jueves, 24 de noviembre de 2016

El ladrón de penas

Un misterio insondable, una aventura extraordinaria, acción al límite, un amor imposible y una serie de sucesos que no se olvidarán jamás, son parte de los ingredientes de una historia con un final... inesperado. Quien se adentre en estas páginas se encontrará inevitablemente con una historia que tal vez le quite el sueño, pero que le hará sentir más allá de lo que pudiera imaginar...

Este es mi último libro publicado, "El ladrón de penas". Descripción completa



domingo, 22 de mayo de 2016

La escritura mágica

Ni la literatura ni la ciencia podrán explicar algo que subyace en las capas más profundas del misterio. La frase: “escritura mágica”, sugiere que el acto de escribir es creativo y por consiguiente mágico. Tiene sentido porque es “moralmente racional”, y lo aceptamos en cualquier campo del saber humano, la literatura, la música, la pintura, etc., pero, ¿y si no estuviéramos hablando de esa clase de magia?

No, la magia de la que voy a hablar es más literal; entonces se verá como “inmoralmente irracional”. Pero se vea como se vea, ahí está, sucede sin tener que mendigar explicaciones, dejando aparte a esa dama tan encantadora, refinada y beneficiosa al hacer humano: “la congruencia”.

Es una buena compañera, pero es también muy severa cuando decide probar si somos individuos reales o meras patrañas. Hasta se ríe de nosotros, para disipar los humos de la vanidad. Todo depende de lo que uno haga, escriba en este caso. Si escribes de crecimiento personal, aunque solo sean ligeras connotaciones, echa a correr porque la dama de la congruencia irá a por ti, te escondas donde te escondas.

Otra cosa es que uno no pueda o no quiera darse cuenta, pero, si somos conscientes, tal vez lleguemos incluso al “poltergeist” emocional. No, no exagero, pero será mejor que cuente mi experiencia, no vaya a ser que las letras empiecen a moverse y saltar fuera del blog; sería un caos para mis visitantes y un problema para los exorcistas semánticos. Pero veamos cómo la congruencia se ha ensañado conmigo.

Empezó a suceder cuando más descuidado me encontraba, aunque poco a poco conseguí verla venir con cierta anticipación. Acabé por preguntarme ¿qué sucederá por escribir esto…? Tomaré como ejemplo una de mis frases más apreciadas por mí: “En una situación difícil tenemos que mantener el estado en el que el pensamiento no sea un estorbo”. Cuando la escribí, no hace mucho, pensé: “prepárate”.

En los días subsiguientes me vi envuelto en varias de esas situaciones, aunque no extremas. Y eso que, por norma, solo escribo aquello de lo que estoy seguro de poder hacer y que por supuesto hago. Pero la dama es muy exigente y siempre te pide más, y más…

—Estoy siendo congruente con lo dicho, ¿qué más quiere usted, señora? —le digo a la dama.
—Quiero asegurarme de que no se te ha olvidado —me responde ella.

Podría poner cien mil ejemplos, incluyendo lo que enseño (digo) en mis clases, pero el más conmovedor es el de escribir un libro. Se dicen muchas cosas en él. Pero si son varios o muchos, es mejor salir a la calle con coraza; la dama te importuna, te acribilla el temple hasta dejarlo como un colador, lleno de agujeros. Si resistes la embestida, se retira a descansar o la toma con otro que también tenga la consciencia despejada.

Imagina lo sufrido que es una exigencia tan alta en un mundo incongruente, cínico, más bien. Pero no puedo quejarme, a fin de cuentas, yo soy el único culpable por haberle declarado mi amor a esa dama tan desenvuelta y atractiva. Ese amor no te lleva al triunfo, pero sí a amar lo que haces y que sea lo bastante real como para hacerlo sin remordimientos.

Siempre somos puestos a prueba, escribiendo o haciendo cualquier otra cosa. Pero no deja de tener su lado divertido, ¡y su lado constructivo! Solo hay que imaginar qué ocurre cuando la prueba se supera y la dama te sonríe. Por otra parte, no es posible eludir la prueba, solo ignorarla, lo que equivale a retrasarla.

Pongamos por caso, que escribía un capítulo en el que se mencionaba algo que tuviese que ver con la calma. En tal caso, las turbulencias me rodeaban como un tornado. Si se trataba del coraje ni qué decir. Escribir un libro es pasar mucho tiempo en tu interior y al acabarlo tienes que mirar su simbolismo y darte cuenta de que estabas ignorando que eso estaba dentro de ti.

Después de finalizar cada libro, me he dado cuenta de que no venía de ninguna parte ni iba a ningún lugar. Y lo mejor de todo: que solo se escribe algo bueno (o se hace lo que sea), en los momentos en los que el “yo” deja de existir. ¡Eh! ¡Ahora sí que podemos hablar de magia!

No obstante, quiero mencionar también una parte que se halla en el epicentro de la magia para niños. Creo que es la más divertida. Como ejemplo, sirve una novela que estoy terminando y que en breve será publicada. No diré el título ni de qué trata, porque no es el momento, solo mencionaré una tormenta y a un hombre que aparece con un chubasquero rojo.

Uno de los protagonistas recibe una gran lección (una de tantas) ante la presencia de ese hombre y en medio de una tormenta que se forma en pocos minutos. Pues bien, pocos días después de haberlo escrito me vi en una repentina tormenta (con la consiguiente prueba de aprendizaje) y al girar una esquina… alguien tropezó conmigo y… ¡llevaba puesto un chubasquero rojo! ¿Cómo se puede digerir esto?

La verdad es que nunca la ironía, la paradoja más bien, había sido tan literal, ni mucho menos. Después del asombro me estuve riendo varios días. Sin embargo, no estaba tan asombrado, puesto que desde que empecé la historia no han dejado de ocurrirme cosas. Y eso está bien, al menos sé que vivimos en un Universo al que se le da muy bien el humor Zen.

O puede que yo lo vea así al no soportar la seriedad de los tecnócratas y tragamundos. Me viene a la memoria la historia de un maestro Zen muy risueño. Se dice de él que pasara lo que pasase, siempre reía. Me siento pues afortunado porque la vida me dé lecciones sin quitarme la risa ni la alegría. A la hora de escribir, sé que las letras no son mera gramática, y que incluso por encima del arte, son mágicas.

Sin embargo, el asunto no acaba aquí. Leer es también una de las grandes maravillas del mundo. Pues bien, si leemos con ánimo de crecer, la dama nos visitará para ver si es verdad que hemos aprendido algo de aquello que nos ha gustado tanto. Pero no te asustes, no vaya a ser que baje el nivel de lectura, y ya está… casi en el núcleo de la Geosfera, medio fosilizado.



 

domingo, 1 de mayo de 2016

Zen sobre ruedas

Tal vez seamos una especie compleja, pero lo cierto es que la mente se halla dispersa, tanto más en una época tan estresante. Esto afecta a todo y el hombre moderno se limita a hacer uso de los condicionamientos básicos. Pero, ¿qué hay de una lucidez costosamente ganada en pro de un poder inmenso? Nada de nada. Pensándolo bien, tiene su gracia: odiar las tinieblas cuando se podría encender la luz.

Sin embargo, no se trata ahora de volcarse al misticismo, buscando la gran liberación. La vida cotidiana ofrece grandes oportunidades y una de ella es el instante de conducir un vehículo. En realidad es un instante como cualquier otro, pero es más que substancial. Tanto es así que de paso preservamos nuestra vida y la de otros.

