítulo VIII "El juego de la hecatombe”


     Alrededor de las once llegaron a Madrid. Raúl y Sara optaron por hacer una compra rápida en un supermercado para así no entretenerse en hacerlo en Rivas. Estaba cerca de la plaza de Castilla y del juzgado. Y en medio de la mala sangre de ir donde no tienes que ir, fue un paréntesis de reposo.
     Sara puso la radio y Raúl la quitó con un gesto de desaprobación.
     Raúl no dejaba de saltar de un pensamiento a otro. Le asaltaron enormes dudas sobre el sentido y la gravedad de la citación y de si los que gozaban de ser sus nuevos amigos estaban en sus cabales o era él mismo el que había perdido el juicio. Pero también los empezaba a añorar incomprensiblemente.
     Regresaron al coche con un par de bolsas cada uno. Raúl abrió el maletero y metió dentro las bolsas. De repente Sara se tapó los oídos y Raúl hizo el gesto de tapárselos, sin llegar a hacerlo.
     —¡Vaya! ¡Mis oídos! ¡Caray, qué pitido! —dijo Sara.
     —Oh, también yo he notado un pitido, un piiii raro —dijo Raúl—. Y me he mareado un poco... es como si tuviese los oídos taponados.
     —Pues no sé qué puede ser, pensaba que era de nadar en la piscina...
     Pese a la preocupación decidieron entrar en una de las cafeterías contiguas al centro comercial y tomar un café a pleno relax, sin el nerviosismo que les proporcionaban aquellas criaturas angelicales y perversas a la vez.
     Algo no marchaba demasiado bien en el sentido de la normalidad de Raúl, pero no sabía, no podía saber qué era.
     El camarero puso los cafés sobre la mesa y se quedó mirándolos sin hacer una mueca ni decir nada, y malhumorado. Sabían que su aspecto no estaba para ir a un desfile de pasarela, pero no había para tanto.
     —Bueno, por lo menos no es el tipo que te pone aguachirris, en vez de café, si no te ríes de sus chistes... —dijo Sara— porque este... de eso nada.
     —Seguro que no —dijo Raúl—. No, pero cuidado. Que también te ponen laxante tostado si tienen consorcio con fabricantes de medicamentos para la diarrea post-café —dio un sorbo—. Este no debe de tenerlo: el café está delicioso.
     Sara le regaló una expresión amable y condescendiente con su estado de ánimo. Ella iba a decirle algo, cuando de repente entró un hombre que miraba a su alrededor con una expresión de abatimiento, catatónico, como si saliese de un casino con el último cigarrillo en la boca y la barba de varios días como únicas pertenencias. Remordido por haberse dejado llevar por el reclamo del ganar.
     —Sí señor. ¡¡Mierda!! —gritó.
     Se mantuvo mirando fijamente a la barra y de inmediato cruzó el local y lo pateó en varias direcciones, como si buscase algo. La mirada, como si estuviese vuelta hacia un interior vacío, era inexpresiva. Se metió la mano al bolsillo y sacó unas monedas; las arrojó al suelo. Y luego hizo lo mismo con su billetera, que solo portaba dos billetes de diez y uno de cinco euros. No parecía tener tarjetas, lo que mostraba que el banco debía de haberle sacado más litros de sangre que un millón de usureros en santa congregación.
     Salió a la calle y subió al coche que había dejado en marcha. El motor dio cuenta de la enorme prisa que llevaba por sus dilatados rugidos; se largó derrapando a todo gas y estampó el coche contra un poste. Raúl lo miró conteniendo un mar de emociones entre las que destacaba la inquietud. Sara se echó a reír, en cambio.
     El camarero recogió el dinero y dijo que invitaba a una ronda y añadió:
     —No todos los días aparecen chiflados como este.
     —Dime cómo se propaga la infección —dijo Raúl sin levantar la vista de la mesa—. A ver si puedo contagiarme de tu risa. Y es que lo siento, pero esto no me hace ninguna gracia. ¡Ninguna!
     Se levantó de la silla, salió a la calle mirando en todas direcciones y volvió adentro; se sentó en la mesa jadeando. Lo que estaba buscando era a sus amigos, puesto que visto lo visto debían de andar cerca. Pero ¿cómo? ¿Acaso volaban también? O quizá fuesen profesionales de doblaje en escenas peligrosas, entrenados para engancharse a las tripas del coche y aguantar varios kilómetros con sus bíceps de acero.
