domingo, 13 de diciembre de 2015

Ser humano, ¿un mito?

“No somos el que cruza un puente, sino el puente hacia la consciencia”

Por mucha realidad que se quiera dar a esa idea, la de ser humano, seguirá siendo solo eso, una idea. Humano es un sustantivo, no un verbo que pueda hacer de nosotros "humanos". Y da retumbo que la palabra humano contenga valores esenciales como afecto, comprensión y sobre todo compasión. Pero no son más que elementos semánticos a la vista de cómo se desarrolla la vida en la Tierra.

Por otra parte, está el comportamiento de racionalizar, lo que dilata el sustantivo, tal como se define en el término Homo Sapiens, del cual se dice que es una evolución de los hominoideos o primates sin cola. Pero si hiciésemos un balance de nuestro contenido mental, de nuestras arrogancias, comportamientos y miedos, veríamos que la palabra evolución podría ser un mito, y también la definición de humano.

Sin embargo, el hombre ha alcanzado un nivel de complejidad y pensamiento abstracto que no le aporta el bienestar al que aspira. Aunque es un creador, debido a ese pensamiento, de nuevas realidades, lo imaginario no se distingue de lo real. Hay ventajas y desventajas con respecto a otras especies, pero se reniega de las primeras. Por ejemplo; la capacidad de adaptación y la consciencia que media en la psique y que alcanza lo espiritual.

El ser humano es el animal que más desarrollada tiene su autonomía (sistema motor autónomo) que más capacidad de adaptación posee. Sin embargo, hemos creado un sistema de salud, un estilo de vida, una sintaxis, que favorecen que la energía se bloquee tal como si hiciésemos un nudo en una manguera de agua, de modo que la mente se vuelve más compleja, autoritaria, temerosa y egocéntrica.

En cuestión de salud (física), el hombre tiene que buscarla, al contrario que otros seres vivos, para quienes salud y vida son la misma cosa. En cuestión de nutrición, las vitaminas, proteínas, minerales, etc., es lo que le importa, no la energía vital de los alimentos. En general, para gozar de una buena salud tiene que esforzarse, sin llegar a lograrlo jamás. Es además inconsciente de las capacidades de su cuerpo.

En lo que concierne a lo espiritual, el ser humano es igualmente inconsciente, de modo que, el desarrollo cerebral y la intensa actividad mental, están descompensadas en detrimento de su evolución como raza (humana). La consciencia se limita pues al hecho de saber que vamos a morir en contraposición a otras especies de las que afirmamos que no lo saben. Pero, ¿cómo sabemos que no lo saben? El caso es que en esta y en otras cuestiones, siempre sabemos lo que piensan y desean los demás, cuánto ni menos las especies que suponemos inferiores.

Otra característica en el orden de lo espiritual es que creemos en la supervivencia a la muerte, pero si nos preguntásemos cómo va a ser esa nueva vida, no habría respuesta novedosa, sino la mera fantasía de una réplica de esta vida en la Tierra. Una vida, sin trascender el bien y el mal, como las mismas verdades y mentiras, cielos e infiernos, con el deseo demente de mandar o acaparar, con los mismos juicios, idéntico enfrentamiento y análoga violencia.

No obstante, se excluye el sufrimiento, porque uno cree merecer el cielo; los enemigos el infierno, claro está. Eso da lugar a que los más progresistas no crean ni siquiera en la supervivencia, lo cual es como un salvoconducto para permitirse el mal, el que por otra parte parece ser más rentable, más cuanta menos inteligencia, más cuanta menos consciencia.

Ni unos ni otros, mandan en el Universo. Ni unos ni otros saben quiénes son, y si se hiciera la tentativa experimental de reducirse a vivir con lo que uno es, sin aditivos, sin abstracciones, caería en la cuenta de que humano es una condición experimental, de las pocas ventajas reales que nos sitúan por encima de otras especies.

En efecto, la condición humana es una transición, pero ¿hacia dónde? Hacia ser, tan solo eso. Mientras uno no sea (absolutamente consciente de sí mismo) ni utilice su condición humana para tal experiencia, ser humano seguirá siendo un mito. Y sonará un poco absurdo, incluso desdeñoso, pero la vida que hemos creado, entre arrogancias, es un sueño tan profundo que cuesta despertar. Más cuanto más toma la forma de pesadilla, al contrario que en un sueño ordinario.