Explicaré aquí, pues, cómo conducir. Lo primero es dónde y eso nada tiene que ver con el trayecto, sin con esto otro: AQUÍ. ¿Dónde iba a ser si no? La mayor parte de la gente, sin embargo, no conduce aquí sino en cualquier otra parte. La prisa por llegar, la obsesión por ponerse delante de otro vehículo, etc., dan cuenta de no estar aquí. Ni siquiera haber tenido un accidente impide seguir conduciendo en el mapa mental, en vez de en la carretera.

Y ese es un problema fundamental: creemos que el mundo y lo que hacemos en él es lo que tenemos en la mente. ¿Vamos a cambiar el mapa por la realidad? Pero la realidad es “aquí”. Ese lugar por el que pasamos continuamente y del que nunca nos percatamos. En resumen, que uno conduce pensando estar en una infinidad de sitios, todos menos la carretera que pisan las ruedas de su vehículo.

En segundo lugar está la cuestión de cuando conducir. No puede ser en otro momento que: AHORA. Pero la mente divaga en lo que pasó ayer, la semana pasada, o lo que pasará mañana, cientos de recuerdos, ideas, planes y proyectos, etc., tienen lugar; es como si uno decidiera aprovechar el tiempo mientras conduce.

No es de extrañar darnos con una roca, dar unas cuantas vueltas de campana o colisionar contra alguien. ¡Qué fatalidad! La verdad es que sí, es una fatalidad no saber estar “aquí y ahora”. Así que ni siquiera hace falta el alcohol o las drogas para que uno se convierta en un peligro letal. Basta con ser un ser humano poseído por monos parlanchines que no cesan de chillar en las cabezas.

Acaso exagere, pero siempre que uno tiene un accidente, ya sea de tráfico, laboral o doméstico, si uno es víctima de un delito, incluso si es asesinado, siempre ocurre estando distraídos. No quiero decir que no se pueda tener un accidente sin estar distraídos, pero es poco o nada probable que uno no esté distraído en el momento fatal.

Por otra parte están los roces verbales o físicos, la disputas de tráfico. Estas se relacionan nuevamente con no estar aquí y ahora. Por el contrario, nos entregamos al verdugo del estrés y malgastamos una cantidad de adrenalina que al cuerpo no le sienta nada bien. A la capacidad de conducción le sienta peor que nada.

En un atasco los conductores no paran de tocar el claxon y hacer aspavientos con las manos y gestos faciales, por no decir de los improperios que salen por sus bocas. Pero esta actitud no solo es estúpida, también es ingenua, porque uno lo hace pensando que de ese modo se deshará el atasco. O tal vez se quiere desahogar, o simplemente quiere irritar a los demás para hacer justicia. Se convierte en un Robín Hood urbano, sin flechas que disparar.

El corazón sufre y al final termina uno sufriendo un infarto. Pasa lo mismo en el trabajo o en cualquier discusión, pero casi nadie sabe que eso es lo que pasa. Y si hacemos mal la digestión será culpa de otros, no de la mala gestión de nuestro propio pensamiento. No en vano menciona Budha el “recto pensamiento”.

Lo siguiente es contar cómo conduzco yo exactamente. El cómo lo hago no me prepara para correr en la fórmula I, pero me proporciona seguridad, tranquilidad, consciencia, y de paso un trascendental ahorro de dinero (en multas). Sobre esto último, conducir como voy a exponer podría no ser lo mejor para contribuir al erario, pero reducir un bolsillo famélico a la mitad o menos no es lo más aconsejable. Y si el vehículo ha quedado despachurrado o el gasto hospitalario es astronómico, ni te cuento.

Después de todo lo dicho, explicaré las reglas, pero no olvidemos que hay que poseer una gran fuerza de voluntad para no caer en lo que espanta a todo ser humano: “aquí y ahora”.

Primera regla: atención y concentración

La ATENCIÓN consiste en atender a algo o alguien, ser consciente de ello. Pues bien, la atención es única y exclusivamente para la carretera. Es como si mantuviéramos un romance con ella, es nuestra amada y no vamos a decepcionarla. Todo nuestro ser se vuelca en ella. Todo lo que no sea ella se excluirá, nada de infidelidad que a larga resultará fatal.

Una de las infidelidades que más nos roba la atención es ese vehículo que tenemos detrás y que nos quiere dar prisa mordiéndonos en el trasero. Así pues no hay ni que mirarlo. No existe, excepto para controlarlo.

La CONCENTRACIÓN es el esfuerzo para manejar la atención, por así decirlo. Esta es la parte más bonita, porque así como no puedes comerte un bocadillo de tortilla mientras conduces, sí que puedes hacer Za-zen, meditación. Debes, más bien. ¿Y cómo se hace eso en la carretera? Observando todo lo que se encuentra en la carretera, sin pensar en nada.

Se trata de observar el aquí y ahora. Es decir, los vehículos, las señales de tráfico, los pasos de cebra, los semáforos, el panorama, en una palabra. Y repito, nada de pensar. Hay que cultivar un espíritu alerta o Zanshin. La verdad es que resulta placentero, se despeja la mente, se gana en consciencia y de paso… se acorta el tiempo. Esto sucede porque el tiempo se percibe solo en la mente y tal como disminuye el pensamiento, el tiempo (la sensación de) también.




Segunda regla: anticipación

Aunque no deja de formar parte de la prevención, la ANTICIPACIÓN no debe confundirse con ella, pues va mucho más lejos. Interviene el instinto unido al Zanshin. Desde el punto de vista psicológico parecerá una obsesión, pero tiene su base en el arte de la espada y da muchos y buenos frutos. Pero no es fácil de poner en práctica debido a los condicionamientos.

Lo primero es cumplir con lo que rezan las señales de tráfico, pero si hablamos de límites de velocidad, he aquí un ejemplo de anticipación. Al recorrer los cincuenta y ocho kilómetros que me separan de Valencia, por autovía, me encuentro con tramos inesperados que obligan a ir a cien mezclados con otros de ciento veinte. Pues bien, vamos todo el trayecto a cien y ya está.

Prisa es lo que tenían los desafortunados accidentados y los despojados de la nómina del mes. Con esto no quiero decir que no vaya yo nunca a más de cien, pero solo cuando estoy seguro de que está permitido, es seguro, y que el terreno está libre de “trampas”. En este sentido, otra de mis costumbres es considerar a cualquier vehículo, cualquier farola… como un radar.

La anticipación, por otra parte, posee su elegancia e invita a la cortesía y la convivencia, pero sobre todo evita problemas, algunos de los cuales graves. Por eso cada vez que llego a un paso de cebra, lo rebaso a treinta, según, y haya o no alguien dispuesto a pasar, actúo como si lo hubiera. Nunca jamás pienso “me da tiempo”. Mi Zen no me permite dialogar, solo esperar.

Para más cortesía procuro ceder siempre el paso a otros vehículos y pensar que lo más probable es que si no lo hago se me traguen. ¿Paranoia? No lo sé, pero así se evitan muchos golpes. No hace mucho iba yo por una calle con absoluta preferencia; un coche venía por una calle a la izquierda (como un tren bala) y bajé un poco la velocidad por si acaso. En efecto, se saltó el stop, pero esto es lo importante: no colisionó conmigo gracias a mi paranoia.