     —Es como si estuvieran aquí —dijo con una voz queda.
     Gesticuló con los dedos, haciéndolos caminar por la palma de su otra mano.
     —Será una coincidencia —dijo Sara—, o vete tú a saber.
     —¿Una coincidencia? Sí, claro, ves una vaca que vuela, ¿vale? Y luego ves otra que también vuela y tú lo llamas coincidencia... ¡La madre que los parió! No sé qué ni cómo lo han hecho, pero esta vez se acuerdan de mí. ¡Me puede dar algo!
     —Bueno, puede que se encontraran al tipo en el lago y luego... ¡yo qué sé!
     Se quedó absorto, conteniendo un llanto desesperado, buscando una explicación en el túnel de su mente. Miraba la superficie de la mesa. Alzó la mirada y la bajó de nuevo.
     —¿Sigues ahí? —Sara deslizó la palma de la mano a pocos centímetros de sus ojos, en horizontal—. ¡Marchémonos ya!
     En el local había ocho clientes, sin contar a Raúl y a Sara. Había tres hombres en la barra. En una mesa, una pareja, y en otra tres personas más. A uno de los que estaban sentados en la barra le sonó el móvil, y también a la pareja, y a una mujer y a un hombre de los que estaban en la mesa de tres. Un total de cinco móviles.
     Los cinco dueños de los móviles dejaron caer los aparatos al suelo y se pusieron a deambular con vacilación por el local, tal como acababa de hacer el hombre que había irrumpido en el local.
     A Raúl se le detuvo un estornudo, el cuello le palpitaba, la boca del estómago se le endureció. La camiseta se le empapó de sudor en apenas segundos. La garganta no le obedecía y sus ojos miraban como los de una lechuza, anunciando el probable síncope que iba a tener en unos instantes.
     Sara se puso pálida; quiso levantarse y huir, pero se sintió inmovilizada. También sudaba profusamente. Cuando pudo reaccionar se asió con las dos manos a un brazo de Raúl. Sin todavía poder decir nada, sus miradas expresaban un deseo ardiente, el de esconderse bajo tierra durante milenios... o hasta el fin de los tiempos, quizá... si es que no habían llegado ya.
     Lo que pasó a renglón seguido fue lo que cabía esperar. Vaciaron sus billeteras, desparramando billetes y tarjetas de plástico por el suelo. El camarero tropezó con una pilastra de vasos que cayeron en un estruendo tras la barra, haciéndose trizas. Su boca abierta parecía un buzón de correos, igual que las de las tres personas a las que no les había sonado el móvil.
     El camarero cogió el mando del televisor que estaba apagado, lo cual era mucho más raro que anunciar el final de la soberbia, pero es que media hora antes hubo un apagón breve, debido a un incendio (ya controlado) en una central de distribución eléctrica.
     La mano le temblaba, pero tenía que encenderla antes de que los clientes se liasen a puñetazos, pues por dos chavos todo es posible. Raúl y Sara salieron a la calle y fueron al coche, que estaba a veinte metros, a toda prisa. Pero entonces oyeron unos gritos que los persuadió a regresar. El escenario era cómico y escalofriante a la vez.
     Los tres clientes que habían dejado cuerdos acababan de vaciar sus bolsillos de todo peculio, incluidos, esta vez, un billete de barco para un crucero, un par de relojes de oro y una cartilla de ahorro de banco. Sin embargo, el camarero los había aventajado, puesto que había vaciado la caja registradora. Y nadie robaba nada y todos parecían idos.
     —¡Mira, mira! —Sara señaló al televisor desde la puerta.
     —¡Santo cielo! —exclamó Raúl.
     Un grupo de invitados, que parecían personalidades, ataviados con traje y corbata los hombres, y traje de chaqueta las mujeres, estaban vaciando sus carteras en un plató ante millones de personas. Uno de ellos se levantó, se quitó los gemelos de oro y los estampó contra la cámara. Raúl los vio venir tal cual se los hubieran arrojado a él, y Sara incluso hizo ademán de agacharse. A continuación se borró la escena, y la sustituyó el mensaje de:

 «LA EMISIÓN HA SIDO INTERRUMPIDA POR MOTIVOS TÉCNICOS. ROGAMOS DISCULPEN LAS MOLESTIAS. TV CANAL 99»

     Sara comenzó gritar entre gemidos que no tenían fuerza de tono.
     —¡Vaaámonos de aquiií! —Raúl profirió tratando de deshacerse el nudo apretado que se le había formado en la garganta—. ¡Vamos! ¡Corre! —dijo en el penoso esfuerzo de tragarse el nudo— ¡Se va a liar parda!
     Sara sufrió una mudez psicosomática que amenazaba con ser irreversible.
     —Saldremos de esta, te lo prometo —dijo Raúl... un ápice más calmado.
     Asió de una mano a Sara y salieron lanzados al coche.
     —Volvamos antes de que el mundo se haga pedazos —dijo Raúl.
     Lo repitió una considerable cantidad de veces, para impedir que un ataque de pánico los dejara fuera de combate. Y casi les sobrevino por insistida vez. Algunas personas de las que vagaban por el aparcamiento tiraron sus pertenencias, cual lluvia de caramelos en un bautizo. Era una fiesta todavía poco terrorífica hasta que llegaron dos empleados de seguridad con un saco precintado de dinero y subieron al furgón.
     El que conducía puso la radio y algo extraño se repitió a gran escala. Bajaron los tres del furgón y vaciaron el saco, y dos más en medio del aparcamiento. Raúl y Sara no se habían metido todavía en el coche, y aterrados se echaron a un lado. Sara tragó saliva con esfuerzo y meneó la cabeza al mismo tiempo que miraba cómo el viento levantaba una nube de billetes y, acto seguido, salían más de treinta personas del supermercado amontonados en una piña demoledora, dándose empujones y puñetazos.
     —Me pregunto por qué estos hacen lo contrario —dijo Sara.
     —Hum... si no estaban viendo la televisión, ni escuchando la radio, ni tenían el móvil a mano... ¡vaya disparate! ¡La que han montado los neandertales estos!
     —¡Qué catástrofe!
     —¡Dios mío, Sara! ¡Las antenas! ¡La estación! —Raúl lanzó su hilada verbal.
     —No quiero pensar el alcance que haya podido tener esto.
     —No lo pienses, pero te diré una cosa: los jinetes del Apocalipsis no son cuatro, ¡son dos! Y les ha bastado para liarla bien... ¡Joder, el Monopoly!
     —Ya, quieres decir que están jugando al Monopoly con todo el planeta.
     —Exactamente eso. Ni más ni menos. Y no sé si echarme a llorar, patalear, tirarme de un rascacielos o buscar la sección de aplausos y aplaudir hasta que las manos se me inflen como globos. Pero vayámonos de aquí. ¡Ahora mismo!
      Se metieron, por fin, en el coche y Raúl aceleró a fondo. Giró la rotonda que daba acceso principal al aparcamiento del supermercado; todavía escuchaban griteríos y un estruendo de cristales rotos a sus espaldas. Raúl puso la radio en marcha.
     —¡¡No!! ¡¡No!! —gritó Sara, pero ya era tarde.

«INTERRUMPIMOS LA EMISIÓN POR MOTIVOS TÉCNICOS. DISCULPEN LAS MOLESTIAS. NC RADIO MADRID»

     Este fue el mensaje recibido; Raúl apagó la radio, ambos bufaron de alivio y salieron desbocados en un rumbo que ahora se volvía confuso.



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