El mundo (humano) padece hoy de un extremado desaliento, que entre otros síntomas se manifiesta por una desaforada información y desinformación, a la vez, en una búsqueda inútil de la salud, la felicidad, la paz. Ya casi nadie está seguro de sí mismo, ni mucho menos del medio en que transcurre su vida, ni siquiera sabe qué es mejor o peor, ni si sueña o no; se deja llevar por quien ni siquiera sabe de su existencia, a través de ideas y reglas que la vida no comprende y que es lógico que no comprenda, porque la vida que se nos ofrece es una vida imaginaria.




Sin embargo, hay personas despiertas o que están empezando a desperezarse. También a ellas les alcanza la frustración por querer despertar a sus congéneres. Una historia Zen lo viene a explicar de esta manera: imagina que vas en un barco, el cual se ve envuelto en una tempestad, encalla y empieza naufragar; hay gritos, desesperación, dolor, terror. Pero de repente te despiertas en medio de la noche, sudando, y sientes un alivio enorme por darte cuenta de que todo ha sido una pesadilla. 

La felicidad que sientes no tiene punto de comparación con nada, tanto es así que quieres avisar a las personas de tu sueño para que despierten, pero no puedes hacerlo. A pesar de que no te es posible hacerlo, puedes caer en la tentación de creer que sí puedes, y con ello corres el riesgo de volver a dormirte y reanudar el sueño. En cambio, sí puedes informar de que todo ha sido un sueño a quienes sienten que así es y te preguntan. Pero volvamos a la consciencia.

Permanecer en los extremos es un narcótico que fortifica la inconsciencia. Por eso, para poder ser-humano se necesita una única cosa: la compasión. Esta no consiste en hacer el "primo" o ser hipócritamente bueno. No puede ser practicada por la voluntad ni obviamente puede ser forzada. Surge de forma natural y espontánea, colocándose en el eje "figurado" de una rueda, cuyos radios son pensamientos derivados del amor y el odio enfrentándose entre sí. 

Todo el mundo desea el amor, ser amado, pero ¿y amar? Cuando menos se da uno cuenta está odiando. Es así porque, aun cuando se esté por el amor, no se deja de juzgar, de elegir en qué radio de la rueda colocarse.

Por eso, lo que llamamos amor incondicional no se ajusta a cómo procedemos, porque el amor que proclamamos siempre tienes condiciones. Pero cuando el amor se libera de las condiciones, no elige ningún radio, sino el eje, surge su realidad inherente: la compasión. 

Sirve está como barómetro para determinar si estamos siendo o no humanos, como también nos servirá el nivel de calma, serenidad, ecuanimidad, alegría sin causa, para saber por dónde andamos. Pero no hay que calcularlo, resiste la tentación. Es cosa de sentir, dejando un solo esfuerzo a realizar: el de permanecer en el eje de la rueda. 

Casi todo el mundo clama por un cambio, pero este es el cambio: vivir en el eje. Por supuesto que nada en la vida es más difícil que eso, pero es la vía directa a la iluminación, en términos budistas, el reino de los cielos, en boca cristiana, a codearse con el Universo, en mi propia jerga. Codearse viene a querer decir descubrir que eres eso y que no hay un puente que cruzar, que somos (humanos) el puente hacia la total consciencia.


¿Qué puedo hacer mientras los demás duermen?

  1. Ser consciente de mi cuerpo, de todos sus procesos, de todas mis sensaciones.
  2. Ser consciente de todas mis emociones, de todos mis pensamientos.
  3. Ser consciente de todo lo que digo y hago. 
  4. Ser consciente de todo lo que escucho y veo. 
  5. No juzgar lo que ocurre en mí, pero que no quede nada por observar.
  6. No juzgar lo que ocurre en el mundo, pero que nada escape a la observación.
  7. No elegir (mentalmente) entre odio y amor con respecto a amigos y enemigos.
  8. No juzgar un problema, una situación, un conflicto; resolverlo es muy distinto.
  9. No discriminar, no hay ángeles ni demonios, solo dormidos y despiertos.
10. No regresar al sueño para despertar a nadie. 
11. Saber por qué soy humano y merecerlo.
12. Y una única elección: entre risa y llanto, si los demás duermen, es mejor lo primero.

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