Queda claro que la cortesía salva vidas y ciertas paranoias también. Muchas veces presiento que alguien que viene de cara en una carretera secundaria va demasiado rápido o distraído, de modo que reduzco mi velocidad, me arrimó más a la derecha y aumento mi alerta. ¡Menos mal! Exclama uno después de todo. La verdad es que no va mal la actitud del Samurai de salir de casa esperando la muerte y regresando después con una vida renovada.

En cuestión de ceder no hay que olvidarse de los ciclistas y considerarlos como coches o a veces como camiones, si van en grupo. En este sentido me da igual hacer una cola que cuatro. La cortesía es cosa de todos, pero es cosa mía no tener que comer pan duro en un calabozo, no quiero dar ese gusto a nadie. Y para no dejar, a medias, la anticipación ni qué decir tiene el considerar los semáforos en ámbar como rojo, salvo que te pille debajo mismo.




Tercera regla: la divina indiferencia

Esta es una expresión que sugiere el más alto grado de control, lo que hace que la adrenalina sea una balsa de aceite y que la concentración no se pierda. Cuando hay una disputa entre dos partes, ambas tienen siempre la razón. En serio, no conozco a nadie que no la tenga, por eso discutir es tentar al diablo de lo que uno no quiere que suceda. Sin embargo, lo que quiero resaltar aquí es más bien la provocación, una especie de cebo que nos roba la atención y mata la paz interior.

En ocasiones, un conductor nos toca el claxon, gesticula, nos grita y hasta nos insulta. Entonces, como uno tiene que defender su honra, reacciona… y por lo general bastante mal, tanto como su feroz oponente. Citaré de nuevo a Budha, antes de proseguir. Cuando alguien lo insultaba no aceptaba lo que consideraba un regalo. ¿A quién pertenece un regalo que no es aceptado? Le preguntó a un discípulo que no entendía su actitud.

Lo que yo hago es tan fácil como difícil. Una vez, un conductor me tocó el claxon, me gritó, me insulto, etc. Y mira por dónde que paramos juntos en un semáforo. Él continuó su monólogo perverso sin que yo lo mirase siquiera. Tan solo me giré para mirarlo una vez, sin soltar las manos del volante, sin hacer muecas, ni aspavientos; no dije nada, no hice nada.

El conductor en cuestión salió derrapando, cuando el semáforo estuvo en verde, y sacando la cabeza por la ventanilla continuó insultándome. Yo continué con mi actitud de no hacer ni decir nada. Por el espejo retrovisor pude ver que la policía, que en ese momento torcía una calle, lo paraba. Cosas del Karma…

Esto que he contado, esa actitud indiferente que considero divina, la pongo en práctica siempre, tanto es así que es ya una costumbre, un condicionamiento, en este caso, de gran utilidad. Lo mejor de todo es no perder ocasión de ejercer el poder de la vía pacífica; es una puerta que libera la fuerza interior Ki. No cuesta nada tratar a los demás, con respeto y benevolencia, incluidos tanto al policía que nos llame la atención, como al brabucón que nos toque el claxon.

Y una última anécdota. En una ocasión rocé la puerta de un coche, aparcando. Un hombre salió enfurecido, lanzándome algún que otro improperio. Pero antes de que su monstruo mental creciese, le pedí disculpas en un tono muy amable. Al principio, no parecía ceder a mi amabilidad, pero conforme íbamos rellenando el parte de accidente, su arrebato iba disminuyendo.

Le reiteré mis más sinceras disculpas varias veces y, al final, se calmó por completo. Después salió un tema de conversación distinto al del incidente y él quiso invitarme a una cerveza. ¿Acaso no es esto más saludable que acabar en una página de sucesos?

En cualquier caso, no des nunca a tu enemigo (supuesto) lo que espera de ti: tu atención y tu reacción. Es algo que aprendí hace mucho tiempo.




Temas relacionados, libro: "La dieta de los 3 budas"

Ver artículo: mushin: vacío, respiración, concentración, meditación


domingo, 20 de marzo de 2016

Entrevista con el diablo

Reproduzco aquí una entrevista atípica que hace honor al lenguaje figurado y que contiene brotes de ironía. Trasladada al papel, después de un largo discutir con el diablo, tal vez pueda aportar algo, siempre que no se tomen las “entrelíneas” literalmente.  “E” indica que habla el entrevistador y “D” el diablo.

…3, 2, 1, 0… en línea:

E—Para empezar, ¿es usted quien aparenta ser?
D—Solo encubro la verdad.
E—¿Qué verdad?
D—Se lo diré al final.
E—De acuerdo. ¿Cómo ha logrado hacerse con el mundo?
D—Dándole la vuelta a la tortilla. Tan solo tuve que cambiar la polaridad, reprogramándolos a ustedes con un circuito integrado de nueve letras: p-r-o-p-i-e-d-a-d. Con ello, se activó el proceso.
E—¿Y por qué nosotros? Los animales, las plantas no están en el proceso, como usted lo llama.
D—La verdad es que solo se podía reprogramar una especie excepcionalmente incompetente, con otras especies, sencillamente, habría perdido el tiempo, no habría funcionado.
E—¿Por qué nos considera incompetentes? Nos ofende con eso.
D—No es una consideración, solo tienen que repasar su historia; además no es una ofensa, más bien un halago, gracias a ustedes he triunfado. ¿No es eso cierto?
E—¿Y qué piensa Dios de eso? No creo que lo apruebe, ni que esté dispuesto a consentirlo.
D—¿A quién se refiere? ¿Al que ustedes creen mi enemigo?
E—Supongo que sí.
D—Él no tercia en estas cosas, espera a que los seres humanos logren superar el proceso que puse en marcha, pero déjenme decirles una cosa: lo único que ha conseguido es mejorar su ya de por sí infinita paciencia.
E—No creo que Él nos deje perder en el abismo, así como así, algo hará…
D—En realidad trata de guiarlos hacia Él, pero no le escuchan, debido a las voces incesantes que hay en sus cabezas, que los mantienen inconscientes. Fue una jugada mía y, permítame decirlo, absolutamente brillante.
E—Pues yo pensaba que era un juego divino.
D—No me haga reír, Dios no necesita apoderarse del mundo, es suyo, ¿o debería decir que era? Pero seré franco, no puedo arrebatárselo, excepto en el escenario que yo he puesto en marcha y que ustedes llaman realidad. ¿Lo ve? ¿Son o no incompetentes?
E—Pero nosotros estamos con Dios, no con usted, ¿a que no se esperaba esto?
D—¡Venga ya! Ustedes no son fieles a Él, su verdadero dios no es Él.
E—¿Quién, entonces?
D—¿De verdad no lo capta? Pues se lo diré, su dios es el dinero.
E—Creo que exagera, y no creo que deba llamarlo un dios, me parece infame.
D—Bueno, usted mismo podrá responderse, ¿por qué están dispuestos a mentir, a traicionar, a matar, a todo? Incluso a destruir el Planeta. ¿Cómo lo consiguen todo? ¿Acaso sus vidas no son vidas de consumo, nada más lejos que espirituales? Nunca miran en sus almas, solo en sus bolsillos. Sin embargo, quiero dejar constancia de que eso me satisface de todas, todas.
E—Pero el dinero es necesario para vivir.
D—Ahí, ahí está el truco, una convicción que ha triunfado gracias a mí.
E—No lo entiendo, explíquemelo mejor.
D—Indudablemente, estas seis letras, d-i-n-e-r-o, mejoraron el proceso de la propiedad, hasta convertirse en un sentimiento con raíces muy profundas. Pero los comienzos dejaban que desear, debido a que ese sentimiento era aún rudimentario; sabrá usted que empezó con el trueque, y eso no cubría mis expectativas. Digamos que ustedes cooperaban entre sí, y de esa manera era imposible adueñarme del mundo. Primero tenía que adueñarme de ustedes y para ello tenían que dejan de cooperar entre sí.
E—Simbiosis, es demasiado amor para usted, señor diablo.
D—¡No mencione esa palabra, amor! ¡Me pone enfermo!
E—Me está usted asustando… con esa cara y esos bramidos.
D—No se asuste, pero sepa que no pierdo facultades. ¿Acaso no vamos a peor? Yo voy a peor, ustedes van a peor, el mundo va a peor, ¿no es maravilloso? Debería usted felicitarme.
E—No lo haré, sería como adorarlo, y me da náuseas solo pensarlo. Lo siento, pero es así.
D—Pero ustedes ya me están adorando, si no, vuelvo a decirle que se asome al mundo, mire y vea, pero no verá nada, porque yo no se lo permito a nadie. A decir verdad, algunos se me han escapado, pero la comunidad los ridiculiza y son tomados por locos, sin embargo, confieso que son despiertos, peor para ellos.
E—¿Y qué opina de Jesús y Buda? ¿No fueron los más despiertos?
D—Fueron mis mayores enemigos, de hecho pude haber sucumbido de no ser por el plan que tracé para anular su acometida. Fue un plan de urgencia que consistía en que ustedes entendieran las cosas mal, al revés, complicándolo todo. Pero la clave del plan estuvo en inducirles a ustedes a sacar marcas registradas de sus nombres, una vez falseadas sus palabras, y a rendir culto a ellas, en vez de trabajar duro como ellos habían indicado.
E—Sospecho que lo que usted bloqueó es la práctica.
D—Claro que sí, una de las cosas que más temo es la meditación o la observación rigurosa, pero eso solo lo hace un cinco por ciento de la población mundial; respiro tranquilo.
E—Lo que usted diga, continúe con lo que me estaba explicando sobre cooperar, parece interesante.
D—Hablábamos de cooperación. Con el trueque, aunque ya estaba establecido el sentido de la propiedad, había mesura entre los hombres, de manera que me era preciso descompensarlos y solo fue posible con el dinero. Este los podría dividir en ricos y pobres, y mientras hacían la guerra el mundo sería mío. Es lo que ha ocurrido, ¿no?
E—Puede que tenga razón en eso, sabemos que el dinero se crea con la deuda de todos, que los préstamos son deuda añadida a la deuda y que la codicia parece no tener fin, hoy más que nunca, pero si destruimos el mundo debido a la codicia, como ha dicho hace un momento, ¿qué será de usted?
D—El mundo no puede ser destruido, y ustedes tampoco, solo temporalmente. Y tenga por seguro que los seguiré allá por donde vayan.
E—Es usted un desalmado, me da pena.
D—No, yo solo soy un guionista, pero si hablamos de pena, ¿no le dan a usted pena los niños que mueren de hambre? ¿Los que sufren de enfermedades y pobreza? ¿De falta de libertad? ¿Los que son asesinados? ¿Torturados? ¿Un etcétera ultra largo?
E—¡Pero usted es el culpable, solo usted!
D—No, yo no, su incompetencia y su cinismo, se lo repito.
E—¿Cinismo? ¿A qué se refiere con eso?
D—Sencillamente, a que creen saberlo todo, cuando en realidad no saben nada.
E—Hace un momento ha dicho que nos seguirá a donde vayamos, pero si hemos muerto… ¿existe el infierno?
D—Claro, yo lo he creado, pero vuelvo a preguntarle si no ve lo que hay a su alrededor.
E—Me refiero al infierno hebreo.
D—Resulta chocante que para unas cosas vivan al ritmo de la grandiosa tecnología y consumo que los tiene maniatados, y que para otras estén todavía en la edad media, una edad dorada para mis menesteres, por cierto. Y gracias a mí se sacrificaron a muchos en aquel entonces, muchos de los cuales habrían acabado conmigo, pero los acusaban de estar a mi favor, ¡qué estúpidos!
E—Los sacrificaron en el nombre de Dios.
D—Bueno, es lo que les hice creer. Ahora se sacrifican todavía en el mismo nombre, también en el nombre de la ciencia, de la patria o de otros nombres, pero en todos los casos sigue siendo por mí y gracias a mí. Cuando pienso en ello se me hace la boca agua.
E—¿Y existe el cielo?
D—Tanto como el infierno. Verá, ambos son estados mentales, los dos lados de la dualidad.
E—Ya veo, Dios estira de un lado y usted del otro…
D—Los dos lados son de Dios, la noche y el día, el blanco y el negro. Se supone que deben trascender eso, al menos es lo que espera Dios, pero mi trabajo principal consiste en convencerlos de que ustedes están divididos en buenos y malos. Es más genial aún que en ricos y pobres. Mire, no me beso en las mejillas porque no llego.
E—¿Y cómo vamos a trascender el blanco y el negro?
D—No creo que vayan a hacerlo y si lo consiguen tardarán tanto que incluso yo podría llegar a aburrirme de mis propias engañifas. Pero de momento no se hagan ilusiones, el mundo ahora está candente y yo en plena forma para jugar a balonmano con él.
E—¿Y qué pasará conmigo, con todos, al morir?
D—Eso quisieran ustedes, morir, pero olvídense, no pueden hacerlo.
E—¿Acaso es usted el que va a impedirlo?
D—Me está obligando a decirle lo que no quiero, no porque eso cambie nada, sino porque alguien pudiera ver en mí algo bueno y eso sería aterrador. En fin, Dios los busca a ustedes y ustedes a Él. ¿Por qué? Por la experiencia mutua, Él como hombre, ustedes como Él.
E—No sé si lo entiendo…
D—Se lo diré de otra forma: dos amantes corren el uno hacia el otro hasta que se abrazan. Uno de esos amantes es Dios y el otro es usted. Pero yo lo convenzo a usted de que se dé la vuelta, y como un tonto corre en dirección contraria. En serio, cada vez me sorprende más mi astucia, ¡la adoro!
E—No ha contestado a mi pregunta, qué pasa al morir. ¿Qué opina de la reencarnación?
D—Sí que le he contestado, pero veo que no me ha entendido, lo cual indica que hice lo correcto al elegir a su especie para mi provecho.
E—Da lo mismo, creo que debería aclararme ese punto.
D—Creer o no creer, ese es el dilema, y ese aspecto también lo he manipulado.
E—Supongo que no habrá nada en lo que no haya metido las narices.
D—Es mi trabajo, compréndalo. Siempre los divido entre partidarios y sus contrarios, ¿descuidaría usted sus intereses? Yo no puedo tolerar que se dejen llevar por el consenso. Por eso he enfrentado a tanta gente.
E—Pero ¿me aclara el tema o no?
D—¿Le parece tan extraño nacer?
E—No, una primera vez, pero una segunda…
D—Si se lo digo, le daré pistas para despertar y eso podría infectarlos a todos.
E—Pero usted mismo ha dicho en varias ocasiones que es improbable.
D—No es correcto que lo diga yo, pero si averigua quién era usted antes de nacer sus padres, sabrá lo que quiere saber.
E—Eso es un koan Zen, lo leí en un libro.
D—Una infamia, pero ustedes son demasiado perezosos para averiguar nada. Y le daré un consejo: no lea, no es bueno para mí. Lo mejor es que se distraigan todos, como vienen haciendo, y que en vez de despertar cultiven la moral.
E—¿Qué tiene de malo la moral? Uno tiene que ser íntegro.
D—Si les digo que cultiven la moral, no puede ser malo, no haga como yo, no le dé la vuelta a las palabras. Lo ideal es defender la moral al abrigo de la corrupción o impedir la vida íntegra, despreciando el cuerpo.
E—Eso último, en serio que no lo entiendo, ¿a qué se refiere con ello?
D—Si quieren hallar diferencias racionales entre un rostro y un culo, no podrán, pero seguirán creyendo en eso, porque yo me ocupo de que crean siempre lo más irracional. Y seguirán creyendo que el sexo es malo, mientras que comer, consumir o distraerse no lo es.
E—No sé si está siendo concreto con mi pregunta.
D—Preste atención, parte de mi misión consiste en impedir que ustedes gocen de buena salud física, mental y espiritual. Es lo que pasaría si aprendieran a sentir sus cuerpos y no enfrentarse a ellos, pero yo utilicé la siguiente estrategia: convencerlos de que no son sus cuerpos, y promover el desprecio al cuerpo y su inteligencia, en el campo de la religión, la filosofía y la medicina. De paso aproveché para incitar a una nueva división: sanos y enfermos, pero la frontera no debía quedar definida, para mayor seguridad usé un eslogan: “Todos contra natura”. Sigue vigente, hoy más que nunca.
E—Dudo de que tenga razón.
D—Me emocionan sus dudas, eso significa que todo va como es debido. No debe pensar mucho, imagínese qué pasaría si todos ustedes lo hicieran. Siento escalofríos.
E—Pero yo soy un alma antes que un cuerpo. No soy mi cuerpo, por lo tanto.
D—Es como decir que el Planeta no es sus aguas, sus tierras, sus criaturas o que Dios no es su Creación. Pero sigan así, encadenados a la dualidad. Si supieran lo que eso me complace, celebrarían conmigo mi victoria.
E—Veo que lo que le importa es ganar, ¿qué me dice?
D—Antes dije que ustedes son unos cínicos, pues bien, ustedes viven compitiendo, tratando de ganar, pisoteando a los demás.
E—Ya imagino quién nos inculcó el espíritu de competición.
D—He comentado que tuve que dividirlos en ricos y pobres, buenos y malos, sanos y enfermos, ¿no? Pero eso no debía de saltar a la vista, por lo tanto les induje a creer en la competición, incluso les propuse el deporte como un medio para que la división entre mejores y peores pasase desapercibida. Fue otra de mis maniobras magistrales, y muy aplaudida, por cierto.
E—No es muy normal, lo que insinúa.
D—No insinúo nada. Pero le diré una cosa más, y es que utilicé una última estrategia para protegerme de los nuevos aventureros de la verdad. Les induje a ustedes a diferenciarse entre normales y anormales, de modo que cualquiera que fuese en mi contra fuera anormal y ustedes lo condenaran, evitándome trabajo.
E—Bueno, nos quedan dos minutos para finalizar. Usted dijo que diría la verdad, la encubierta, y eso me obliga a preguntarle también: ¿quién diablos es usted?
D—¡Su juego de palabras ha estado genial! ¿Quién diablos soy yo? En serio, ¿no querría trabajar para mí?
E—Ya trabajamos todos para usted, ¿no estoy en lo cierto?
D—Ciertamente sí, pero usted podría desempeñar un papel más digno, como algunos que he colocado en los gobiernos, en las corporaciones, en la investigación, en la banca, la verdad es que dan la talla y usted podría darla. Le aseguro que tiene talento político.
E—¿Se está quedando conmigo?
D—Yo me quedo con todos, es decir, con todas las almas, o mentes, como prefiera.
E—Queremos saber quién es usted y tenemos un minuto para cerrar la entrevista.
D—Se lo explicaré. Cuando se irguieron no supieron administrar su energía y esta se colapsó en sus mentes, dando lugar a un ego alojado en el inconsciente.
E—¿Usted? ¿Usted es…?
D—Estuve a punto de ser descubierto cuando Carl Gustav Jung, otro de mis tenaces enemigos, dio a conocer el inconsciente colectivo, porque en él me vengo ocultando desde siempre.
E—¡Es asombroso!
D—Como verá, esta ha sido, no solo mi más formidable jugada, también mi obra maestra.
E—Sinceramente, tengo que admitirlo, es usted un genio de la comedia. Gracias por haber estado con nosotros esta noche.

…3, 2, 1, 0… entrevista finalizada.




domingo, 14 de febrero de 2016

Ese rebelde que nos enseña cómo es la vida

Es interesante comprender la palabra Ki. De ella derivan conjunciones lingüísticas en la cultura japonesa (más intuitiva que conceptual) que indican cómo el Ki se manifiesta en el ser humano, en su vida cotidiana.

Así, cuando se siente que alguien tiene buen Ki, esto es Kimochi ga ii. Igualmente sentimos que alguien tiene mal Ki y en ocasiones nos encontramos con personas que nos irritan o que incluso nos resultan repelentes.

Por el contrario, sentimos que algunas personas nos agradan o nos atraen, sin explicación alguna; eso es Ki ni naru. O simplemente puede ocurrir que el Ki de dos o más personas coincida, por eso se dice que estamos en la misma onda, hablamos de Ki ga au, aunque sea poco frecuente.

Otras veces uno se siente sin fuerzas, sin coraje, sin temple, para hacer algo o resolver alguna cuestión, entonces es Ki ga shinai. Se puede decir que el Ki se halla disperso, pero también se halla concentrado otras veces, de lo cual se dice que es Ki o Komeru.

El Ki  cohesiona la vida y todo lo que a ella concierne. Por ejemplo, si un terapeuta trata a alguien y no lo toca con sus manos, no habrá evidencias de que se haya iniciado un proceso de recuperación.

Si tocar es importante no lo es menos el “dar”. Dar, regalar, es algo que casi pertenece a un pasado remoto, pero el éxito en la terapia depende de que el médico sea capaz de dar algo de sí. Eso no significa que no tenga que cobrar (basta con no abusar), pero puede dar Ki, lo que se expresa en su intención.

Un médico tendrá éxito solo si tiene una intención verdadera de sanar a su paciente. Y ambos tienen que compartir esa intención para que haya un cambio. Además, cuando el médico toca al paciente con afecto, lo unge con su intención de sanarlo y el paciente siente el impulso de colaborar.

Si se hace un favor a alguien sopesando los pro y contra de hacerlo o no hacerlo, no es igual que si se hace espontáneamente. Pero esa espontaneidad o su falta son percibidas por quien recibe el favor. Lo que varía es el sentimiento, el cual no es otra cosa que Ki y este fluye o se atasca, lo que se manifiesta en la sensación. ¡Sentir! Ese rebelde que nos enseña cómo es la vida.

Sentir es vivir, podría decirse, pero es indispensable abandonar los razonamientos que se opongan a la naturaleza. El Ki es el que va en su misma dirección y debe fluir en toda circunstancia, per ¿aceptamos el sentir? Caminamos erguidos y nos apoyamos en un tercer punto para poder hacerlo, siendo esta la diferencia principal con otros mamíferos.

Eso posibilita que la energía vital, el Ki ascienda y que con el paso del tiempo todo se sitúe en un plano casi exclusivamente intelectual. Aun así, si escuchamos la naturaleza que hay en nosotros, veremos que sigue ahí y que aún somos seres que sienten.

Del mar, por ejemplo, pueden hablar los oceanógrafos, decir sobre su composición química, salinidad, fauna, etc., pero al que se zambulle en el mar no le interesan estas cosas, le basta con sentir el agua fresca o caliente, deliciosa. El Ki está presente en el que así la siente, de una forma u otra, y en el mar. En todos, en todo.



viernes, 29 de enero de 2016

Templo de Shizen-ji

Hoy he ido una vez más al Templo de Shizen-ji. Allí me he encontrado de nuevo con los mejores y más sabios maestros del mundo de todas las épocas. Lo saben absolutamente todo. Claro que no me dejan hablar, únicamente mirar y escuchar.

Me ha recibido el abad del templo, como siempre hace, con abrazos, y luego me ha invitado a sentarme. Todos me han dado la bienvenida, obsequiándome con algunas melodías y fragancias, así como con las mejores vistas, tal como es la costumbre.

Al final ha llegado el momento de marcharme, sintiendo la nostalgia de regresar pronto, pero me he ido muy satisfecho con todo lo aprendido y me he llevado un regalo de despedida: "la paz conmigo mismo.

El abad del templo no ha dejado de mirarme en ningún momento hasta que he subido al coche y me he alejado. Lo único que me ha dicho ha sido: "no te olvides de que eres uno de nosotros".

El abad es un árbol a cuyo tronco siempre me abrazo, al llegar y al marcharme. La asamblea de maestros está formada por árboles, matorrales, piedras, rocas, tierra, agua, pájaros, visones, peces, ardillas, ranas, tejedores, hormigas, abejas y un largo etcétera.

Todos ellos forman parte de la natura (Shizen), la cual es el único y verdadero templo (Ji), según me revelaron hace mucho tiempo, y todos han sido graduados en la única universidad autorizada: "La Universidad de la Vida".



domingo, 24 de enero de 2016

Tiempos de soma

Desde que Aldous Huxley escribiera su “mundo feliz” han corrido muchos vientos, y todo parece indicar que su pronóstico sobre las generaciones posteriores de ese mundo feliz ha prosperado más de lo imaginado. Pero lo que más ha prosperado es el soma, el delicioso soma, como Huxley lo alude en su novela.

Cuando por las noches me da por reflexionar (brevemente, eso sí), me vienen recuerdos de la novela, recuerdos que se condensan en esta frase: “Ingerida media hora antes del cierre, aquella segunda dosis de soma había levantado un muro impenetrable entre el mundo real y sus mentes”.

Ese muro es el refugio, la huida, la trampa, y el hombre se refugia, huye, cae en la trampa, se esconde para no ser visto por sí mismo. El muro forma parte de una serie de claves para que los hombres mediocres, dependientes de ficciones, esclavos de sus mentes, esbirros del inconsciente colectivo, sonámbulos de la noche, germinen. ¿Acaso no es este un mundo ya sin vitalidad? Y sin vergüenza, qué duda cabe. Sin escrúpulos, sin sentido, sin criterio, sin dignidad de ningún tipo, sin... en fin, me voy de este párrafo para no sulfurarme más. Aunque ya no lo hago más que en las tintas.

Un hecho indiscutible es que los seres humanos necesitamos depositar nuestras más caras ilusiones en un lugar seguro, pero ¿y si no lo hay? Muchos piensan que no, por eso dejan sus ilusiones a la intemperie, pero no son más que eso, ilusiones. Y estas se exaltan con profusos, incontabilísimos gramos de soma.

Eso es lo que ocurre, mentes que se enaltecen con la falta de realidad y de sí mismos, pero el sí mismo es lo interior, el pilar central que falla o que es inexistente en tantas y tantas personas. Del sí mismo, solo queda la euforia; la diversión y el olvido en el mejor de los casos. Pero uno ríe hasta que llora cuando la euforia se marcha.

El soma de la vida real se compone de muchas cosas que están dirigidas a anular los sentidos, la consciencia, pero cuenta con el favor de las trampas psicológicas, los autoengaños, la ganancia secundaria, pero inconsciente, de ser diestro en que lo peor de uno mismo quede como lo mejor, llamando la atención, a veces con orgullo. Otras veces con bellas palabras que el ego sabe adaptar a su modus vivendi con un único fin: no cambiar el modo.

Mucho se puede decir de tantas cosas, que giran alrededor del analfabetismo consentido de nuestro tiempo en contraste con el mal visto de antaño. ¿Para qué leer? O preocuparse de cultivar el conocimiento y sobre todo el autoconocimiento. El cerebro se aletarga en el lecho de la comodidad que despide aroma a soma. El diálogo interno se presta a todo menos a la sinceridad en cuanto a qué realidad estamos viviendo.

Pensamos que la realidad está siempre equivocada, que la correcta es la que arde en la mente de uno. Pues bien, ¿quién va a convencer a quién de que no está falseando su vida? ¿Con qué argumentos triviales? Pero en la cima de la ficción está el monarca indiscutible de la eliminación del sentido, la consciencia y la razón, el líder absoluto de la felicidad más indigna: las drogas o el alcoholismo.



Esa felicidad viene sin criterio, sin mérito, con fugacidad y llama a la puerta para mentir y dar muletas a quienes no saben caminar con pensamiento claro, ni saben que existen por sí mismos. Pero las muletas traen excusas, tal vez el clásico “yo controlo”. ¿Qué? Es como si el fuego controlase el calor. Pero ni siquiera la mente puede controlarse a sí misma, mucho menos con algo que la inflame, siendo que casi siempre está al borde del estallido.

Fuera del clásico, hay otras excusas, algunas son deducciones geniales con pinta algebraica, como “el veneno está en la dosis”. Pero ¿cuál es la dosis? ¿Cuál es la que hace falta para que alguien se exalte en estado medio catatónico, en la fiesta química de la felicidad? También está la excusa de “solo se vive una vez”, y no es cierto. Pero aunque lo fuera, ¿puede alguien relacionar la felicidad con la imagen de sí mismo que nunca logra ver estando sobrio?

Me apena describirla, pero más me apena que un cuerpo inocente tenga que implicarse en ello. Ojeras quemadas, rostro desencajado, memoria transitoriamente suprimida, alaridos, ojos que hierven en rojo y sin poder fijar la mirada, euforia de pura bestia. En fin, un cerebro sometido a una tortura que aparenta ser un orgasmo. Y lo peor, que ya no sabemos a quién tenemos delante, ¿hay alguien que tome té caliente y vacíe su cabeza? Oh no, hay soma para todos, aunque luego no se pueda ni comprar pan. Pero a la hora de pagar, antes al camello que al panadero.

¿Serviría de algo decir que el cerebro es el conductor del carruaje? No creo que sirva de nada, pero las neuronas no tienen recambio y cuando comienzan a fallar no lo sabe el interesado, nunca lo sabrá. Jamás ningún ladrón se ha tenido por ladrón, ningún verdadero santo por santo, ninguno demonio por demonio. Fue la primera condición del ego cuando empezó a formarse y por eso el pensamiento nos dice: piensa, no observes, nos dice también: conviértete en lo que piensas, en lo que temes. O en lo que te hace olvidar que no sabes vivir.

Me pregunto qué pasa en la lucha contra las drogas y pasa lo mismo que con el analfabetismo, nunca se conoce la línea que divide la contienda y lo consentido. No en vano, bien sabe el diablo hacer ver que no existe o que es él mismo quien más odia al diablo. Pero así somos los civilizados, nos gustan muchas cosas, menos tener la mente despejada; obliga a la verdad. Pero hay verdades aterradoras, he visto morir o llegar a la demencia a personas cercanas a mí y no paro de contar.

Sin embargo, el soma es como un octópodo cuyos tentáculos inmovilizan al hombre por todas partes. También los hay refugiados en elixires de mejor lírica que las drogas duras, por ejemplo los analgésicos, los calmantes o cualquier cosa que ayude a afrontarlo todo, que dé apoyo y que sustituya la vida que clama en nuestro interior, que anule la inteligencia del cuerpo y empañe el alma y la consciencia.

Contemplar una montaña, un árbol, una nube o saltar a la comba ya no sirve, tampoco disfrutar de la actividad, del deporte, del trabajo. Todo y todos somos maquinaría, y como punto y seguido a lo anterior el soma alcanza al estómago y al sexo. ¿Dónde queda el hambre que antaño hacía disfrutar de ambas cosas cuando era el momento? En ninguna parte, le hemos dado la vuelta a todo y solo para huir. A todas horas y en cantidades indigeribles. Es como si dijéramos, por cada gramo de dolor uno de placer, pero es de soma.

Y no van a dejar de soplar jamás los vientos que traen semillas de adormidera. Ya casi han desaparecido los juegos presenciales entre niños, las conversaciones mirando a los ojos, la literatura, los trabajos manuales. Los rebaños caminan entre fangos virtuales, siguiendo la brújula del teléfono móvil, escuchando la prosa hipnótica de la televisión, con la fe puesta en que el mundo marcha bien, que el hombre evoluciona, que la tecnología vela por nuestro ser, etc. Anular los sentidos es ya de tiempos prodigiosos y felices, de toneladas de soma.

domingo, 17 de enero de 2016

El juego de la hecatombe

Esta historia pertenece a mi novela: "La catástrofe más esperada de la historia". Surgió de un sueño que me sobrevino en uno de esos periodos en los que la imaginación desvaría. O no. Fue en una agitada noche de principios de verano de 2012. Nunca he podido saber si tiene sentido o no, o si reivindico algo, pero no importa.

Supongo que uno puede soñar lo que se le antoje y compartirlo si es interesante o divertido. Aparte de eso, me pregunto si Peter Pan ha tenido algo que ver en todo esto. Si así fuera, lo recomiendo como un elixir para la felicidad, igual que el mitológico: "sé tú mismo".

La seriedad sirve únicamente para estropearse los dientes por apisonar las mandíbulas, agarrar una depresión de caballo, y fastidiarse el hígado. Por no mencionar la ansiedad de vivir por tres metros cuadrados de limitación mental en el planeta de la codicia.

Entonces hay que superar la ansiedad, volviéndonos más risueños, sencillos y naturales. Pase lo que pase.


Extracto del capítulo VIII "El juego de la hecatombe”


     Alrededor de las once llegaron a Madrid. Raúl y Sara optaron por hacer una compra rápida en un supermercado para así no entretenerse en hacerlo en Rivas. Estaba cerca de la plaza de Castilla y del juzgado. Y en medio de la mala sangre de ir donde no tienes que ir, fue un paréntesis de reposo.
     Sara puso la radio y Raúl la quitó con un gesto de desaprobación.
     Raúl no dejaba de saltar de un pensamiento a otro. Le asaltaron enormes dudas sobre el sentido y la gravedad de la citación y de si los que gozaban de ser sus nuevos amigos estaban en sus cabales o era él mismo el que había perdido el juicio. Pero también los empezaba a añorar incomprensiblemente.
     Regresaron al coche con un par de bolsas cada uno. Raúl abrió el maletero y metió dentro las bolsas. De repente Sara se tapó los oídos y Raúl hizo el gesto de tapárselos, sin llegar a hacerlo.
     —¡Vaya! ¡Mis oídos! ¡Caray, qué pitido! —dijo Sara.
     —Oh, también yo he notado un pitido, un piiii raro —dijo Raúl—. Y me he mareado un poco... es como si tuviese los oídos taponados.
     —Pues no sé qué puede ser, pensaba que era de nadar en la piscina...
     Pese a la preocupación decidieron entrar en una de las cafeterías contiguas al centro comercial y tomar un café a pleno relax, sin el nerviosismo que les proporcionaban aquellas criaturas angelicales y perversas a la vez.
     Algo no marchaba demasiado bien en el sentido de la normalidad de Raúl, pero no sabía, no podía saber qué era.
     El camarero puso los cafés sobre la mesa y se quedó mirándolos sin hacer una mueca ni decir nada, y malhumorado. Sabían que su aspecto no estaba para ir a un desfile de pasarela, pero no había para tanto.
     —Bueno, por lo menos no es el tipo que te pone aguachirris, en vez de café, si no te ríes de sus chistes... —dijo Sara— porque este... de eso nada.
     —Seguro que no —dijo Raúl—. No, pero cuidado. Que también te ponen laxante tostado si tienen consorcio con fabricantes de medicamentos para la diarrea post-café —dio un sorbo—. Este no debe de tenerlo: el café está delicioso.
     Sara le regaló una expresión amable y condescendiente con su estado de ánimo. Ella iba a decirle algo, cuando de repente entró un hombre que miraba a su alrededor con una expresión de abatimiento, catatónico, como si saliese de un casino con el último cigarrillo en la boca y la barba de varios días como únicas pertenencias. Remordido por haberse dejado llevar por el reclamo del ganar.
     —Sí señor. ¡¡Mierda!! —gritó.
     Se mantuvo mirando fijamente a la barra y de inmediato cruzó el local y lo pateó en varias direcciones, como si buscase algo. La mirada, como si estuviese vuelta hacia un interior vacío, era inexpresiva. Se metió la mano al bolsillo y sacó unas monedas; las arrojó al suelo. Y luego hizo lo mismo con su billetera, que solo portaba dos billetes de diez y uno de cinco euros. No parecía tener tarjetas, lo que mostraba que el banco debía de haberle sacado más litros de sangre que un millón de usureros en santa congregación.
     Salió a la calle y subió al coche que había dejado en marcha. El motor dio cuenta de la enorme prisa que llevaba por sus dilatados rugidos; se largó derrapando a todo gas y estampó el coche contra un poste. Raúl lo miró conteniendo un mar de emociones entre las que destacaba la inquietud. Sara se echó a reír, en cambio.
     El camarero recogió el dinero y dijo que invitaba a una ronda y añadió:
     —No todos los días aparecen chiflados como este.
     —Dime cómo se propaga la infección —dijo Raúl sin levantar la vista de la mesa—. A ver si puedo contagiarme de tu risa. Y es que lo siento, pero esto no me hace ninguna gracia. ¡Ninguna!
     Se levantó de la silla, salió a la calle mirando en todas direcciones y volvió adentro; se sentó en la mesa jadeando. Lo que estaba buscando era a sus amigos, puesto que visto lo visto debían de andar cerca. Pero ¿cómo? ¿Acaso volaban también? O quizá fuesen profesionales de doblaje en escenas peligrosas, entrenados para engancharse a las tripas del coche y aguantar varios kilómetros con sus bíceps de acero.
     —Es como si estuvieran aquí —dijo con una voz queda.
     Gesticuló con los dedos, haciéndolos caminar por la palma de su otra mano.
     —Será una coincidencia —dijo Sara—, o vete tú a saber.
     —¿Una coincidencia? Sí, claro, ves una vaca que vuela, ¿vale? Y luego ves otra que también vuela y tú lo llamas coincidencia... ¡La madre que los parió! No sé qué ni cómo lo han hecho, pero esta vez se acuerdan de mí. ¡Me puede dar algo!
     —Bueno, puede que se encontraran al tipo en el lago y luego... ¡yo qué sé!
     Se quedó absorto, conteniendo un llanto desesperado, buscando una explicación en el túnel de su mente. Miraba la superficie de la mesa. Alzó la mirada y la bajó de nuevo.
     —¿Sigues ahí? —Sara deslizó la palma de la mano a pocos centímetros de sus ojos, en horizontal—. ¡Marchémonos ya!
     En el local había ocho clientes, sin contar a Raúl y a Sara. Había tres hombres en la barra. En una mesa, una pareja, y en otra tres personas más. A uno de los que estaban sentados en la barra le sonó el móvil, y también a la pareja, y a una mujer y a un hombre de los que estaban en la mesa de tres. Un total de cinco móviles.
     Los cinco dueños de los móviles dejaron caer los aparatos al suelo y se pusieron a deambular con vacilación por el local, tal como acababa de hacer el hombre que había irrumpido en el local.
     A Raúl se le detuvo un estornudo, el cuello le palpitaba, la boca del estómago se le endureció. La camiseta se le empapó de sudor en apenas segundos. La garganta no le obedecía y sus ojos miraban como los de una lechuza, anunciando el probable síncope que iba a tener en unos instantes.
     Sara se puso pálida; quiso levantarse y huir, pero se sintió inmovilizada. También sudaba profusamente. Cuando pudo reaccionar se asió con las dos manos a un brazo de Raúl. Sin todavía poder decir nada, sus miradas expresaban un deseo ardiente, el de esconderse bajo tierra durante milenios... o hasta el fin de los tiempos, quizá... si es que no habían llegado ya.
     Lo que pasó a renglón seguido fue lo que cabía esperar. Vaciaron sus billeteras, desparramando billetes y tarjetas de plástico por el suelo. El camarero tropezó con una pilastra de vasos que cayeron en un estruendo tras la barra, haciéndose trizas. Su boca abierta parecía un buzón de correos, igual que las de las tres personas a las que no les había sonado el móvil.
     El camarero cogió el mando del televisor que estaba apagado, lo cual era mucho más raro que anunciar el final de la soberbia, pero es que media hora antes hubo un apagón breve, debido a un incendio (ya controlado) en una central de distribución eléctrica.
     La mano le temblaba, pero tenía que encenderla antes de que los clientes se liasen a puñetazos, pues por dos chavos todo es posible. Raúl y Sara salieron a la calle y fueron al coche, que estaba a veinte metros, a toda prisa. Pero entonces oyeron unos gritos que los persuadió a regresar. El escenario era cómico y escalofriante a la vez.
     Los tres clientes que habían dejado cuerdos acababan de vaciar sus bolsillos de todo peculio, incluidos, esta vez, un billete de barco para un crucero, un par de relojes de oro y una cartilla de ahorro de banco. Sin embargo, el camarero los había aventajado, puesto que había vaciado la caja registradora. Y nadie robaba nada y todos parecían idos.
     —¡Mira, mira! —Sara señaló al televisor desde la puerta.
     —¡Santo cielo! —exclamó Raúl.
     Un grupo de invitados, que parecían personalidades, ataviados con traje y corbata los hombres, y traje de chaqueta las mujeres, estaban vaciando sus carteras en un plató ante millones de personas. Uno de ellos se levantó, se quitó los gemelos de oro y los estampó contra la cámara. Raúl los vio venir tal cual se los hubieran arrojado a él, y Sara incluso hizo ademán de agacharse. A continuación se borró la escena, y la sustituyó el mensaje de:

 «LA EMISIÓN HA SIDO INTERRUMPIDA POR MOTIVOS TÉCNICOS. ROGAMOS DISCULPEN LAS MOLESTIAS. TV CANAL 99»

     Sara comenzó gritar entre gemidos que no tenían fuerza de tono.
     —¡Vaaámonos de aquiií! —Raúl profirió tratando de deshacerse el nudo apretado que se le había formado en la garganta—. ¡Vamos! ¡Corre! —dijo en el penoso esfuerzo de tragarse el nudo— ¡Se va a liar parda!
     Sara sufrió una mudez psicosomática que amenazaba con ser irreversible.
     —Saldremos de esta, te lo prometo —dijo Raúl... un ápice más calmado.
     Asió de una mano a Sara y salieron lanzados al coche.
     —Volvamos antes de que el mundo se haga pedazos —dijo Raúl.
     Lo repitió una considerable cantidad de veces, para impedir que un ataque de pánico los dejara fuera de combate. Y casi les sobrevino por insistida vez. Algunas personas de las que vagaban por el aparcamiento tiraron sus pertenencias, cual lluvia de caramelos en un bautizo. Era una fiesta todavía poco terrorífica hasta que llegaron dos empleados de seguridad con un saco precintado de dinero y subieron al furgón.
     El que conducía puso la radio y algo extraño se repitió a gran escala. Bajaron los tres del furgón y vaciaron el saco, y dos más en medio del aparcamiento. Raúl y Sara no se habían metido todavía en el coche, y aterrados se echaron a un lado. Sara tragó saliva con esfuerzo y meneó la cabeza al mismo tiempo que miraba cómo el viento levantaba una nube de billetes y, acto seguido, salían más de treinta personas del supermercado amontonados en una piña demoledora, dándose empujones y puñetazos.
     —Me pregunto por qué estos hacen lo contrario —dijo Sara.
     —Hum... si no estaban viendo la televisión, ni escuchando la radio, ni tenían el móvil a mano... ¡vaya disparate! ¡La que han montado los neandertales estos!
     —¡Qué catástrofe!
     —¡Dios mío, Sara! ¡Las antenas! ¡La estación! —Raúl lanzó su hilada verbal.
     —No quiero pensar el alcance que haya podido tener esto.
     —No lo pienses, pero te diré una cosa: los jinetes del Apocalipsis no son cuatro, ¡son dos! Y les ha bastado para liarla bien... ¡Joder, el Monopoly!
     —Ya, quieres decir que están jugando al Monopoly con todo el planeta.
     —Exactamente eso. Ni más ni menos. Y no sé si echarme a llorar, patalear, tirarme de un rascacielos o buscar la sección de aplausos y aplaudir hasta que las manos se me inflen como globos. Pero vayámonos de aquí. ¡Ahora mismo!
      Se metieron, por fin, en el coche y Raúl aceleró a fondo. Giró la rotonda que daba acceso principal al aparcamiento del supermercado; todavía escuchaban griteríos y un estruendo de cristales rotos a sus espaldas. Raúl puso la radio en marcha.
     —¡¡No!! ¡¡No!! —gritó Sara, pero ya era tarde.

«INTERRUMPIMOS LA EMISIÓN POR MOTIVOS TÉCNICOS. DISCULPEN LAS MOLESTIAS. NC RADIO MADRID»

     Este fue el mensaje recibido; Raúl apagó la radio, ambos bufaron de alivio y salieron desbocados en un rumbo que ahora se volvía confuso.